CAPÍTULO 14
Alex empezó a respirar de nuevo en cuanto la puerta se cerró a su espalda y su mujer quedó fuera de la vista del recién llegado.
Si, por norma general, Mark Sullivan no le caía bien, en estos momentos se encontraba en el primero de los puestos de la lista de hombres a los que no le importaría destripar.
Estaba haciendo un verdadero esfuerzo de contención para no darle un puñetazo a ese imbécil.
Sabía muy bien a lo que venía y que su presencia aquí no era fortuita.
Eliza llevaba una semana ya en Hope Valley y durante todo ese tiempo no se había ni asomado por la granja.
Si realmente tuviese la intención de ejercer como un buen vecino, habría venido mucho antes e incluso le habría ofrecido su ayuda.
No. Él no estaba aquí para ejercer de buen samaritano, buscaba algo en concreto y parecía que encontrarle a él allí, se los había desbaratado.
—Parece una mujer interesante, ¿no? —mencionó el tipo, quien no parecía estar muy por la labor de volver a su coche—. He oído que es la nieta de Frank, ¿es verdad?
Se limitó a asentir. No tenía por qué negar algo que acabaría descubriendo por otro lado.
—Así que es más un regreso a casa que una compra impulsiva —continuó el tipo y añadió, señalando con un gesto el porche—. Dile que se pase por la tienda cuando necesite algo para la granja, le haremos un descuento por ser nueva en el pueblo.
Se guardó su respuesta y lo que podía hacer con sus descuentos. Si de él dependía, su compañera no pondría ni un solo pie en ese lugar.
—Por cierto, ¿te has pensado ya en la última oferta que te hice? —El cambio de tema no era extraño, no viniendo de ese hombre—. Podrías aumentar fácilmente la yeguada con ese dinero, mejorar incluso las instalaciones.
—Lárgate, Mark. —Fue tajante—. Aquí no hay nada para ti. Ni caballos, ni mujeres, ni nada.
Por mucho que quisiera arrancarle la cabeza, no debía darle motivos para que su interés en Eliza fuese mayor, así que optó por girar sobre sus talones y subir los cuatro escalones que llevaban al porche para retomar su trabajo.
Cogió el martillo que todavía seguía allí y lo ciñó como una silenciosa advertencia, aunque no se molestó ni en darse la vuelta.
Escuchó como el tipo chasqueaba la lengua, le pegaba un puntapié a alguna piedrecilla y decía la última palabra; como siempre.
—Antes o después tendrás que aflojar, Green —pronunció él y, esta vez, su voz contenía un obvio tono de fastidio—. Y siempre es mejor hacerlo cuando las condiciones todavía te son favorables…
Levantó la cabeza, apretó los dientes y lo fulminó con la mirada, pero el imbécil ya había dado media vuelta y se dirigía a su vehículo.
Le pareció que le llevaba demasiado tiempo encender el motor y emprender la retirada y, cuando al fin arrancó y se marchó por dónde había venido, su humor no había mejorado ni un poquito .
Dejó escapar un bajo gruñido. Su lobo no estaba tranquilo, ni siquiera un poco, seguía completamente alerta, esperando a ver qué pasaba a continuación.
—Maldito imbécil… —masculló por lo bajo.
Lo último que quería era tener a ese tipo rondando la granja o, peor aún, rondando a su mujer. La sola idea hizo que algo oscuro y primitivo se removiese en su interior, despertando su lado más salvaje.
Ella es mía.
Apretó la mandíbula, gruñó una vez más y supo que necesitaba tiempo para calmarse, para recuperar el control de sí mismo. Necesitaba correr, pero ceder a ese impulso suponía dejar sola a Eliza y ni loco haría algo como eso.
Dejó el martillo sobre la madera con un golpe seco y se pasó ambas manos por la cara, intentando ordenar las ideas.
Las reglas del juego acababan de cambiar y no para mejor, precisamente.
No soportaba la idea de que ningún hombre la rondase y mucho menos uno que parecía tener como objetivo joder con él siempre que podía.
No la metería a ella en esa estúpida batalla entre ellos.
—Justo cuando las cosas parecía que empezaban a cambiar… —siseó.
Giró la cabeza hacia la puerta como si su presencia le llamase. Sabía que estaba del otro lado, podía sentirla muy cerca. Su presencia era como un hilo constante bajo su piel, tirando de él, manteniéndolo anclado a cualquier lugar en el que estuviese ella.
Este era su santuario. Cualquiera que fuese el motivo por el que había venido a Hope Valley la había traído hasta esta casa en busca de refugio y esa inesperada visita acababa de poner en peligro tal finalidad.
No quería a Sullivan rondando la propiedad y mucho menos cerca de ella, pero ¿cómo iba a evitarlo?
¿Qué podía hacer para mantener a ese cabrón lejos de su pareja?
Podría quedarse con ella, acampar en los lindes de la propiedad por la noche, si era necesario, pero eso acabaría haciendo que él mismo pareciese un acosador a ojos de Eliza.
Tendría que seguir vigilándola desde las sombras, como lobo.
—Tengo que sacarla de aquí… —murmuró para sí, jugando con aquella inesperada idea, la cual fue cobrando peso a medida que pensaba en lo que podía obtener con ello y el lugar al que podía llevarla.
