Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Manzanas.

Era el aroma que había estado persiguiendo, uno que no había dejado de llamarlo desde el momento en que lo notó en la empalizada.

Le parecía extraño fijarse en algo como aquello, pero su parte lupina se había inquietado ante aquella fragancia, despertando algo en su interior que lo mantuvo tenso durante toda la comida.

Y solo ahora comprendía el motivo. Era el mismo que lo había hecho abandonar su forma humana y echar a correr a cuatro patas, cruzando el linde del rancho para adentrarse en el huerto de manzanos e ir más allá, hasta la vieja casa abandonada.

Su compañera estaba aquí. Acababa de salir del edificio, deteniéndose justo al borde del porche.

En el momento en que esos ojos del color de un cielo de verano se posaron sobre él se quedó sin respiración.

No pudo hacer otra cosa que contemplar a esa inesperada y curvilínea humana que acababa de hacer acto de aparición sabiendo, en lo más profundo de sí mismo, que era aquella a la que había estado esperando .

Su lobo la reconoció incluso antes de verla, su aroma era único para él, su presencia le llamaba, reconociendo en ella a la otra mitad de su alma y los había guiado a ambos hasta este lugar, hasta la chica que le miraba con la misma sorpresa que seguramente luciría en esos momentos su propio rostro.

—¿Puedo ayudarle en algo?

La voz femenina lo recorrió igual que un látigo eléctrico, estremeciéndolo y despertando cada una de sus terminaciones nerviosas, así como sus instintos primarios. Su lobo parecía tener voz propia, la cual no dejaba de unirse a su propia mente que decía sin reservas: Mía.

Fue incapaz de responder, de hacer cualquier cosa que no fuese mirarla fijamente y empaparse con su presencia. Temía que si cerraba los ojos ella desaparecería, como si fuese una ensoñación.

Sintió al momento su nerviosismo, era como si pudiese percibir cada una de sus emociones, sentirlas en su propia piel.

—¿Quién es usted? —preguntó de nuevo con una suavidad que le erizó la piel.

Actuó por instinto, dando un paso adelante solo para detenerse al momento.

¿Qué demonios estaba haciendo?

—Alexander Green. —Fue un milagro que consiguiese pronunciar su propio nombre y hacerlo sin quedársele mirando como un auténtico idiota—. ¿Y tú eres?

Un nombre. Por favor, necesitaba un nombre, algo con lo que poder llamarla, pues «mía» , aunque sonaba estupendo en sus oídos, no creía que fuese igual de apreciable para ella.

Por Dios. No podía pensar con claridad. De pronto todo era demasiado intenso. Los olores, la luz del sol, la brisa de la tarde… Todo parecía magnificarse y era gracias a su presencia.

—Eliza… Elizabeth Carmody —respondió ella.

Mi compañera se llama Eliza.

Vio como gesticulaba hacia la casa que tenía a la espalda con la mano antes de añadir con convicción:

— Esta es mi casa. No estoy allanando ninguna propiedad…

No pudo evitar sonreír ante su respuesta, ante la manera en la que parecía defender aquel cascarón como su territorio. Le provocó cierta ternura, una que no esperaba sentir tan pronto ante quién no debía ser otra cosa que una auténtica desconocida.

Compañera.

Su lobo lo tenía muy claro.

—Estoy seguro de que no, Eliza —se encontró respondiendo, necesitando probar su nombre, notarlo rodando en su lengua.

Hizo un verdadero esfuerzo por arrancar la mirada de la mujer y posarla en la casa detrás de ella.

El estado de abandono era obvio, pues había estado deshabitada durante años.

Recordaba haber escuchado algo con respecto a los propietarios de boca de su abuelo, pero no le había prestado atención, algo de lo que ahora se arrepentía.

—Es… ¿Es usted de por aquí?

La vacilación en la voz femenina lo llevó a mirar de nuevo en su dirección. Ella apenas se había movido y lo miraba con intensidad, como si intentase descifrar un enigma.

En cuanto se dio cuenta de que volvía a tener su atención la vio dar un paso atrás, cautelosa, lo cual sacudió a su lobo.

Le había hecho una pregunta simple y necesaria, teniendo en cuenta la manera en la que había aparecido de pronto en su propiedad.

No le conocía, era un extraño para ella y, por lo tanto, alguien del que desconfiar.

Intentó sacudirse el estupor del momento y hacer funcionar de nuevo su cerebro, pero no era algo fácil.

Demonios, ¿era así como se habían sentido sus hermanos al encontrarse con sus parejas?

—Sí —consiguió responder con un tono bastante decente y, al igual que había hecho antes, levantó el brazo y echó el pulgar por encima del hombro—. De Hope Valley Ranch, la propiedad que linda con esta desde el huerto de manzanos. Está del otro lado de la pradera.

A juzgar por el leve reconocimiento ante el nombre del rancho la chica no era ajena al lugar. O, por lo menos, debía sonarle.

—Ya veo —murmuró y, juraría que su desconfianza aumentó mientras le dedicaba un discreto vistazo—. ¿Y suele aparecerse así de improviso en propiedades ajenas o hoy ha sido un día especial?

