Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—¿Has tenido que contratar un capataz porque estás viendo aquí?

Negó con la cabeza.

—No. He contratado un nuevo capataz porque el último se ha jubilado y hasta ahora no había podido cubrir su vacante —explicó, descargándola de cualquier posible responsabilidad para con su presencia—.

Estoy aquí porque quiero estar y porque no quiero que le caiga la casa encima a mi vecina favorita.

—¿Desde cuándo soy tu vecina favorita?

Él la miró divertido.

—¿Bromeas? Cómo no ibas a ser mi favorita cuando me has preparado limonada, me has invitado a comer y… —Su mirada vagó sobre ella y acabó en la cesta—. ¿Me vas a preparar una tarta de manzana?

Eliza alzó la barbilla apenas un milímetro.

—Solo me mostré hospitalaria, ya que te empeñaste en quedarte y estás trabajado gratis —respondió con un mohín—. ¿Cómo lo llamaste? ¿Hospitalidad norteña?

—La mejor de todas…

Bufó y sacudió la cabeza, pero esta vez lo hizo sonriendo.

Cuando volvió a mirar al hombre frente a ella lo vio observándola con detenimiento, como si lo hubiese cogido por sorpresa ese cambio en su expresión. Suponía que no sonreía mucho a su alrededor.

En realidad, no creía haber tenido motivos para hacerlo desde hacía tiempo, pero ahora, aquí, con él… todo parecía distinto.

El aire pareció espesarse entre ellos y esa extraña tensión volvió a la carga.

—Además, no podía dejarte a ti sola ahora con los trabajos de reparación y con la desbrozadora… Mi conciencia no lo soportaría —añadió él, apartando ligeramente la mirada hacia los árboles—. Parece que has avanzado.

Se había empeñado en que le enseñase como utilizar la máquina y, a pesar de su férrea negativa del principio y su sobreprotección cuando no le quedó otro remedio que hacerlo, debió terminar por convencerse de que no se iba a cortar una pierna o desangrarse fuera de su vista y le permitió utilizarla por su cuenta.

Aunque la realidad era que la mayoría del trabajo lo había hecho a mano, con guantes y tijeras de podar, algo a lo que ese ranchero sí había dado su bendición.

—Hemos avanzado —corrigió ella antes de pensar demasiado en ello. La propiedad no habría tenido el aspecto de ahora de no ser por la constancia y el buen hacer de ese hombre.

No había nada que se le diese mal.

Los ojos verdes volvieron a ella, más intensos esta vez.

—¿Hemos?

Eliza parpadeó, consciente demasiado tarde de lo que implicaban sus palabras, pero, por otro lado, no eran sino la verdad.

—Bueno… —Se encogió ligeramente de hombros—. Has sido tú el que ha hecho la mayor parte de las cosas. No soy tan arrogante como para negar lo evidente, señor Green.

Lo vio enarcar una ceja ante su elección de palabras, pues solo lo llamaba así cuando quería puntualizar alguna cosa o darle un toque de atención.

—No tienes un solo pelo de arrogancia en todo el cuerpo, Eliza —admitió él sin apartar la mirada y, la forma en que lo dijo hizo que se le acelerase el pulso incluso más. No se trataba de sus palabras, sino del tono empleado y el silencio que había seguido, uno que ambos podían entender.

Incómoda, se giró hacia el manzano más cercano y levantó la cesta.

—Estaba recogiendo algunas manzanas, antes de que se estropeen.

Alex se acercó un paso, solo uno, pero fue suficiente para que todo su cuerpo fuese consciente de su presencia.

—Déjame ayudarte.

No era una pregunta, pero tampoco sonaba como una imposición.

Dudó un segundo antes de tenderle la cesta.

—Procura no comértelas por el camino.

—No prometo nada —dijo él, cogiendo su carga sin que sus dedos llegasen a rozarse, aunque estuvieron peligrosamente cerca.

Se separaron al mismo tiempo, él dirigiéndose hacia el siguiente árbol y ella hacia el otro. Era una distancia simbólica, pues seguían compartiendo el mismo lugar, el mismo espacio de todos modos.

—Mi abuelo decía que las mejores eran las que caían solas —murmuró ella, rompiendo el silencio mientras recogía una del suelo—. Que eran las más maduras.

—Sin duda sabía lo que hacía —respondió él—. De hecho, el mío dice que no había mejores manzanas que las del huerto de Frank Brook.

