Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Si pudiese parar el tiempo elegiría este preciso momento. Eliza estaba sentada a su lado en uno de los escalones a su lado, el vaso de limonada descansando entre sus dedos. Era una imagen que Alex no quería olvidar, un recuerdo que volvería a saborear cuando estuviese a solas.

La idea de la soledad lo hizo gruñir interiormente. Su lobo no quería alejarse de esa mujer, ni él tampoco. ¿Cómo hacerlo cuando era una parte de ambos?

Ahora entendía lo que habían dicho sus hermanos al asegurar que su mundo había cambiado en el momento en que encontraron a sus compañeras.

El suyo acababa de dar un vuelco y la responsable le estaba dando un sorbo a su bebida.

Como le gustaba mirarla. Encontraba que podía convertirse perfectamente en su nuevo pasatiempo favorito.

Mientras trabajaba la había vislumbrado asomándose de cuando en cuando para ver si seguía en las inmediaciones, ¿sentiría ella la misma conexión de inevitabilidad que él?

Su proximidad despertaba su hambre, una que nada tenía que ver con la comida y sí con un apetito más primitivo, con una necesidad que nacía en su alma de lobo y se extendía por todo su cuerpo; la de reclamarla.

Se obligó a dar un trago a la ácida bebida que él mismo había solicitado. Los limones solo habían sido una excusa para quedarse junto a ella, pero ahora sabía que podría beberse ese mejunje en cualquier momento si era Eliza quien lo preparaba.

No era la limonada.

Era ella.

Ambos permanecían en un agradable silencio, disfrutando de un momento de descanso después de una jornada de trabajo.

Era consciente de que todavía quedaban cosas por hacer en el exterior y seguramente muchas más en el interior, pero no quería invadir su espacio, todavía no.

Poner un pie dentro de la casa equivalía a ir un paso más allá, a pedirle una confianza que era obvio todavía no sentía.

¿Y quién podía culparla?

Era consciente de que la había desestabilizado por completo. Se había presentado sin más, tomando las riendas de la situación sin darle una sola oportunidad para negarse a él o a su presencia. El que lo hubiese hecho mientras ella estaba fuera era tan solo un golpe de suerte.

Pero estaba bien, si esta era la forma en la que podía acercarse a ella, la aprovecharía.

—Cuéntame algo sobre ti —le pidió, rompiendo el silencio en el que ambos estaban sumidos.

Notó el ligero respingo que dio a su lado, sin duda la había cogido por sorpresa. Ladeó la cabeza, mirándola de forma soslayada, encontrándose con la suya.

—¿Que te hable sobre mí? —respondió con otra pregunta.

Él asintió.

—Me gustaría conocer a mi nueva… vecina. — Compañera. Esa era la palabra que tenía en la punta de la lengua, pero la cambió en el último instante—. No todos los días llega una chica guapa a Hope Valley y se instala en un lugar como este. ¿Es una vuelta a casa o…?

Dejó la pregunta en el aire.

Ella había mencionado que la propiedad le pertenecía y, si lo que insinuó Nick era verdad, Eliza habría vivido aquí en su infancia. Así pues, ¿qué la había traído de vuelta ahora? ¿Por qué apareció de la nada? ¿Y por qué le daba la sensación de que su llegada había sido una decisión improvisada?

Parecía obvio que no estaba preparada para encontrarse el lugar en semejante estado. No había luz, no había agua corriente y, por lo poco que había visto a través de las ventanas y de la puerta principal, los pocos muebles en su interior estaban cubiertos por sábanas.

—Fue una decisión irreflexiva que ha dado como resultado un momento tan extraño como este —replicó ella de manera automática.

No se había parado a pensar en la respuesta, podía verlo en la forma en la que arrugó momentáneamente la nariz. Era como si escucharse decir aquello en voz alta confirmase lo que decían sus palabras.

—¿Y te arrepientes de esa decisión?

Movió lentamente la cabeza en gesto negativo.

—Curiosamente, no —contestó y, esta vez parecía genuinamente sorprendida de escucharse decir aquello—. Debí haberla tomado mucho antes.

