Lobo de verano (Lobos de America -Four Seasons- 4) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

—¿Pero hasta dónde puede llegar tu grado de estupidez? ¿Cómo se te ocurre entrar en la casa de esa muchacha? ¿Cómo se te ha podido pasar por la cabeza rondar a la compañera de un lobo recién emparejado?

El puño cayó con fuerza sobre la mesa del comedor haciéndola crujir. Por suerte era de roble y lo bastante dura como para aguantar las embestidas de Ernest Sullivan.

Su padre tenía la cara roja, echaba chispas por los ojos y, viendo cómo había quedado su pulcro y ordenado pelo, estaba claro que había estado lidiando con la frustración desde antes de que hubiese entrado por la puerta.

Una pena que una mañana tan espléndida se torciese por una de las rabietas del viejo.

Estaba haciendo una montaña de un grano de arena, como siempre.

Se preguntó quién le habría ido con el cuento.

Se las había arreglado bien para justificar que el apósito en su nariz era cosa de una pelea en el bar; no era la primera vez que se veía envuelto en una de esas.

Y hoy, ya ni siquiera lo llevaba. Los procesos de curación de los lobos eran algo más rápidos que los de los humanos.

Solo le quedaba un poco de morado aquí y allá, nada que no desapareciese en un par de días más.

Ese cabrón de Green le había roto la nariz, pero no le importaba. Había conseguido justo lo que quería, sacarlo de quicio y, sobre todo, ponerlo nervioso rondando a su humana.

Debía admitir que la señorita Carmody era mona, pero no era su tipo. La mujer no podía interesarle menos, lo que quería era joder a Alex.

Había pensado en levantarle a la chica, en seducirla, quizá una ronda de cama y a otra cosa.

Con lo que no había contado era que dicha mujer hubiese resultado ser la compañera predestinada de ese lobo; algo que quedó muy claro la noche en la que ambos se encontraron en el porche trasero de Brook Farm.

Había escuchado hablar de la nueva propietaria de la granja de los Brook, una chica de ciudad, en el pueblo.

Al parecer la chica había aparecido por allí para comprar suministros y había dejado caer que acababa de mudarse.

El caso es que no era solo una mujer de ciudad, según descubrió algunos días después, sino la nieta de Frank Brook, así que era una retornada, en realidad.

Se presentó allí motivado por la curiosidad. Lo cierto es que tenía intención de darle la bienvenida, charlar un poco… Esas cosas. Pero en cuanto vio la camioneta de Alex y notó esa actitud hostil y territorial emanando del lobo, vio ante sí la oportunidad perfecta para presionar al imbécil.

El gran Alexander Green. Nieto del alfa de Carolina del Norte y exitoso criador de caballos del condado de Durham.

Era un hombre que se había hecho a sí mismo, el superviviente a una masacre, una jodida leyenda, al igual que el resto de los Green, entre los miembros de la manada de Carolina.

Un auténtico gilipollas que se había hecho antes que él con el caballo que deseaba, el mismo que llevaba años negándose a venderle.

Ese purasangre era suyo .

Le había echado el ojo a su madre desde mucho tiempo antes de que el potrillo viniese al mundo, pero ese cabrón se le había adelantado. El criador había preferido vendérselo a Green que a él, a pesar de que había ofrecido el doble de su valor, el triple incluso.

«No es cuestión de dinero, Sullivan, es cuestión de afinidad. Alexander escucha a los caballos y estos lo siguen».

Paparruchas.

Lo que ocurría era que el criador deseaba quedar bien ante su alfa y prefirió perder algo de dinero y ganarse su favor, antes que ganar una buena suma.

Después de aquello, había intentado comprárselo de nuevo a Green, pero desde el primer día en que lo miró de arriba abajo y le lanzó un desdeñado «no está en venta», había quedado claro que no sería una tarea sencilla.

