CAPÍTULO 2
La señal apareció tan rápido que casi se la salta.
Hope Valley.
Eliza reaccionó pisando el freno y girando el volante con brusquedad mientras dejaba escapar una maldición en consonancia con la protesta del coche al tomar la salida.
Había estado a punto de pasársela de largo.
Ocho años lejos de este lugar parecían haber sido suficientes para hacerla olvidarse incluso de cómo se llegaba al pueblo desde Durham.
Había alquilado un coche en el aeropuerto, una de las muchas cosas que había tenido que hacer tras su improvisada huida.
No. Huida no. No estaba huyendo, tan solo buscaba un lugar en el que poder pasar un tiempo y aclararse la cabeza, en dónde poder contar con la paz necesaria para retomar las riendas de su vida.
El camino no tardó en cambiar dejando el perfecto asfalto atrás para dar paso a una carretera más estrecha e irregular, rodeada de árboles que parecían saludarla a medida que avanzaba. El aire olía también distinto, lo había hecho desde el instante en que había llegado a Durham.
La luz de las primeras horas de la tarde se filtraba entre las ramas, proyectando sombras sobre el capó. Había algo reconocible en el camino, pero también diferente. Era como si su mente intentase conectar lo que recordaba de su juventud con lo que veía ahora.
Redujo la velocidad y bajó la ventanilla unos centímetros para poder apreciar el aroma de esta parte del recorrido. El olor la golpeó al instante, trayendo consigo ese toque a tierra, a madera, a algo verde y vivo que no tenía nombre, pero que reconocía por puro instinto.
¿Cómo podía haberse olvidado de algo como esto? ¿Cómo podía haber querido cambiarlo por el asfalto, los humos y el ruido de una gran ciudad?
Decisiones.
La vida se componía de decisiones, unas veces acertadas y otras equivocadas, pero todas ellas formaban parte de ti, de lo que eras, de lo que querías alcanzar.
Estuvo tentada de cerrar los ojos, más los mantuvo abiertos para poder empaparse de todo aquello. Había algo en el aire, en la manera en que se mecían las hojas de los árboles, en el sonido mismo que superaba el ruido del motor que la llamaba poderosamente y que parecía darle la bienvenida.
—Estoy de vuelta… —musitó casi sin ser consciente de las palabras que salían de su boca y lo que estas significaban en realidad.
El pueblo empezó a aparecer de forma gradual.
Un puñado de casas aquí y allá, un almacén con un enorme logotipo que avisaba de su contenido y la gasolinera, esta sí la recordaba, ubicada a la izquierda de la calzada, justo en el lado contrario del enorme cartel de madera en el que podía leerse el nombre del pueblo y su población actual.
Nada más cruzar aquella línea imaginaria se sintió inquieta. Las casas empezaron a aparecer a ambos lados, algunas eran de nueva construcción, otras las recordaba por sus pintorescos colores.
Llegó al primer cruce y siguió hacia delante, internándose en la calle principal.
Condujo con cuidado, observando a la gente que caminaba por las anchas aceras, que charlaban delante de una pequeña tienda con maceteros en flor o echaba fugaces vistazos a su paso, quizá porque el vehículo en el que viajaba no era conocido.
Se fijó en un par de tiendas cuyos letreros invitaban a pasar y se quedó especialmente con la ubicación de una de la que emergía un delicioso aroma a pollo.
Su estómago protestó recordándole que apenas se había detenido en el aeropuerto para tomarse un café y un sándwich antes de subirse al coche y ponerse en marcha.
Tendría que encontrar un supermercado y hacer algo de compra, pero antes de eso tenía que llegar a la casa.
La propiedad se encontraba más allá del pueblo, en la periferia. En su momento había sido una zona de granjas, con pocos vecinos, uno de los principales motivos por los que decidió abandonar este lugar y trasladarse a la ciudad. Hacía cuatro años que nadie la habitaba.
Cuando llamó a su padrastro desde el aeropuerto, con quién mantenía una relación bastante tensa, sobre todo tras la muerte de su madre, para decirle que iba a regresar a Hope Valley, este le había dicho que la casa en la que había nacido y en la que vivió hasta los dieciocho años, llevaba cuatro inhabitada.
Él se había mudado a Charleston después del fallecimiento de su esposa y no había querido saber nada más de la propiedad.
El hecho de que no la hubiese vendido era solo porque la casa le pertenecía a Eliza, ya que había sido parte de la herencia de su madre.
Recordaba vagamente el funeral, las acusaciones que le había lanzado Oscar y poco más. Se había ido justo después de eso y no había vuelto a tener contacto con él .
Margerite Muller, su madre, había sido el único vínculo que la unía con ese hombre y tras su marcha, no vio la necesidad de mantener el contacto.
Ni él tampoco.
—Al final tuviste razón… —murmuró para sí, recordando una de las últimas conversaciones que había tenido con su progenitora—. Estoy de regreso.
Su madre siempre había estado resentida con ella y con su decisión de irse a estudiar a Nueva York.
