30. Fugitivos
El sol de julio se desplomaba sobre los campos dorados de trigo mientras el zumbido constante de las chicharras llenaba el silencio rural con una insistencia casi hipnótica, sosteniendo la monotonía estival.
Julien apoyó el peso sobre la pierna buena —la otra seguía quejándose, tozuda, recordándole cada mañana que había vuelto de entre los muertos, pero no del todo— y contempló a Elsa en la distancia.
Avanzaba entre los surcos de trigo recién segados, recogiendo haces como si toda su vida hubiese sido esa: sol, tierra, trabajo.
Su melena rubia ondeaba a cada paso y, por momentos, parecía fundirse con el trigo. Respiró hondo.
Desde su rescate, los meses se habían disuelto en una mezcla de fiebre, dolor y huidas.
Las primeras semanas, postrado en una cama polvorienta en un viejo desván, donde los cuidados de Elsa y las escasas medicinas que André pudo conseguir salvaron su vida.
Cuando apenas pudo ponerse en pie, comenzaron los traslados; viajes nocturnos, clandestinos, de pueblo en pueblo, con el miedo de ser descubiertos en cualquier momento.
La Gestapo los buscaba con una ferocidad metódica.
En cada pared aparecían los carteles con sus rostros impresos de forma borrosa y con una recompensa obscena, suficiente para tentar incluso a los que despreciaban a los colaboracionistas.
Hasta finalmente, llegar allí, en su último refugio.
Una granja aislada entre colinas que les ofrecía algo parecido a una vida... hasta el próximo traslado.
Y Elsa... Elsa era un enigma. Ahora recogía trigo con una naturalidad casi innata, pero Julien la había visto demasiadas noches, cuando creía que él aún dormía, limpiando un viejo fusil con delicada precisión y afilando cuchillos con la naturalidad de otras mujeres cuando se cepillaban el pelo.
Había momentos en los que se entregaba a él con una intensidad que lo desarmaba por completo, y otros en los que se encerraba tras un muro invisible donde él no podía alcanzarla.
En esos días, se internaba en el bosque y regresaba horas más tarde con alguna pieza cazada a la espalda...
o simplemente con una expresión más relajada, como si hubiese pasado por alguna prueba. Julien sonrió sin alegría.
—Hermosa campesina… —murmuró.
Elsa levantó entonces la vista, sintiendo su mirada como un roce a distancia.
Sus ojos azules se encontraron, y Julien sintió ese pequeño golpe en el pecho que nació aquella noche en el bosque francés.
Elsa dejó el haz de trigo en el carro y caminó hacia él.
La brisa levantó el borde de su falda, revelando la firmeza de sus piernas morenas por el sol y endurecidas por meses de huida.
El sudor le brillaba en el límite del escote, y Julien hizo un esfuerzo heroico por parecer un caballero y no un hombre con pulsaciones descontroladas.
—La cosecha no se recoge sola —dijo ella, seca pero no distante.
Él sostuvo su mirada; no podía ocultar el dolor de la pierna y su cansancio, pero intentó disimular.
—Estaba admirando la vista —respondió—. No me culpes: hace demasiado calor y tu belleza es una distracción adicional.
Elsa sonrió por el cumplido y con un guiño pícaro le replicó:
—Bebe agua antes de que me toque cargar contigo otra vez —dijo. Lo tomó por la camisa con suavidad y rozó sus labios con un beso breve, fugaz como la brisa veraniega. Luego se apartó sin darle tiempo a reaccionar, retomando su paso firme entre las hileras doradas del trigo.
El calor, por fin, concedía una tregua en aquel atardecer que llegaba lento mientras el sol se resistía a abandonar su tiranía diaria.
Julien y Elsa descansaban en la entrada de la granja: él sentado en un banco de madera, masajeando su pierna herida; ella, de pie, vigilando el horizonte como quien nunca descansa del todo.
El zumbido apareció primero a lo lejos, una nota metálica que crecía.
No era un tractor, ni un carro del pueblo.
Era el sonido de un motor mucho más ruidoso y potente.
Elsa levantó la cabeza antes de que Julien reaccionara.
Agarró la carabina apoyada junto al marco de la puerta, mientras avanzaba unos pasos hacia el camino para ver mejor.
