CAPÍTULO 12
No podría haberse ido ni aunque lo hubiese querido.
Al final, aunque hubiese dado media vuelta, subido a la camioneta e intentado poner distancia entre él y esa maldita finca, habría encontrado la manera de volver, al igual que lo hacía cada noche para estar cerca de ella.
Pero no podía decirle eso, no todavía al menos, no cuando Eliza seguía luchando con la atracción y las emociones que el vínculo de su emparejamiento ejercía en ella.
Así que, aquí seguía, de pie entre los manzanos, con el aroma de esa mujer todavía en el aire y su voz repitiéndose en su cabeza una y otra vez.
Al infierno todo. Era su compañera y no renunciaría a ella ni a su presencia. Punto.
Su lobo se removió bajo su piel, inquieto, satisfecho, alerta… todo a la vez. Aquella respuesta había sido suficiente para él. Más que suficiente, en realidad. Era cómo tenía que ser, como demandaba su naturaleza. No existía Alex sin Eliza ni Eliza sin Alex.
Mía .
El pensamiento no llegó como una idea, sino como una verdad indiscutible, una que si bien él conocía y entendía a la perfección, para ella era una incógnita.
Tenía que encontrar la manera de que su pareja también entendiese esa verdad, de eliminar toda la indecisión y las dudas de su mente y hacerla ver que estaba bien que se sintiese atraída hacia él, que era lo correcto.
—Desde luego, no existe un emparejamiento fácil cuando se trata de los lobos —murmuró por lo bajo.
Alzó la vista hacia los árboles, intentando centrarse en algo que no fuese ella, pero era inútil. Todo en aquel lugar llevaba su marca ahora. Su olor, su presencia, incluso el aire parecía distinto. Se pasó una mano por la cara, arrastrando el sudor y la frustración con el mismo gesto.
Estaba nervioso, no iba a negar lo evidente.
Esto no estaba siendo mucho más fácil para él, aguantaba a duras penas, sabiendo que solo había una manera de arreglar las cosas y hacer que todo empezase a ir bien… O tan siquiera un poco mejor.
Ardía en deseos de tenerla, de acariciar ese pequeño y curvilíneo cuerpo, de mostrarle que no existía otra mujer en la vida para él, de amarla como solo un lobo podía hacerlo, pero no deseaba acelerar las cosas cuando era obvio que ella necesitaba tiempo para lidiar con sus propios sentimientos.
Al menos ahora había aceptado abiertamente que no quería que se marchase.
No eran solo las palabras que habían salido de su boca, sino todo lo que no había dicho.
Sus ojos habían hablado por primera vez con sinceridad, con la reserva de una mujer que saber que desea algo, pero no entiende el motivo de ello.
Ya no se negaba a esa realidad, tan solo necesitaba tiempo para analizarlo y decidirse a dar el siguiente paso.
Y él la esperaría. Así tuviese que pasarse cada fin de jornada bajo una puñetera ducha de agua fría, esperaría lo que hiciese falta. Después de todo, lo suyo era para siempre, para toda la vida .
Aprovechó aquel momento a solas, después de que Eliza hubiese vuelto a casa con la cesta llena de fruta para deambular por la propiedad.
Caminó sin rumbo fijo durante unos minutos, bordeando los árboles, necesitando moverse y descargar la energía que le recorría el cuerpo como si no terminase de caber dentro de su propia piel.
Seguía sintiéndola cerca, como una presencia constante bajo su piel. Era como estar conectados por un hilo, cada uno sujeto a un extremo, nunca demasiado lejos el uno del otro, ya que siempre estaban acompañados por su mutua presencia.
Y ahora ese vínculo era también más brillante, más tangible, como si esa pequeña aceptación, ese paso hacia el lado correcto por parte de Eliza hubiese afianzado aún más su unión.
—Ella no sabe lo que soy… —masculló, pasándose una mano por el pelo.
Y aun así, lo estaba eligiendo.
A pesar de su desconfianza inicial, de su lucha por alejarse, algo en ella debía saber que él era suyo, que le pertenecía.
No quería seguir manteniéndola en la ignorancia, deseaba mostrarle lo que era, enseñarle esa parte de él que solo conocía su familia y las personas más allegadas. Un secreto que también le pertenecía a Eliza, pues ahora era una parte de él, la más importante de todas.
