CAPÍTULO 4
¿Qué demonios acababa de pasar?
Eliza se apoyó en el umbral de la puerta, mirando hacia el lugar en el que tan solo unos minutos antes había estado ese completo desconocido. Estaba confundida, mucho más que cuando había llegado aquí, de lo cual no hacía ni una hora.
¿En qué rocambolesco mundo sucedían este tipo de cosas?
Hope Valley era un pueblo pequeño, sí, pero su vecino, si daba por buena su explicación de que vivía en el rancho al otro lado de la pradera, había salido de la nada.
Alexander Green.
El apellido no le era desconocido, lo ubicó al instante de escucharlo, así como el nombre del rancho. Era uno de los más antiguos de la zona y también de los más prósperos. Una propiedad de veinte acres de terreno en los que creía recordar que criaban ganado.
Y a pesar de ser aparentemente vecinos, no podía recordar haber coincidido antes con él, ni siquiera durante su vida en la granja .
Lo cierto es que su infancia y adolescencia había sido bastante solitaria, sus únicos amigos habían sido compañeros de escuela y de instituto, pero ninguna de esas amistades duró más allá de sus años académicos.
Además, a juzgar por su apariencia, el tal Alex tenía que ser algunos años mayor que ella.
No muchos, seguramente, pero tenía claro que su diferencia de edad la habría dejado fuera del rango de niños con los que jugar por aquella época.
Se envolvió con los brazos sintiendo un repentino frío a pesar de que el sol seguía calentando el ambiente.
Mientras él estuvo presente, se había sentido nerviosa e incómoda, pero ahora que se había marchado, sentía una inconcebible sensación de abandono y le estaban entrando unas absurdas ganas de llorar.
¿Por qué me ha dejado aquí sola?
Tan pronto como el pensamiento cruzó su mente se sacudió a sí misma.
—¿Pero qué estupideces estoy pensando? —resopló y, tirando de fuerza de voluntad, le dio por fin la espalda a la puerta y entró de nuevo en aquel polvoriento lugar.
«Volveré por la mañana».
Su mente recuperó aquellas audaces palabras y, de la manera más absurda, se encontró sonriendo.
¿Pero qué demonios le pasaba? Era un completo desconocido. Había surgido de la nada y prácticamente se había erigido como su salvador y contratista sin que se lo hubiese pedido.
No podía negar que la ayuda le vendría bien porque, siendo honesta consigo misma, no tenía la menor idea de cómo arreglar un suelo y mucho menos el tejado, pero esperaba encontrar a alguien en el pueblo o incluso en Durham que pudiese hacerlo.
Cualquiera sería menos inquietante y perturbador que ese hombre rubio de intensos ojos verdes.
Se quedó en medio del salón, echando un vistazo a su alrededor. No había electricidad ni agua corriente. Y tampoco podría arreglar nada de eso hasta mañana por la mañana, eso siendo optimista.
Si mal no recordaba, había un pozo artesanal en la parte de atrás, pero a saber si todavía funcionaba o podía acceder a él. Y tampoco quería arriesgarse a consumir el agua que saliese de él sin analizarla primero.
Demasiadas cosas por hacer y tan solo unas cuantas horas de sol por delante.
—¿Qué hago?
O pasaba aquí la noche, aunque fuese en el coche, o se iba al pueblo o incluso a Durham y se quedaba en un hotel.
—Si me voy no sé si seré capaz de volver —murmuró para sí misma.
Y, nada más decir esas palabras, se le oprimió el pecho.
No. No podía irse. No había llegado tan lejos para rendirse ahora y, además, Alex estaba allí. Marcharse significaba no volver a verle, no poder… ¿qué?
—Por Dios, seguro que hay amianto o algo raro en el aire, porque lo que me ronda la cabeza no es ni medio normal —farfulló.
Optó por no pensar demasiado, cogió las llaves del coche y se encaminó de nuevo hacia el vehículo.
Iría al pueblo, compraría algunos artículos de limpieza, unas garrafas de agua, algo de comida de subsistencia y, ya si se venía muy arriba, quizá encontrase algún lugar en el que pudiese adquirir o alquilar un pequeño generador.
Su padrastro había tenido uno para casos de emergencia, recordó entonces, aunque ignoraba si siguiese en la casa o en el cobertizo que había en la parte de atrás.
Era curioso como los recuerdos volvían cuando los relacionabas con alguna palabra.
Eliza giró sobre sus botas en el último segundo, volvió a entrar, haciendo una mueca al escuchar el crujir de la madera del porche, y cruzó la casa hasta la cocina, la cual tenía una puerta que daba al patio trasero.
Más maleza. La parte de atrás estaba incluso peor que la de delante .
La mención de su vecino a las posibles alimañas hizo que se pensase dos veces el hecho de dejar el porche trasero, el cual crujía también, aunque no con tanto entusiasmo como el delantero.
La hierba le llegaría fácilmente a la cintura, hierba en su mayoría, pero que podía esconder cosas tan desagradables como serpientes.
Y Dios. Que asco le daban esos reptiles.
—Nop. Ni hablar. Necesitaría unas botas hasta la cadera por lo menos y algo con lo que abrirme paso —rezongó.
Miró hacia la derecha y comprobó que el bajo cobertizo seguía en su lugar.
Si el generador todavía estaba allí, a lo mejor no tenía ya ni combustible y ni siquiera sabía cuál utilizaba.
Dejando escapar un frustrado resoplido, dio media vuelta y optó por su plan inicial. Se acercaría al pueblo y compraría lo necesario, incluido un pequeño generador, eso tendría que bastarle por ahora.
Echó un último vistazo a la propiedad ya desde el asiento de su coche, la valla en la que ni siquiera había reparado, pues estaba prácticamente comida por la maleza se convirtió de pronto en el único punto que le interesaba.
Él había estado allí de pie y mañana volvería.
Ojalá fuese verdad.