La relación entre ambas se volvió tirante y pasaron de verse de vez en cuando, a compartir solamente esporádicas llamadas telefónicas.
En una de ellas le había dicho que un día volvería al pueblo, que ella era una chica de Hope Valley y nunca sería otra cosa.
Desde ese día habían dejado de hablarse y poco después, no hacía ni dos años, le llegó la noticia por parte de su padrastro; su madre había fallecido de un ataque al corazón.
Dejó atrás la carretera del pueblo y tomó el desvío hacia su propiedad, que era incluso más estrecho que el anterior, con grava y hierba creciendo en los bordes. Esta parte no había cambiado demasiado, había un par de casas nuevas un par de kilómetros antes, pero lo demás seguía igual.
Y entonces la vio.
Apareció entre los árboles y algo se tensó en su pecho al verla. Era tal y como la recordaba.
Aún con la pintura desconchada, el porche ligeramente hundido en un lado, las ventanas opacas por el polvo y el terreno de la entrada y en torno a la propiedad completamente asilvestrado, sin cuidar, evocaba en ella recuerdos que había olvidado.
No, olvidado no, solo los había hecho a un lado, relegándolos dónde no pudiesen provocarle algo como la nostalgia cuando su vida en la ciudad se hacía demasiado cuesta arriba.
Eliza detuvo el coche y se quedó sentada durante unos instantes, con las manos aún sobre el volante .
—Bueno… —murmuró, recorriendo la parcela con la mirada—.
Podría ser peor.
Mentira.
No había nada peor que esto, pero aun así no iba a echarse atrás. No ahora que estaba aquí, no después de lo lejos que había llegado.
Apagó el motor y el silencio cayó de golpe sobre ella, pero fue un silencio que no duró demasiado. En cuanto abrió la puerta y bajó del coche la recibieron esa agradable brisa, el calor de la tarde y el aroma del campo, el cual tenía además un toque a…
—¿Manzanas? —arrugó la nariz y al instante le vino el recuerdo de una tarta casera enfriándose en la repisa de la ventana. En esa repisa que casi no se veía por la maleza—. Por supuesto.
Los manzanos…
Había un huerto de árboles frutales al otro lado de la propiedad. Fueron plantados en época de su abuelo y daban unas manzanas un tanto ácidas, pero deliciosas cuando se preparaban en mermelada o en la tarta que solía hacer su madre.
Recuerdos. Este lugar estaba lleno de recuerdos.
Cerró la puerta y empezó a caminar. El suelo crujía bajo sus botas, un sonido que la acompañó mientras se dirigía hacia el porche.
Cada paso que daba la acercaba a una mezcla extraña de sensaciones: Nostalgia, incomodidad y algo más, algo que no encajaba con ninguna de las dos, pero que resultaba igual o incluso más poderosa.
Una sensación de pertenencia, de arraigo que se sorprendió encontrar.
Subió el primer escalón notando como la madera cedía levemente bajo su peso.
—Está en peores condiciones de lo que pensé… —musitó e hizo una mueca antes de subir el resto y cruzar los tablones del porche hasta la puerta .
Sacó las llaves. Habían estado con las cosas que le había hecho llegar su padrastro tras el funeral. Cosas de su madre que él no quería o no le interesaban.
Le costó un poco conseguir que girase en la cerradura, pero dejó escapar un suspiro de puro alivio cuando oyó el característico clic. Empujó la puerta, la cual se abrió con un sonido largo y áspero que resonó en el vacío interior.
Cruzó el umbral y el aire cambió al momento.
Se volvió más denso, más cargado, con un característico olor a humedad y a algo más que no podía identificar.
El silencio en el interior era casi sepulcral y, a juzgar por las veces que le dio al interruptor de la luz sin éxito, estaba claro que no había electricidad.
Ignoraba si la habían cortado o simplemente tendría que levantar las llaves del cuadro eléctrico.
Dejó escapar un suspiro y se detuvo en medio de lo que alguna vez había sido el salón. Al menos la luz de la tarde que entraba a través de las opacas ventanas le permitía ver el interior.
Sus ojos recorrieron el espacio, las paredes, el suelo, las esquinas… y por un breve instante, tuvo la sensación de no estar sola.
Se giró con rapidez, casi esperando ver a alguien en la puerta de la casa, pero allí no había nadie.
—No seas estúpida… —murmuró para sí, sintiéndose avergonzada de su propia reacción—. ¿Quién demonios iba a estar aquí? ¿El puñetero hombre del saco? Ni siquiera se atrevería a entrar con todo el polvo y suciedad que hay.
Y era curioso que a ella no le molestase precisamente eso.
Anthony siempre había sido muy quisquilloso con el tema de la limpieza, todo tenía que estar impoluto y…
—Basta. —Se dijo a sí misma, deshaciéndose de esos pensamientos.
No había venido aquí para pensar en él, sino para dejarlo ir.
Volvió a mirar a su alrededor y dejó escapar un largo suspiro .
—Luz, agua y una limpieza a fondo… —se dijo.