Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Hope Valley

Durham

Carolina del Norte

—¿Eliges el día de más calor para llamarme o son imaginaciones mías?

Alex sonrió de manera soslayada mientras resbalaba el dorso de la mano enguantada por su frente. Habían empezado a trabajar no bien había salido el sol para evitar precisamente esto, el calor que llegaba con las horas centrales del día.

—Te llamé hace un mes y tú decidiste aparecer por aquí el fin de semana —le recordó a el mayor de sus hermanos.

Nickolas Green había llegado en compañía de su preciosa esposa Helena y con la noticia de que la familia Green iba a sumar un nuevo miembro a sus filas en unos cuantos meses.

¡Iba a ser tío!

No sabía a quién le había hecho más ilusión la noticia, si a su abuelo o a él mismo.

Aquel había sido el motivo del retraso de su viaje, ya que su cuñada se había pasado el primer trimestre de su embarazo echando el hígado por la boca, según sus propias palabras.

—Estoy aquí, ¿no? —replicó el futuro padre con un ligero arqueo de cejas.

—Sí. Y no sabes cuánto te lo agradezco —replicó burlón, haciendo que el hombre sacudiese la cabeza en respuesta.

—Deberías contratar a alguien para que te eche una mano en las reparaciones del rancho —mencionó su hermano, mirando el extenso terreno que tenían por delante.

Habían madrugado para arreglar la sección de empalizada que pedía a gritos una sustitución de los postes.

Los caballos que criaban en Hope Valley Ranch pastaban a sus anchas, ignorándoles como si no tuviesen mayor interés para ellos que un gusano de tierra—.

Te vendría bien un nuevo capataz ahora que Arthur se ha jubilado.

Arthur Lloid había sido el capataz del rancho de su abuelo desde que tenía uso de razón. Lo recordaba siempre a pie de cañón, listo para sacar la escopeta y dispararle una bala en el culo a cualquiera que osase poner un pie en su territorio.

El tipo era todo un personaje, alguien leal y con experiencia que le había enseñado a lo largo de los años todo lo que había que saber sobre los caballos que había decidido empezar a criar.

Era también, uno de los pocos humanos de la región que sabían que Hope Valley estaba en manos de una familia de lobos, un secreto que había guardado con celo, incluso de aquellos que componían su propia familia.

Hacía un par de meses, el hombre había sufrido un infarto. Los médicos habían sido muy claros al respecto, era hora de que bajase el ritmo y empezase a tomarse la vida con mayor calma. Eso había hecho que su hijo mayor y su propio abuelo, Jorn Korss, se confabulasen para hacer que se retirase.

Así pues, aunque solía venir de vez en cuando a tertuliar con el viejo Green, ya no se encargaba de las tareas propias de la administración del rancho.

—Estoy en ello —contestó con un resoplido.

Y lo estaba.

Había puesto un anuncio en la bolsa de empleo del condado, incluso lo había dejado en el tablón de la tienda más grande de Hope Valley, pero no había mucha gente con los conocimientos necesarios y las ganas de hacerse cargo de una labor que empezaba con la salida y terminaba con la puesta del sol.

Y los pocos que se habían presentado, no daban el perfil que buscaba.

—Espero poder contratar a alguien este mismo verano.

—¿Has preguntado en las granjas vecinas? —sugirió Nick—. Me encontré con Mark Sullivan en el pueblo. Me preguntó si seguíamos necesitando un capataz.

Alex dejó escapar un bajo resoplido lupino. Incluso en su forma humana, su naturaleza lobuna se manifestaba a través de sus emociones.

—A Sullivan le interesaría más aligerar mis establos que mi carga de trabajo —rezongó.

El hombre era también criador y mantenían una particular rivalidad a causa de un joven semental.

Le había hecho un par de ofertas para comprárselo, a pesar de que le dejó muy claro desde el principio que no estaba en venta.

Era de ese tipo de imbéciles que no aceptaba un no por respuesta, ni aunque se lo estampasen en la cara.

—¿Todavía te sigue dando la murga con comprarte a Phineas? —Nick esbozó una irónica sonrisa al pronunciar el nombre del caballo. Sí. Esa elección había causado un sinfín de carcajadas entre los hermanos, pero era un nombre de lo más digno—. ¿Cuántas veces le has dicho ya que no?

—Dos de forma verbal y una de la no verbal —respondió con gesto inocente.

Nick bufó y sacudió la cabeza.

—Dime que no llegasteis a las manos —pidió, dedicándole una mirada soslayada.

—Soy un lobo civilizado —respondió, encogiéndose ligeramente de hombros—. Me limité a enseñarle los dientes y recordarle que no estaba en su propiedad.

Y si no había captado la indirecta, no le molestaría en volver a explicárselo, esta vez escopeta en mano.

Mark era el hijo de Ernest Sullivan, el dueño de Evion Ranch. Poseía uno de los mejores establos de Durham, destinado a los caballos de competición, mayormente. Y, al igual que él y sus hermanos, era un lobo.

Se conocían desde hacía años. Si mal no recordaba, el tipo era un par de años mayor que él.

Dado que la propiedad colindaba con la de su abuelo, habían sido vecinos casi toda la vida, pero no por ello llegaron a ser algo más.

No era la clase de tipo con el que Alex se sentía cómodo, había algo en su naturaleza que le repelía, así que nunca había cultivado su amistad.

—A estas alturas cabría pensar que ya habrías madurado, hermanito —resopló el mayor de los Green—. Ya no eres un cachorro, Alex.

—¿Lo dices por experiencia propia, Nick? —le soltó, mirándolo burlón.

