Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Alex contempló el trabajo que tenía por delante con ojo crítico, obligándose a concentrarse en lo que estaba haciendo. Necesitaba mantenerse ocupado e ignorar el sonido del agua de la ducha corriendo en algún lugar de la casa que estaría cayendo ahora sobre esa piel desnuda…

—Joder. No vayas por ahí…

Sus sentidos lupinos estaban más afinados que nunca, su lobo no quería perderse detalle de los movimientos de la mujer, lo que hacía que, lo quisiera o no, siguiente pendiente de ella.

Clavó la vista en el poste de madera que tenía entre las manos.

Acababa de apuntalar la zona del tejado a arreglar, pero empezaba a resultarle imposible seguir adelante con los cálculos.

Su mente ya volvía a montarse su propia película, podía imaginársela en medio del vapor, envuelta en aquella calidez, con la piel húmeda por el agua que le caía sobre el rostro, empapándole el pelo y resbalando por su cuerpo…

—Mierda —gruñó, apretó con más fuerza los ojos y apoyó la frente en la madera—. Esto es una jodida tortura.

Aventuró un breve vistazo hacia la puerta abierta. Debería haberla cerrado para amortiguar el sonido, pero si ahora mismo daba un solo paso en esa dirección, no dudaba que acabaría delante de la maldita puerta del baño.

Respiró hondo, abandonó su posición y volvió al montón de tablones que había estado midiendo y cortando para reforzar la estructura.

Estaba empezando a seleccionar los adecuados para empezar a unirlos cuando un sonido y el repentino aroma a humedad y algún gel de frutas llegó hasta su nariz distrayéndolo por completo.

Allí había algo más, un toque sutil y delicioso, uno que lo identificaba totalmente con ella y que fue demoledor para su lobo y, por ende, también para sí mismo.

Eliza tenía una fragancia propia que parecía medio esconderse bajo una fragancia comercial, pero ahora, la reciente ducha, parecía haber lavado esta sobre ella dejando que se notase su verdadero olor.

Ni siquiera debería estar llegándole, no con el agua de por medio, pero, ¿qué sabía él? Juraría que sus hormonas estaban tan revueltas como cuando tenía quince años. Jamás se había sentido tan en descontrol con su lado primitivo, tan arrastrado por esa parte primitiva que habitaba en su interior.

Se quedó completamente quieto. Su lobo se alzó dentro de él como si alguien hubiese tirado de una cuerda invisible y el gruñido que emergió de su garganta humana era completamente territorial.

Mía.

Apretó el tablón hasta que los nudillos se le tensaron.

—Contrólate… —No sabía si se lo decía a sí mismo, a su parte lupina o a ambos.

Los segundos se hicieron eternos, cada minuto que pasó desde ese momento fue una tortura hasta que el agua por fin se detuvo.

El silencio que siguió después fue incluso peor, mucho peor.

Todo su cuerpo se tensó a la espera. No quería hacerlo, pero tampoco podía evitarlo. Entonces, escuchó el ruido que hacían goznes de la puerta al abrirse y a continuación apareció ella.

La sintió como si estuviese a su lado, aun cuando seguía en el interior de la casa. Escuchó cada uno de sus pasos, así de fino era su oído ahora mismo, y acabó cediendo sin remedio a mirar hacia la puerta principal y allí estaba ella; su Eliza.

El pelo húmedo, más oscuro, asomaba bajo la toalla con el que se lo frotaba con vigor.

Algunas gotas aún resbalaban por su piel, como si no hubiese llegado a absorberlas todavía la toalla, desapareciendo bajo la ligera tela de la camiseta.

Esta se adhería sutilmente a su cuerpo, marcando lo suficiente como para que su imaginación hiciese el resto.

Alex no se veía capaz de mover un solo músculo. Temía que, si daba un solo paso, acabaría acortando la distancia entre ellos tan solo para hundir la nariz en su cuello y aspirar fuerte el aroma que ahora la envolvía: Uno limpio, a jabón, manzanas y mujer.

Sin embargo, su mirada siguió fija en ella. Empezó a recorrerla lentamente, cediendo a esa primitiva necesidad de asegurarse de que estaba allí ante él y seguía siendo real, que no era un puto espejismo.

El mundo se detuvo para él. Todo dejó de existir a excepción de la mujer que tenía delante.

