Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4)
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PRÓLOGO
Nueva York
¿Por qué no se había roto?
Eliza vio el vaso caer, rebotar contra el suelo y rodar unos centímetros mientras el vino se derramaba dejando una mancha oscura que se extendía por la madera de roble blanco que tanto le gustaba a Anthony.
Va a dejar una mancha.
El pensamiento se filtró en su calmada mente. Era extraño darle importancia a algo tan banal después de lo que había pasado en esa última media hora. O puede que hubiese sido incluso menos tiempo el que su pareja llevaba allí, hablando sin decir nada nuevo.
Las palabras pronunciadas todavía vibraban en el aire, el dolor en su pecho ya no era más que una sorda molestia, cómo si lo único realmente importante ahora fuese la mancha que destacaba sobre el caro suelo de madera y, sobre todo, el que ese maldito vaso no se hubiese roto .
Debería haberse hecho pedazos. Tendría que ser un puñado de cristales teñidos de rojo, pero incluso esa cosa parecía negarse a semejante final.
—Te lo he dicho. No ha sido nada. Ella no es importante para mí. Tú sí.
La voz a su espalda sonaba impaciente, con ese fervor que siempre empleaba para hacerla recapacitar y creer en sus palabras, en ponerse de su lado.
Esta noche, sin embargo, nada de lo que salía de su boca surtía efecto sobre ella. Había dejado de tener importancia en el mismo instante en que ese maldito vaso acabó rodando por el suelo.
Ni siquiera se molestó en girarse.
Había algo hipnótico en como el vino seguía tiñendo la madera, filtrándose entre las rendijas, discurriendo sin que nada lo detuviese.
Fue casi como sufrir una revelación, como si aquella absurda mancha contuviese todas las respuestas que había estado ignorando y la enfrentase de golpe con la realidad.
Algo en su interior cambió en ese preciso instante, haciéndola repentinamente consciente de lo que quería.
—Eliza, ¿me estás escuchando?
Sí. Era difícil no hacerlo cuando no dejaba de alzar la voz, como si ella estuviese sorda o fuese demasiado tonta para comprender sus palabras.
Había escuchado cada una de ellas saliendo de su boca, cada estúpida excusa que pretendía justificar lo evidente y convertirlo en algo banal, en algo fácilmente perdonable, incluso olvidable.
Así había sido siempre, ¿no? Esa era su forma de actuar. Hacía lo que le daba la gana y ella lo perdonaba.
¿Cuántas veces había hecho aquello? Demasiadas.
Y ninguna había sido la última, tal y como él le prometía.
Siempre había una ocasión más, un error más, una excusa más…
Otro vaso que caía al suelo y se derramaba, otra mancha que tenía que limpiar y borrar, haciendo como si nunca hubiese existido… Hasta ahora .
Eliza inhaló despacio. El aire olía a alcohol, a ese caro Pinot que había acompañado una cena fría y los había hecho soltar la lengua.
Pero también olía a algo más definitivo, algo que no podía embotellarse y que sin embargo, le picaba en la nariz con la intensidad de lo que ya no era capaz de ignorar.
Olía a final.
—Sí —respondió por fin. Tenía que admitir que su propia voz la sorprendió, no por el monosílabo que salió de su garganta, sino por la calma con la que salió. Ni gritos, ni temblores, ni el más ligero quiebro la hizo vibrar—. Te estoy escuchando, pero será la última vez que lo haga.
Se giró hacia él y se encontró ante el hombre con el que llevaba dos años compartiendo su vida, solo que ahora lo veía como era realmente, como no lo había visto en todo ese tiempo.
La venda se había caído y lo que vio fue a alguien que ya no ocupaba ningún lugar en su vida, que no le aceleraba el corazón, ni la hacía sentirse menos con sus palabras.
Solo encontró a un tipo despreciable, que se anteponía a sí mismo y sus necesidades a las de ella, que disfrutaba del lujo, de la buena vida, aun si eso significaba dejarla a ella como una estúpida.
Y, por primera vez, al verlo allí de pie, en medio de la cocina, no sintió absolutamente nada.
Era extraño. No le dolía como esperaba que doliese una ruptura. No se sentía destrozada, ni con ganas de llorar. ¿Podría ser que ya no le quedasen lágrimas? Se sentía tan serena, tan entera, que no pudo evitar sonreír al verlo abrir los ojos como platos y replicar con un bufido:
—¿De qué estás hablando?
Lo recorrió de la cabeza a los pies con la mirada.
Era un hombre atractivo, de eso no cabía duda.
