Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

¿De dónde demonios había salido esa camioneta?

Eliza apagó el motor del coche, se quitó el cinturón y bajó inmediatamente.

Nada más poner los pies en el camino se dio cuenta de dos cosas: escuchaba el sonido de una desbrozadora y la maleza que ayer cubría la parte frontal prácticamente había desaparecido.

Y el responsable parecía ser nada más y nada menos que el hombre que estaba de espaldas a ella, cuya presencia le provocó una instantánea e inesperada emoción.

Había estado fuera tan solo un par de horas, el tiempo justo para aprovisionarse y comprar algunos productos de limpieza para asear las habitaciones importantes y pasar la noche allí.

Incluso adquirió un pequeño generador y un hornillo con los que tendría que apañárselas hasta que llamase mañana a la compañía de la luz y le reestableciesen el suministro.

Y lo mismo con la compañía del agua. Por ahora había llenado el maletero con varias garrafas para su propio consumo.

Echó un vistazo hacia atrás y descartó bajar las cosas, primero tenía que enfrentarse con ese extraño e insistente desconocido.

Bordeó el vehículo, no sin antes echarle un vistazo a todo el material que tenía en el cajón: Tablones, una caja de herramientas, un par de garrafas de combustible… El tipo venía bien preparado.

—¡Ey! ¡Oye! —Avanzó con decisión, moviendo los brazos para llamar su atención, pues con esa máquina funcionando y los cascos cubriéndole los oídos, era imposible que la oyese gritar ni aunque le fuese la vida en ello.

Acabó cruzando el pasillo que ahora dejaba al descubierto una entrada cimentada hacia el porche y, poniendo cuidado en dónde pisaba, alcanzó la parte superior, lo que la dejaba a la altura justa para que él la viese.

Y lo hizo.

Esos ojos verdes se posaron en ella a través de unas gafas de protección que no le restaban una pizca de atractivo.

Vio como su expresión cambiaba de la concentración en su trabajo a una ligera y agradable sorpresa.

Sus labios incluso se curvaron un poco y esa sonrisa le provocó una punzada en el pecho.

Un desconocido no tendría que impactarla tanto.

Bueno, técnicamente ya no era un desconocido. Sabía su nombre y que era su vecino; alguien que, al parecer, no sabía aceptar un no por respuesta.

El rugido de la herramienta cesó, desplazó las gafas hacia la cabeza y la recorrió con la mirada como si quisiera asegurarse que ella estaba realmente allí y no era un espectro o algo.

—Buenos días —la saludó de buen humor y su voz fue igual que una ronca caricia resbalándole por la espalda.

—¿Qué demonios estás haciendo?

Él miró a su alrededor y señaló el área desbrozada con un gesto de la mano.

—¿No es obvio? Evitar que tengas que vértelas con alguna alimaña.

Eliza abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla .

No sabía qué decir.

Su respuesta era tan absurda como el hecho de que él y esa maldita camioneta estuviesen allí ahora mismo.

—Dijiste que vendrías mañana.

—Cambié de idea —declaró echando la máquina hacia atrás, ya que la llevaba colgada con un arnés, y se acercó hasta quedar justo debajo de ella—.

No podía permitir que una mujer tan encantadora pasase la noche en este lugar sin ciertas comodidades.

He conectado el generador. Tendrás electricidad para un par de días, al menos.

—¿Qué generador? —Su sorpresa iba en aumento.

Alex señaló hacia el otro lado del porche, una zona a la que ni se había molestado en mirar. Y no es que el aparato del que estaban hablando fuese pequeño, precisamente.

Parpadeó al ver semejante cacharro. Era el doble de grande que el que acababa de comprar en el pueblo.

—¿Por qué?

—Por qué, ¿qué?

Se volvió hacia él y encontrarse de nuevo con su mirada la incomodó. No es que ese tipo le diese miedo, ni siquiera mala espina, aunque debería, era que su presencia la perturbaba de una forma que todavía no sabía ni como analizar.

—¿Por qué haces todo esto? —acabó alzando la voz, un poco exasperada.

—Porque puedo —respondió encogiéndose de hombros, pero sus labios se estiraron un poco más y, joder, eso le aportó un toque casi travieso—. Considéralo… hospitalidad norteña.

¿Hospitalidad norteña? ¿Le estaba tomando el pelo? Dio un paso atrás y la madera crujió bajo sus pies. Quizá lo hubiese hecho antes, pero con el ruido de la maquinaria no lo había escuchado.

—Ten cuidado por dónde pisas, Eliza. —Oírle pronunciar su nombre con tanta familiaridad debería despertar sus recelos, pero solo consiguió que se le aflojasen las piernas.

¿Qué demonios le pasaba? Ya había estado antes en compañía de hombres atractivos, pero nunca le afectaron de esta manera.

—Cambiaré esos tablones tan pronto como termine con esto. Si no me da tiempo a poner los nuevos, cubriré el suelo con unas láminas para que puedas entrar y salir sin acabar hundiéndote en el suelo.

