CAPÍTULO 14 #2
—No negaré que prefiero que estés en un lugar en el que sepa que no puede acercarse a ti y volver a molestarte. —Fue franco al respecto—. Pero también me gustaría que vieras dónde vivo.
Quiero que formes parte de ello.
No lo dijo en voz alta, pero quedaba implícito en sus palabras, lo supiese ella o no. Si le concediese esa oportunidad, si confiase en él de esa manera…
Pero la decisión era suya, así que calló y no añadió nada más. Ahora la pelota estaba en su tejado.
***
El silencio se alargó más de lo esperado.
Eliza no sabía cómo responder a esa inesperada invitación. Se quedó quieta, con el trapo aún entre las manos, intentando encajar las palabras que había oído de boca de Alex en algún lugar dentro de su mente… cosa que no era nada sencilla.
¿Cómo habían llegado hasta este punto? ¿Por qué le hacía una propuesta semejante? Le estaba pidiendo que fuese con él, a su casa, al rancho en el que iba a reunirse toda su familia.
Y se lo pedía a ella, a prácticamente una extraña.
Pero no, en realidad no lo era. Ninguno de los dos podía considerarse ya un extraño para el otro después de haber pasado estos últimos días en su mutua compañía.
«Me gustaría que vinieses».
Sus palabras le provocaron una extraña sensación en el pecho, una mezcla incómoda de nerviosismo y… algo más.
—Eso es… —empezó, pero tuvo que detenerse un segundo, buscando las palabras adecuadas, si es que estas existían—. Un poco repentino, ¿no te parece?
—No, no lo creo.
Su franca admisión volvió a sorprenderla.
Eliza bajó la mirada un instante, centrando su atención en el trapo entre sus dedos, retorciéndolo sin darse cuenta. Ese eterno nerviosismo parecía dispuesto a hacer de nuevo acto de presencia, pero es que lo que le proponía… no era solo una invitación.
Era lo que llevaba implícito: conocer a su familia, entrar en su mundo… Y, sobre todo, dejar de fingir que aquello que estaba ocurriendo entre ellos era algo pasajero o circunstancial.
—No creo que sea adecuado… —murmuró finalmente, más para sí misma que para él—. No nos conocemos tanto.
Eliza levantó la cabeza, casi esperando una de sus particulares respuestas, pero todo lo que encontró fue su mirada fija en ella, sin exigencias, sin presiones, tan solo esperando, siempre esperando.
Y eso era lo que más la desarmaba.
—Hace unos días ni siquiera sabía que existías, Alex —continuó, esta vez más firme, como si necesitase escucharse a sí misma decirlo en voz alta—. Y ahora… —Dejó la frase en el aire, incapaz de terminarla sin admitir demasiado—. Ahora das por hecho cosas que ni yo misma entiendo.
Se apartó un mechón húmedo del rostro, exhalando despacio.
—En cuanto a ese tipo, el tal Sullivan —se negó a usar su nombre de pila, pero no dudó en usarlo para desviar momentáneamente la conversación—. Ni siquiera sé por qué se presentó en mi casa, pero preferiría que se abstuviese de volver a hacerlo. No me ha inspirado confianza alguna.
De hecho, le había provocado un rechazo instantáneo.
Conocía a los hombres como él y sus sonrisas falseadas, sus miradas de adoración, la elección de la palabra correcta para engatusar…
Había tenido demasiado de eso en su vida y lo había dejado atrás.
No tenía el menor interés en cultivar la amistad de alguien semejante.
Volvió a mirarlo y, esta vez, no apartó la mirada.
—Pese a ello, el irme contigo tampoco es la solución —aseguró y añadió al momento—. No voy a abandonar mi casa porque alguien haya decidido hacerme una visita, por muy indeseada que esta fuese.
—Pero puede que un cambio de aires y una buena carne a la parrilla merezcan la pena después de lo duro que has trabajado aquí estos días… —sugirió él. Y, una vez más, no insistía, tan solo le daba una razón, una salida—. A menos que seas vegetariana, ¿lo eres?
Se lo quedó mirando, soltó un pequeño resoplido y sacudió la cabeza.
—No. —Intentó no reírse, pero era difícil no hacerlo. Alex era así, en un momento serio, meditativo y al siguiente, decía algo para arrancarte una sonrisa.
—Tú decides, Eliza —concluyó él con suavidad—. Sin compromisos, con total libertad…
Ella tragó saliva y volvió a caer en ese calmo silencio.
¿Por qué no le decía que no y ya? Porque a pesar de todo lo que acababa de decir… quería aceptar. Y eso era lo que más la desconcertaba.
—Es solo que… —murmuró, bajando ligeramente el tono—. Cada vez que intento ponerle sentido a esto… —Se llevó la mano al pecho—. Todo aquí dentro hace lo contrario.
La verdad salió de su boca con más facilidad de la que hubiese pensado.
—No soy ese tipo de persona, Alex —añadió, queriendo dejar salir todo aquello de una vez—. No me lanzo sin pensar. No… —Negó con la cabeza, frustrada—. Yo no soy así.
O al menos no lo había sido con nadie hasta ahora, hasta él, pero no se atrevió a decirlo en voz alta, aunque tampoco creía que hiciese falta. Era como si ese hombre fuese capaz de leerla como un libro abierto.
Volvieron a sumirse en el silencio, pero esta vez fue ella quien fue incapaz de quedarse inmóvil y dio un paso hacia él, un movimiento casi imperceptible, pero uno a fin de cuentas.
—¿Y cómo eres, Eliza? —La pregunta fue como una caricia, su voz tan cálida y amable como siempre, pero había algo más, algo íntimo—. ¿Cómo eres en realidad? Te confieso que es algo que… no me importaría descubrir.
¿Cómo era ella en realidad? No tenía una respuesta, todavía no y el hecho de que así fuera tenía que ver mucho con su pasado, con esos dos últimos años y el que la Eliza que había sido se hubiese perdido.
¿Quién era ella? ¿Quién era Eliza Carmody? ¿Quién era ahora? La respuesta apareció sin pretenderlo y lo hizo al mirar esos ojos verdes que seguían fijos en ella. Desde que puso un pie en esta casa, desde que él lo puso, ella había sido diferente.
Sí. Había sido libre.
—Mi invitación no es una imposición, Eliza —añadió él, cubriendo el silencio que había obtenido como respuesta a su última pregunta con sus propias palabras—.
Si deseas venir al rancho, será un placer para mí y para mi familia recibirte y si decides no hacerlo, eso no hará que deje de venir a verte cada mañana.
¿Lo prometes? Estuvo a punto de decirle, pero consiguió callar a tiempo, dejando que una vez más el silencio fuese su respuesta.