Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 8 #2
29%

CAPÍTULO 8 #2

No respondió. Se quedó callado, pero eso no evitó que la recorriese con la mirada. No disimuló, no se molestó en hacerlo y eso hizo que algo dentro de ella volviese a tensarse.

—Será mejor que termine con el porche —le dijo, señalando los tablones de madera—. Así ninguno deberá preocuparse de que se hunda bajo tus pies.

Eliza estuvo a punto de soltar un suspiro de puro alivio ante el cambio de tema, aun cuando seguía siendo algo que tenía que ver con ella, con su casa.

—Bien —asintió, girándose ahora hacia la puerta. Necesitaba poner distancia entre ellos, unos segundos para recomponerse de la intensidad de su presencia.

—Eliza.

Se detuvo, pero no se giró. No quería hacerlo. Sabía que él no se había movido un solo centímetro. Aun si no podía verlo, podía sentir esos ojos verdes clavados en su espalda.

—Lo de ayer… —empezó él y sus palabras fueron suficientes para que volviese esa incómoda tensión.

—Como ya dije, fue un error —lo interrumpió ella con rapidez. Con demasiada rapidez.

La respuesta de él tardó en llegar, tanto que pensó que no diría nada, pero entonces:

—De acuerdo —aceptó al final.

Pero esa aceptación no se reflejaba en su tono. Él no estaba del todo de acuerdo.

Ella se limitó a asentir una vez más, más para sí misma que para él y añadió:

—Voy a seguir limpiando.

—Bien.

Alex no hizo un solo movimiento, no dijo nada más y eso la molestó, aun si no entendía el por qué. Dudó un segundo, solo uno, antes de entrar de nuevo en la casa dejando la puerta abierta detrás de ella.

Su intención era volver a la faena que había dejado a su llegada, pero no pasó mucho tiempo antes de que lanzase el trapo al cubo de mal humor. No podía concentrarse. Lo había intentado, de verdad que sí, pero si seguía frotando con tanto ahínco el jodido cristal, acabaría haciéndolo añicos.

Intentó cambiar de tarea, se trasladó a otra habitación para mantenerse lo más lejos posible de él, pero nada funcionaba.

Era imposible no darse cuenta de su presencia, el maldito sonido del martillo marcaba un ritmo constante, colándose por cada ventana abierta.

Cada golpe no hacía más que recordarle dónde estaba y con quién.

Dejó caer la cabeza hacia atrás, contra la pared y cerró los ojos mientras intentaba respirar hondo.

—Esto es absurdo… No podía ignorarlo.

Ni a él, ni lo que había pasado entre ambos. Era tan inútil como tapar el sol con un dedo.

Volvió a golpearse contra la pared, esta vez de manera consciente, esperando que el dolor la arrancase de semejante bucle, pero era inútil, así que dejó de esconderse y salió de nuevo al porche.

Alex estaba de espaldas a ella, concentrado en ajustar uno de los tablones nuevos.

Se había sacado la camisa de cuadros y llevaba tan solo una camiseta pegada al cuerpo por el sudor, los músculos tensándose con cada movimiento.

Se lo quedó mirando un segundo más de la cuenta y eso no fue sino otro error que añadir a la lista.

—Si sigues mirándome de esa manera, daré por hecho que te gusta lo que ves.

Su voz la pilló desprevenida.

¡Pillada! Canturreó la vocecita de su cerebro.

—No te estaba mirando —respondió con rapidez, inevitablemente tensa.

Mentirosa.

Él giró ligeramente la cabeza, lo justo para echarle un vistazo por encima del hombro.

—Por supuesto que no.

¿Podía haber sonado más irónico? Puso los ojos en blanco y se acercó a él, manteniendo una distancia prudencial .

—Se me ha ocurrido que… —empezó a decir, acercándose a él un poco más de lo que pretendía—. Podría ayudarte aquí fuera.

Él dejó el martillo a un lado y se giró completamente hacia ella.

Se limitó a observarla, como si estuviese valorando si tenía aptitudes para ejercer de pinche.

—¿Sabes usar una sierra?

—No puede ser tan difícil.

—¿Sabes o no?

—No —confesó.

—¿Un taladro?

—No… —Esta vez arrastró la palabra, empezando a sentirse fastidiada.

—¿Un martillo?

Llegados a este punto Eliza se cruzó de brazos y entrecerró los ojos.

—¿Van a estar tus dedos cerca de lo tenga que golpear?

Una pequeña sonrisa curvó los labios masculinos.

—Preferiría que no.

Se incorporó por completo, recordándole al instante lo alto que era.

Avanzó hacia ella. Un paso, solo fue uno, pero resultó ser suficiente, ya que el cambio en el ambiente fue instantáneo.

