Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Le había rechazado. La necesidad de hacerse un ovillo en forma lupina y lloriquear se le pasó por la mente, pero sabía que era más bien su parte lupina la que estaba herida, que su lado humano.

Había visto a su hermano Nate pasar por algo similar, aunque en su caso había tenido más que ver con el hecho de su estúpida decisión de dejar irse a Nataly.

Un lobo no podía vivir sin su otra mitad, por lo que permanecer una semana separados había empujado al mediano de los Green a pasarse los días en su forma lupina para lidiar con su melancolía.

Bien. Eliza no se había ido al otro lado del país, solo había vuelto a recluirse dentro de esa maldita casa y él no iba a comportarse como un imbécil y dejarla sola porque le hubiese dado la patada. Eso no solucionaría absolutamente nada, por el contrario, haría que ambos se sintiesen aún peor.

Ella le había mentido descaradamente al decir que había pasado una buena noche. Sabía que no había pegado ojo, no había dejado de escuchar cómo se removía en la cama mientras hacía guardia debajo de su ventana .

Anoche se había marchado, pero su retirada le había durado lo justo.

En cuanto llegó al rancho, estaba de tan mal humor y se sentía tan desesperado, que había entrado por una puerta solo para salir por la otra.

Recordaba ligeramente haber intercambiado un par de palabras con su abuelo, gruñirle a Nick y saludar con algo menos de irritación a Helena antes de abandonar su forma humana y tomar la del lobo.

Había atravesado la distancia entre las propiedades corriendo, cruzando por el huerto de manzanos.

Se había quedado agazapado en las sombras, vigilándola desde la distancia y, cuando al fin empezaron a apagarse las luces, ese fue el momento en el que decidió acercarse con sigilo a la casa y buscarla en su interior.

Su olfato era mucho mejor en su forma de lobo y no tardó en captar su aroma. Se encontraba en la parte de atrás, en una de las habitaciones que daban al norte. No lo pensó, se hizo hueco debajo de la ventana, pisando la hierba que todavía no había limpiado y preparó su propia cama.

No se movió de allí hasta el alba, cuando regresó para cumplir con los deberes que había estado a punto de dejar de lado.

El relincho de sus caballos había despertado a su lobo, poniéndolo alerta.

Nunca le resultó más complicado abandonar a una mujer de lo que le costó hacerlo con ella; aunque solo fuese durante un par de horas.

Así que sabía bien que ella no había pegado ojo y, si quería evitar que ambos siguiesen teniendo más noches como la pasada, lo mejor que podía hacer era encontrar una manera de llegar a ella, de que aceptase su presencia.

Era obvio que su vínculo de pareja ya la estaba afectando y eso que no habían pasado ni veinticuatro horas desde que se encontraron.

Su dicotomía era obvia, no sabía cómo lidiar con lo que pasaba, porque no tenía manera de encontrarle explicación.

—Y no es como si yo pudiera entrar y decirle: Hola, cariño. ¿Sabes qué? Estás hecha un lío porque yo soy un lobo y da la casualidad de que tú eres mi compañera. Y, oh. Las cosas van a ponerse aún peor si no nos acostamos pronto —parloteó en voz baja, terminando con una mueca.

Sí. Ya podía ver lo bien que iba a salir eso.

Alex echó la cabeza hacia atrás y resopló. Estaba tenso, esas últimas horas habían sido un jodido infierno teniendo que andar de puntillas a su alrededor. Su recibimiento de esa mañana había sido de todo menos cálido, pero, una vez más, no era algo que pudiese reprocharle.

—Estás jodido, Alex, completamente jodido —declaró.

Miró una última vez la puerta cerrada y arrugó la nariz. No debería haberla acorralado de esa manera, no debería haber dejado que el instinto tomase el control, pero la había tenido tan cerca y su aroma era tan delicioso… No había podido evitarlo.

Lo último que quería era hacerle daño, pero temía que acabase de hacerle exactamente eso.

Acarició la madera solo para dar media vuelta y alejarse de ella con un gruñido. No podía quedarse allí, la tentación de abrirla y entrar era demasiado grande y, si cedía ahora, estaría vulnerando además su privacidad.

Dejó atrás el porche que había terminado con la ayuda de la mujer y rodeó la propiedad.

Todavía quedaba bastante trabajo de desbroce, por ahora solo se había limitado a limpiar un poco la zona más próxima a la casa para evitar la presencia de alimañas.

Probablemente haría falta algo de maquinaria y un buen cortacésped para dejar el terreno en condiciones, pero tendría que ser en otro momento.

Echó un fugaz vistazo al limonero al pasar por delante, el cítrico aroma de las hojas acarició su sensible olfato haciéndolo recordar de inmediato el momento que había compartido el día anterior con su compañera.

—Me pregunto si algún día conseguiré que me prepare también una tarta de manzana —murmuró para sí. Un pensamiento extraño dónde los hubiera, pero en aquellos momentos nada parecía ser normal en su vida.

Echó un vistazo al terreno trasero, miró el cobertizo y acabó fijando su mirada en el pozo. Había un considerable charco de agua en el suelo y un cubo abandonado a su lado. La manivela no había sido bajada del todo, señal de que alguien había estado sacando agua a mano.