Hope Valley Ranch.
Era un movimiento arriesgado, pero no podía negar que el solo hecho de imaginársela en su propia casa lo emocionaba.
Allí estaría segura, podría enseñarle el lugar, mostrarle los caballos, a lo que él se dedicaba…
Una visita así podría ayudarla a conocerle mejor, le permitiría enseñarle quién era en realidad o, al menos, la parte que se atrevía a enseñar.
Era su territorio, el único lugar en el que nadie entraría sin una invitación o sin llevarse un balazo por entrar en propiedad privada y sin invitación.
Y no le importaría lo más mínimo disparar a ese cabrón si osaba poner un solo pie en el rancho cuando su compañera estuviese allí.
Por el contrario, lo disfrutaría inmensamente.
Y tenía la excusa perfecta para llevar a cabo tal invitación. Ni siquiera tenía que inventársela, ya que era algo que su abuelo llevaba semanas planeando; una barbacoa familiar.
La expectativa de aquello pareció contentar también a su lobo, quién rebajó la tensión, permitiéndole pensar de nuevo con cierta coherencia.
No lo dudó un segundo, se incorporó y, más decidido ahora, cruzó el porche y abrió la puerta sin pensárselo dos veces. El sonido del agua corriendo procedente de la cocina lo llevó hasta ella.
Se quedó en el umbral, contemplando su figura de espaldas a él, inclinada sobre el fregadero, lavando las manzanas que habían recogido en el huerto.
—¿Se ha marchado ya? —le preguntó sin volverse siquiera, su voz tenía un ligero toque de fastidio.
—Es un imbécil —respondió sin pensárselo mucho—. Le gusta tocar las narices.
No iba a venderle al hombre como algo que no era. Fue entonces cuando ella se giró un poco, dedicándole un fugaz vistazo por encima del hombro.
—Pareces conocerle bien.
Se cruzó de brazos y se apoyó en el quicio de la puerta.
—Mark Sullivan es el tipo de hombre que piensa que puede obtener todo lo que quiere. No le importa el precio, ni tampoco los métodos —confesó—. No es peligroso, no es físicamente agresivo, pero le cuesta aceptar un no por respuesta, sobre todo en los negocios.
—Y tú lo sabes por experiencia, ¿no? —No era un reproche, tan solo curiosidad.
Vio cómo se volvía del todo hacia él, secándose las manos en un paño de cocina.
—Ha hecho varias ofertas por uno de mis caballos —resopló, recordando cada una de ellas—. El único que no está en venta. Bueno, tratándose de él, ningún miembro de mi yeguada lo está, pero Phineas menos que nadie.
—¿Tienes un caballo llamado Phineas ?
—Phin para abreviar —asintió, atento al interés que acababa de mostrar—. ¿Te gustan los caballos? ¿Montas?
Ella sacudió la cabeza.
—Quiero decir… Sí, me gustan, pero hace años que no monto —mencionó, sus ojos azules se desplazaron hacia la ventana, como si pudiese ver a través del cristal el pasado que estaba rememorando—.
Mi abuelo fue quién me enseñó a montar. A mi madre le daban pavor los caballos y no quería que él lo hiciese, pero…
se salió con la suya. Aunque no era más que una niña por aquel entonces.
Un pedacito de su pasado.
No pudo evitar que se le hinchase el pecho y el corazón al ver que acababa de compartir ese recuerdo de la niñez con él.
—Yo podía ayudarte a refrescar esos conocimientos, si así lo deseas —ofreció, manteniendo su lugar en la puerta—. Y conozco la yegua perfecta para empezar…
Ella deslizó ahora la mirada sobre él, lo que le dio pie a separarse del marco y dar un paso hacia dentro.
—Este fin de semana —le ofreció—. Ven conmigo este fin de semana y te la presentaré. —No se molestó en adornar sus palabras, se limitó a ser sincero y firme, diciendo lo que quería decir—. Ven conmigo, Eliza.
Ella parpadeó seguido, como si la hubiese cogido todavía pensando en el pasado y estuviese centrándose de nuevo en el presente.
—¿Contigo? ¿Dónde?
—Al rancho —dio otro paso hacia delante, solo uno más y le sostuvo la mirada con seguridad—.
El viejo lleva tiempo deseando reunir a todos sus nietos y nietas.
Ha conseguido que todos mis hermanos y sus parejas se pongan de acuerdo para asistir este fin de semana.
Habrá una barbacoa, es la especialidad de la casa.
Hizo una pausa, breve, medida, dejando que la información calase en ella, permitiéndole filtrar sus palabras.
—Me gustaría que vinieses.
Se hizo de nuevo el silencio, pero no era algo incómodo, tan solo la transición necesaria para aquel momento. Ambos sabían que detrás de esas palabras había más que una simple invitación, que podía interpretarse como algo más y ese algo estaba ahora sobre el tejado de ella.
Aventuró un paso más, sin invadir su espacio, pero ganando terreno, uno que ahora necesitaba más que nunca.
—No tienes que decidirlo ahora —añadió, bajando el tono—. La barbacoa es el sábado.
Su mirada se suavizó durante un segundo.
—¿Esto tiene algo que ver con la reciente visita de ese tal Sullivan? —preguntó ella.