Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

—No estás preparada para oírlo, para comprenderlo —aseguró él, recorriendo su rostro con tan solo la mirada—. Por ahora, es suficiente con que sepas que no tienes que fingir conmigo.

Fue una respuesta sencilla, directa y cayó sobre ella con más peso que cualquier cosa que pudiese haberle dicho.

—No tienes que ser la persona que otros esperan que seas, Eliza —añadió él, sin apartar la mirada—. Solo tienes que ser tú.

Algo en su interior se rompió, o puede que solamente se acabase de colocar en su lugar. No sabría decirlo con exactitud.

—No sé quién soy ahora mismo… —admitió en voz baja. Y esa era, probablemente, la verdad más grande que había dicho en mucho tiempo.

Alex dio un paso hacia ella, acortando la ya de por si breve distancia entre ambos.

—Entonces, permíteme ayudarte a descubrirlo —murmuró—. Si eso es lo que deseas, si es la respuesta que buscas, déjame ayudarte a encontrarla.

Eliza notó cómo el pulso le latía con fuerza en la garganta y, por primera vez, no quiso apartarse.

No retrocedió. Ya lo había hecho demasiadas veces en su vida, ya había huido demasiado y estaba cansada de correr.

Cada parte lógica de su mente le gritaba que diera un paso atrás, que pusiera distancia, que se diese tiempo para pensar, pero no lo hizo.

Se quedó donde estaba, con el pulso desbocado y la mirada fija en él.

Él tampoco se movió, continuó ahí, observándola, esperando una respuesta o una señal.

El viento levantó ligeramente un mechón de su pelo, empujándolo hacia su rostro, pero ella no tuvo tiempo de apartarlo, pues ya lo estaba haciendo él.

Fue un gesto lento, medido, sus dedos le rozaron la sien al apartar el mechón, descendiendo apenas lo justo para rozar su mejilla.

El contacto era mínimo, pero fue suficiente para que un escalofrío le recorriera la espalda.

—Alex… —susurró, esta vez sin intención de detener nada. Su nombre brotó de sus labios con un sonido distinto, más suave, más… vulnerable.

Él cerró los ojos un instante, como si ese simple sonido hubiese tenido más efecto del que estaba dispuesto a admitir y, cuando los abrió de nuevo, lo que vio en su mirada hizo que el aire entre ellos cambiara de nuevo.

Se inclinó lo suficiente para acortar la distancia sin invadirla por completo, dándole margen, permitiéndole rechazarle una vez más si así lo deseaba, pero… No quería hacerlo.

Notó su aliento mezclándose con el suyo en ese mínimo espacio que quedaba entre ambos.

Sus labios estaban… demasiado cerca, a tan solo un suspiro.

El tiempo volvió a ralentizarse, los segundos se hicieron eternos, dándole una última oportunidad para echarse atrás, pero ya era demasiado tarde para eso.

Cerró los ojos por pura inercia, como si su cuerpo hubiese tomado la decisión por ella mucho antes de que su mente pudiese intervenir.

Un segundo más y… su boca se unió a la suya, sus respiraciones se mezclaron y ese beso al que se había estado resistiendo durante tanto tiempo, esa atracción de la que intentaba escapar estalló en su interior haciendo que se rindiese por completo a sus propios deseos.

No fue un beso suave, sino más bien un arrebato. Era como si algo en su interior se resquebrajase, como si se librase de las cadenas que lo habían retenido y se entregase por completo a algo que, si bien no entendía, sabía intrínsecamente que le pertenecía.

Se besaron sin reservas, bebiéndose el uno al otro hasta saciar parte de su sed. El intercambio fue intenso y, cuando terminó, supo que nada volvería a ser lo mismo. Ya no.

Se llevó una mano al pecho, intentando calmar el latido desbocado de su corazón, notando todavía en sus hormigueantes labios el tacto de los de él.

—Esto es una locura… —susurró, más para sí misma que para él.

Alex respondió con una leve sonrisa, cansada, pero sincera.

—Sí. Lo es —admitió.

—¿Y ya está? ¿Es todo lo que vas a decir?

Los dedos masculinos le acariciaron la mejilla, tan solo fue un breve roce, pero la sacudió igual que una descarga eléctrica .

—En este momento, sí, Eliza —murmuró contemplando su rostro, buscando sus ojos—. Pero te lo prometo, cuando llegue el momento, lo entenderás todo.

El silencio que siguió a sus palabras no fue incómodo, fue denso, cargado de todo lo que no había dicho, de lo que había sucedido y de que inevitablemente, antes o después acabaría pasando.

Phineas resopló a su lado, como si reclamase atención, devolviendo el mundo a su lugar, pero ya nada era igual que antes, aquel inesperado beso lo había cambiado todo… lo admitiese o no.

