CAPÍTULO 18
Eliza no estaba segura de cuándo sintió exactamente que necesitaba aire.
Tal vez fue después de la última carcajada, o cuando alguien volvió a llenar su vaso sin que ella lo pidiera, o quizá en ese momento en el que se descubrió a sí misma demasiado cómoda en un lugar al que no pertenecía.
Lo cierto era que, de pronto, el bullicio de la casa se le hizo… demasiado.
—Necesito salir un momento… —murmuró, más para sí misma que para el resto, apartando la silla con cuidado.
Se retiró despacio, en silencio, pensando que así quizás nadie la vería ausentarse, pero era imposible que él no fuese consciente.
Alex la siguió casi de inmediato, notó su presencia incluso antes de cruzar la puerta hacia el porche.
El murmullo de la casa quedó atrás, amortiguado por la distancia que iba poniendo entre esta y ella misma.
El aire del exterior la recibió con una caricia, al igual que el canto lejano de los pájaros y el leve movimiento de las hojas de los árboles que flanqueaban un lado de la edificación, ofreciéndole su sombra .
Se detuvo unos pasos más allá del porche, cerrando los ojos un instante y llenándose los pulmones de aire.
—¿Ha sido demasiado? —le preguntó él, quedándose a unos pasos de distancia.
Eliza esbozó una leve sonrisa antes de girarse.
—No… —respondió, aunque ambos sabían que no era del todo cierto—. Todo el mundo ha sido amable y encantador… Pero necesitaba un poco de aire.
Él asintió, sin juzgar, sin presionar. Su mirada voló entonces un poco más allá, hacia la empalizada de color blanco que cercaba una pradera y un nuevo edificio de madera.
—Acompáñame —le dijo entonces, con esa naturalidad que parecía tener para todo—. Quiero enseñarte algo.
El sonido cambió a medida que se alejaban de la casa.
Las risas quedaron atrás, sustituidas por el crujir de la grava bajo sus pasos y el suave soplo del viento moviendo la hierba alta.
Más adelante, el terreno se abría hacia los establos, y el olor a heno y tierra caliente se mezclaba con el aire de la tarde.
Eliza caminó a su lado, sin prisa, dejándose llevar más por su presencia que por el camino en sí.
—¿Siempre hay tanta gente en tu casa? —preguntó, más por romper el silencio que por verdadera curiosidad.
—No. Mi abuelo estaría encantado de que así fuese, pero mis hermanos han hecho sus propias vidas en distintos puntos del país y vienen cuando pueden —respondió él—.
Algunos han tenido que delegar sus negocios y propiedades en manos confiables para poder estar hoy aquí.
Pero intentamos reunirnos siempre que podemos.
Había algo en la forma en que lo dijo que la hizo sonreír, hablaba de su familia con verdadero amor y también con orgullo.
Antes de que pudiera añadir nada más, un sonido captó su atención.
Era un relincho suave, cercano, que correspondía a uno de los caballos que ahora se acercaba al vallado con paso decidido.
Su estampa era magnífica, tenía unas patas fuertes y un pelaje oscuro que parecía matizarse con la luz del atardecer.
Era una presencia que imponía respeto incluso a cierta distancia.
Se detuvo a unos metros del cierre, agitando la cabeza y esas sedosas crines.
—Ese es Phineas —dijo Alex, y en su voz había algo distinto. Un matiz más bajo e íntimo, como si estuviese compartiendo con ella un secreto importante.
El animal bufó, moviendo la cabeza con impaciencia, y dio un par de pasos más hacia ellos.
Ella no avanzó, se quedó dónde estaba, observándolo, consciente de cada músculo bajo aquella piel brillante y de la forma en que esos inteligentes ojos parecían verlo todo.
—Es precioso… —murmuró, sin apartar la mirada.
—No lo digas muy alto, o se le subirá a la cabeza —replicó él con una leve sonrisa y el caballo resopló como si entendiese cada palabra.
Alex avanzó primero, acortando la distancia sin dudar. El animal inclinó ligeramente la cabeza hacia él, buscándolo, dejando clara la conexión de confianza que había entre ambos.
Los observó en silencio. Había algo primitivo en esa imagen, en la manera en la que él apoyaba la mano en el cuello de Phineas, en cómo este respondía, tranquilo, seguro, como si confiasen el uno en el otro sin cuestionarlo.
—Ven —la llamó entonces, volviéndose ligeramente hacia ella—. No muerde.
No pudo evitar una pequeña risa nerviosa ante sus palabras y señalar lo evidente.
—Pues tiene una encantadora dentadura que parece decir lo contrario.
Él sonrió a su vez y añadió:
—Confía en mí.
La frase cayó entre ellos con más peso del que pretendía. Confiar en él parecía el paso adecuado, uno que no le costaba nada dar. Se acercó despacio, siendo ahora verdaderamente consciente de lo grande que era el caballo .
Phineas la observaba con lo que creía era cierta curiosidad, permanecía inmóvil como una estatura, pero sus ojos marrones, limpios y brillantes, destilaban una asombrosa inteligencia.
