Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Eliza levantó la cabeza casi sin darse cuenta, con una de las manzanas que había estado lavando todavía entre los dedos.

El sonido del motor que estaba escuchando no pertenecía a la camioneta de Alex.

Había aprendido a reconocerlo con una facilidad que empezaba a resultarle incómoda, pero lo que tenía claro es que quién quiera que estuviese ahí fuera, no era él.

Se secó las manos en el trapo de cocina con cierto nerviosismo. Había algo en ese sonido que la puso alerta y la incomodó a partes iguales.

Dejó atrás la cocina y salió al porche delantero tratando de ubicar la procedencia del sonido. El vehículo se adentraba por el camino principal, levantando una leve estela de polvo tras de sí, hasta detenerse tras la camioneta de Alex y su propio coche. No había más espacio disponible.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que el aire pareciese cambiar a su alrededor.

Su nerviosismo aumentó gradualmente, pero también su curiosidad. No esperaba a nadie y tampoco es que hubiese dejado sus señas a nadie. Su padrastro, al único que había hablado recientemente de la propiedad, no podría importarle menos su paradero.

El crujido de la puerta al abrirse rompió la quietud, no tardaron en seguirle unos pasos, firmes y seguros. Quien fuese avanzaba sin prisa y sabía a ciencia cierta que no era Alex.

No, no tenían esa cadencia tranquila que ya reconocía sin pensar, eran distintos, más medidos, más conscientes, casi calculados. Su vecino no había movido la camioneta para nada, de hecho, le había dejado en el huerto cuando regresó a casa e ignoraba si había vuelto ya de allí.

Eliza dejó el umbral y cruzó el porche, sin abandonarlo. No iba a esconderse en su propia casa, pero tampoco tenía la intención de recibir a un desconocido con los brazos abiertos.

Puede que este fuese un buen momento para comprarse una escopeta de caza, aunque solo fuese para disuadir a los visitantes indeseados de entrar en su propiedad.

La figura apareció rodeando la camioneta de Alex un segundo después. El vistazo que le echó al vehículo no fue casual, como tampoco el rictus que le curvaba los labios.

El recién llegado era alto e iba demasiado bien vestido para alguien que tuviese que adentrarse en este territorio. Camisa clara, gafas de sol, porte relajado… demasiado relajado, incluso.

Se detuvo a los pies del porche y sonrió al verla. No era una sonrisa desagradable, pero tampoco era de las que invitaban a devolverla.

—Tú debes de ser Eliza Carmody. —No lo estaba preguntando, así que de algún modo la conocía.

Ella se limitó a fruncir ligeramente el ceño, manteniendo la distancia.

—Depende de quién lo pregunte.

Él soltó una breve risa, como si aquello le resultase divertido, y avanzó un par de pasos más, acortando el espacio entre ellos sin pedir permiso.

—Mark Sullivan —se presentó, quitándose las gafas de sol con un gesto tranquilo—. Siento presentarme así, sin avisar, pero… ya sabes cómo son los pueblos. La llegada de un nuevo residente no es algo que suela pasarse por alto, de hecho, suele ser motivo de celebración.

Sus ojos recorrieron el entorno con calma, deteniéndose en los manzanos, en el terreno despejado… y finalmente en ella.

La manera en que parecía observarlo todo no le gustó, pues parecía examinarlo todo con lupa.

Eliza cruzó los brazos de forma casi inconsciente.

—¿Así que soy el nuevo entretenimiento del pueblo? —preguntó irónica.

Él dejó escapar una ligera carcajada. En otra época puede que la hubiese encontrado atractiva, incluso agradable, pero aquí y ahora, solo le provocaba rechazo.

—No puedes culparlos. Brook Farm llevaba varios años abandonada y, de repente, una elegante y atractiva mujer aparece por el pueblo para hacer algunas compras y dice que se ha mudado a ella —mencionó, inclinando ligeramente la cabeza, como si la mirase ahora por debajo de las pestañas—.

No es algo que pase todos los días en Hope Valley.

El comentario no resultaba ofensivo, pero tampoco inocente.

—Supongo que no —respondió ella sin demasiado interés por alargar más aquella conversación.

El silencio que siguió a su contestación fue breve, pero cargado. No tenía idea de qué narices había venido a buscar ese tal Sullivan, pero desde luego, ella no era una atracción de feria y su casa tampoco.

Estaba a punto de abrir la boca y decirle que estaba ocupada cuando algo cambió a su alrededor.