Pero, ¿cómo hacerlo? No había una forma sencilla de presentarle a su otra mitad. No es cómo si pudiese plantarse delante de ella y decirle «voy a mutar a mi forma lupina, así que no salgas corriendo».
Ella era humana. Lo más probable es que acabase gritando como una posesa, eso si no se desmayaba. Y Dios no quisiera que tuviese un arma a mano, o un martillo, era capaz de molerlo a palos. O aún peor, llamar a control de animales.
—¡Joder! —siseó y empezó a caminar de un lado a otro.
Y esa era solo una parte. Si no enloquecía, si no acababa pidiendo que la encerrasen en un psiquiátrico y le gustaba su otro yo, todavía quedaba ese otro pequeño detalle, el explicarle que era la compañera de un lobo y que el motivo de su reciente turbación y de todas las preguntas que la asaltaban, del deseo que la consumía por las noches, era él.
¿Cómo iba a explicarle que estaba vinculada a él de una forma que no podía romperse? ¿Que ese vínculo los uniría hasta que la muerte se llevase a uno de los dos? ¿Que su cuerpo, su mente y todo lo que era acabaría reclamándolo? Soltó una risa seca, sin humor.
—Sí, claro… —bufó—. Se lo va a tomar de puta madre.
Volvió a mesarse el pelo, tirando ligeramente de él.
No. No podía hacerlo de esa manera, no todavía, al menos, pero tampoco podía quedarse quieto y seguir haciendo como si no pasara nada.
Si la tensión entre ellos seguía construyéndose e iba en aumento, que lo haría, acabarían enredados el uno en el otro y dando rienda suelta a su fogosidad en cualquier puto sitio.
No. Ese «como si nada» ya no existía, no después del momento que acababan de compartir bajo los manzanos, de la admisión que había salido de la boca femenina.
Cerró los ojos un instante y revivió ese precioso instante.
Eliza frente a él, azorada, sí, pero también lista para enfrentarse a lo que fuera, dispuesta a mantenerse firme, a no apartarse, a no huir y mirándole como si… Como si también lo sintiese.
—Porque lo sientes, ¿no es así? —No tenía dudas al respecto. Podía notarlo en ella, olerlo en su propia fragancia, como si esta hubiese cambiado.
Y no era el único. Su lobo estaba más alerta que nunca, sobre todo cuando la chica estaba a su alrededor. Era su propia inquietud, su exigencia de reclamo, porque en esos momentos lobo y hombre eran uno y el mismo.
Alex apretó la mandíbula y gruñó .
—De acuerdo, entonces… —bufó—. Que sea a su ritmo.
Necesitaba que ella lo eligiese, que diese el primer paso, no por lo que él pudiese decirle, sino porque realmente lo desease, porque quisiera estar con él.
El pensamiento se asentó en su mente como algo definitivo. No iba a quedarse de brazos cruzados, eso lo tenía claro, no estaba en su naturaleza retroceder y menos aún rendirse con algo que deseaba, pero dejaría que ella fuese quién tuviese la última palabra.
Conforme con ello, dejó su vagabundeo y se volvió para volver a la casa. No había hecho más que avanzar unos cuantos metros cuando notó algo en el aire. Alzó la cabeza, intentando percibir mejor de qué se trataba, pero no encontró una dirección clara.
Su lobo, sin embargo, estaba alerta.
Ese cambio en el ambiente le hizo desnudar los dientes. Había algún tipo de amenaza, algo que no pudo pasar por alto. Sus instintos lupinos nunca se equivocaban, no en algo así.
—¿Qué demonios…?
Frunció el ceño. El viento cambió ligeramente de dirección, arrastrando consigo un olor que no pertenecía a la finca. ¿Aceite? ¿Metal? Y algo más que no conseguía descifrar, pero que claramente no se parecía a nada que hubiese oteado antes.
Su tensión fue en aumento. Fuese lo que fuese no venía de los alrededores, ni tampoco creía que perteneciese al pueblo y, por encima de todo, no era algo o alguien que estuviese allí por casualidad.
Cambió de postura, sus sentidos completamente alertas, pues ya no era el humano el que estaba al mando, era el lobo y sea lo que sea que había captado, no le gustaba.
—Ya empezamos… —murmuró y, sin pensárselo dos veces, echó a andar hacia la casa.