CAPÍTULO 5
El aire no era suficiente. Daba igual cuanto corriera, no importaba cuánto se alejase de la casa, ella seguía en su piel, en su cabeza, en cada maldito latido.
Era su compañera, su otra mitad.
Seguía oliendo esa mezcla a manzanas y mujer que había notado debajo del caro perfume. No importaba la distancia, ni que el viento pareciese susurrar en sus sensibles oídos de lobo que volviese, que diese media vuelta y regresase a su lado.
Y quería hacerlo. Más que nada en el mundo, pero todo había ocurrido tan rápido y de manera tan sorpresiva que no sabía bien cómo actuar.
Él, que había aconsejado a sus hermanos, que les había hecho ver la importancia de mantenerse cerca de sus parejas, de aceptar el vínculo que los unía irremediablemente, se encontraba ahora totalmente desubicado y sin saber cómo acercarse a ella.
Estaba claro que ver los emparejamientos desde fuera era una cosa, ¿pero ser tú el lobo emparejado?
Diablos, eso estaba a otro jodido nivel.
Su mente humana se mezclaba con el instinto primitivo de su otra naturaleza, el equilibrio que solía existir entre ambos parecía romperse por momentos, haciéndolo sentirse más animal que hombre.
Y eso era peligroso, no estaba acostumbrado a esta falta de contención, a esta intensidad y a la necesidad de volver sobre sus pasos y reclamar a la mujer que le pertenecía.
Y era humana, además, lo cual añadía una capa más de dificultad a todo este asunto.
Alex cruzó la linde del rancho sin reducir la velocidad y saltó limpiamente la valla, una hazaña en la que ya pensaría después, haciendo que los caballos se agitasen y empezasen a correr por el terreno.
Quiso gruñirles, pero ellos no eran los culpables de su agitación y no podía dejar que lo viesen como una amenaza, no cuando al fin se habían acostumbrado a su presencia lupina como algo normal.
Cambió sobre la marcha. En un momento estaba corriendo a cuatro patas y al siguiente la grava crujía bajo sus botas al recuperar su apariencia humana a unos metros de los establos.
Se sentía fuera de su piel, inquieto, incómodo, como si el cambio no fuese suficiente, pues su lobo seguía estando más presente en él que nunca.
Irrumpió en el interior, alejándose del sol de la tarde y agradeciendo el frescor del lugar.
Escuchó los movimientos inquietos de los animales que estaban en sus caballerizas, podían sentir su tumulto emocional, la inquietud de una presencia que desequilibraba el ambiente.
Pero ahora mismo no podía pensar en ello.
Se pegó a los tablones del cierre frontal de una de las cuadras y se dejó ir hasta acabar sentado en el suelo, con las manos sobre las rodillas.
Por encima de su posición asomó la cabeza de uno de los curiosos animales, como si quisiera cerciorarse de qué narices le pasaba.
El caballo resopló, lo que hizo que mirase hacia arriba.
—La encontré, Phin —murmuró mirando esos limpios ojos castaños—. He encontrado a mi otra mitad.
Un nuevo resoplido fue todo lo que recibió en respuesta antes de que el semental decidiera que la causa del alboroto no era importante y volviese a retirarse a su cubículo.
—Mierda —masculló, golpeando la cabeza contra la pared—. Mierda, mierda, mierda.
Puntuó cada exabrupto con un nuevo golpe, esperando que el dolor le ayudase a apaciguar el torbellino que se agitaba en su interior.
—¿Alex?
La voz de Nick lo hizo gruñir. Su hermano mayor parecía tener un sexto sentido cuando se trataba de él y de sus momentos de ruptura.
—¿Va todo bien, hermanito?
Negó con la cabeza.
No. Nada iba bien. Absolutamente nada.
No fue consciente de las lágrimas hasta que estas le inundaron los ojos, vidriándole la mirada.
Él no lloraba, no se rompía de esa manera, pero en estos momentos era incapaz incluso de dejar de temblar.
Su lobo quería aullar de forma lastimera y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para que ese aullido siguiese en su interior.
—La encontré, Nick —murmuró en apenas un hilo de voz, dejando que esta se fuese diluyendo poco a poco hasta prácticamente extinguirse. No es que necesitase alzarla para ser escuchado, el oído de su hermano era tan fino como el suyo—. Es ella…
—Así que se trataba de eso… —lo oyó mencionar, un segundo antes de que su enorme cuerpo acabase también en el suelo, a su lado—. Es un impacto emocional en toda regla, ¿eh?
Asintió con la cabeza. Las palabras no le salían, tenía un nudo en la garganta y notaba la humedad resbalándole por la cara.
—¿Dónde está ella ahora? —La pregunta fue tranquila, sutil, no representaba una amenaza y, aun así, se encontró volviéndose hacia Nick con un gruñido.
—Es mía —recalcó, sintiendo el lobo en sus ojos.
—Lo sé, hermano. Nadie pondrá eso en duda jamás —aseguró manteniendo el mismo tono tranquilo y, aun así, había algo en su postura, que hizo que su lobo reculase como buen seguidor.
Estaba ante un alfa, aunque fuese de su misma sangre.