Fue algo sutil, casi imperceptible, pero suficiente para disminuir inmediatamente su ansiedad.

Sintió su presencia incluso antes de verlo aparecer desde el lateral de la casa, avanzando hacia ellos con esa calma engañosa que ya conocía.

Su mirada verde estaba fija en el hombre que tenía delante y cuando se movía, lo hacía de una forma que no había visto antes, medida, conteniéndose en cada paso, como un animal que acaba de encontrar una presa en su territorio y no tiene intención de dejarla escapar.

Alex no dijo una sola palabra, no era necesario, su presencia hablaba por sí sola y el tal Mark se dio cuenta. El tipo desvió la mirada hacia el ranchero, evaluándolo ahora de arriba abajo, como si estuviese preguntándose que hacía allí.

La sonrisa que lucía hasta el momento permaneció en sus labios, pero cambió ligeramente, volviéndose algo maliciosa.

—Vaya —murmuró el tipo con un deje casi curioso—. Parece que no soy el único que ha venido de visita.

Su vecino se detuvo a un par de pasos de ella, ocupando el primer escalón del porche con una actitud muy clara; nadie iba a pasar de ese punto. Su mirada pasó brevemente sobre ella, como si quisiera asegurarse que estaba bien, antes de volver a clavarse en el desconocido.

—¿Te has perdido de camino a Evion Ranch, Sullivan?

Su voz fue baja y grave, dejando constancia al pronunciar su apellido que ambos se conocían y, a juzgar por la actitud de Alex, el hombre no era de su agrado.

El contraste con el tono relajado de Mark era obvio y no le pasó por alto al recién llegado, quien ladeó la cabeza como si encontrase interesante esa respuesta.

—Ni mucho menos —respondió el aludido—. Tan solo pasaba para saludar a nuestra nueva vecina. Había oído que era una beldad y no se equivocaron.

Alex no respondió, no se movió un solo milímetro, permaneció allí como una infranqueable barricada.

—Ya sabes, intento ser siempre un buen vecino —añadió el tipo y, a juzgar por su manera de hablar, casi diría que no estaba hablando de ella.

El silencio que siguió al intercambio fue breve y tenso, cargado de algo que Eliza no acababa de entender, pero que podía sentir claramente .

Mark dejó escapar una leve risa, suave, controlada, como si el silencio del otro hombre le causase gracia.

—Aunque ya veo que te has adelantado… —mencionó, mirándola ahora a ella, como si su conversación con Alex no fuese más que un detalle secundario—, otra vez.

Ese último par de palabras flotaron en el aire de manera ambigua y ligeramente invasiva.

—Los Green son conocidos en la región por su gran hospitalidad —añadió sin dejar de mirarla—. No me cabe duda de que estarás bien atendida.

Aquello era un insulto en toda regla, pero Eliza optó por no reaccionar, más su acompañante no era de la misma opinión. Bajó el escalón y se puso a la misma altura del hombre. Fue un movimiento sutil, pero suficiente para recortar la distancia entre ellos.

—Lo está —declaró Alex en un tono de voz tan bajo y crudo que le provocó un escalofrío. No solo se estaba limitando a contestar, sino que parecía estar marcando una línea que cualquiera con dos dedos de frente, no tendría intención en cruzar.

Mark lo miró de nuevo, esta vez con algo más de atención, como si empezase a encajar algunas piezas.

—Ya lo veo —dijo finalmente, recorriendo al ranchero con la mirada, para finalmente ir un poco más allá, posándola sobre ella—.

Señorita Carmody, solo quería darle la bienvenida a Hope Valley.

Al igual que la de los Green, mi propiedad linda con la suya, al norte.

Así que, como buen vecino, quería interesarme por la nueva propietaria de la casa y saludarla.

No pasó por alto que hubiese pasado de tutearla a tratarla con lo que parecía risueña condescendencia.

—Mark posee el rancho que hay al otro lado de la finca, el del vallado blanco —le informó Alex, sin sacarle la mirada de encima al tipo—. Es criador de caballos de competición y su familia tiene, además, un almacén de material agrícola a las afueras del pueblo.

—Bien. Gracias por la bienvenida, señor Sullivan, y ahora, si me disculpa, tengo cosas que hacer —replicó, incómoda con la corriente que parecía cruzar entre ambos hombres.

Les echó un rápido y fugaz vistazo a cada uno, dejando claro que estaba fuera de esa estúpida medición de egos, y entró en casa, cerrando la puerta detrás de ella.