Había sido su apostura, su sonrisa y su palabrería las que la conquistaron nada más conocerse en aquella sala de juntas.
La persona que había creído que era entonces, se fue desvaneciendo con el paso del tiempo detrás de las mentiras, de los engaños…
O quizá siempre había sido así, pero ella se había negado a verlo como era en realidad .
Hasta ahora.
—Esto se acabó.
Decirlo en voz alta fue casi catártico.
—¿Pero qué dices? Nena, solo ha sido un error. —Caminó hacia ella, con esa expresión compungida, sabedor de que podría engatusarla de nuevo—. Te juro que no volverá a ocurrir. Ella no es importante para mí, pero tú… Tú lo significas todo, siempre lo has…
Levantó la mano y lo frenó en seco.
Clavó los ojos azul cielo en los suyos y negó con la cabeza.
—No ha sido un error —repitió. No volvería a ignorar esa sensación en el estómago, no se convencería a sí misma de que todo estaba bien, no elegiría quedarse y perdonarlo y, sobre todo, no lo justificaría otra vez—. Ha sido el final.
El silencio que cayó sobre ellos fue más pesado que antes, como si el propio aire estuviese conteniendo el aliento.
Él bufó, agitó la mano, pero esa expresión desolada que siempre ponía después de que lo pillase en alguna de sus faltas ahora flaqueaba al ver que ella no cedía, que no bajaba la mirada ni aceptaba su teatro.
Por el contrario, su expresión empezó a mudar al darse cuenta de que esta vez no era como siempre.
Lo vio abrir la boca, para cerrarla a continuación.
Imagínate, el señor Gale no era capaz de encontrar las palabras.
¿No era eso un puto milagro?
Con todo, su silencio no duró mucho, como demostró su exabrupto.
—No puedes decirlo en serio…
Eso le gustaría, ¿verdad? Que todo fuese una rabieta suya, que acabase deshaciéndose en lágrimas, insultándolo y todo para que él pudiese hacerse el arrepentido y consolarla, decirle al oído que había sido un error, que no era culpa suya, que la amaba… Pura hipocresía.
—Claro que puedo. Lo estoy haciendo —respondió y, para su fastidio, le dio la espalda y devolvió su atención al vaso caído.
Se agachó, recogió el vaso del suelo y lo llevó al fregadero.
Echó un nuevo vistazo al suelo e hizo una mueca. Esa madera noble no merecía quedarse con una mancha, así que cogió un trapo y, se dispuso a limpiar el estropicio con total parsimonia. Después de todo, había dicho todo lo que tenía que decir.
El silencio no parecía ser una respuesta que le agradase, ya que la miró incrédulo mientras volvía al fregadero y enjuagaba el paño.
—Eliza, venga… —insistió, pero ella continuó ignorándole.
Se echó el pelo sobre el hombro con un gesto distraído y dejó el paño en su lugar.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? —parecía realmente sorprendido por su nueva actitud.
—Sí, eso es todo —respondió sin mirarlo siquiera. Se secó las manos y, solo entonces se permitió volver a posar los ojos sobre eso rostro arrogante—. Hay cosas que simplemente no merecen más respuestas y tú has demostrado ser una de ellas.
Salió de detrás de la isla y cruzó la estancia, pasando por delante de su inmóvil figura, para salir al pasillo.
El aroma de ese ambientador floral que se activaba cada hora dejando escapar una ráfaga de fragancia le acarició la nariz.
Nunca le había gustado ese olor, pero lo había soportado porque era su favorito.
Sí, demasiadas cosas había soportado hasta el momento por él, pero no más.
Fue directa al dormitorio que ambos compartían. Se movió de manera automática, abriendo cajones y armarios, sacando las cosas y dejándolas sobre la cama. La maleta que pasaba más tiempo cogiendo polvo que yendo de un lado a otro se abrió y echó dentro todas sus cosas.
Dejó tan solo aquello por lo que no sentía apego, como si el descartarlos le sirviese también para soltar lastre, para dejarlo ir de una buena vez.
—¿Qué estás haciendo? —Anthony la había seguido, sin duda alertado por los sonidos y allí estaba ahora, con cara de idiota, mirándole desde el umbral del dormitorio.
—Creo que es obvio —declaró ella sin romper el ritmo.
Lo esquivó cuando entró y se quedó allí, mirando el lugar como si fuese un campo de batalla.