—Déjale que te huela —indicó Alex con suavidad, guiando cada una de sus acciones a partir de ese momento—. Con suavidad, sin movimientos bruscos.
—No tenía pensado ponerme a agitar los brazos delante de un camión de mercancías —replicó en irónica respuesta—. Es igual de grande.
Él se rio por lo bajo. Mientras tanto, el caballo estiró el cuello, acercándose un poco más, movido por la curiosidad. Su aliento le rozó los dedos incluso antes de que pudiese reaccionar. Fue un contacto leve que trajo consigo un inesperado escalofrío.
—Tranquila… —murmuró Alex, acercándose un poco más a ella, envolviéndola como un manto de seguridad.
Estaba tranquila, inesperadamente relajada, a pesar de encontrarse prácticamente emparedada entre un enorme caballo y el cuerpo de su anfitrión.
Y puede que fuese esa tranquilidad y confianza la que la llevó a deslizar los dedos sobre los ollares del caballo, subiendo más allá de su nariz, para acariciarle con delicadeza la testuz.
Un manso resoplido fue todo el sonido que emitió el caballo para comunicarle su inmediata aceptación.
—Bueno. Es un hecho —le dijo su amo, sin perder la sonrisa—. A él también lo has conquistado.
Ladeó la cabeza, encontrándose con su mirada ante su elección de palabras, pero lo cierto es que el animal parecía satisfecho con su presencia, ya que se acercó más a ella, como si quisiera que siguiese con las caricias.
—¿Lo ves? —corroboró él—. Está buscando mimos.
Y algo en su forma de decirlo, en esa seguridad tranquila, la decidió a llevar también la otra mano, esta al cuello del animal, sintiendo la dureza de sus músculos y la calidez de su piel.
Phineas no se apartó, al contrario, se quedó quieto, disfrutando del hecho de que una nueva humana le estuviese prestando la atención que merecía.
No pudo evitar sonreír, esta vez sin reservas.
—Hola, Phineas… —El caballo bufó suavemente, como si respondiese a su saludo y, sin tener todavía muy claro el por qué, sintió que aquello… significaba algo.
No retiró la mano, la mantuvo sobre su cuello, sintiendo el calor del animal bajo la palma y el leve movimiento de sus músculos al respirar. Era una sensación extrañamente reconfortante… firme, real.
—Se está enamorando de ti —murmuró Alex. Su voz sonó más cerca esta vez, mucho más.
No se había dado cuenta de cuándo se había aproximado tanto, pero ahora podía sentirlo a su espalda. No la tocaba, no exactamente, pero el espacio entre ambos se había reducido a algo casi inexistente.
—¿Tú crees?
—Yo lo haría…
La inesperada respuesta hizo que se volviese hacia él, pero Alex no la miraba, su atención estaba puesta sobre el animal. Sus manos se rozaron entonces, fue un contacto leve, casi accidental, pero suficiente para acelerarle el corazón.
Se encontró conteniendo el aliento mientras notaba como él ajustaba ligeramente la posición de su mano, guiándola sobre el cuello del animal. Sus dedos eran cálidos, firmes, seguros y permanecieron junto a los suyos un segundo más de la cuenta.
Phineas resopló suavemente, ajeno o quizá demasiado consciente de lo que estaba ocurriendo entre ellos.
—¿Ves? —le habló Alex, esta vez muy cerca de su oído—. Completamente enamorado.
Eliza tragó saliva. No estaba segura de que estuviese hablando del caballo.
Giró ligeramente la cabeza y, craso error.
Ahí estaba, demasiado cerca. Cruzaron las miradas a una distancia que no dejaba espacio para malinterpretaciones, a la cual podía distinguir cada matiz en esos ojos verdes, cada pequeño cambio en su expresión…
y también algo más… Algo que no intentaba ocultar.
El tiempo pareció detenerse. El sonido del viento, el leve movimiento de las hojas, incluso el propio caballo… todo quedó en segundo plano. Notó cómo su respiración se volvía más superficial, más consciente y su atención recaía por completo sobre él.
—Alex… —murmuró, no sabía que le estaba pidiendo o preguntando, solo que necesitaba algo de él.
Él no respondió de inmediato, tampoco se apartó, parecía contenerse, esperando… Esperando a que ella diese el paso, tomase la decisión que los llevaría a acercarse aún más o a separarse de nuevo.
—¿Por qué siento que sabes por qué ocurre esto entre nosotros? —musitó, incapaz de moverse, temiendo incluso respirar—. Que eres consciente del porqué de esta extraña e imparable atracción…
Bajó ligeramente la cabeza, observándola con una calma que contrastaba con todo lo que ella sentía en ese momento.
—Quizás, porque lo sé —admitió en un susurro.
Volvió a mirarlo, sabía que debía apartarse, huir, pero ya no quería hacerlo, no tenía fuerzas.
—¿Y qué es lo que sabes? —preguntó, frunciendo ligeramente el ceño, no pudo evitar que se filtrase en su voz la frustración que sentía ante la falta de respuestas. Quería saberlo, necesitaba saber qué era esto y aun…—. Dímelo.
No respondió de inmediato, se tomó su tiempo, como si necesitase medir cada palabra antes de pronunciarla.