—Se llama Eliza —le informó, obligándose a pensar con claridad, a dominarse—. Acaba de llegar al pueblo. La he encontrado en Brook Farm, la granja del huerto de manzanos, y parece tener toda la intención de quedarse allí…
—¿La propiedad Frank Brook?
Asintió una vez más.
—¿Y dices que tu compañera se llama Eliza? —Se interesó Nick, con gesto pensativo—. ¿No tenía el señor Brook una nieta? Elizabeth, creo que era su nombre.
Ese inesperado pedacito de información hizo que tanto él como su lobo lo mirasen completamente atentos.
—Ha pasado mucho tiempo —continuó su hermano—. Tengo un vago recuerdo de una niña desgarbada y rubia subida a los manzanos…
—¿Con unos enormes ojos azul cielo?
Nick frunció el ceño y asintió.
—Sí, creo que sí.
¿Podía ser la misma criatura? ¿Sería posible que su compañera hubiese estado siempre tan cerca de él? Pero, ¿cómo no lo había notado hasta ahora? ¿Cómo no la había sentido? Y, sobre todo, ¿por qué él no recordaba a esa supuesta niña?
—¿Y dices que la has encontrado en la casa?
Afirmó una vez más.
—Estaba en el porche… —Era una imagen que no se le borraría jamás de la cabeza, el primer vistazo que le echó a su compañera—.
Había un vehículo delante de la casa, un coche de alquiler y ella estaba allí, en medio de toda esa suciedad.
El tejado del porche está ladeado, se caerá en cualquier momento y la madera de las escaleras, los tablones del suelo…
Nece sitan una reparación urgente… Y la he dejado allí, en ese maldito lugar.
Se llevó las manos a la cabeza, hundiendo los dedos en el pelo con gesto desesperado.
—Joder, Nick —gimió, la voz se le rompió y cerró los ojos con fuerza para acabar con las lágrimas—. ¿Cómo demonios lo habéis soportado? Juro que estoy a punto de perder la cabeza…
Le pasó el brazo por la espalda y lo ciñó contra él, hombro con hombro.
—Bienvenido al infierno particular de los lobos recién emparejados, Alex —le soltó él, no sin una pizca de divertida ironía—. Todo lo que puedo decirte al respecto, es que no hay dos emparejamientos iguales y que tendrás que lidiar con el tuyo propio.
Levantó la cabeza y lo miró con visible irritación.
—Eso no me sirve.
—Sí, bueno, ojalá hubiese un manual que todos pudiésemos seguir, cachorro, pero a nadie se le ha ocurrido escribirlo de momento —le aseguró, entonces añadió—. Lo que sí puedo decirte es que las cosas son mucho menos complicadas si estás cerca de ella.
—Le dije que volvería mañana para hacerme cargo de las reparaciones —afirmó—. No le gustó la idea, lo noté, pero… ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Si es humana, poco más podías hacer —admitió él, dándole una palmadita—. Ella tendrá que lidiar con esto por sí misma y, si lo que atravesó Helena es un ejemplo de ello, te aconsejo que estés tan cerca como puedas de tu compañera. Le facilitará las cosas.
Si de él dependiese, se pegaría a esa mujer como una lapa, no la abandonaría ni de día ni de noche, pero tal y como había dicho Nick, la chica era humana y dudaba mucho que supiese de la existencia de su raza.
—A Helena le vino bien tener cerca mi culo peludo, por si te sirve de algo —añadió él.
—No sé si el que se presente un lobo de pelo dorado en su casa sea la mejor manera de mantenerme cerca de ella ahora mismo —admitió con un resoplido.
Se llevó las manos a la cara y se la frotó, librándola de cualquier rastro de lágrimas—.
No recibió especialmente bien mi presencia sobre dos piernas, no quiero arriesgarme a que se asuste o, aún peor, salga huyendo si me ve sobre cuatro patas.
Gruñó de puro fastidio. Se sentía un poquito bipolar en esos momentos, no queriendo hacer algo y al mismo tiempo queriendo hacerlo todo.
—No quería dejarla allí, Nick. Esa casa no está en condiciones de ser habitada.
¿Y si se hace daño? ¿Y si le pasa algo? ¿Y si le muerde una serpiente?
—Se estremeció de la cabeza a los pies y, antes de poder pensar con claridad, ya se había levantado y caminaba fuera del establo—.
Tengo que volver. La traeré al rancho si es necesario.
Si le pasa algo no me lo perdonaré jamás.
— Wow , pisa el freno, chico. —Su hermano salió en post de él, deteniéndolo al sujetarle del hombro—.
Vamos, Alex. Respira hondo. —Ordenó y su voz contenía una demanda que exigía ser obedecida, así que tomó una profunda bocanada de aire y luego lo soltó—.
Eso es. Y ahora piensa como un humano. Sé que no es algo sencillo de hacer en estos momentos, pero tienes que mantener la calma y la mente clara.
Sabía que tenía razón, era lo más lógico, pero su lobo tiraba de él en una dirección muy concreta. Quería regresar al lugar en el que había visto a su compañera, quería olerla, restregarse contra ella y marcarla como suya, era una necesidad primitiva que ambos compartían.