Eliza no se movió, siguió ahí, con la mano apoyada sobre su propio pecho, como si necesitase asegurarse de que el corazón seguía en su sitio. Su latido era fuerte, insistente, una prueba de que, a pesar de todo, todavía estaba viva.

Dejó escapar una pequeña risa sin humor y negó con la cabeza, como si ella misma no supiera qué decir o por dónde empezar.

—Hace una semana mi vida era completamente distinta —mencionó, dando por fin salida a las palabras—.

Sabía el lugar que ocupaba, a qué me dedicaba, con quién estaba…

—Hizo una breve pausa—. O eso era lo que yo creía entonces.

—Sus dedos se cerraron ligeramente sobre la tela de su propia camiseta—.

Todo era ordenado, predecible, de algún modo puede que incluso seguro —añadió, levantando ahora la mirada hacia él—, pero también vacío.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos. Él no apartó los ojos, no la interrumpió, pero algo en su expresión cambió, volviéndola más seria, más atenta.

—He pasado demasiado tiempo intentando encajar en algo que no era para mí —admitió ella, obligándose a tragar saliva para atravesar el nudo que se le había formado en la garganta al recordar todo aquello—.

En una vida que alguien decidió que era la correcta para mí, la que debía vivir…

—No era necesario dar nombres, no merecía la pena revivir a quién merecía estar muerto, aunque solo fuese en su mente y en su corazón—.

Y ha sido llegar a Hope Valley y ver el mundo co n otros ojos, ver las cosas de manera distinta y darme cuenta de que yo también lo soy…

muy distinta a quien fui una vez… Y ya no sé si me reconozco.

Su mirada volvió a él, más directa esta vez.

—Y tú… —La palabra salió casi sin aire—. Tú te presentas en mi casa, te adueñas de ella y… de mí… con tan solo tu presencia y, de repente, todo se vuelve… más fácil, incluso adecuado. —Negó con la cabeza, frustrada—. Y no debería serlo.

El silencio que siguió fue breve, pero intenso.

—¿Por qué no? —preguntó él finalmente, rompiendo ese silencio que lo había contenido. No era un reproche, sino más bien… ¿una súplica?

Eliza soltó el aire lentamente.

—Porque no sé si es real o tan solo desearía que lo fuese —respondió con sinceridad—. Porque cuando algo parece demasiado bueno… al final acaba siendo otra cosa.

Era algo que había experimentado en carne propia. Se había dejado llevar por las apariencias, por lo que ella veía, cuando no era lo que había realmente debajo. No quería que volviese a pasarle lo mismo, aunque, en su fuero interno sabía con total certeza que Alex no era como Anthony. Ni de lejos.

Había tardado mucho en abrir los ojos, en ver la realidad y ahora… Ahora tenía miedo de equivocarse de nuevo y volver a perder el poco terreno que había ganado en ese último par de semanas en la granja.

—Es algo que tuve que aprender por las malas —aseguró, llena de dolor y rencor hacia sí misma, hacia quién había sido y a su imposibilidad de hacer algo para evitarlo—. Y ahora… no es fácil volver a confiar.

Él dio un paso hacia ella.

—Yo no soy así, Eliza —dijo con calma—. Ese no soy yo.

No fue una promesa grandilocuente, ni tampoco un discurso, tan solo una afirmación.

Lo miró, intentando ver más allá. Alex parecía ser justo lo que veía, pero a veces, sus ojos parecían guardar secretos y eso le daba miedo.

—Sé que no lo eres —admitió, sorprendida de sí misma al decirlo en voz alta, pero ya no podía callar lo evidente, ni tampoco sus próximas palabras—. Y eso es lo que más me asusta.

Aquella confesión la dejó completamente expuesta y vulnerable ante él.

El viento volvió a moverse entre ellos, levantando ligeramente las hojas a su alrededor. Phineas se removió a un lado, pero ninguno de los dos le prestó atención.

—No estoy acostumbrada a… esto —continuó, señalando una vez más con un gesto a su alrededor—.

A que me acojan de esta manera, a desear quedarme en un lugar, a formar parte de algo más…

Solo sé huir, Alex. —Sus labios se curvaron en una media sonrisa triste—.

Ese fue el motivo por el que acabé aquí.

Se me da de fábula salir corriendo sin mirar atrás.

La observó unos segundos más y, entonces, muy despacio, levantó la mano hacia ella. Esta vez no hubo vacilación en su toque, la caricia resbaló por su mejilla, acabando bajo su barbilla, evitando así que apartase la mirada.

—No estás obligada a elegir, ni a hacerlo ahora, aquí y en este instante —murmuró él con ternura—.