Dejó escapar un bajo gruñido mientras se acercaba a la estructura y pasaba la mano sobre ella. Su expresión se endureció. La sola idea de que Eliza tuviese que estar bombeando esa cosa para extraer agua y cargar el cubo lleno hasta la casa era tan ridículo como innecesario.

Alzó la mirada hacia el porche trasero de la casa. El tejado de esta parte al menos se mantenía en pie, aunque ya había visto que también habría que cambiar algunos tablones del suelo.

Pero, una vez más, eso también tendría que esperar.

—Primero el agua, después lo demás —se dijo, poniéndose ya a ello.

Le llevó tan solo unos minutos abrirse paso hasta el cobertizo y entrar en él. El interior estaba tal y como esperaba: lleno de polvo, con trastos viejos, algunos de ellos pura chatarra y… sí, justo lo que estaba buscando.

—Aquí estás…

Se agachó junto a la bomba eléctrica, revisó las conexiones, los cables y su estado en general. Era vieja, muy vieja, pero no parecía tener fugas, así que sería cuestión de ponerla de nuevo en marcha.

Trasteó unos momentos conectando y ajustando, probando a arrancarla, haciéndolo todo con movimientos precisos, controlados. Necesitaba centrarse en algo o acabaría saliendo ahí fuera, mutando a su forma de lobo y se pondría a roer los tablones de madera de pura frustración.

Le llevó un par de intentos conseguir que el chisme funcionase, pero lo consiguió. La satisfacción de ello lo llevó a salir del cobertizo mucho más ligero, lo suficiente como para decidirse a dar un paso más allá.

Miró la casa, la puerta de atrás también estaba cerrada, pero, al diablo. Esto era importante.

Entró sin llamar, frenando en seco al encontrársela allí mismo, en la cocina. Tenía los ojos rojos y la cara sonrojada, estaba claro que había estado llorando. Se le apretaron las tripas al verla, pero se mantuvo firme por ella al tiempo que señalaba el grifo del fregadero:

—Quiero comprobar si esto funciona —le informó.

Ella lo miró y, durante un breve instante, todo volvió a él y lo hizo con inusitada fuerza.

Mía.

Se obligó a darle la espalda, apretó los dientes y se dirigió al fregadero. Giró el grifo, la cañería empezó a toser como un anciano fumador, al principio no pasó nada, pero después escupió un chorro de agua sucia que fue aclarándose a medida corría.

Alex casi suspira de puro alivio antes de volverse hacia ella.

—Tendrás que dejar que corra hasta que haya limpiado todas las impurezas de las cañerías, pero…

Casi se da de bruces contra ella. No sabía cuándo, pero Eliza había dejado su lugar al otro lado de la cocina y miraba el chorro que salía del grifo con una mezcla de incredulidad y creciente emoción.

—Agua corriente…

Los labios se le curvaron solos y el tumulto de emociones que lo habían acechado en esos últimos momentos se apaciguó nada más ver el cambio en su rostro.

Solo por eso, había valido la pena pelearse con el maldito cacharro.

—La bomba eléctrica del cobertizo es más vieja que la mugre, pero todavía funciona —mencionó, señalando lo evidente—. Te recomiendo que abras también los del cuarto de baño y cualquier otro que tengas pensado utilizar. Las tuberías llevan tiempo vacías y tienen aire…

La vio asentir con la cabeza mientras pasaba los dedos bajo el chorro del agua, su expresión era la de alguien que estuviese contemplando un milagro.

—Gracias… —Fue un susurro, su voz todavía sonaba algo rota, pero era la paz que ahora percibía de ella, el alivio, lo que lo tranquilizó.

Duplicó su asentimiento y musitó.

—Para esto estamos los… vecinos. —Había estado a punto de decir compañeros. No podía evitarlo, después de todo, eso era para él. Su pareja, su otra mitad.

Esos brillantes ojos azul cielo se volvieron hacia él. Parecía agotada y sabía que no era solo algo físico.

—Eres el único vecino que conozco que se mete en casa ajenas y comienza a arreglarlas sin que se lo pidan.

—A mis hermanos y a mí nos inculcaron la necesidad de ayudar a aquellos que no pueden valerse por sí mismos…

—comentó, volviendo la mirada hacia el agua que corría ahora bajo los dedos femeninos—.

Y eso incluye a los vecinos que se mudan a sus casas sin haber visto primero el estado en el que estaban…

Ella no respondió, pero tampoco hacía falta que lo hiciese.

—Bueno. Ahora que esto está listo, seguiré con el tejado del porche delantero antes de que haga demasiado sol como para estar ahí fuera… —le dijo empezando a volver sobre sus botas para dirigirse hacia la puerta.

—¿Crees…? —Su intento de pregunta lo hizo detenerse y volverse hacia ella, cuya mirada ahora estaba sobre él—. ¿Crees que podría darme ahora una ducha?

La pregunta evocó al momento una imagen sumamente erótica en su mente, una que tuvo que descartar con rapidez antes de ponerse a sí mismo en evidencia.

—Sí… Esto… Deja correr antes el agua… —murmuró y, sin otra palabra más, dio media vuelta y salió de nuevo al porche trasero.

Lo último que necesitaba era estar cerca de ella sabiendo que iba a ducharse.