Escuchar el nombre de su abuelo en labios de Alex la sorprendió.

—¿Ellos se conocían?

El chico afirmó.

—Mi viejo lo tenía por un gran hombre. Honesto y leal —confirmó y solo pudo sentir calidez al escuchar tales palabras dirigidas al padre de su madre—. Mi abuelo lleva aquí toda su vida, así que puede decirse que conoce a la mitad de Hope Valley y sabe bastante sobre la otra mitad.

La sonrisa que le curvaba los labios y la manera en la que hablaba de su familia denotaba un profundo cariño.

—Incluso recordaba a cierta niña que tenía predilección por subirse a los árboles —le dijo, mirándola de soslayo ahora—. Al parecer eras el ojito derecho de tu abuelo.

Oír eso viniendo de alguien ajeno a su familia le provocó una punzada de vergüenza, pero al mismo tiempo no podía dejar de sentir cierta felicidad al saber que su abuelo era recordado, que todavía había quién pensaba en él y hablaba de ese modo del hombre que había sido.

—Frank era un hombre muy especial —aseguró ella en voz baja—. Todavía hoy lo echo de menos.

Y esa era una verdad que no solía pronunciar en voz alta. Él había sido el único que le había mostrado realmente un amor incondicional, pues apenas podía recordar a su propio padre. Su madre, a su manera, la había querido, pero no como su abuelo. Su carácter era muy distinto a pesar de ser su hija.

—Él sigue aquí —le dijo Alex, señalando los manzanos—. Los recuerdos que tengas de él, harán que siempre esté presente.

Esa era la cosa más dulce que podía haberle dicho alguien.

—Sí. Puede que tengas razón.

—La tengo —aseguró, sin vacilación alguna.

Eliza alzó la mirada, encontrándose con la suya una vez más y, en esta ocasión no apartó los ojos con tanta rapidez. Algo había cambiado entre ellos, no tenía caso negar lo evidente.

—¿Siempre sabes qué decir? —preguntó, con un deje entre divertido y desconfiado.

Alex dejó una manzana en la cesta.

—No —admitió—. Pero contigo… resulta fácil hacerlo.

No sabía cómo encajar esa respuesta, así que acabó desviando la mirada y centrando su atención en la fruta que tenía entre las manos.

—Pues no debería —murmuró.

—¿Por qué?

¿Qué podía decirle? No encontraba una sola respuesta que no sonase ridícula, pues todas las que pasaban por su mente implicaban admitir cosas que no comprendía.

—Porque no —zanjó finalmente.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, aunque ya no era incómodo, no del todo, al menos, pero seguía siendo lo bastante denso como para que cada pequeño sonido pareciese amplificarse.

El roce de las hojas, el leve golpe de las manzanas al caer en la cesta, la respiración…

La suya, la de él… Eliza se agachó para recoger otra pieza del suelo, pero esta vez no fue tan rápida al incorporarse.

Su mirada se detuvo en l as manos de Alex, en la forma en la que sujetaba la fruta, en cómo sus dedos grandes y firmes parecían demasiado acostumbrados a construir, a arreglar… a sostener.

Desvió la mirada antes de que aquel pensamiento siguiese avanzando por donde no debía.

—No deberías acostumbrarte a esto —murmuró, sin levantar la vista del todo.

—¿A recoger manzanas? —preguntó él con calma.

—A estar aquí —aclaró ella, más firme esta vez, aunque su voz no llegó a ser dura—. No deberías convertirlo en algo… permanente.

Alex no respondió de inmediato. Dejó la manzana que tenía en la mano dentro de la cesta y alzó la vista hacia los árboles, como si estuviese considerando algo más allá de lo evidente.

—No pretendo hacerlo… todavía —dijo al fin, cogiéndola por sorpresa con semejante afirmación.

Eliza frunció el ceño y se giró ligeramente hacia él.

—¿Todavía?

Él guardó silencio durante unos instantes, entonces se volvió hacia ella, mirándola de frente y le preguntó.

—¿Puedes decir sin lugar a dudas que quieres que me vaya? ¿Qué deje de venir cada día? ¿Quieres que me aleje de ti para siempre, Eliza?