La ironía presente en la cautelosa voz lo hizo dejar escapar un pequeño resoplido de risa, nada demasiado obvio. Una primitiva necesidad de acercarse a ella lo impulsó a dar un paso más hacia delante, entrando en el camino de hierba aplastado que ella debía haber recorrido antes.

La vio tensarse al momento, así que se detuvo al instante y levantó las manos en un intento por mostrarse inofensivo.

—No pretendía asustarte —aseguró él, mirando hacia el vehículo y usándolo como una plausible excusa a su presencia—. Es solo que vi el coche y no pude evitar preguntarme quién se adentraría con un modelo semejante por estos caminos.

Ella miró el coche e hizo una mueca, como si acabase de darse cuenta de que no era precisamente el mejor modelo para meterlo por semejantes carreteras. Además, parecía un coche de alquiler y no un utilitario personal.

—Y como la propiedad lleva tanto tiempo abandonada… —añadió, completando su relato—. Me imaginé que quizá podría echar un vistazo y ofrecer mi ayuda.

Eliza ladeó la cabeza, su mirada se entrecerró un poco, como si sopesase si creer o no sus palabras.

—Qué detalle —murmuró ella.

El viento volvió a acariciar las altas hierbas, meció las copas de los árboles y jugó con ese bonito pelo rubio que parecía atrapar los rayos del sol.

—Bien. Bueno. Acabo de llegar y, como puede ver, no es el mejor momento del mundo para recibir visitas, así que…

—Nadie ha vivido aquí en años —mencionó, incapaz de quedarse callado—. No creo que la casa esté en condiciones de ser habitada todavía. ¿Has mirado ya si hay luz o agua?

Avanzó un poco más, hasta llegar a los pies de los escalones semicubiertos por las hojas y la suciedad en general. No tenían buen aspecto y el tejado del porche estaba hundido. No era seguro y ella estaba justo debajo.

Tuvo que contener un gruñido y la absurda necesidad de cogerla y sacarla de allí lo antes posible. Y no fue fácil, pero que nada fácil. Quería tocarla, abrazarla, descubrir a qué olería su pelo, a qué sabría su piel…

Una vez más, la chica retrocedió y, al hacerlo, escuchó el crujido de la madera bajo sus pies.

— Ajá —respondió ella, sin quitarle la mirada de encima—. Y ya me he hecho cargo de ello.

Frunció el ceño. Le estaba mintiendo y, por algún motivo que no podía precisar, eso no le gustó, ni a él ni a su lobo.

—La casa está mucho peor de lo que parece —añadió él cuando ella volvió a moverse, haciendo rechinar de nuevo la madera. No tuvo más que pisar ligeramente el primer escalón para saber que si apoyaba todo su peso, sin duda se hundiría.

—Gracias por el optimismo, señor Green —replicó ella, con un ligero fastidio.

—Llámame Alex —pidió, echando un vistazo más de cerca al porche de la vivienda—. El suelo del porche acabará cediendo si no lo refuerzas.

Su comentario hizo que ella mirara automáticamente la madera bajo sus pies.

—Y esa viga —añadió, señalando el lateral—, está mal colocada. Es una suerte que no estemos en época de lluvias, pues un buen aguacero podría arrastrar parte del tejado.

Los ojos azul cielo se alzaron hacia el techo y sus labios se fruncieron en un mohín.

—¿Eres contratista o algo así?

—Algo así —admitió y no dudó en añadir—. Podría arreglarlo, si quieres. Aunque habría que empezar primero por desbrozar todo esto. Evitaría que se te metiesen alimañas en la casa.

—¿Alimañas? —Esos ojos se abrieron en toda su amplitud. Vio cómo se encogía y miraba hacia los lados, pero no gritó y tampoco pareció tener miedo a lo que pudiese salir de entre la maleza. Estaba siendo más bien precavida.

—Deberías haber pedido que arreglasen todo esto cuando compraste la casa —añadió con suavidad, dejando caer la posibilidad.

No sabía si la propiedad había estado a la venta, pero quería averiguar todo lo que pudiese sobre ella—.

O por lo menos, debieron avisarte del estado en el que se encontraba antes de venir…

Ella se volvió a mirarlo y, esta vez, lo recorrió de arriba abajo, casi con gesto insultante.

Bueno, su compañera tenía orgullo y, al parecer, acababa de picárselo con sus comentarios. Dejó que lo inspeccionara, algo que no le molestaba lo más mínimo, más bien todo lo contrario, estaba disfrutando del momento.

—Es la casa de mi abuelo… —replicó ella con un toque de irritación—. Sabía que estaba abandonada, pero… Obviamente no que estuviese en semejante estado.

—¿Tu abuelo? —Aquello lo interesó.

Le respondió con un breve asentimiento, entonces añadió.

—Y, gracias por la oferta, pero no suelo contratar a desconocidos que merodean por la zona y aparecen sin avisar.

Alex enarcó una ceja y se permitió sonreír con genuina diversión.

—No soy un desconocido —le aseguró.

No. Era su compañero, aunque ella no estuviese todavía al tanto de ese pequeño detalle.

—Pues a mí me lo pareces —rezongó, dejando escapar un pequeño bufido.

Teniendo cuidado en dónde pisaba, notando el crujido de la madera bajo sus botas de trabajo a medida que subía las escaleras, Alex se acercó a ella hasta que solo el aire podía pasar entre ellos.