Eliza fue la primera en reaccionar, bajando la toalla y rastrillando su pelo con los dedos con gesto incómodo.

—Ahora funciona incluso el agua caliente —mencionó, señalando hacia dentro—. Puedes usar la ducha cuando quieras, por cierto.

Diablos. ¿Por qué tenía que ser ella tan adorable? ¿Y por qué decía cosas como esa? La única ducha que Alex quería tomar ahora mismo la incluía a ella.

—Gracias. Pero todavía me queda… trabajo —respondió con la voz más grave que de costumbre, su tono más bajo y cargado de lo que debería.

Apartó la mirada un segundo y eso fue un error, porque esa invitación a usar la ducha continuaba flotando en el aire y su mente ya estaba imaginándose lo que ocurriría bajo el chorro.

¡Joder! Ella dudó ante su respuesta, pero encontró la valentía de responder.

—La invitación está hecha —murmuró, contenida.

No me hagas ese tipo de invitaciones, Eliza. Por favor, no las hagas a menos que sepas lo que significan realmente.

Se limitó a asentir en respuesta, manteniendo las distancias aun cuando ella parecía mucho más accesible que antes, menos cohibida.

El silencio cayó de nuevo entre ellos, pero no tardó en llenarse con el eco de sus pasos mientras cruzaba el umbral y salía al porche.

El cambio en el aire a su alrededor fue inmediato. Su aroma lo llenó todo, golpeándole con una fuerza demoledora, haciéndole gemir.

—Gracias… por arreglar la bomba —pronunció y su voz era suave, todavía indecisa e inquieta, pero ya libre del lastre de esas últimas horas.

Alex levantó la cabeza y esta vez vio que lo estaba mirando de verdad. No con desconfianza, ni con temor, sino abiertamente, como si quisiera ver realmente quién era él.

Su previo rechazo se esfumó, como si nunca hubiese existido y, en su lugar, apareció una cautelosa aceptación. Pese a ello, Alex mantuvo las distancias, no quería precipitarse o hacer algo que volviese a ponerla en una situación comprometida, así que mantuvo las distancias y respondió con ligereza.

—No tienes que darlas —le dijo esbozando esa particular sonrisa suya—. Ya sabes… Hospitalidad norteña .

Ella sonrió. ¡Le sonrió! Leve, pequeña, suficiente, pero una sonrisa a fin de cuentas y lo golpeó con la misma fuerza que un camión de mercancías .

—Debería… —Eliza echó el pulgar por encima del hombro, ladeando un poco el cuerpo para indicar que iba a volver a dentro.

Sí, sería lo mejor que podía hacer para que ambos pudiesen conservar la cordura.

—Claro… —asintió, devolviéndole la sonrisa.

Ninguno se movió, sin embargo. Los segundos pasaban y ambos seguían allí de pie, como si sus pies se hubiesen clavado a las tablas del porche. El espacio entre ellos vibraba, había una conexión inevitable que ella también tenía que poder sentir.

Al final, fue su chica la que retrocedió, aunque con renuencia, para finalmente acabar por darle la espalda. Estaba lista para desaparecer una vez más, pero antes de que llegase a entrar se giró hacia él una vez más.

—Esto… Iba a preparar unos bocadillos. No es gran cosa, pero… puedo hacer para ti también, si quieres —le dijo, con ese tono vergonzoso—. Solo… quédate a comer.

Con esa última e inesperada invitación, ahora sí cruzó el umbral y desapareció dentro de casa, dejando la puerta abierta y la fragancia de su presencia detrás de ella.

Alex se quedó allí de pie, inmóvil, con su olor en la nariz y su cuerpo demasiado consciente de todo y más que nada, de ella.

—Nada me dará mayor placer… —respondió, alzando la voz para que llegase hasta ella, a pesar de que ya había desaparecido más allá del pasillo.

No sabía si echarse a reír… o maldecir de pura frustración.

Quería más que nada en el mundo pasar tiempo en su compañía, pero hacerlo no haría más que fortalecer el vínculo entre ellos y haría que la desease aún más.

Y entonces, no le bastaría un beso robado, o una inocente invitación a comer… querría devorarla a ella.

Sí, esto empezaba a tomar un cariz peligroso, pero, que el cielo le perdonase, porque era incapaz de poner tierra de por medio y alejarse de ella.

Antes muerto.