La temperatura pareció subir unos grados, sofocándola, la tensión aumentó, como si el espacio entre ellos se redujese sin permiso.

Lo vio inclinarse sobre la caja de herramientas para sacar un nuevo juego de guantes y entonces se los tendió.

—Póntelos —ordenó y, a continuación señaló el tablón que había estado colocando—. Sujeta de ese lado y no dejes que se mueva.

Ella se movió para ocupar su nueva posición, no sin dejar escapar un:

—¿Siempre eres tan autoritario?

—¿Y tú tan obediente?

Lo fulminó con la mirada justo antes de que se le acercase y se inclinase, quedando prácticamente pegado a ella. Su brazo le rozó el suyo al pasar, caliente y firme, mientras recolocaba la madera que ella debía sujetar.

No pudo hacer otra cosa que contener el aliento mientras él andaba a su alrededor.

—Sujétalo ahí. Que no se mueva. —Esta vez no sonó a orden, sino a otra cosa. No le quedó otra que acatar su petición, de todos modos, dudaba haberse podido mover en esos momentos incluso si lo desease.

El martillo volvió a sonar, más cerca esta vez, con mayor lentitud.

Cada golpe hacía eco en su pecho o quizá fuese su propio corazón el que latía con fuerza, ya no estaba segura de nada.

Intentó centrarse en el tablón, en sus manos, en cualquier cosa que no fuese ese hombre, pero era jodidamente difícil.

—Se te da bien —murmuró Alex, demasiado cerca de su oído, provocándole escalofríos.

—Solo estoy sujetando una tabla.

—Te sorprendería la cantidad de personas que no saben hacer ni eso.

Eliza optó por no decir nada al respecto, apretó el tablón y esperó por un nuevo golpe del martillo.

Sin embargo, su boca seguía exigiendo respuestas.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Como si… —Se detuvo, frustrada—. Como si todo esto fuese normal.

Él se tomó su tiempo en contestar, terminó de introducir el último clavo y se incorporó despacio.

Para evitar sentirse aún más pequeña en su presencia, Eliza se levantó también, de modo que quedaron frente a frente.

Demasiado cerca, incluso.

—Para mí lo es —respondió él con esa suavidad que la desarmaba.

No. Eso no la ayudaba en lo más mínimo.

—Pues para mí no —replicó al momento.

Se miraron a los ojos durante unos segundos, como si ninguno quisiese ser el primero en romper esa conexión. Al final fue ella la que dio un paso atrás, rompiendo aquella conexión.

—¿Qué más hay que hacer? —preguntó, demasiado rápido, dispuesta a hacer cualquier cosa para aligerar el momento.

La respuesta no fue tan inmediata como le gustaría. Se la quedó mirando, como si viese más de lo que decía, pero optó por no decir nada al respecto.

—¿Sigues queriendo ayudarme?

—Son mi casa y mi porche —señaló lo obvio—. Haré lo que sea necesario.

Asintiendo, señaló el lado contrario dónde ya se habían retirado los tablones viejos y los nuevos esperaban a ser asegurados.

—Entonces, seguiremos con esos de ahí.

A partir de ese momento trabajaron codo con codo, hablando tan solo lo justo.

Eliza no lo admitiría en voz alta, pero se sentía a gusto en su presencia y sobre todo tranquila, lo cual era una contradicción en sí misma, pues solo hacía falta que se rozaran, o que estuviesen más cerca el uno del otro de lo que debían, para que ese algo inexplicable se hiciese cada vez más palpable entre ellos.

—Bien. Pues esto ya está —declaró él, dejando el martillo a un lado e incorporándose. Se desperezó con naturalidad, estirando los músculos después de haberse pasado todo el rato agachado.

No podía quitarle los ojos de encima, él tenía algo magnético que hacía que lo buscase con la mirada aun cuando no debería.

Siguió su ejemplo, levantándose también, recorrió el suelo, comprobando el trabajo que habían hecho y sintiéndose un poquito orgullosa de haber podido ayudar.

—Nada mal, ¿eh ?

Asintió, levantando la cabeza y encontrándose de nuevo con su mirada.

La mañana había avanzado y el sol empezaba a calentar.

A pesar de estar bajo la cubierta del porche, los rayos incidían directamente a esas horas y parecían jugar sobre el pelo rubio de Alex, aclarando su tono natural.

Era curioso que se fijase en esas cosas cuando había hecho todo lo posible por tener la mente ocupada en otras cosas, pero había cosas inevitables, al parecer.

Sus miradas volvieron a encontrarse, el silencio cayó de nuevo entre ellos, pero no de la misma manera que lo hacía mientras trabajaban. Era como si por momentos se encontrasen en una burbuja, aislados del exterior y obligados a respirar el mismo aire, a compartir el mismo espacio.