El vehículo apareció levantando polvo sobre la colina: un Willys verde oliva, con la lona enrollada, faros encendidos formando franjas de luz entre las rejillas, la carrocería arañada y con barro seco en los guardabarros.
Avanzaba muy rápido, saltando los baches del camino.
Julien se incorporó, el gesto algo torpe, mientras el motor se acercaba y el olor a gasolina se mezclaba con la fragancia tibia del heno.
El jeep frenó levantando gravilla y polvo.
Elsa apuntó. El dedo firme en el gatillo.
Entonces una cabeza conocida se asomó por el parabrisas.
—¡Eh! ¡Campesinos! —la voz de André sonó entre risas—. ¡Traemos pan… y vino!
Levantó dos botellas oscuras a modo de bandera de paz.
Elsa soltó un suspiro muy leve —casi una exhalación de alivio— y bajó la carabina, colgándola al hombro. Caminó hacia el sendero, con pasos controlados, pero más ligeros de lo que habría admitido. Julien, por fin, respiró.
André saltó del jeep con agilidad, sin alardes.
Vestía una chaqueta americana raída, con parches de campaña, pantalones de tela gruesa y botas que habían visto muchas carreteras.
Estaba mucho más delgado que la última vez que lo vieron, pero en sus ojos había una chispa de alegría que iluminaba su rostro.
Abrazó a Elsa y luego a Julien, palmeándole el hombro.
—¡Cuánto tiempo ha pasado! —dijo, con una risa breve que parecía sacada del corazón—. Vaya, parece que os habéis convertido en verdaderos campesinos.
Detrás de él bajaron dos hombres.
—Estos son amigos —continuó André—. Camaradas del frente, ya casi en las puertas de París. El capitán Amado Granell y el soldado Antonio Gutiérrez. Españoles de la Nueve.
Granell se cuadró con elegancia natural. Alto, rostro afilado, bigote bien recortado, la piel curtida. Llevaba guerrera americana, insignias gastadas, botas de campaña… y esa firmeza en la mirada que tenían los hombres que habían perdido una patria, pero jamás la dignidad.
—Es un placer conocerlos —dijo, en un francés perfecto que enseguida repitió en castellano para no dejar dudas—. André nos ha hablado mucho de vosotros. De vuestra… valentía y entrega a la lucha.
El otro hombre, más bajo, más tosco, brazos fuertes, camisa remangada y un pañuelo rojizo al cuello que le daba cierto aire de resistencia intentó hablar en francés, se trabó, y acabó encogiéndose de hombros con una sonrisa honesta.
—Antonio. Manejo el jeep. Y el tanque. Y si hace falta… lo que haga falta —añadió, ya en perfecto español.
Julien les estrechó las manos a ambos mientras los miraba con una mezcla de orgullo y respeto. Su mirada se desplazó hacia Elsa, que observaba con un destello de aprensión mezclado con curiosidad, y luego volvió a ellos.
—Venid, vamos a la granja —dijo Julien finalmente—. Traed el vino y comeremos algo. Podéis refrescaros del viaje que habréis hecho. Elsa, prepara la mesa.
Elsa le lanzó una mirada fulminante que Julien apenas pudo esquivar.
Pero suspiró resignada, mientras ordenaba un banco viejo con platos y vasos mientras Julien guiaba a los tres hombres al interior.
André se sentó primero, colocando la botella de vino sobre la mesa, y miró a Julien con una mezcla de complicidad y urgencia:
—Tras el desembarco, todo ha avanzado muy rápido —dijo—. Las divisiones francesas todavía no han entrado en París; se ha detenido el avance por orden del mando americano para que nosotros liberemos la ciudad. Estamos ya... muy cerca Julien. Ya sólo faltas tú, quiero que vengas con nosotros.
Julien aceptó con una sonrisa, la ilusión brillando en sus ojos cansados:
—Por supuesto, contad conmigo —dijo, con determinación.
Desde la puerta, Elsa carraspeó, los brazos en jarras y la mandíbula firme:
—No vas a ningún sitio —afirmó con voz clara—. No estás en condiciones de luchar.
Amado soltó una carcajada grave, que retumbó en la estancia :
—Julien, felicidades —dijo, mirando al joven con complicidad—. No solo tienes a una mujer hermosa a tu lado, sino también a una luchadora.
