Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Dejó las llaves sobre una mesa inclinada y, móvil en mano, con la linterna encendida, empezó a recorrer la casa.

Abrió cada ventana que encontró a su paso, tanto para que entrase la luz como para ventilar.

El cuadro eléctrico estaba en la pared próxima a la puerta, abrió la portezuela que lo cubría y empezó a levantar cada interruptor.

Nada. No había electricidad, lo cual no era precisamente una sorpresa. Tendría que llamar a la compañía de la luz para que le diesen de nuevo de alta y así disponer de suministro eléctrico.

La vivienda era de una única planta alargada, con la cocina y el salón delante, un aseo y las habitaciones, tres de ellas y un baño completo en la parte de atrás.

Eliza comprobó que los muebles seguían allí cubiertos por sábanas.

Incluso había menaje en los armarios de la cocina y un frigorífico que, si bien había visto mejores años, posiblemente todavía funcionase cuando contase de nuevo con electricidad.

Al final de su tour por la casa concluyó que salvo el problema de la falta de electricidad y agua corriente, lo cual posiblemente no podría solucionar hasta mañana, el lugar era habitable.

Una intensa sensación de familiaridad se apegó a ella a medida que recorría cada recoveco, trayendo consigo momentos de otra vida.

El color de las paredes había cambiado, algunos muebles no los había visto en la vida y la que había sido su habitación, se había convertido en algo parecido a un almacén de trastos.

Ocho años, Eliza, ¿qué esperabas?

Volvió sobre sus pasos y salió al porche necesitada de un poco de aire fresco y también de un plan de acción.

El sol de la tarde seguía su progresión iluminando una hermosa tarde y calentando el ambiente. Había olvidado lo que significaban los veranos en Carolina del Norte y en especial en Hope Valley, cómo el calor del mes de julio podía hacerte sentir que estabas en una sauna.

Echó un vistazo entorno a ella y empezó a elaborar una lista mental de lo que necesitaría para poner de nuevo a punto este lugar. Por un momento fue capaz de imaginarlo distinto, no como había sido, sino como quería que fuese.

Limpio, cálido, vivo… un hogar.

—Puedo hacerlo —murmuró para sí—. Puedo hacer…

Se quedó a media frase, pues algo captó su atención. No sabía que era lo que la había alertado, no oyó nada, ni tampoco detectó ningún movimiento, era algo más… interior, una sensación que le aceleró el corazón y le oprimió el pecho.

Se acercó al borde del porche, bajó el primer peldaño, notando como crujía y se combaba bajo su peso mientras esa cálida brisa le agitaba el pelo, obligándola a apartárselo de la cara con la mano.

Fue entonces cuando sus ojos se encontraron y ya no fue capaz de apartar la mirada. El corazón se saltó un latido, como si hubiese tropezado consigo mismo, y se estremeció al notar una inesperada corriente eléctrica atravesándola.

Eliza se quedó completamente inmóvil, contemplando al hombre que se encontraba a unos metros de ella, cerca del coche, en el inicio de la valla prácticamente comida por la maleza.

Era alto, de hombros anchos y cintura estrecha.

Vestía una camiseta que se pegaba a un torso bien definido, tenía el pelo rubio húmedo, como si se hubiese bañado recientemente y vestía unos viejos tejanos y unas botas de trabajo.

Sin embargo, eran sus ojos, de un inusual color verde los que la perforaban y mantenían clavada en el lugar con una intensidad que le produjo cosquillas en el estómago.

Se le aceleró el pulso, pero no era a causa del miedo. Si bien estaba ante un completo desconocido, había algo en él que la empujaba a acortar el espacio entre ambos y decir algo tan absurdo como «te encontré».

Obligándose a quitarse de encima semejante estupor, encontró la voz y preguntó con firmeza.

—¿Puedo ayudarle en algo?

El hombre pareció sobresaltarse. Fue un gesto casi imperceptible, al que si no estuviese tan atenta posiblemente no habría ni notado.

No hubo respuesta, esos ojos verdes seguían clavados en ella, ahora un poco más abiertos, casi como con sorpresa. Era atractivo, de una manera tosca, salvaje, muy de este lugar.

Eliza tragó saliva, sintiendo como algo en su interior reaccionaba a su presencia. No tenía mucho sentido, pero encontrándose allí y frente a él en ese momento se dio cuenta de que estaba en el lugar en el que debía estar.

—¿Quién es usted? —Las palabras salieron de su boca como una súplica de información, en vez de la determinación que debían tener.

El desconocido dio entonces un paso adelante, solo uno, pero fue suficiente para que el aire en torno a ella pareciese hacerse más denso, más cálido y toda ella se tensase de anticipación.

—Alexander Green. —Su voz ronca actuó sobre ella igual que una erótica caricia—. ¿Y tú eres…?

—Eliza… Elizabeth Carmody —consiguió articular y, casi de manera automática señaló con un gesto la casa detrás de ella—. Esta es mi casa. No estoy allanando ninguna propiedad…

La boca masculina se curvó en una sonrisa de lo más impactante, iluminándole el rostro de tal manera que se vio queriendo sonreír también.

—Estoy seguro de que no, Eliza.

El aire cambió otra vez en cuanto pronunció su nombre. Se volvió más denso, más vivo y en ese preciso instante, sin saber el por qué, sin entender cómo lo supo.

Nada en su vida iba a ser igual a partir de este instante.