Todo lo que pudo hacer fue dejar escapar un pequeño resoplido mientras se cruzaba de brazos. Desde luego estaba fuera de su ambiente, porque no tenía la menor idea de qué hacer con ese hombre.

—Mira… Alex —recordó su nombre. De alguna manera le era imposible olvidarlo—. De verdad que agradezco tu buena disposición, pero no es necesario que hagas nada de…

—Aceptaré una cerveza fría a modo de pago —la interrumpió él, volviendo a ponerse las gafas protectoras.

—No tengo cerveza.

—Hay un limonero en la parte de atrás —señaló con un gesto—. ¿Sabes hacer limonada?

Tenía que ser una broma.

—¿Vas a coger tú los limones? —replicó llevándose las manos a las caderas.

—Si eso hace que pueda beber un vaso de limonada hecha por ti, dalo por hecho —aseguró y, una vez más, la sorprendió al dirigirse ahora hacia el lateral de la casa, con obvia intención de rodearla.

—La madre que lo… —Se contuvo con un jadeo, incrédula y también divertida, si era honesta, con la determinación de ese hombre.

Eliza vaciló tan solo unos instantes, decidiendo si lo seguía o atravesaba la casa. Optó por la segunda opción y salió por la puerta de la cocina al porche trasero justo a tiempo de escuchar el rugido de la desbrozadora mientras limpiaba el terreno en torno al limonero.

—Al final tendré que hacer esa maldita limonada y todo —murmuró para sí, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza.

Se quedó allí, mirándolo mientras trabajaba.

No le llevó mucho tiempo limpiar la zona lo suficiente como para poder acceder a los amarillos limones.

La naturaleza no dejaba de sorprenderla, el árbol había sido capaz de seguir dando fruto a pesar de estar lleno de enredaderas y suciedad.

Pero él no se limitó a limpiar las inmediaciones del limonero, también aprovechó para abrir un camino entre la alta hierba hacia la escalera del porche trasero, despejando la zona.

Momentos después, su voluntarioso vecino le ofrecía unos cuantos limones a los pies de dicha escalera.

—¿Necesitas algo más? —le preguntó, pasando su carga de unas manos a otras, rozándola en el proceso.

Fue tan solo una ligera caricia, pero ambos se sobresaltaron. Sus miradas coincidieron y, durante un brevísimo instante, incluso creyó ver como sus ojos se hacían un poco más intensos, su pupila disminuyendo.

Entonces él parpadeó y la fantasía terminó. Eliza retrocedió, con los limones apretados ahora contra su pecho. El aroma cítrico perfumaba el ambiente de una manera que le recordaba ligeramente al hogar.

—No va a estar fría… —mencionó—. Y ni siquiera sé si hay un exprimidor ahí dentro.

—Estoy seguro de que puedes improvisar algo —le guiñó el ojo, dio un par de pasos atrás y se giró, pero no sin volver a echarle un vistazo por encima del hombro, como si quisiera asegurarse de nuevo que estaba allí—.

Aprovecharé para limpiar también un poco esta zona. Avísame cuando esté lista la limonada.

Y sin una palabra más, volvió a encender ese trasto y continuó con una tarea que se había adjudicado él solito.

No sabía por qué demonios no lo había echado ya de su propiedad de una patada, ni tampoco por qué su presencia hacía que se sintiese menos sola.

Nada de lo que había pasado desde su llegada tenía el menor sentido.

Miró una vez más los limones, como si ellos tuviesen la respuesta y, sin pensárselo mucho más volvió a entrar.

No había forma humana de que hiciese algo en esta cocina sin asearla primero y, para ello, tendría que sacar todas las cosas que tenía en el coche. Al menos ahora había luz eléctrica gracias al generador que ronroneaba en el porche delantero y eso era mejor que nada.

Eliza volvió a echar un fugaz vistazo a la puerta trasera.

Las ventanas seguían abiertas, así que el ruido de la desbrozadora seguía colándose en el interior, al igual que lo hacía el aire fresco, eliminando al menos un poco el olor a cerrado y a polvo.

Ya solo por el sonido podía adivinar que él seguía metido en faena.

Sacudió la cabeza y optó por entrar las cosas que había comprado en el pueblo. Tuvo que hacer varios viajes, pero una vez lo tuvo todo al alcance, procedió a empezar con la limpieza.

Su idea principal había sido la de asear primero uno de los dormitorios, pero dada la inesperada petición de su afanoso vecino, no le quedó otra que empezar por la cocina.

Conseguir agua fue toda una hazaña. La gente estaba tan acostumbrada a abrir un grifo y obtener lo que necesitaba, que encontrarse de pronto teniendo que mover una oxidada manivela, de la época de su abuelo, para bombear agua de un pozo, parecía algo sacado de otra época.

Fue un momento bastante bochornoso y no porque no supiese utilizarla, curiosamente todavía recordaba cómo se hacía, sino que la maldita se negó a moverse un solo centímetro hasta que cierto jardinero le dio un buen par de porrazos con un martillo.

Su cercanía le había provocado tal mezcla de nervios y excitación que había saltado al más mínimo roce.