Julien frunció el ceño, oscilando entre orgullo y resistencia:
—Puedo sostener un fusil, y no estoy tan débil como crees.
Al ver la tormenta que ya crecía en Elsa, André intervino para calmar los ánimos:
—Hablaremos de esto más tarde —dijo—. Ahora, cenemos. Necesitamos fuerzas para mañana.
Se sentaron alrededor de la mesa, entre platos de pan rústico, queso, verduras y vino oscuro.
La conversación derivó a historias de combate y anécdotas del frente, risas contenidas entre sorbos y mordiscos de pan.
Elsa, mientras servía más vino, reparó en la chaqueta de Amado: un pequeño borde de tela roja asomaba desde el interior, la bandera republicana cosida con cuidado, discreta, casi como un recuerdo íntimo.
Se preguntó cuántos años llevaría aquel pedazo de tela junto al pecho y cuántas veces habría tenido que ocultarlo.
Para los demás quizá fuera solo un retazo de colores; para él debía de contener un país entero, una vida interrumpida y la esperanza, todavía obstinada, de regresar algún día.
Un símbolo que decía más de lo que las palabras podían expresar.
Al terminar, los hombres se levantaron, cargaron con las botellas vacías y subieron al jeep. André se inclinó hacia Julien mientras Elsa observaba en silencio, cruzando los brazos, cautelosa.
—Mañana será decisivo —susurró André—. Necesito que estés listo.
Julien asintió, consciente del peso que supondría la próxima jornada. Elsa los observaba, con la preocupación marcando su rostro, antes de regresar al interior de la granja para recoger los restos de la cena.
La lámpara de petróleo parpadeaba en la mesita, alumbrando apenas las paredes desconchadas del dormitorio de la granja.
Julien se acomodó en la cama, con la pierna mala extendida y no pudo evitar un gemido al intentar girarse.
Elsa, ya en camisón, recogía su melena con un gesto distraído.
La tela blanca dejaba entrever el bronceado del verano y las pequeñas cicatrices que la guerra había dejado en su piel.
—Deberías dormir —murmuró ella, sin mirarlo.
Julien esbozó una sonrisa cansada.
—No puedo. Mañana estaré en París.
—Tú no irás a ninguna parte —replicó Elsa, sin levantar la voz.
Julien fijó su mirada en ella. En sus ojos había ese brillo obstinado que Elsa ya conocía demasiado bien.
—Voy a ir, Elsa. No pienso quedarme aquí mientras los demás luchan. —Se incorporó con esfuerzo, apoyándose en el codo—. No me quedaré escondido.
Elsa se giró despacio, los brazos cruzados sobre el pecho, y lo miró con una mezcla de ternura y exasperación.
—¿Y si te caes antes de llegar? ¿Y si esa pierna no aguanta? —dijo, conteniendo el temblor de la voz—. No puedo perderte otra vez, Julien.
Él bajó la mirada.
—No soy un inválido —replicó, suave, casi en un susurro—. Cojeo, sí… pero tengo fuerzas suficientes.
Elsa suspiró y se sentó a su lado. El colchón cedió ligeramente bajo su peso.
—Eso es lo que me asusta —dijo—. Que no sepas cuándo detenerte .
Julien le tomó la mano. Sus dedos estaban ásperos, calientes.
—Si me quedo aquí, no podría mirarme al espejo —confesó—. Y tú lo sabes. Además, tengo que recuperar mi librería —añadió con una sonrisa—.
Elsa lo observó atentamente mientras el viento hacía crujir las maderas del techo. Finalmente, dejó escapar un largo suspiro y sentenció:
—Entonces no vas solo. Si vas, voy contigo.
Julien la miró, sorprendido.
—No, Elsa, no tienes que arriesgarte—
Ella lo interrumpió, inclinándose hasta quedar tan cerca que sus labios rozaron los suyos al hablar:
—No pienso quedarme aquí esperando a que vuelvas… o a que no vuelvas. —Su voz se quebró, apenas audible—. Iremos juntos. Pase lo que pase, no te perderé otra vez.
Julien cerró los ojos, asintió lentamente… y entonces Elsa lo abrazó con fuerza, como si quisiera sellar con su cuerpo la promesa de que ya nada volvería a separarlos.