Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

No podía estarse quieto.

Había llegado con el amanecer y solo porque Eliza se había despertado antes.

Se había acostumbrado a pasar las noches cerca de ella, dormitando bajo su ventana o, más recientemente en el porche, acurrucado en su forma lupina.

No soportaba dejarla, incluso ahora hervía porque no estaba junto a ella y no sabía si acabaría aceptando su invitación o la declinaría.

Terminó con la faena que normalmente iniciaba al alba, antes de ir a la granja para estar con ella, atendió a sus caballos, limpió las cuadras y los llevó a la zona de pastos para que pasaran el día a sus anchas.

Phineas lo seguía como un cachorro mientras lo conducía a su propio redil, deslizó la mano por su grupa, acariciando su suave pelo y le dio una palmada en el anca para animarlo a entrar.

Verlo saltar, haciendo cabriolas antes de echar a correr le arrancó una sonrisa.

Al menos alguien estaba de buen humor esa mañana .

Cerró la puerta del cercado y se volvió con intención de volver a los establos y seguir con cualquier faena que pudiese mantearlo ocupado, pero no llegó demasiado lejos.

Nathan caminaba hacia él con las manos en los bolsillos. Él era tan solo dos años mayor, sus ojos verdes se entrecerraron ligeramente, protegiéndose del sol, pero su sonrisa era amplia y conocedora.

Mientras Nick y Helena llevaban en el rancho ya casi dos semanas, Zack y Nataly habían llegado ayer por la tarde y, a la vista estaba de que el último de los Green acababa de llegar.

Él había sido el último en emparejarse y su compañera era una loba.

Algunos tenían suerte.

—Y aquí estás —le saludó su hermano.

—Bienvenido —le devolvió el saludo.

Nate lo recorrió con la mirada de la cabeza a los pies y fue directo al grano.

—¿Cómo lo llevas?

—Nunca volveré a meterme contigo por haber dejado irse a Nataly durante aquella semana.

Los labios del hombre se curvaron.

—Nick nos ha comentado que has estado pasando las noches fuera y también casi todo el día.

—No quiero dejarla sola.

—¿Y el rancho?

—He contratado a un nuevo capataz y por lo demás, me las arreglo bien, como puedes ver.

Chasqueó la lengua.

—Te llamaría imbécil, pero he estado en tus zapatos y sé que la vida puede ponerse patas arriba con mucha facilidad —afirmó—. Vamos a quedarnos unos días, Zack también, así que no te preocupes y céntrate únicamente en ella, te cubriremos las espaldas mientras arreglas tus asuntos.

Resopló.

—¿Y la bodega? —Héctor se encargará en nuestra ausencia y Daniel se hará cargo de Wolf Lake —se acercó a él y le apretó el hombro—. Tienes una familia que te apoya del mismo modo en que tú nos apoyaste, hermanito. No tienes que hacer esto solo.

Dejo escapar un suspiro y asintió.

—Gracias. Esto está siendo… una extraña mezcla de sueño y pesadilla.

—El abuelo dijo que tu compañera era humana, la nieta de Frank.

Asintió.

—¿Y qué tal os va? Ya sabe…

Negó.

—Ni siquiera sé cómo decírselo. No es como si pudiese presentarle a mi lobo.

—¿Porque no? Tienes un culo peludo muy mono.

Bufó y él se rio.

—Eliza está ya bastante confundida con lo que la hace sentir nuestro vínculo como para añadir a mi lobo a la ecuación —resopló—. La invité a venir a la barbacoa.

—Muy bien…

—No sé si aceptará —admitió—. Y si no lo hace… No podré quedarme. No quiero dejarla sola. No puedo.

—Lo sabemos, Alex —le aseguró—. Pon a tu compañera primero, en estos momentos es lo único que debe importarte.

Asintió, agradecido por su apoyo, por el de toda la familia. Estaba a punto de responder algo cuando escuchó un sonido conocido; era el ruido de un motor.

El corazón se le aceleró, su lobo levantó las orejas, repentinamente interesado.

—Es ella… —musitó, sus labios estirándose solos en una aliviada sonrisa—. Ha venido…

—Ve —se rio Nate.

No fue necesario que se lo dijese dos veces, sobrepasó a su hermano y salió como una exhalación hacia la casa.

Vio aparecer el coche por el camino principal, conducía despacio, como si quisiera retrasar el momento de su llegada o puede que fuesen imaginaciones suyas. Al fin entró en el área de la casa, se dirigió a la zona en la que había ya aparcados otros coches y apagó el motor.

Alex se dirigió hacia ella, sus pasos acortando la distancia, llegando justo a tiempo para verla abrir la puerta y bajarse con aire vergonzoso.

Estaba aquí, en el rancho, su hogar, su territorio.

Mía.

El pecho le estallaba de felicidad.

—Hola —murmuró, algo cohibida—. Yo… he venido.

—Ya lo veo.

Se quedaron mirándose, Alex conteniéndose a duras penas, dejando que fuese ella la que marcase el ritmo.

—Te traído una tarta. Todavía está caliente.

Olfateó el aire y la boca se le hizo agua.

—¿De manzana?

Asintió.

—Ahora me pones en un brete, porque estoy pensando en guardármela solo para mí —mencionó con voz ligera, inclinándose sobre ella, solo un poco, lo justo para hacerle aquella confesión—. Ya sabes que es mi favorita.

Su mirada se volvió cálida, incluso le devolvió la sonrisa, aunque con cautela.

—Deberías dejar al menos que la prueben, ¿no te parece?

—Solo si así lo quieres —respondió en consecuencia, entonces señaló a su alrededor con un gesto—. Y Bienvenida a Hope Valley Ranch. Me honra que hayas aceptado mi invitación.

—Yo… quería venir. —Su admisión le produjo una punzada en el pecho y asintió en respuesta.

—Y yo me alegro de que lo hayas hecho —aseguró e, indicándole la casa de planta baja con un gesto, le dijo—. ¿Me acompañas?

Ella asintió y juntos se dirigieron hacia el porche de su hogar.