Esta vez, cuando él dio un paso hacia ella, no se quedó solo en uno, sino que continuó avanzando y, sin darse cuenta, ella retrocedió.

De pronto estaban ejecutando un baile que ninguno de los dos sabía cómo controlar. La valla a su espalda quiso que fuese ella la que pusiese fin a la retirada cuando él estaba ya solo a un brazo de distancia.

Levantó la mano y no pudo sino contener la respiración. Se movió lentamente y, cuando volvió a bajarla, vio que sostenía entre el índice y el pulgar una hoja.

—La tenías en el pelo —murmuró él con voz suave, ronca, manteniéndose a esa breve distancia.

No supo que decir, se limitó a quedarse quieta, alternando la mirada entre él y la supuesta hoja.

—Ah… —consiguió que sus labios se moviesen, pero eso fue todo lo que fueron capaces de articular.

Él no la tocaba, pero su presencia, la manera en la que sus ojos descendían ahora sobre sus labios hablaba por sí sola.

Se le aceleró el corazón.

—No creo que sea una buena idea… —dijo, pero su voz carecía de la convicción y la fuerza que pretendía darle.

La mano masculina volvió a alzarse cubierta todavía por los guantes de trabajo. Lo hizo lentamente, dándole tiempo a apartarse de él, a negarse a lo que quiera que fuese esto que había entre ambos, porque algo había, a decir que no… Ella no lo hizo.

Le rozó la mejilla y Eliza solo pudo pensar en que le hubiese gustado que hubiesen sido sus dedos desnudos los que la tocasen.

—Pídeme que me detenga —pidió él en voz baja—, y te juro que lo haré.

Ni una sola palabra salió de su boca, lo que obró como una respuesta a su pregunta. Él acortó la distancia entre ambos, muy poco, tan solo lo justo para que sus alientos se confundieran y sus labios quedasen a un solo suspiro de los de ella.

La tentación de cerrar los ojos y dejarse llevar era muy grande, demasiado pesada y cedió a ella. No obstante, tan pronto lo hizo, con esa oscuridad vino también la claridad.

—No puedo… —Eliza se escabulló, rodeándole, apartándose al momento de la valla del porche y de la tentación—. Esto no… —respiró, llevándose la mano al pecho—. No lo entiendo…

Él se mantuvo de espaldas a ella, ni siquiera intentó retenerla, se limitó a quedarse quieto unos momentos, como si pareciese estar luchando consigo mismo para dominarse… Era absurdo, en realidad, pero fue la sensación que le dio antes de escucharle soltar una:

—Te pido perdón… —Su voz sonaba rota, de una manera que le provocó una punzada en el pecho. No quería que se sintiese de esa manera, no había sido su intención herirle con su rechazo, pero… No sabía cómo interpretar esto.

—Alex…

Se volvió hacia ella, mostrando un rostro tranquilo, amable.

—No pasa nada, Eliza .

Pero sí pasaba, claro que pasaba y el no saber qué demonios era la estaba matando.

Tragó saliva, sintiendo el pulso todavía desbocado en la garganta y apartó la mirada, incómoda, avergonzada.

—Tengo que… —murmuró, señalando vagamente hacia la casa.

Cualquier excusa le servía en esos momentos. Solo quería… huir.

Alex, bendito fuera, se limitó a asentir.

—Claro.

Con todo, su mirada… Lo que había en ella hacía que quisiera desdecirse y reunirse con él, consolarle de alguna manera, lo que resultaba aún más absurdo e irracional.

Eliza se giró antes de poder pensárselo demasiado, cruzó el umbral de la puerta y, esta vez sí, la cerró apoyándose en ella con más fuerza de la necesaria.

El silencio en el interior la envolvió de inmediato. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en la madera.

Y fue de nuevo aquella oscuridad autoimpuesta, la que eliminaba la realidad, la que la hizo ser aún más consciente de lo que la había hecho negarse a aquel beso.

—Esto es una locura… —musitó, abriendo de nuevo los ojos y sacudiendo la cabeza sin entenderse a sí misma y sus reacciones.

Al otro lado, el sonido del martillo volvió a romper el aire y con cada nuevo golpe sentía que algo se rompía en su interior. Las lágrimas empezaron a asomar en sus ojos y tuvo que apretar los labios para reprimir un sollozo de angustia.

Se cubrió la boca para amortiguar cualquier sonido e intentó respirar a través de aquella ruptura emocional, pues ahora sabía, sin lugar a dudas, que fuese lo que fuese aquello, era algo que no iba a desaparecer.

Y, por primera vez desde que llegó a Hope Valley… tampoco estaba segura de si quería que lo hiciera.