Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Eliza ya estaba despierta incluso antes de que sonase la alarma.

Llevaba horas dando vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño.

Ya no sabía si se trataba del calor que hacía dentro de la casa, del viejo colchón o de la extrañeza del lugar.

No estaba acostumbrada a este silencio, ni a los sonidos que procedían de la noche cuando vivían en medio de la nada.

Esto ya no era la gran ciudad, sino un pequeño pueblo en el campo.

Se quedó unos minutos más mirando el techo desconchado de la habitación. Sí, toda la casa necesitaba una buena capa de pintura, otra cosa más que añadir a la larga lista de tareas que había ido componiendo su mente durante esas horas en vela.

No podía quitarse de la cabeza ese beso, ni tampoco al hombre que se lo había dado.

Su propia reacción la había sorprendido tanto que no dejaba de buscar un motivo que explicase una forma de actuar tan impropia en ella.

Estaba convencida de que los sucesos de las últimas cuarenta y ocho horas tenían mucho que ver en semejante descalabro.

Ni siquiera había tenido tiempo para pensar en las decisiones que había tomado, en las implicaciones de estas.

Tan solo la noche anterior había estado ante el mostrador del aeropuerto, buscando un billete para volar a Durham.

Actuó a golpe de impulsos, tomando decisiones en el momento, sin meditarlas, con una única finalidad; alejarse tanto como pudiese de aquella vivienda y de Anthony.

No tuvo ni un solo instante para detenerse y pensar ¿qué estoy haciendo?

Y la repentina aparición de Alex y todo ese «hago lo que me da la gana, pero tranquila, soy un buen tío» , había terminado por descolocarla por completo.

Así que, aquí seguía ahora, con los ojos abiertos de par en par, y no dudaba que también con unas ojeras de campeonato.

Se giró hasta quedar boca abajo, aferró la almohada entre las manos y ahogó el grito que brotó de su garganta contra la tela. Permaneció así unos segundos más, hasta que el aire empezó a faltarle. Resopló y se dejó caer ahora sobre su espalda, con la mirada fija en el techo.

—Se acabó el darle vueltas.

No iba a pasarse el día entero encerrada y en la cama, pensando en algo que no tenía el menor sentido. Hizo a un lado las sábanas con un gesto brusco y se levantó.

El suelo crujió bajo sus pies descalzos, pero era un ruido normal, no uno de esos que anuncian que terminarás en el sótano.

Agradeció el frescor que entraba por la ventana que, abierta para combatir el calor de la noche, por algún motivo la ayudó a centrarse.

Era hora de hacer algo más que procrastinar, así que se puso en marcha.

Se aseó y vistió en tiempo récord, recogiéndose el pelo en una cola de caballo.

Sabiendo que era demasiado temprano para llamar a los de la compañía de la luz y del agua, se remangó la camiseta y se dirigió a la cocina.

El cubo y los productos de limpieza la esperaban en el mismo lugar en el que los dejó anoche; junto al fregadero .

Ya que no podía poner en orden su cabeza, lo intentaría con la casa. Al menos que una de las dos tuviese un aspecto digno.

Volver a vérselas con la manivela del pozo la exasperó enormemente. Quería agua corriente, quería poder meterse bajo la ducha, quería ahogarse en la jodida bañera.

Vale, sí. Estaba un poquito irritada… ¡Y eso tampoco tenía sentido!

—Respira, Eliza, solo respira —se dijo a sí misma, esforzándose porque esa maldita cosa le diese el agua que necesitaba.

Al fin empezó a caer. El sonido que hacía al caer en el cubo inundó el patio trasero, desterrando el silencio que llenaba el lugar. El cielo ya estaba azul, de ese tono pálido con el que comienza el día, y sin una nube.

Fantástico. Otro día abrasador.

Recorrió el pedazo de terreno que había quedado limpio la tarde anterior, sus ojos se toparon con el limonero y su mente vio vía libre para volar. Había intentado no pensar en él, pero aquí estaba otra vez, tan presente como si nunca se hubiese ido.

En los limones que había recogido, en la madera que había arreglado en la parte delantera, en el generador que seguía zumbando suavemente fuera, en la puñetera limonada… Se llevó la mano a la cara, cerrando los ojos por un segundo.

¡Mierda! No pienses en él.

La necesidad de borrar esas imágenes de su mente la llevó de vuelta a la casa. Abrió de nuevo todas y cada una de las ventanas, las puertas, dejó que el aire fresco entrara y se puso a frotar los cristales como si no hubiese un mañana.

Dejó la cocina impoluta, pasó al salón y se detuvo un momento mirando hacia el porche, a esos escalones recién arreglados.

—No significó nada —murmuró para sí. Clavó la mirada en el paño y empezó a frotar de nuevo.

Su cabeza, sin embargo, seguía analizándolo aún que no quisiera. Solo había sido un beso, un impulso momentáneo, nada más que eso.

—No pienses más en ello y limítate a fregar —bufó. Y lo hizo, durante aproximadamente una hora se dedicó en cuerpo y alma a limpiar ese espacio. Los pensamientos iban y venían, pero mayormente conseguía mantenerlos al margen.