—¿Por qué cojones no puedes limitarte a encargarte de nuestros establos? —El gruñido del viejo lo devolvió al presente y aquella habitación en la que destacaban todos los trofeos que sus caballos habían obtenido en los últimos años—. ¿Por qué tienes que seguir jodiendo a los Green?

No. A los Green no. A un Green en concreto.

Alex era su rival en los negocios. Había comenzado su yeguada mucho después de que los establos de Mark estuviesen en funcionamiento.

Él ya había ganado algunos concursos antes de que ese lobo decidiese ponerse a criar los American Quarter . Sin embargo, hoy por hoy, estaba muy bien considerado en el gremio, incluso le había ganado algunos clientes.

—No ha tenido nada que ver con los Green —respondió en voz alta, con tono aburrido—. Y tampoco tiene que ver contigo, así que…

—¡Has allanado una jodida propiedad privada! ¡Has entrado en la casa de una mujer que ni siquiera te pertenece! —estalló el viejo—. ¿Es que quieres acabar en la cárcel, insensato, o aún peor, muerto? Por Dios, hijo. Te juro que ya no te reconozco .

Lo miró de manera soslayada. ¿Acaso lo había conocido alguna vez?

Se había vuelto a casar después de que muriese su madre, su compañera vinculada.

Y lo hizo con una humana cualquiera, ni siquiera con una loba.

No era alguien que se preocupase realmente por su descendencia, se limitaba a enviarle a los mejores colegios y pagarle los estudios.

Y ya. No ejerció realmente como padre, así que, ¿a qué venían ahora esos reproches?

—Simplemente fui a darle la bienvenida a nuestra nueva vecina —replicó fingiendo completa ignorancia de lo que le decía—. Me pasé por allí una mañana para saludarla y decirle que podía venir a nuestra tienda a comprar lo que necesitara, que sería bien recibida.

Si a eso se le llama ahora allanar una propiedad privada.

—Jorn Korss ha dejado claro que no te quiere cerca de esa granja ni de Alexander —siseó su progenitor, quien entrecerró los ojos sobre él—.

No me tomes por tonto, Mark. Sé perfectamente la clase de negocios que te traes entre manos, los chanchullos que haces a mis espaldas…

Te lo dije una vez, mantén tu mierda lejos del establo y no habrá problema.

Y deja en paz a los Green. Estás jugando con fuego, chico. Uno que ni siquiera yo podré apagar.

¿Chico? Tenía gracia que siguiese viéndolo como un crío cuando estaba a punto de cumplir los cuarenta. Pero su padre siempre lo había visto de ese modo, para él siempre sería el «chico», nunca lo vería como su heredero, como su igual.

Levantó las manos a modo de rendición y dio un paso atrás, listo para largarse de allí.

—Lo que tú digas —respondió mansamente, tal y como él esperase que hiciera—. No volveré a acercarme a Brook Farm o a esa mujer. Que nos vea como unos groseros, qué más da.

—Mark… —siseó su padre.

—Me voy a los establos… —agitó una mano en el aire, dando por finalizada la conversación—. Eso es lo que querías, ¿no?

—Si vuelves a meterte con los Green, estarás solo, Mark —le dijo con voz dura, una promesa que sabía su padre cumpliría al pie de la letra—. Ni yo ni nadie podrá ayudarte.

—Lo cual hace que sea una suerte que nunca haya necesitado o te haya pedido tu ayuda —declaró con tono venenoso, dejando atrás el salón y cruzando el pasillo para salir por la puerta principal.

¿Quería que dejase de meterme con los Green? Bien, que así fuera, pero no sin ajustar antes cuentas.

Se llevó la mano a la nariz, acariciándose con un dedo la zona en la que se había roto el hueso, notando bajo la yema de su dedo la pequeña protuberancia que había quedado como recuerdo.

—Esta vez sabrás qué se siente cuando te quitan lo que más quieres, Alex —murmuró en voz baja, maquinando ya su próximo movimiento, uno que sería definitivo.

Un golpe del que su rival no podría levantarse.