CAPÍTULO 17
Eliza se detuvo unos pasos por detrás, mirando hacia el umbral de la casa. Alex la había adelantado, pero no fue más allá de la puerta, se detuvo en cuanto fue consciente de que ella se había quedado atrás.
—No hay prisa —murmuró él, su expresión tranquila, esperando como siempre a que ella tomase sus propias decisiones.
Se quedó un segundo en el porche, con la tarta aún entre las manos.
El murmullo de voces que llegaba desde el interior, mezclado con las risas y el tintineo de platos, además del inconfundible olor a parrilla en el ambiente era tan hogareño que, durante un breve instante, volvió a sentirse…
fuera de lugar. El sonido era vivo, cálido, completamente opuesto al silencio al que se había acostumbrado en su propia casa.
Miró de nuevo a su anfitrión y la tranquilidad que transmitía su mirada contribuyó a fortalecer su resolución.
—Te sigo… —le dijo.
Lo vio asentir en respuesta, sus labios curvándose un poco antes de señalar el umbral .
—Vamos, entonces.
Él no la apremió, no la tocó, pero tampoco se apartó. Se quedó a su lado, lo bastante cerca como para que pudiese notar su presencia y recurrir a él. Y ese fue el empujón que necesitaba para dar el primer paso.
Cruzó la puerta y el cambio fue inmediato.
El aire era fresco dentro de la casa, el ventilador que giraba en el techo movía el aire ahora cargado con el aroma de la comida, de la madera y de algo más difícil de definir.
La mezcla le gustó, evocaba calidez y hogar, al igual que cada parte de aquella enorme habitación.
Sintió a Alex a su espalda justo en el momento en que las voces empezaban a perder intensidad.
No se apagaron del todo, pero sí bajaron lo suficiente como para que empezase a palpitarle más rápido el corazón.
Empezó a reparar en las personas allí reunidas, distribuidas por el lugar, algunas incluso apareciendo desde una puerta abierta al otro lado que, a juzgar por la distribución, parecía llevar a la parte trasera de la casa.
Varios pares de ojos se alzaron casi al mismo tiempo, volando en su dirección.
Se quedó quieta durante un segundo, consciente de cada uno de esos ojos posándose sobre ella.
No eran miradas descaradas, ni hostiles…
pero tampoco pasaban desapercibidas. Era como si todos, de alguna manera, supieran exactamente quién era ella incluso antes de que nadie la presentase.
Una mujer de pelo castaño apoyada en la encimera fue la primera en sonreír, a su lado, un hombre alto con un claro parecido con Alex dejó lo que estaba haciendo y la observó con una curiosidad abierta, sin filtros.
Más allá, otra pareja intercambió una mirada rápida, como si compartieran un pensamiento silencioso y le sonrieron también.
No era la primera vez que era el centro de atención, había estado antes en fiestas y reuniones en las que las miradas de los presentes caían sobre ella, pero la mayoría de esas veces se sentía juzgada, incluso menospreciada, pero no ahora, no por parte de esa gente .
—Bueno —dijo una voz más grave desde el fondo de la estancia—. Ya era hora.
Eliza desvió la mirada hacia el origen de aquella voz.
Se trataba de un hombre mayor, con el atractivo típico de la madurez.
Su presencia era firme y, de algún modo también peligrosa, pero eran sus ojos de un bonito color azul los que transmitían una paz y confianza que, al igual que pasaba con los de su nieto, calmó su ansiedad inicial.
No creía equivocarse al afirmar que ese hombre, en cuyo rostro había un consciente conocimiento, era Jorn Korss, el abuelo de Alex.
—Cuando mi chico dijo que una joven guapa, rubia y de ojos azules que respondía al nombre de Elizabeth había llegado a Brook Farm, supe que solo podía ser la nieta de Frank —declaró el hombre acercándose a ella y, con una amable sonrisa, le dio la bienvenida a su hogar—.
Es un verdadero placer tenerte aquí, querida.
Vamos, pasa adentro. Alex, ¿qué haces ahí parado como un pasmarote?
Coge esa tarta que huele tan bien y llévala a la mesa.
—Es de manzana… —musitó, un poco azorada.
—La mejor de todo Hope Valley —corroboró el aludido, retirando de sus manos el postre que había preparado—. No tardo nada.
Ella lo siguió con la mirada mientras una de las mujeres, con un bonito pelo castaño rojizo y ojos marrones se aproximó a ella con naturalidad y una bonita sonrisa en los labios.
—Hola, soy Ada, la hermana política de Alex —la saludó la chica. Sus movimientos eran lentos, delicados, como si supiese que estaba sobrepasada y no quisiera agobiarla—. Por cierto, debo decir que esa tarta huele de maravilla, ¿puedo pedirte luego la receta?
—La receta es un secreto, Ada —replicó Alex, volviendo a su lado—. Pero quizá puedas persuadir a Eliza para que te haga una un día de estos.
—Lo que pasa es que la quieres toda para ti —replicó el hombre que había estado acompañando a la mujer, el cual no dudó en enlazarla por la cintura y dedicarle a ella un amable saludo—. Bienvenida al rancho, Eliza. Yo soy Zack, el hermano del caradura que tienes a tu lado.