Su hermano mayor había tenido sus momentos de completa estupidez no hacía demasiado tiempo. El muy tonto no se había dado cuenta de que su propia compañera trabajaba para él hasta que se le ocurrió levantar la cabeza y ver a quién tenía delante.

Su respuesta llegó en forma de gruñido. El sonido alertó a su lobo, quién echó las orejas hacia atrás, reconociendo la supremacía de un alfa.

—Vas a ser tío, así que espero que te comportes y des ejemplo a tu futuro sobrino —le dijo con su habitual franqueza. Aunque al hablar de su futuro hijo, la expresión del mayor de los Green cambiaba, al igual que su lenguaje corporal.

Estaba feliz. Había una plenitud en él que no había estado ahí antes, una que también había visto en Zackary y más recientemente en Nathan. Sus hermanos habían encontrado a sus compañeras, a las mujeres que los completaban y hacían que sus vidas ya no fuesen solitarias.

Una compañera. Esa era la bendición y también la maldición de un lobo. Podías pasarte toda la vida esperándola y que no apareciese, o encontrarla en el momento y lugar menos inesperado.

Alex vagó con la mirada sobre el territorio que se extendía ante él, preguntándose dónde estaría la suya y si algún día llegaría a encontrarla.

Siendo sincero consigo mismo, no era algo en lo que hubiese pensado demasiado hasta que ellos empezaron a emparejarse, pero viéndolos ahora en compañía de sus mujeres, no podía sino fantasear en cómo sería la suya y si estaría ahí fuera, esperándole.

Desde luego, no va a venir a buscarte al rancho.

Sonrió para sí. Eso no era realmente un problema, después de todo le gustaba viajar.

Él era, con toda probabilidad, el más sociable de los cuatro hermanos y disfrutaba yendo de aquí para allá. Aunque al final siempre volvía a Hope Valley, al lugar en el que se había criado y dónde estaban sus raíces.

Comprobó que el nuevo poste de la empalizada estaba bien colocado y era seguro y recogió las herramientas para dirigirse al siguiente. Solo les quedaba uno más, así que aguantarían un poco más el rabioso sol sobre sus cabezas a fin de terminar el trabajo.

—Tiene otros dos tíos más que estarán encantados de dar ejemplo, Nick —le dijo, guiñándole el ojo—. Yo tengo el privilegio de ser el tío enrollado y consentidor.

—Helena me advirtió de que dirías algo así —bufó él.

El comentario lo hizo reír. Su cuñada sin duda lo conocía bien.

—Nate y Zack se van a llevar la sorpresa de sus vidas cuando les comuniquéis la noticia —aseguró con una risita—.

El abuelo los ha engatusado ya para que vengan al rancho.

Se ha limitado a decirles que estabais de visita y que quería tener a todos sus nietos y nietas juntos para la barbacoa.

Y ya sabes que no acepta un no por respuesta.

—Va a ser bisabuelo, así que está como un niño con zapatos nuevos —confirmó su hermano—. Ha sido un milagro que guardase silencio con respecto al bebé. Está deseando pregonarlo a los cuatro vientos. El alfa de Carolina del Norte va a tener un bisnieto.

—Da gracias a que todavía no se lo ha comunicado a toda la manada. —Se rio entre dientes.

El viejo estaba a cargo de toda la población lupina del norte de Carolina. La noticia sería bien recibida por todos los lobos de la región, pues significaba una continuidad en su linaje.

—Se está conteniendo porque todavía no lo saben nuestros hermanos.

Y la familia era lo más importante para Jorn Korss.

Ellos cuatro eran la prueba viviente de ello.

Si eran los hombres que eran y estaban dónde estaban era gracias a su abuelo, quien los había acogido y criado después de que perdiesen a sus padres en la masacre a la manada Daratraz.

Alex era demasiado pequeño cuando ocurrió todo aquello, apenas tenía recuerdos de esa noche, pero a pesar de ello, había algo en su interior que todavía se estremecía cuando hablaban de ese episodio.

—¿Esta es la última?

La pregunta de Nick lo devolvió al presente y al trabajo que estaban realizando.

—¿Por qué? ¿Tienes ganas de seguir dándole a la maza? —preguntó, aunque ambos sabían que lo que realmente tenía en mente era regresar con su compañera embarazada.

—Tantas como tienes tú —gruñó. Pero fue él quien volvió a coger la enorme maza y señaló la madera que les esperaba en el lugar marcado—. Venga. Mueve el culo. Cuanto antes terminemos con esto, antes podré darme un jodido baño y reunirme con Helena.

—Sí, alfa —canturreó, arrancándole otro gruñido a su hermano, a quién no le gustaba que lo llamasen de esa manera a pesar de que había sido declarado oficialmente como el líder del área de Madison.

Nick era el heredero de su abuelo y quién lo sustituiría llegado el momento, como alfa de Carolina del Norte.

Alex echó un nuevo vistazo al terreno que los rodeaba, a los caballos que pastaban y se refugiaban a la sombra de los árboles.

Este era su hogar, el lugar que había elegido para vivir, en el que trabajar y esperaba que, si el destino tenía a bien concedérselo, fuese también el hogar en el que pudiese pasar el resto de sus días con su pareja predestinada y formar una familia.

¿Estás ahí fuera, compañera?

Una agradable y cálida brisa lo envolvió en respuesta con el olor de la tierra y de las frutas maduras de la plantación de manzanos de la granja vecina; un aroma de lo más apetitoso.

—Venga. Sujeta eso. —La voz de Nick lo arrancó de su momento de reflexión olfativa y se puso manos a la obra.

Manzanas.

¿Por qué demonios me apetecen de pronto manzanas?