No necesitas entenderlo todo de golpe. Está bien hacerse preguntas, dudar incluso de uno mismo, si con eso consigues llegar a dónde quieres llegar.

—Su voz era suave, estable, con esa calidez embriagadora—.

Y puedes quedarte todo el tiempo que necesites hasta descubrir qué es lo que deseas. Yo seguiré aquí, junto a ti.

Eliza notó cómo algo dentro de ella se relajaba al escuchar sus palabras. Nuevamente no tenía sentido, pero, ¿cuándo lo había tenido? Desde el momento en que sus miradas se cruzaron la primera vez, nada fue normal entre ellos.

—No puedo prometer que no saldré corriendo… —admitió.

—Bueno. Si lo haces, iré detrás de ti —respondió él, con una leve sonrisa y añadió, como si le estuviese contando uno de sus secretos—. Tienes que saber que soy muy bueno corriendo.

Eso le arrancó una pequeña risa y, por primera vez desde que había empezado aquella conversación… respirar se le hizo más sencillo.

Se quedaron allí un rato más, disfrutando de la mutua compañía y de la presencia de los caballos.

El sol empezaba a descender cuando al fin regresaron a la casa.

La luz era distinta ahora, más cálida y suave, se colaba entre los árboles y bañaba el rancho con ese tono dorado que hacía que todo pareciese como detenido en el tiempo.

Ninguno dijo nada mientras caminaban de vuelta, sumidos en un cómodo silencio.

Su mente no dejaba de darle vueltas a aquellos últimos instantes, a cómo se había desnudado ante él, diciendo cosas que nunca había dicho a nadie más.

Ya no sentía ese agobio de los últimos días, se notaba más ligera y, sobre todo, sentía que empezaba a poder respirar de verdad.

Al llegar al porche, las voces del interior volvieron a hacerse presentes, amortiguadas ahora por la distancia. El tono también era más relajado, más íntimo, acorde al momento. Había sido un día lleno de algarabía, de risas y bromas, una jornada que no quería olvidar.

Se detuvo, miró el porche y luego a él.

—Creo que voy a volver ya a casa… —murmuró, aunque no consiguió dar a su voz la decisión que quería. Una parte de ella deseaba permanecer en este lugar, pero otra necesitaba poner un poco de distancia a fin de tener tiempo a solas para ordenar sus pensamientos.

—Puedes quedarte a pasar la noche si lo deseas —la invitó él, lo que hizo más difícil aún si decisión.

—Quizás… otro día. —Su propia respuesta la sorprendió—. Despídeme de todos, por favor.

Él asintió, respetando su decisión. No insistió y se lo agradecía. En realidad, le gustaba esa consideración que siempre parecía tener con ella, la interminable paciencia.

—Lo haré —confirmó e hizo un gesto con la mano—. Te acompaño.

Caminaron juntos hasta el coche, recorriendo el mismo camino por el que había llegado unas horas antes, aunque ella ya no era la misma de entonces.

Un breve instante y una conversación habían supuesto un gran cambio para ella y, si bien sabía que solo era el comienzo, era mucho más de lo que había tenido hasta ahora.

Eliza se detuvo junto a la puerta del conductor, apoyando una mano sobre el techo del coche sin abrir todavía.

—Gracias… por lo de hoy —dijo, girándose hacia él—. Por todo, en realidad.

La observó en silencio un segundo y entonces:

—Siempre voy a estar aquí para ti. —No sabía cómo demonios lo hacía, pero siempre parecía saber exactamente que decir y no lo hacía para quedar bien.

No, él hablaba con la verdad, desde el fondo del corazón—.

Y gracias por haber aceptado mi invitación.

Me ha gustado tenerte aquí… A todos nos ha gustado.

Ella le sostuvo la mirada unos instantes más, perdiéndose en esos ojos que parecían tener el poder de cautivarla, de despertar en ella emociones y sentimientos que no acababa de comprender del todo. Alex era una tentación, una a la que no sabía cómo hacer frente.

Abrió la puerta, pero se resistió a entrar. No quería irse todavía, necesitaba arañar unos segundos más a ese momento.

—Alex… —empezó, dudando al elegir las palabras—. Quiero que sepas que… voy a intentar no salir corriendo.

Vio como su mirada se suavizaba y asentía lentamente con la cabeza.

—Es un buen comienzo —aseguró él, con voz suave.

Ella cabeceó de vuelta y, antes de que se metiese en el coche, le pellizcó la camisa y tiró de él hacia abajo para besarle en la mejilla.

—Hasta mañana —murmuró y se subió al coche.

Eliza arrancó el motor y volvió lentamente al camino de entrada, no sin echar un último vistazo al retrovisor para verle de pie delante de la casa, como un hombre que, más que despedirse, parecía listo para esperar su regreso.