—No sabría decir quién es más caradura de los dos —afirmó la chica, guiñándole un ojo a ella en modo cómplice.
—Haced el favor de no atosigar a la niña —escuchó ahora la voz del patriarca de los Green desde el otro lado de la sala—. Que alguien vaya a echarle una mano a Nick con la parrilla, no sea que acabe calcinando la carne.
—Abuelo, tu nieto mayor sabe lo que hace… la mayoría de las veces —declaró ahora la mujer que entraba por la puerta con una bandeja con carne—. Oh, ¿ya ha llegado Eliza?
Escuchar su nombre en boca de una desconocida y con esa alegría le provocó una punzada. Volvió la cabeza de inmediato, buscando a Alex, quién se inclinó sobre ella lo justo y necesario.
—Es Helena, la esposa de mi hermano Nick —le dijo él—. Te comenté que habían venido a pasar unos días.
Asintió, recordando que, en efecto, había hablado sobre la visita de su hermano y su mujer.
Un momento después conocía a la chica, la cual le ofreció algo de beber y mencionó que su marido estaba ese día a cargo de la parrilla y lo mucho que solían meterse con él por ello.
Sin pretenderlo se encontró siendo parte de aquel corrillo de gente, charló con las mujeres, conoció a los hermanos de Alex y este, siempre estaba cerca, pendiente de ella, listo para inventarse cualquier excusa y rescatarla si se veía agobiada con tantas atenciones.
Eliza había llegado con mil reservas, preguntándose si no sería una intrusa en aquella reunión familiar, pero sus dudas se esfumaron en cuanto se vio rodeada de esas amables personas dispuestas a que se sintiese como en su propia casa.
La mesa cobró vida en cuanto trajeron las bandejas con la carne, el olor a la parrilla lo inundaba todo, la gente empezó a ocupar sus lugares y a ella le indicaron que se sentase al lado de Helena, con Alex a su derecha.
Lo que pensó que era demasiada comida incluso para la gran familia que allí se reunía, empezó a desaparecer poco a poco bajo el buen apetito de los hombres.
El vino, la cerveza fría y la limonada regaron la comida, las guarniciones de verduras resultaron estar deliciosas y su tarta acabó convirtiéndose en el colofón final de aquel adorable momento.
—Madre de Dios, ¿y tú querías guardarte eso para ti solo? —Zack, uno de los hermanos de Alex y marido de Ada, señaló a su hermano pequeño con el tenedor—. Eliza. La próxima tarta de manzana que hagas, la quiero yo.
—De eso nada. Sus tartas de manzana son mías —replicó él a su lado, respondiéndole con la misma forma, enarbolando el tenedor.
—Cuanto tiempo hacía que no probaba estas manzanas —escuchó que decía el abuelo Jorn, como había pedido que le llamase.
El hombre había compartido con ella alguna anécdota que recordaba de su propio abuelo, Frank—.
Hija, tienes la misma bendita mano de tu madre.
Recuerdo que era ella quién hacía estas deliciosas tartas.
Gracias por hacerme recordar mi juventud.
Se sonrojó.
Desde luego, hoy no le faltaban piropos.
—Está riquísima —corroboró Helena—. ¿Seguro que no puedes darnos la receta, Eliza?
—Yo…
—No. Es secreto de estado —declaró Alex, ganándose al momento una sacada de lengua de su cuñada.
—En realidad, es la receta típica de la tarta de manzana de toda la vida —mencionó ella, animándose a hablar también—. Creo que lo que la hace… particular son las manzanas del huerto.
—Eso es verdad —afirmó el abuelo Jorn—. No hay manzanas como las de tu granja, querida.
—Entonces le compraremos las manzanas, ¿verdad, Nick?
—Lo que desees, amor.
—Yo también quiero —aseguró Ada.
—Y yo —apuntó también Rosalind, quién no dudó en guiñarle el ojo.
—Vale. Pero solo si me la cambias por una pequeña planta de vid —murmuró ella, recordando que el hermano de Alex y su esposa, tenían una bodega de vino en Roanoke.
Hubo un par de carcajadas y un divertido:
—Ya es una Green —dijo alguien, aunque no logró descubrir de quién se trataba.
—Dalo por hecho —confirmó la mujer, volviéndose a su marido—. ¿Verdad que sí?
—Eso ni se pregunta —asintió Nate, mirándola y dirigiéndose también a su hermano—. ¿Las vas a plantar tú?
—Solo si me deja —contestó Alex, volviéndose ahora hacia ella con esa expresión de picaresca—. ¿Me dejarás plantarlas?
—¿Cuándo has necesitado mi permiso para hacer lo que te ha dado la gana en mi casa? —respondió por inercia, lo cual hizo que se le colorearan las mejillas al momento—. Uy…
Él se echó a reír y fue un sonido tan bonito y sincero, que acabó sonriendo también.
—Nate, puedes tomar eso como un sí. Tú envíanos las vides y ya me ocupo yo de lo demás.
El resto de la velada transcurrió de la misma manera, entre risas, comentarios y piques entre los hermanos, una agradable experiencia que Eliza iba a atesorar durante el resto de su vida.