Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

Meterse en faena en la cocina le había ayudado a dejar de pensar en él y de hacerse a sí misma un millón de preguntas para las que no tenía respuesta.

Le llevó algo más de dos horas adecentar el lugar, limpiar el frigorífico, que comprobó que todavía funcionaba, y hacer un recuento de todo lo que había en las puertas y estantes.

Muchas de aquellas cosas estaban para tirar, pero otras no necesitaban más que un buen lavado. Encontrar un viejo exprimidor manual fue el colmo de la buena suerte.

Era como si la casa se estuviese burlando de ella, dándole una extraña e irónica bienvenida.

Estaba sudando. El enérgico trabajo y el calor de la tarde, que había ido descendiendo al igual que el sol, la había dejado húmeda y pegajosa.

Daría cualquier cosa por poder pegarse un buen baño, incluso una ducha, pero no le quedaba otra que conformarse con asearse un poco con una de las garrafas de agua que había traído del pueblo.

El aseo de dos piezas que había entre la cocina y el salón también sucumbió a su zafarrancho de limpieza. Al menos ahora olía a limpio y a desinfectante, lo cual era mejor que nada.

Eliza le echó un último vistazo a la jarra de limonada que había preparado y a los dos vasos que la acompañaban.

El sol ya había bajado lo suficiente como para dotar el cielo de esos colores rosados y naranjas propios del atardecer, el ruido de la desbrozadora hacía tiempo que había sido sustituido por el de una sierra y el del martillo en el porche delantero.

Ambos se alternaban en favor del trabajo que estuviese llevando a cabo en ese momento aquel incansable hombre.

Se mordió el labio y cambió su peso de un pie al otro. Estaba nerviosa, no había dejado de estarlo en toda la maldita tarde.

Incluso mientras trabajaba, no perdió la oportunidad de echar de vez en cuando un vistazo para comprobar si él seguía por allí. Era como si, a pesar de no querer tenerle en la propiedad, tampoco desease realmente que se marchase.

—Hospitalidad norteña —murmuró para sí, repitiendo las palabras que le había escuchado decir a él más temprano—. Lleva toda la maldita tarde trabajando sin descanso, lo mínimo que puedes hacer es agradecérselo, ¿no? Solo te ha pedido una limonada… E incluso te cogió los malditos limones .

Respiró hondo, sacudió la cabeza y, antes de que pudiese pensárselo de nuevo, cogió la bandeja en la que había depositado la jarra y los vasos y se dirigió al porche.

—La limonada está lista, así que ya puedes dejar de dar martillazos —mencionó deteniéndose ante la puerta principal. Tal y cómo le había dicho había cubierto el suelo con unas amplias láminas de madera allí dónde ya había retirado la madera que debía ser sustituida.

Alex, quién estaba arrodillado en uno de los laterales en los que ya se veía todo el suelo de tablones nuevos, levantó la cabeza y posó esa intensa mirada verde en ella.

Se le secó la boca, el corazón perdió el compás y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no dejar escapar un pequeño gemido al mirarle. Ese hombre no tenía derecho a parecer tan atractivo cuando estaba lleno de polvo, serrín y mantenía un par de clavos haciendo equilibrismos entre los labios.

Se los quitó, aguantándolos entre dos dedos para poder contestarle.

—Termino con este tablón y estoy contigo —le informó.

Esa forma de hablar, con confianza, como si fuesen dos viejos amigos y no un par de desconocidos, seguía desconcertándola, aunque no por ello la molestaba.

Se limitó a asentir con la cabeza y se volvió, buscando algún lugar sobre el que poder depositar su carga. En su inspección se percató también que la madera de los peldaños también había sido sustituida.

¿Pero qué clase de hombre podía hacer tantas cosas en tan poco tiempo?

—Siéntate en las escaleras —escuchó que decía, su voz algo apagada debido a la posición en la que se encontraba. Un par de martillazos amortiguaron cualquier respuesta—. No creo que te hayas tomado un minuto de descanso hasta ahora.

—Tú tampoco —respondió ella de manera automática.

—Yo estoy acostumbrado a pasarme horas trabajando —admitió de buen humor. Un par de martillazos más y entonces se levantó con gesto satisfecho—. Ya está. Solo queda el otro lado del porche y la entrada. Mañana por la mañana me pondré con ello.

Dejando las herramientas a un lado, los guantes y alejándose para lavarse las manos en un barreño, Alex volvió a su lado y le quitó la bandeja que todavía sostenía, mientras le indicaba los escalones con un gesto.

—Tú primero, compañera —le dijo, con esa voz profunda y ronca que parecía acariciarla.

No le quedó otra que aceptar la invitación y dejarse caer, sin mucha gracia, en uno de los escalones. Por suerte la entrada era lo bastante ancha como para que cupiesen dos personas sin necesidad de apretujarse.

Él se acomodó con una gracilidad que contrastaba con su envergadura. No era un hombre corpulento, pero sí era grande y alto. Tenía las piernas largas, como pudo comprobar cuando las estiró ante él.

—Gracias por hacer la limonada —mencionó, poniendo la bandeja entre ambos y, cogiendo la jarra y sirviendo el contenido en un vaso que le dio a ella, para luego rellenar el suyo—. Por las nuevas amistades y los… nuevos comienzos.

Le presentó un brindis y ella chocó suavemente el vaso con el suyo.

—Espero que te guste ácida, no hay azúcar.

—Es perfecta —respondió mirándola a los ojos y, durante un segundo Eliza no supo si estaba hablando de la limonada… o de algo más.