CAPÍTULO 11
Ya no olía a cerrado, ni a casa vieja, eso fue el primer cambio del que Eliza fue realmente consciente aquella mañana.
No sabía cómo no se había dado cuenta antes.
Quizá había estado demasiado metida en faena como para advertirlo, pero ahora que el ritmo de trabajo había descendido, aquellos pequeños detalles empezaban a notarse.
No era que la luz entrando por las ventanas abiertas, o la ausencia de capas y capas de polvo y suciedad no contribuyesen a ello, o que ya no existiese el ruido del generador ahora que al fin le habían conectado de nuevo la luz.
Era el aroma, la casa ya no olía a abandono, ya no era parte de un pasado distante, sino que era su presente.
Sí. Olía a limpio, a madera, a aire fresco… y, en ocasiones, también a él.
Se detuvo en el porche trasero con una cesta apoyada contra la cadera y la mirada perdida en la extensión de terreno que se abría ante ella. Una semana, eso era lo que había necesitado la finca para empezar a parecer otra cosa .
Aunque, en realidad, la casa y sus alrededores no eran lo que más había cambiado; ella también había sufrido una progresiva transformación.
Al principio pensó que no podría adaptarse a este lugar, no después de pasar tanto tiempo en una gran ciudad como Nueva York, pero Hope Valley tenía un encanto especial, uno que estaba redescubriendo gracias a Alex.
Se humedeció los labios, bajando los escalones con cuidado, ya sin ese miedo constante a que la madera cediese bajo sus pies.
La diferencia era evidente. No solo en la estructura, sino en cómo se movía ella ahora por aquel espacio. Había una seguridad que no había estado antes ahí, una sensación de libertad que iba ganando gradualmente más y más peso.
Se sentía cómoda y, sobre todo, sentía que formaba parte de algo y no era solo un objeto de adorno.
La maleza ya no le llegaba a la cintura y los caminos empezaban a definirse entre la vegetación, como si la finca hubiese estado esperando pacientemente a que alguien volviese a recorrerla.
El limonero lucía despejado, orgulloso, y más allá…
el huerto de manzanos se veía exuberante.
Aquella era una parte de su infancia que, sorprendentemente, recordaba muy bien y sentía cierto alivio al ver que no la había perdido.
Posó la mirada en los lejanos frutales que seguían allí como imperecederos testigos de la niña que había sido un día. La misma que, sin pretenderlo, acabó perdiéndose bajo la presión, la incertidumbre y el dominio de un hombre que, ahora lo veía más claro que nunca, no le había convenido.
Sacudió la cabeza. Eso había quedado atrás y esto era el presente. De hecho, mirar ahora esa parte de la finca le provocaba algo distinto, porque ya no sentía que lo hacía sola.
Sin pretenderlo, su nuevo vecino se había convertido también en parte de este nuevo comienzo .
Apretó ligeramente la cesta entre los dedos, como si con ese gesto pudiera anclar el pensamiento antes de que se descontrolase.
—No vayas por ahí, Eliza… —murmuró para sí.
Pero ya era demasiado tarde, su mente ya se había puesto en marcha y había hecho el recorrido completo.
Aquellos últimos días habían sido… extraños. No tenía otra palabra para describirlos. Alex iba y venía, como si ayudarla con la granja, haciendo todas las tareas de limpieza y mantenimiento del terreno, fuesen para él lo más normal del mundo.
Llegaba por la mañana temprano y no se iba hasta que empezaba a caer la tarde. Nunca permanecía de brazos cruzados, siempre encontraba algo que hacer, que arreglar, cosas que mejorar…
Y después de algunos días, ella había dejado de intentar echarlo.
Era como intentar mover un muro.
Su presencia había pasado de ser una imposición a algo que, si era honesta consigo misma, empezaba a disfrutar. Más que eso, admitió, había empezado incluso a esperar su llegada cada día, a ansiarla, lo cual era la parte más absurda de todas.
—Y él siempre sonríe con esa encantadora picaresca cuando se da cuenta de ello… —murmuró para sí, notando el cosquilleo de la rojez en las mejillas.
De algún modo había empezado a predecir, si podía llamársele así, sus llegadas. Era como si fuese capaz de sentir su presencia en cuanto su camioneta entraba en el camino, aunque suponía que su oído se había afinado en aquel lugar y simplemente escuchaba el motor a lo lejos.
Bajó la mirada al suelo, avanzando por el sendero ya despejado que conducía hacia el huerto. El sonido de sus pasos sobre la tierra seca era distinto ahora, más firmes y seguros, del mismo modo que lo era ella misma.
O eso quería pensar .
Aprovechó para estirar las piernas en ese breve paseo hasta la primera línea de manzanos.
Al llegar al primero de ellos, alzó la vista y sonrió ante la visión de las ramas cargadas de frutas que se mecían suavemente con la brisa de la mañana.
Algunas manzanas habían caído al suelo, otras seguían firmes, esperando ser recogidas y, más allá de eso, estaba el perfume que lo envolvía todo, uno que la hacía sentirse en el hogar.