Aquella respuesta implicaba algo más que el regreso a este lugar, pensó él, pero no tenía la menor idea de qué había detrás.

Antes de que pudiese indagar sobre ello, Eliza lo miró.

—Entonces, ¿tu rancho está al otro lado de la pradera?

Asintió e hizo un gesto, señalando la dirección en la que se encontraba Hope Valley Ranch.

—El huerto de manzanos de tu propiedad linda con nuestros terrenos —le recordó y añadió—.

Y si vas por el camino, solo tienes que coger el primer desvío a la derecha que encuentras antes de salir a la carretera que va al pueblo.

Te encontrarás bordeando la empalizada y finalmente, el arco de entrada. No tiene pérdida .

—¿Y vives aquí todo el año? —El que le hiciese esa pregunta lo hizo sonreír. No sabía si era curiosidad o ganas de saber sobre él, pero aceptaría cualquiera de las dos si eso le permitía concederle estos pellizquitos de información.

—Es mi hogar —admitió y, esa palabra, por primera vez tenía verdadero sentido con ella aquí—. Y están mis caballos… No es como si pudiese irme y dejarlos.

—¿Tienes caballos?

—Desde hace cuatro años soy criador oficial de los American Quarter Horse . —Su expresión dejaba claro que no tenía la menor idea de qué le estaba hablando—. Caballos para rodeos, exhibiciones y trabajos en granja.

—Una profesión… interesante.

La manera en que lo dijo le arrancó una sonrisa.

—Bueno, veamos la tuya —la azuzó, girándose para quedar ahora de cara a ella—. ¿A qué te dedicas? Su semblante cambió en el momento en que esa pregunta cayó sobre ella.

Era como si le hubiese hecho recordar algo en ese preciso instante, algo en lo que puede que no quisiera pensar.

—Ahora mismo a nada… —Su voz bajó de tono y su lenguaje corporal cambió. Pareció hacerse más pequeña, queriendo esconderse del mundo—. He dejado mi trabajo, así que supongo que estoy en uno de esos impases de la vida…

—A veces son muy necesarios —continuó él, manteniendo el tono de siempre—. No es malo parar y tomarte un momento para ver lo que tienes a tu alrededor. Es en esos momentos cuando realmente puedes ver si la vida que llevas te satisface o necesitas un cambio.

Ella levantó la cabeza y lo miró.

—Y sin duda has venido al lugar perfecto para descubrirlo —concluyó mirándola ahora a los ojos—. ¿Qué mejor lugar que una casa abandonada, con un patio que parece una selva y unas cuantas reparaciones como lugar de descanso?

Eliza parpadeó y acto seguido dejó escapar un resoplido de risa.

Su expresión se suavizó, su mirada perdió parte de la preocupación que había bailado en ella e incluso su cuerpo se relajó a su lado.

—Un retiro espiritual ideal, sin duda —replicó burlona, siguiéndole el juego.

— Ey , tienes entretenimiento, limones y si conseguimos abrirnos paso a través de la propiedad, incluso contarás con un buen suministro de manzanas —aseguró juguetón—. Si eso no es sinónimo de paraíso, no sé qué puede serlo.

—Mi madre hacía una tarta de manzana insuperable con la fruta de esos árboles —mencionó ella con un aire nostálgico en la voz—. El abuelo Frank decía que no había otra igual en todo Hope Valley.

—Me gusta la tarta de manzana —confesó y añadió, como si estuviese compartiendo un secreto—. Si te consigo unas cuantas de esas manzanas, ¿hornearías una para mí?

La sonrisa que le curvó los labios fue lo más bonito que vio en su vida y la risita que adornaba su voz, ya ni digamos.

—Primero me pides una limonada y ahora quieres que te hornee una tarta, ¿es que no tienes mujer?

—Acabo de encontrarla y está justo delante de mí —aseguró con una sinceridad que la dejó sin palabras.

Vale. Esa quizá había sido demasiada franqueza, pero no podía evitarlo. Eso es lo que era ella para él, su mujer.

