CAPÍTULO 5 #2
Nunca se imaginó que el vínculo pudiese ser tan fuerte, tanto como para resultar palpable. Era como si de repente tuviese una cuerda atada en torno a su pecho, una que lo conectaba a ella, a su otra mitad. Y esa cuerda le decía dónde estaba Eliza, que podría encontrarla en cualquier lugar.
Pensar como un humano. Sí, bien. Buen consejo. El problema era que ahora mismo su cerebro no funcionaba como debería, sus instintos primaban sobre todo lo demás y era difícil contenerlos.
—Necesito volver con ella… —declaró en voz alta.
Eso era lo único en lo que podía pensar, lo que veía con meridiana claridad.
—Bien, de acuerdo. No te lo voy a impedir —afirmó su hermano—. Pero piensa en cómo vas a presentarte de nuevo allí, cómo vas a justificar tu presencia para que no piense que eres un acosador o algo peor.
—No soy un acosador, soy su pareja.
—Tú lo sabes, pero ella no tiene la menor idea de eso —le recordó con paciencia—. Así que, a menos que quieras que llame a la Policía… Un detalle a tener en cuenta, admitió para sí mismo.
Lo último que quería era que ella pensase de él algo como eso, sobre todo después de haberse presentado sin más en su propiedad e imponerse de la manera en que lo había hecho.
Eres un desconocido para Eliza, Alexander Green .
Pero también era su vecino, ¿no? Y los vecinos se ayudaban entre sí, sobre todo aquí, en Hope Valley.
Le había dicho que iría mañana, pero, ¿qué le impedía hacerlo hoy?
—Necesito asegurarme de que va a estar bien en ese lugar —declaró en voz alta, miró el cielo y la posición del sol.
Le quedaban unas cuantas horas por delante todavía de luz, tendría que bastarle, por ahora—. Me llevaré la camioneta.
—Bien. Te ayudaré a cargarla. —Nick le dio una palmada fraternal en la espalda y lo acompañó a poner en marcha su nuevo plan de acción.
***
Nick dejó escapar un suspiro y sacudió la cabeza sin dejar de sonreír mientras veía como se alejaba la camioneta. Su hermano pequeño tenía por delante un enorme desafío, uno por el que él mismo había pasado ya.
Sintió a su compañera incluso antes de verla salir al porche. Su olor había cambiado, pero seguía siendo delicioso y ahora más especial si cabía. El embarazo le había dado una nueva luz y estaba más hermosa si cabía.
—¿Ese era Alex? —le preguntó, bajando los escalones para reunirse con él—. ¿Está bien? Hoy no parece él mismo.
Rodeó los hombros de su mujer y la besó en la sien.
—Y no lo será en algún tiempo —confirmó, volviéndose con ella hacia la casa—. Acaba de encontrar a su compañera.
—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Quién es? —Las preguntas salieron atropelladamente de sus hermosos labios.
—Parece que alguien acaba de mudarse a la granja de al lado, la finca con los manzanos.
—Oh. —Sus ojos verdes se abrieron con visible ilusión—. ¿Y ese alguien es ella?
—Eso parece —afirmó, acompañándola de vuelta al interior de la casa estilo rancho—. Dice que se llama Eliza y que es la propietaria de la casa, la cual lleva bastante tiempo abandonada, por lo que sé. Según Alex no está en buenas condiciones y le preocupa que la chica quiera quedarse allí.
—¿Deberíamos preparar entonces una habitación de invitados? —sugirió ella, dispuesta, como siempre, a echar una mano.
—Todavía no lo sé —admitió. Una vez entraron en el salón, la guio a uno de los sillones, dónde la hizo sentarse—.
Iba a preguntarle al abuelo si sabe algo de la finca de al lado.
Tengo el vago recuerdo de que el viejo tenía una nieta, pero ha pasado tanto tiempo de aquello que no pude hacer más que elucubraciones e intuyo que cualquier información le vendría bien a mi hermano.
—El último de los hermanos Green al fin ha encontrado a su otra mitad —murmuró ella con aire pensativo—. El círculo se ha cerrado al fin.
—Sin duda ha empezado a cerrarse —corroboró, entendiendo lo que quería decir. Alex era el último de ellos que faltaba por conocer el tipo de felicidad de la que tanto Zack, Nathan y él mismo disfrutaban, una que te hacía incluso mejor persona.
—He oído el motor de la camioneta, ¿a dónde demonios va a ahora ese chico?
Ambos se giraron para ver a Jorn Korss, el alfa de Carolina del Norte entrando en el salón.
—A encontrarse con su compañera —le informó.
La expresión en el rostro del hombre que los había criado hablaba por sí sola.
—¡Ya era hora! —exclamó él, arrancándole una risita ante su espontánea respuesta—. ¿Y quién es la muchacha? ¿Lo sabemos?
—De eso quería hablarte —admitió—. ¿Recuerdas si Frank Brook tenía una nieta? Recuerdo vagamente a una muchachita rubia subiéndose a los manzanos cuando era un crío, pero…
El hombre asintió y tomó asiento.
—Sí, claro que la tenía —corroboró su abuelo—.
Su hija, Margerite, volvió a casarse después de quedar viuda.
Frank decía que su nuevo marido era un inútil y un snob, pero como la trataba bien, pues no le puso pegas.
Si no me equivoco, la niña se llamaba Elizabeth.
Era el ojito derecho de su abuelo. Una pena que no pudiese disfrutar de la presencia de su nieta más que unos pocos años.
La chiquilla se marchó del pueblo, el matrimonio permaneció en la granja hasta que Margerite falleció hará unos cuatro o cinco años.
El marido se marchó y la granja quedó completamente abandonada desde entonces.
Sonrió. No había duda de que su abuelo conocía bien a todo el mundo, sobre todo a la gente que vivía en torno al rancho. Habían sido sus vecinos, después de todo.
—Pues parece que la pequeña Elizabeth ha vuelto a casa —mencionó Nick—. Y es la compañera de Alex.
—Esa propiedad va a necesitar un buen acondicionamiento.
—Tu nieto menor ya se ha postulado para ello.
—Bien. Chico inteligente.
Sí, sin duda lo era. Ahora solo faltaba que encontrase su camino con su compañera.
Tendrían que esperar y ver qué tal le iba.