CAPÍTULO 3 #2
Manzanas. Y algo más intenso y femenino, un aroma que perduraba debajo del perfume caro que la envolvía.
Esa era su fragancia y lo envolvió con solo estar tan cerca de ella.
Los dos pedazos de cielo que lo miraban recelosos desde sus ojos nunca le parecieron tan azules como en ese momento, ni tan hermosos.
Era diminuta comparada con él, su cabeza apenas le llegaba a la clavícula, pero había fuerza en ella, en su postura; no era de las que se asustaba con facilidad.
—No. Para nada —aseguró y cedió a la tentación de resbalar el dedo bajo su barbilla, tocándola por primera vez—. Seré el que va a arreglar tu casa para que no termine cayéndosete encima.
Se lo quedó mirando durante unos segundos, entonces resopló y sacudió la cabeza, librándose de su toque.
—Esa no es una decisión que debas tomar tú.
—Tienes razón —confirmó él al cabo de un momento, lo que pareció tomarla por sorpresa.
—Bien —respondió con cierta satisfacción—. Entonces, gracias por la inspección gratuita, pero creo que podré arreglármelas sin…
Un paso, eso fue todo lo que necesitó dar ella para que una de esas malditas tablas cediese y estuviese a punto de hundir la pierna hasta la rodilla.
Alex reaccionó de inmediato, moviéndose con rapidez, sujetándola y girándola en sus brazos de modo que no llegase siquiera a hundirse.
El tiempo pareció detenerse mientras ambos se miraban con la respiración contenida. La sensación de ella entre sus brazos, de su cuerpo suave y mullido contra el suyo era algo que estaba más allá de cualquier cosa que hubiese experimentado hasta el momento.
Y, por Dios, olía tan bien.
—Te dije que podía pasar… —murmuró él , contemplando ese atractivo rostro y grabándoselo en la mente.
Eliza no respondió. Parecía incapaz de pronunciar una sola palabra, casi podría decir que ni siquiera se atrevía a respirar.
—La casa no es segura —añadió en voz baja, temeroso de que si decía una palabra más alta que otra se rompería el hechizo que congelaba ese exquisito momento.
—Eso ya lo has dicho —contestó ella con el mismo tono de voz.
—Y yo puedo arreglártela.
—Eso también.
Se miraron a los ojos. Quizá ella no supiera lo que estaba pasando, pero se le había acelerado el pulso, podía escuchar el latido de su corazón, como corría más y más rápido.
Se mojó los labios y sus próximas palabras salieron con dificultad, aunque intentó que fuesen firmes.
—Mira —añadió, apartándose de la seguridad de sus brazos—, aprecio la preocupación, de verdad. Pero esto es cosa mía.
—Eso no lo pongo en duda, pero no me sentiría bien conmigo mismo si dejo que una encantadora mujer se encargue de algo como esto ella sola.
Parpadeó confundida, sus mejillas ganando algo de color.
—Te das cuenta de que no te conozco, ¿verdad? —replicó ella y, antes de que pudiese abrir la boca, añadió—. El que me hayas dado tu nombre no significa que seas quien dices ser. Y tampoco es que esté dispuesta a dejar que un desconocido venga y me diga lo que puedo hacer o no en mi propia casa.
Y aquella afirmación era algo que no podía negar, pues encerraba una verdad absoluta. El problema era que su lobo sí la conocía, que su parte más primitiva sabía que ella le pertenecía y eso hacía que cualquier posible raciocinio se desdibujase en su mente.
Era su hembra, suya, ¿por qué no iba a ayudarla, a cuidarla?
—Y ahora, si me disculpas, regresaré a mi casa y a…
La cogió de la mano antes de que pudiese cruzar el umbral. El contacto creó una sensación eléctrica entre ambos, lo supo en el momento en que la vio estremecerse y mirarle con inquietud.
—Mañana. A primera hora.
Eliza parpadeó.
—¿Qué?
Se preparó a sí mismo para dejar salir las siguientes palabras, sabiendo que lo que iba a hacer no era lo que realmente quería.
—Que volveré mañana con herramientas y algunos tablones para reparar el suelo y también el tejado del porche —le informó, dejándola pasmada.
—No puedes estar hablando en serio.
Sonrió, ¿qué otra cosa podía hacer cuando ella lo miraba de esa manera?
—Oh, hablo muy en serio, compañera —aseguró, bajando el tono hasta que las palabras se diluyeron.
Verla llevarse las manos a las caderas fue un gesto de lo más sexy, a la par que divertido.
Le gustaba. No era solo la atracción que venía con el vínculo, era algo mucho más natural, el encontrarla divertida, hermosa y que encajase con el tipo de mujer en el que se habría fijado igualmente.
—¿Siempre eres así de cabezota?
Su sonrisa aumentó y dijo con total confianza:
—Solo cuando la situación lo exige.
Y entonces, antes de poder pensar en lo que iba a hacer, dio un paso hacia ella y le rozó la mejilla con los labios, sin atreverse a hacer nada más osado, pues no estaba seguro de sí una vez probase sus labios, sería capaz de dejarla marchar.
—Te veré mañana, Eliza —le dijo antes de separarse y, echando mano de toda su fuerza de voluntad, dar media vuelta y alejarse por dónde había venido.
Apartarse de ella requirió no solo de fuerza de voluntad, sino también de determinación.
Se llevó la mano al pecho, sintiendo como este se comprimía ante la sola idea de tener que dejarla atrás.
Dejó atrás del coche y la vereda principal y, tan pronto como perdió de vista la casa, dejó salir al lobo, para que él lo alejase de allí a toda velocidad, pues de lo contrario cometería una verdadera locura.
¡Acababa de encontrar a su compañera y prácticamente al lado del rancho!
Si eso no era cosa del destino, no sabía que más podía serlo.