Sus palabras le provocaron una punzada en el pecho, pues se imaginó no volviendo a verle, esperando cada mañana en vano a que él apareciese, sabiendo que si ahora volvía a subirse en su camioneta no volvería a…

—¡No! —La palabra escapó bruscamente de sus labios, sintiendo que se ahogaba ante la sola idea. Un inesperado miedo le oprimió el pecho y no supo cómo interpretarlo.

Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para recuperar el dominio sobre sí misma y matizar su respuesta.

—Quiero decir… —Se lamió los labios, dándose tiempo para encontrar las palabras adecuadas—. Que no vas a estar siempre pendiente de mí. —Hizo un gesto hacia el terreno más allá del huerto—. Tienes un rancho, caballos… Tendrás que encargarte de tu propia vida…

Él se incorporó del todo, limpiándose las manos en el pantalón sin necesidad real buscando tan solo algo que hacer, las palabras adecuadas en ese momento.

—Ya me estoy encargando de mi propia vida, Eliza —admitió él—. Es lo que hago cada día desde que me levanto y hasta que me acuesto. No me supone ningún esfuerzo estar aquí, estar contigo… Así que, a menos que me eches, volveré cada día y me quedaré a tu alrededor tanto como me lo permitas…

Era una locura, pero sus palabras hicieron desaparecer al instante la presión en su pecho y le devolvieron la paz.

—Quiero que te quedes, pero no entiendo el por qué —susurró, dando salida a esa extraña dependencia que había aparecido de la nada.

El viento movió las ramas sobre sus cabezas, dejando caer una sombra irregular sobre ambos. Una hoja descendió lentamente, girando sobre sí misma hasta posarse en el suelo, pero ninguno la miró.

—Dios, es que esto suena a locura —añadió ella, murmurando más para sí misma que para él—. Ni siquiera sé por qué digo estas cosas…

—No es una locura —aseguró él, acercándose a ella sin dudar—. Puede ser muchas cosas, pero no una locura.

No se apartó, por el contrario, se acercó también, como si algo en él tirase de ella. Se quedó tan cerca que incluso el viento tenía problemas para pasar entre los dos.

—Tú… también lo notas, ¿verdad? —murmuró ella sin saber ponerle nombre a aquello, pero viendo que no podía ser la única que lo sentía.

Él afirmó con la cabeza por toda respuesta. Sus miradas se encontraron y se sostuvieron durante más tiempo del necesario, más de lo prudente. El aire entre ambos se volvió más denso, más cálido, como si todo a su alrededor hubiese quedado en pausa.

Eliza notó su propia respiración alterarse, hacerse más superficial, más consciente. Y él… él no ayudaba cuando la mirada así, cuando no retrocedía y se limitaba a esperar a que fuese ella la que eligiese, la que tomase la decisión.

—Alex… —empezó, pero no supo cómo continuar. Porque cualquier palabra que viniese después implicaba admitir demasiado.

Él ladeó ligeramente la cabeza.

—Dime que me vaya —insistió, poniendo en sus manos aquella decisión. La petición había caído entre ellos como una piedra, pesada e inevitable.

Sintió como el pulso le palpitaba en las sienes, movió los labios para decir algo, pero las palabras se negaban a salir, porque si bien eran las correctas, no eran las que realmente sentía. Sabía que debería decirle que se marchase, era lo lógico, lo sensato, lo correcto, pero…

—No puedo… —susurró finalmente.

Sus dedos se cerraron en torno a la tela de su camiseta, como si necesitase anclarse a algo tangible y la expresión de él cambió. Su rostro pareció relajarse y, al mismo tiempo, algo intenso y oscuro asomó en sus ojos.

Debería haberle dado miedo, hacer que se echase atrás, pero sentía que estaba bien, que él seguía siendo él y estaba a salvo.

No se acercó más, tampoco la tocó, pero no se apartó y eso definió el momento.

—Entonces no lo hagas —le dijo él.

Eliza cerró los ojos durante un segundo y, cuando los abrió de nuevo ya no estaba mirando los manzanos, sino a él. Y por primera vez desde que llegó a la región de Hope Valley, no intentó huir.

El viento volvió a agitar las ramas sobre sus cabezas, arrancando una nueva lluvia de hojas, envolviéndoles con el aroma de las manzanas.

Ella no se movió, él tampoco, y en ese instante suspendido, entre la razón y algo mucho más primitivo, entendió que aquello, fuese lo que fuese, era algo más fuerte que ella, mucho más definitivo… y no estaba segura de que tuviese la oportunidad de dar marcha atrás.