Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Elisa miró el horno con ojos entrecerrados.

Se había levantado temprano otra vez, demasiado temprano, y esta vez no podía echarle la culpa a la falta de descanso, ni a los sueños eróticos que últimamente la despertaban empapada en sudor. Ni siquiera podía echarle la culpa al calor.

No. El que hoy hubiese madrugado tenía que ver con que era sábado, el infame sábado. El día de la semana que se había estado acercando inexorablemente desde que Alex le había hecho aquella proposición cuatro días atrás.

Hoy era la barbacoa en Hope Valley Ranch, el cual compartía nombre con el pueblo.

Una cita familiar a la que su vecino-manitas-arréglalo todo la había invitado y que, a día de hoy, a pesar de estar horneando su tercera tarta de manzana de la semana, todavía no había decidido si quería aceptar ese riesgo e ir.

Acabó arrodillándose en el suelo, frente a la ventana del horno, a sabiendas de que eso no iba a hacer que la tarta se hiciese antes, ni que se cocinase como debía.

Su primer intento había sido un fracaso, estaba claro que no tenía la mano de su madre para la repostería.

Por suerte, consiguió deshacerse de la horrible prueba antes de que la perfecta y finísima nariz de Alex la descubriese.

Se dio cuenta de su magnífico olfato en su segundo intento de horneado.

Se había asomado a la cocina, a mitad de la mañana, con una expresión que solo podía describirse como «ilusión infantil» , preguntándole si lo que estaba oliendo era tarta de manzana.

Desde que la sacó del horno y la dejó a enfriar como hacía su madre, en el alfeizar de la ventana, hasta que estuvo lista para servirse, el hombre se convirtió en algo así como el «guardián de la tarta» .

¿Y el primer bocado que le dio? Todavía se sofocaba al recordar ese momento en particular. Ese hombre parecía haber sufrido un orgasmo, su rostro había sido de puro éxtasis mientras cerraba los ojos y la saboreaba.

Durante un brevísimo instante se había sentido una intrusa por presenciar algo tan íntimo, pero después, no pudo más que disfrutar del hecho de verle disfrutar a él.

Había sido, oficialmente, su primera tarta de manzana y el hombre para el que la había hecho, la disfrutó inmensamente.

Esa fue otra de sus primeras veces. Nunca había cocinado para Anthony, no en realidad.

Cada vez que sugería la posibilidad de meterse en la cocina y prepararle algo, él respondía de manera jocosa, diciéndole que era mejor que fuesen a un restaurante o pidiesen algo a domicilio.

Cómo mucho le permitía cortar algo de queso y aderezarlo con algunas frutas.

Él la había anulado de muchas maneras y solo ahora empezaba a darse cuenta de esos pequeños detalles, unos que se había acostumbrado a pasar por alto, pero no más.

Su vecino nunca le exigía nada, no se ponía exquisito con el tema de la comida, la mayoría de las veces ni siquiera la molestaba a esa hora y se iba a comer a la parte de atrás de su camioneta.

Desde aquella primera invitación que le había hecho a comer, la cual consistió en unos bocadillos, no habían vuelto a coincidir de esa manera .

No hasta hace dos días, cuando acabó en el porche, con un bol de ensalada y él se sentó en las escaleras, con su propio túpe r , sin pronunciar palabra.

Todavía no sabía cómo había terminado ocupando un escalón por encima de él, necesitando de esa cercanía y, también, no iba a negarlo, porque el aroma que salía del recipiente era de lo más atractivo.

«¿Quieres probarlo? Lo ha hecho mi cuñada, Helena».

Había echado el brazo hacia atrás, tendiéndole el recipiente y un cubierto que no había usado. Fue un momento agradable, sin mayores pretensiones y que derivó en una sencilla conversación sobre dicha mujer y su presencia esos días en el rancho.

—Y aquí estoy yo ahora, vigilando que una estúpida tarta de manzana no se escape del horno —murmuró para sí. Dejó escapar un pequeño suspiro y ladeó la cabeza para echar un vistazo al reloj que había pedido online y que ahora colgaba de la pared de la cocina.

Había tenido que ir a recogerlo al pueblo, pero había merecido la pena. Ya no tenía que depender del teléfono móvil para saber la hora.

En un día cualquiera, el motor de la camioneta de Alex habría entrado ya ronroneando por el camino principal. Su llegada se había convertido en algo rutinario, en el pistoletazo de salida de cada día.

Y hoy, que no estaba allí, echaba de menos su ausencia.

—¿Cómo es posible que signifique tanto alguien a quién conozco desde hace una semana? —musitó.

No tenía respuesta para eso, como tampoco para todo el tumulto de emociones que giraban dentro de ella. Se había convertido en una dicotomía andante, en un quiero, pero no me atrevo.

Y no me atrevo, porque no tengo ni puta idea qué pasa por mi cabeza.