—Elizabeth, por Dios. —Lo vio pasarse una mano por el pelo, desordenándolo. Que pronunciase su nombre de pila completo era algo que solo hacía cuando quería remarcar su posición—. Estás sacando las cosas de quicio.
No se molestó en contestar. Ya había dicho suficiente. Se había pasado todo ese tiempo hablándole, pidiéndole, rogándole…
Nunca más.
Comprobó que no le quedaba nada, que sus documentos estaban en el interior de su bolso, su portátil en su propia bolsa y cerró la maleta.
—No voy a dejar que te vayas —declaró él con esa fiereza que una vez tomó por determinación—. No puedes dejarme.
Sonrió. Fue una sonrisa carente de todo, una mueca que tan solo le curvaba los labios.
—Adiós, Anthony —pronunció su nombre por última vez. Arrastró la maleta amenazando con pasarle por encima de los pies si no se apartaba.
Él lo hizo, dio un saltito hacia atrás y, si bien no se volvió a mirarle, casi podía sentir sus ojos en su espalda.
El sonido de las ruedas resonó sobre el piso de madera durante todo el recorrido hasta la puerta principal.
Tendría que haberle dado pena, sentir algo parecido a la nostalgia, sentir algo, lo que fuese, pero aquel ya no era su hogar. En realidad, no creía que hubiese llegado a serlo nunca.
Abrió la puerta principal, solo para que él posara la mano sobre la madera, volviendo a cerrarla.
—No te irás.
Ella volvió a abrir la puerta y tiró con fuerza, con la rabia y el dolor que hasta ese momento la habían eludido.
Estaban ahí, por supuesto que lo estaban y ahora era el momento de hacerlos salir. Pero no para derrumbarse, sino para proveerle de las fuerzas que hasta ahora le habían fallado.
La mano masculina resbaló, él se hizo a un lado, más sorprendido si cabía por su decisión, y ella no dudó un segundo en atravesar el umbral.
—Eliza, por Dios. No puedes irte así, en plena noche… —insistió saliendo tras ella, haciendo un gesto con la mano al tiempo que miraba con recelo a su alrededor, como si temiese que algún vecino pudiese verlos allí—. Espera al menos hasta mañana y…
No lo escuchó, levantó la maleta y bajó las escaleras hasta la acera.
Se colocó bien el bolso y, sin mirar atrás, empezó a alejarse del hombre y del lugar que le habían regalado con más aflicción que felicidad en estos últimos dos años.
Era hora de pensar en sí misma, de ser egoísta y priorizarse, pero ¿sería capaz de hacerlo?
Ya había dado en primer paso, ¿no? Eso siempre era lo más difícil, pero ¿y ahora? ¿Qué iba a hacer? ¿A dónde iba a ir? ¿Por dónde empezar?
Como si su corazón llevase toda la vida esperando que le hiciese esa pregunta, un recuerdo surgió en su mente, uno que evocaba otra vida, una que había dejado atrás, que había querido olvidar y que sin embargo volvía ahora como una tabla de salvación a la que aferrarse.
A pesar de que estaba en plena calle, rodeada de asfalto, de contaminación lumínica, de los gases de los tubos de escape y del ruido de la noche neoyorkina, volvió a oler las manzanas del huerto, la hierba recién cortada, a sentir el sol en el rostro a pesar de que el cielo sobre su cabeza era completamente oscuro.
Era tan solo un recuerdo, pero uno tan vívido que si cerraba los ojos volvía a estar allí, escuchando su propia risa juvenil… Hope Valley .
El nombre apareció en su mente como si siempre hubiese estado allí, esperándola. Pero, ¿podía volver? ¿Después de tantos años? ¿Después de todo lo ocurrido?
Su brazo pareció levantarse por propia voluntad, parando al primer taxi que vislumbró nada más llegar al final de aquella calle. El vehículo se detuvo, abrió la portezuela trasera e introdujo la maleta y sus enseres antes de montarse ella misma.
El eco de la puerta al cerrarse fue como ese punto final que se le pone a una historia.
—Al aeropuerto —dijo con voz firme.
No sabía que iba a encontrar allí, ni cómo se sentiría al volver después de tanto tiempo, pero si todavía quedaba algo de ella, de quién había sido una vez, aquel era el mejor lugar para descubrirlo.
Eliza se recostó contra el respaldo y sonrió. No fue una gran sonrisa, tan solo una ligera curvatura de labios, pero sintió la necesidad de hacerlo. Y no por lo que dejaba atrás, sino por lo que quiera que la esperase en aquel lugar, pues cualquier cosa sería mejor que lo que ahora dejaba atrás.