La declaración colgó sobre ambos durante unos segundos más en los que se dedicaron a mirarse, entonces su compañera dejó escapar un resoplido y sonrió.

—¿Consigues algo siendo tan zalamero, Alexander Green? —le preguntó ella con sorna, sacudió la cabeza y estiró las piernas sobre los peldaños.

Era más menuda que él, delicada en cierta manera, pero con una fortaleza interna que asomaba de cuando en cuando.

—Soy de los que consigue todo lo que se propone en la vida, Eliza Carmody —afirmó inclinándose hacia ella, quedándose lo bastante cerca como para notar su respiración—. Todo.

Notó como contenía la respiración, sus ojos se abrieron un poco más y bajaron sobre sus labios, como si aquella atracción fuese tan inevitable para ella como lo era para él.

Se moría por besarla y por probar esos labios. ¿A qué sabrían? ¿Serían tan suaves como le parecían? ¿Tan mullidos? Su lobo había alzado las orejas, expectante, esperando a que diese el paso y la probase, a que conociese finalmente su sabor.

Mía.

La palabra retumbaba en su interior, no como una idea, sino como algo inevitable y definitivo, como una confirmación.

—Voy a pedirte disculpas ahora mismo… —murmuró él.

Su voz era ronca, pesada, al igual que su propia respiración.

—¿Por qué? —la pregunta que salió de esa boca lo hizo gemir interiormente.

—Porque no puedo aguantar más las ganas de besarte.

Apenas fue consciente del vaso abandonando sus dedos y cayendo al suelo, revotando escalón tras escalón mientras derramaba la limonada a su paso.

Para él solo había una única cosa importante ahora mismo y era ella.

Disfrutó al conocer por fin la textura de su pelo cuando introdujo los dedos entre él, la blandura de sus labios cuando tocaron los suyos y el sabor de su boca cuando atravesó sus labios con la lengua y la saboreó como había deseado hacer desde el mismo instante en que la vio.

El jadeo de sorpresa por parte de ella pronto se convirtió en un pequeño gemido de placer, su instinto tomó el mando y la encontró devolviéndole el beso.

Lo hacía con timidez, como si no estuviese segura de que fuese lo correcto, para finalmente dejar atrás cualquier inhibición y responderle con la misma intensidad que habitaba en él.

Su naturaleza lupina estaba tan cerca de la superficie que casi podía sentir a su lobo bajo la piel, como un espectador en primera fila y eso era peligroso. Dejarse llevar ahora sería fácil e inevitable y le traería un sinfín de problemas que todavía no estaba preparado para afrontar.

Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad se echó hacia atrás, dando por finalizado el beso, aunque fuese incapaz de dejarla ir todavía.

—Yo… —Se vio obligado a tragar saliva para poder continuar—. Gracias por la limonada… Se echó una vez más hacia atrás, abandonándola ahora por completo.

Su lobo gimoteó en su interior, no quería dejarla, no quería irse, pero era lo único que podía hacer ahora.

—Volveré mañana por la mañana para continuar con el porche —le dijo y, con un pensamiento repentino, empezó a palparse hasta que encontró el pequeño lápiz que llevaba consigo y un pedazo de papel.

Escribió rápidamente su número de teléfono y se lo tendió—.

Llámame si me necesitas, ¿vale? No importa la hora que sea. Estaré ahí para ti.

Eliza levantó el brazo casi de manera automática y cogió el pedazo de papel. Sus dedos se rozaron una última vez, dejando tras de sí ese chispazo que los sobresaltó a ambos.

—Te veré mañana, Eliza —prometió. Y, antes de que le resultase más difícil alejarse de ella, giró sobre sus botas, se subió a la camioneta y se marchó.

La miró una última vez a través del retrovisor del coche. La había dejado de pie en las escaleras que llevaban al porche, con el pelo rubio revuelto y los ojos clavados en el papel que le había dejado.

Alex sonrió para sí, respiró hondo e inició el regreso a casa, uno que no sería nada fácil.