Enjuagó el trapo una vez más, estaba empezando a retorcerlo cuando algo la hizo detenerse en seco. Esta vez no fue un pensamiento, era algo distinto, un cambio en el aire y puede que en sí misma, porque lo que quiera que fuese parecía haberse originado también en su interior.

Era como un sexto sentido, una intuición y, por más vueltas que le daba, no recordaba haber sentido nunca nada ni remotamente parecido.

Se quedó quieta con el trapo aún en la mano, con la mirada en la ventana, escuchando. Al principio no escuchó nada, pero entonces… ¿Ese era el sonido de un motor? El estómago le dio un vuelco, notó ese picazón en las mejillas previo a un escalofrío y musitó con voz apenas audible:

—No puede ser…

Pero lo era. La camioneta se detuvo en el mismo lugar que ayer y lo vio detrás del volante.

El trapo se le cayó de las manos, pero no se molestó ni en mirarlo. Ya iba de camino a la puerta principal, sus pasos eran lentos, renuentes, como si su propio cuerpo dudase o se estuviese preparando para algo.

Se detuvo en el umbral y lo vio apeándose del vehículo, la puerta del conductor se cerró mientras esos ojos iban directos hacia ella.

Permaneció allí unos instantes, como si aquel fuese su lugar, como si siempre hubiese estado allí.

A juzgar por su postura parecía estar mirando algo en su teléfono, cosa que de inmediato trajo a su mente el papel que había guardado en un cajón de la mesilla.

Su corazón volvió a saltarse un latido. Últimamente lo hacía demasiado, sobre todo en su presencia .

—Y aquí está otra vez… —murmuró por lo bajo, sin saber si era una queja o motivo de alivio.

Eliza cruzó los brazos sobre el pecho, como si quiera escudarse a sí misma o mantenerle a distancia y respiró hondo.

Puedes hacerlo , se dijo antes de salir a recibirle.

Como si supiese que ella estaba allí, el recién llegado levantó la mirada antes de que le dijese nada. Sus ojos se encontraron mientras él introducía el teléfono en el bolsillo trasero y, por un instante, todo volvió a cobrar la intensidad del día anterior.

Eliza fue la primera en apartar la mirada, notando de nuevo ese cosquilleo en las mejillas, el cual empezaba a fastidiarla de veras.

—Eres de los que madruga —le dijo a modo de saludo, ciñendo aún más sus brazos cruzados. Las palabras salieron de su boca antes de poder refrenarlas. En realidad no era eso lo que quería decir.

Su vecino esbozó una pequeña sonrisa, echó mano a la parte trasera de la camioneta y bajó la caja de herramientas que ya había utilizado ayer.

—Veo que tú también —respondió en consonancia, moviéndose como si no tuviese prisa alguna.

Su voz sonaba igual. Tranquila, grave, cercana… Como si no hubiese pasado nada y eso la descolocó. Se tomó su tiempo en coger algunas cosas más creando entre ellos un silencio incómodo, denso, muy distinto a los que habían compartido ayer.

—¿Qué tal has descansado? —le preguntó él al cabo de un momento, pero si siquiera la estaba mirando.

—Mucho mejor de lo que cabría esperar —contestó con tono ligero. Sus labios incluso se curvaron en una sonrisa cuando añadió—. Dormí como un bebé.

Mentira. Y muy mala, además.

Él ladeó entonces la cabeza, volviéndose hacia ella, observándola por debajo de las pestañas .

Esa mirada hablaba por sí sola. No la creía, pero no lo dijo en voz alta, se limitó a alejarse del vehículo y, en pocos pasos ya había dejado las herramientas que traía sobre el porche.

Eliza reaccionó por puro instinto, su cuerpo se tensó, incluso antes de que su mente pudiese procesar lo que hacía.

A él no le pasó desapercibida su reacción, pues ni siquiera se movió del lugar.

—Tranquila —pronunció con voz suave—. No volveré a propasarme contigo…

El comentario fue un golpe directo.

—Yo no he dicho que…

—No hacía falta —la interrumpió, señalándola con un gesto—. Tu cuerpo habla por sí solo…

Eliza desvió la mirada, incómoda y también avergonzada por su propia reacción.

—Solo… —empezó, pero no sabía ni cómo terminar la frase—. Fue un error.

Ya está. Lo había dicho. Eso era lo que había sido… Un error.

Él no respondió de inmediato, se limitó a mirarla, sin retroceder, sin ceder terreno, simplemente quedándose allí.

—¿Lo fue?

La pregunta la llevó a mirarle de nuevo.

—¿Un error? —inquirió, con calma—. ¿Algo sin importancia?

—¿Qué más podría ser? —replicó, a la defensiva—. Después de todo… ni siquiera nos conocemos.

—Eso puede arreglarse —afirmó él con decisión.

Eliza dejó escapar un resoplido al tiempo que negaba con la cabeza.

—Eres… —Tenía problemas para encontrar la palabra adecuada, así que solo dijo—: Demasiado.

Él enarcó una ceja.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Ojalá lo supiera —farfulló en voz baja, más para sí misma que para él, entonces replicó en voz alta—. Todavía no lo tengo claro .