Sí. No estaba ciega y tenía ojos en la cara. El hombre era atractivo, sexy incluso, pero era algo más lo que hacía que se le acelerase el corazón cada vez que lo tenía cerca, lo que la ponía nerviosa y también lo que la llevaba a buscarle cuando se sentía sola.

Ya no podía negar que algo los unía. No sabía cómo o por qué, pero ese algo estaba ahí y estaba vivo.

—Va a estar presente toda su familia… —se recordó. Llevaba toda la mañana pasando de un lado a otro de la balanza—. ¿Qué pinto yo allí? Bueno, su abuelo había conocido al de ella, al parecer.

Así que al menos tendría algo de lo que hablar, pero, ¿y sus hermanos? ¿Sus cuñadas? ¿De qué podía hablar con ellos? Y lo más importante de todo, ¿qué iban a pensar de ella? Una completa desconocida a la que su hermano decidió invitar a una reunión familiar.

El timbre del reloj del horno eligió ese momento para resonar con todas sus fuerzas. Se sobresaltó y a punto estuvo de darse un golpe en la frente con la puerta del horno en el proceso.

Justo lo que necesitaba, un chichón.

Resoplando, cogió las manoplas que tenía sobre la encimera y sacó la tarta del horno. El aroma era delicioso y su aspecto era bastante decente, en realidad.

Probablemente era la mejor que había hecho hasta ahora.

—Al menos no da vergüenza ajena —musitó dejando la tarta sobre un soporte para que pudiese empezar a enfriarse.

Se la quedó mirando como si aquella masa rellena tuviese las respuestas que necesitaba, pero mucho se temía que esas estaban solo dentro de ella.

—Ir o no ir, esa es la cuestión —recitó solo para hacer a continuación una mueca—. Eso, Eliza. Tú ponte filosófica, aun encima.

Dejó escapar un profundo suspiro y sacudió la cabeza.

—¿A quién pretendo engañar? —chasqueó la lengua—. La tarta habla por sí sola. No me habría levantado tan temprano ni rezado a todo el santoral si no hubiese tomado ya la decisión.

Quería ir, pero más que nada, quería volver a ver a Alex. La perspectiva de quedarse en casa y sola, además, hacía que se le encogiese el estómago.

Tomada la decisión, pasó las próximas horas decidiendo que ponerse solo para descartarlo después.

Casi toda su ropa estaba pensada para salir a cenar, a comer o para asistir a algún evento o al trabajo en una gran ciudad, no para pasearse por el pueblo, ponerse a pintar paredes o recolectar manzanas.

Y sus zapatos, todos eran de tacón, sus conjuntos de falda y blusa, los vestidos y los trajes de chaqueta eran o demasiado correctos o elegantes.

Lo más curioso de todo es que no se había parado a pensar en ello hasta ahora, cuando deshizo por fin la maleta y se encontró con todo aquello.

En esos últimos días había sobrevivido básicamente con la ropa que tenía de andar por casa, una par de leggins, otro par de camisetas y unas zapatillas deportivas que pedían a gritos la jubilación.

Había prescindido del maquillaje, de las mascarillas, de mil y una cosas que habían sido parte de su día a día.

Se dejó caer sobre la cama más agobiada si cabía que antes. Las lágrimas le picaban en los ojos y sintió la tentación de hacerse un ovillo sobre ella y quedarse allí para siempre.

¿Por qué había tardado tanto en despertar? ¿Por qué no se daba cuenta en aquel entonces de que se estaba perdiendo a sí misma? «Buenos días, bonita».

La voz de Alex se abrió paso en su mente. Ese era su saludo de cada mañana, uno que, sin pretenderlo, le aceleraba el corazón y hacía que las cosas a partir de ese instante fuesen un poco mejor.

—Te necesito —admitió por primera vez en voz alta, dejando salir una realidad que ya no podía negar.

Él se había convertido en un amigo, alguien que siempre estaba allí, pero no exigía, no le decía lo que tenía que hacer, como tenía que vestirse, ni qué comer.

Su presencia la animaba, la hacía muy consciente de sí misma y de sus capacidades.

Gracias a ese hombre, había empezado a vivir de nuevo y, solo por eso, merecía la pena levantarse ahora e intentar conocerle un poco más.

Eliza echó la cabeza hacia atrás y respiró hondo.

—Es Alex. Es el rancho de su familia. Y esta eres tú ahora, Eliza Carmody, ya no una mujer de ciudad, eres una chica de Hope Valley.

Para cuando se sentó tras el volante de su coche, con la tarta de manzana bien empaquetada sobre el asiento del conductor y ella vistiendo unos jeans, una camiseta y un bléiser con zapatillas deportivas, Eliza se sentía mucho más ligera y, sobre todo, más valiente.

Arrancó el motor, echó un último vistazo a su propia casa y enfiló el camino de la entrada para dirigirse al rancho de los Green.