Había venido al huerto con una idea en mente, aunque ahora que estaba aquí no sabía si sería una buena idea.
Él le había pedido una tarta, pero ella distaba mucho de ser tan buena cocinera como lo había sido su madre.
Con todo, quería hacerlo. Hacer algo con sus propias manos del mismo modo en que Alex lo había hecho todos estos días.
Una sonrisa leve, casi involuntaria, le curvó los labios.
—No podía ocurrírsele nada más fácil —susurró para sí—. Quiere una tarta.
Se agachó, dejando la cesta en el suelo y recogiendo una de las manzanas caídas.
La giró entre los dedos, observando su piel imperfecta, natural que tanta tenía que ver con las que había comprado antaño en el supermercado.
Pero es que nada de esto se parecía a lo que dejó atrás, nada de lo que había aquí la hacía sentirse pequeña, insignificante.
—Él solo era una manzana podrida más —musitó, refiriéndose a su ex.
Cada día que pasaba se llevaba consigo esas inseguridades que la habían aquejado. Sí, sabía que no iba a sanar de un día para otro, que tenía un largo camino por delante, pero empezaba a sospechar que había tomado la decisión correcta al volver a Hope Valley.
Se concentró en su tarea, aprovechando todas las manzanas caídas y metiéndolas en la cesta.
Había recogido la mitad cuando escuchó ese lejano murmullo que la hizo levantar la cabeza.
El corazón se le aceleró automáticamente al reconocer el ruido de aquel motor, no de inquietud, sino de anticipación .
Cerró los ojos un segundo y exhaló despacio, como si con ello pudiese recuperar el control sobre sí misma.
—Solo es Alex —murmuró, aunque no tenía claro si se lo decía a sí misma… o a lo que despertaba en su interior cada vez que él aparecía en escena—. Tu amable y sexy vecino.
Nada más decir esas palabras en voz alta sacudió la cabeza.
—Por Dios, controla esa boca —se regañó a sí misma.
Eso era lo último que necesitaba ahora, ponerse a fantasear con un ranchero. Sacudió la cabeza, abrió los ojos y automáticamente dirigió la mirada hacia el camino esperando ver la camioneta.
Estaba nerviosa, pero era por la anticipación, por la necesidad de comprobar que el color del vehículo era el correcto, que se trataba de él y no de alguien más.
Estoy perdiendo la chaveta.
El vehículo apareció por fin confirmando a quién pertenecía antes de perderse por detrás de la línea de árboles.
No pasaron muchos segundos hasta que el motor se detuvo por fin.
El silencio que siguió fue breve, casi anecdótico, pero suficiente para que su pulso no terminase de recuperar el ritmo normal.
Se quedó donde estaba, con la manzana aún en la mano y la mirada ahora fija en el sendero que conducía hacia la casa.
No era necesario que fuese a recibirlo, ni quiera que lo llamase, pues él parecía tener un sexto sentido para encontrarla justo en el lugar en el que estaba.
Algo que también le pasaba a ella con él.
Unos momentos después sus pensamientos se vieron confirmados con el crujido de la graba al ser pisada por unas botas de trabajo.
Alex había llegado a casa.
Como si necesitase justificar de algún modo su presencia allí, Eliza retomó su tarea y volvió a la recolección, metiendo un par de manzanas más en la cesta.
No quería hacer nada que delatase la absurda anticipación que le recorría el cuerpo, pero a estas alturas sabía que tampoco era capaz de ignorarla.
Los pasos se acercaron con esa cadencia tranquila y firme que ya le resultaba demasiado familiar y su voz, resonando en el solitario huerto, le provocó un particular escalofrío.
—Buenos días, bonita.
La voz llegó a su espalda, grave, cercana, con la misma rutina de cada día y ese apelativo cariñoso que no exigía ni pedía nada y que usaba a veces en vez de su nombre.
Eliza cerró los ojos un instante antes de girarse y quedarse mirando al hombre que, no pensaba admitirlo en voz alta, estaba empezando a colarse también en sus sueños.
Y menudos sueños.
Ahí estaba, con la camisa remangada, los vaqueros de siempre, las botas cubiertas de polvo y esa mirada verde que parecía encontrarla siempre sin esfuerzo.
Los ojos se le fueron solos. Lo recorrieron con rapidez, con discreción, una que siempre resultaba inútil al ver como sus labios se curvaban en una ligera sonrisa.
—Empieza a convertirse en una costumbre el que llegues a primera hora de la mañana —le dijo ella, incorporándose despacio.
—¿Prefieres que venga más tarde? —replicó él manteniendo esa ligera curvatura en los labios.
—¿No tienes nada que hacer en tu rancho?
—Un montón de cosas —admitió con un ligero encogimiento de hombros—, pero acabo de dejarlas todas en manos de mi nuevo capataz. Eso me da tiempo de sobra para pasarlo aquí… y contigo.
Y ahí estaba, ese ligero coqueteo. Siempre insinuando, pero desde aquel día en el que se besaron, no habían vuelto a tener ningún tipo de acercamiento de ese tipo. Ella no se lo había permitido a sí misma.