Loba de Hierro 29. El rescate
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29. El rescate

Sentada en el frío suelo del almacén, Elsa contemplaba el mapa extendido a sus pies.

Parecía una prolongación de sus pensamientos.

Las calles de Saint-Aubin se difuminaban bajo la lluvia imaginaria que golpeaba los tejados de París.

Sus ojos barrían los pasillos, buscando en cada trazo el menor detalle que recordara de los informes que había leído cuando estaba en la Gestapo.

André apareció en la penumbra y se dejó caer a su lado.

Apoyó la espalda en la pared, sacó una pequeña petaca de metal y le ofreció un trago.

Quizás fuese el primer gesto amistoso en medio de este plan que les podía costar la vida.

Elsa aceptó y bebió; el licor le quemaba la garganta y la hizo toser.

—Julien me habló de ti —dijo André con una media sonrisa—. Al principio no le creí —ya sabes que es bromista—, pero te ajustas a su descripción.

Elsa sonrió, melancólica, recordándolo. André recuperó la petaca y dio un pequeño sorbo antes de volver a guardarla en el bolsillo.

—¿Te habló mucho de mí?

—Lo suficiente.

—¿Y qué decía?

—Que eras más cabezota de lo que parecías.

Elsa soltó una breve risa.

—Eso sí me lo creo.

—También decía que no soportabas que te dijeran lo que tenías que hacer.

—Eso ya no es tan cierto.

André la miró de reojo.

—¿No?

Elsa bajó la mirada hacia el mapa.

—He aprendido a escuchar.

André asintió, como si aquella respuesta le bastara. Una gota de agua cayó desde alguna parte del techo y golpeó el suelo con un sonido seco.

—Nunca fue buen soldado — añadió André en voz baja—. Creo que se metió más de lleno en esto desde que te fuiste.

Elsa guardó silencio unos instantes.

—Si me hubiera quedado, quizá nada de esto habría pasado... Tal vez habríamos huido juntos.

—No te atormentes con los «si» —la interrumpió André—. Lo que cuenta es ahora. Haz lo que viniste a hacer.

André deslizó entonces un pequeño bulto envuelto en un pañuelo.

Lo dejó junto a ella. Elsa lo desenvolvió con cuidado: Una Welrod, negra con un gran silenciador integrado.

La superficie limpia y engrasada brillaba, siniestra.

La sostuvo unos segundos, sintiendo el frío del metal y el peso de la decisión.

—Es del último envío —dijo André—. Seis balas. Es lo mejor que puedo darte. Con esto te dejo a mis mejores hombres y una herramienta silenciosa. Espero que tengas suerte.

Elsa iba a darle las gracias, pero André se levantó de golpe, quizá para no dejar que ella viera en su rostro lo que pensaba.

—Duerme un poco —dijo, sin mirarla—. Lo necesitarás.

El eco de sus pasos se perdió entre las sombras del almacén.

Elsa quedó sola, con la pistola en el regazo y el mapa extendido a su lado.

Durante largo rato, permaneció inmóvil, escuchando el silencio y el goteo irregular que llegaba desde algún punto del techo.

Volvió a mirar el mapa, recorriendo con la yema del dedo las calles que al día siguiente tendría que atravesar.

Todo parecía sencillo sobre el papel. Unas líneas, unos nombres, un destino.

Pero sabía que, una vez allí, cada decisión tendría un precio.

Pensó en Julien y en todo lo que había quedado atrás.

En la última vez que lo había visto, en las palabras que no llegaron a decirse y el tiempo que había pasado desde entonces.

Ahora estaba tan cerca de encontrarlo que el miedo comenzaba a mezclarse con la esperanza.

Apartó finalmente el mapa y dejó la Welrod junto a él. Luego apagó la lámpara, y la oscuridad la envolvió como un manto antes del amanecer.

* * *

El calor era pegajoso y húmedo, un residuo terco de la tormenta nocturna que había dejado el aire espeso y lento, como si el mediodía se arrastrara.

Elsa estaba agazapada, la espalda clavada contra la madera húmeda de un contenedor.

A su lado, Marcel respiraba con la mandíbula apretada; Luc mantenía la mirada fija en la calle.

Ninguno hablaba; el silencio era una consigna más.

Miró el reloj; 11:58:01

Su mente registraba todo con precisión quirúrgica. El guardia del tejado, siempre la misma ruta. El ritmo de los coches lejanos arrastrándose por la ciudad ocupada. El tacto frío y aceitoso de la Welrod le recordaba que seguía allí, más pesada cuanto más se aferraba a ella.

—Debería estar aquí ya —susurró Luc sin levantar la voz.

—Aguantamos —respondió Elsa. Lo dijo para ellos. Pero, sobre todo, para sí misma.

La calle principal seguía tranquila. La prisión de Saint-Aubin no parecía esperar nada distinto a un mediodía rutinario.

El camión de suministros alemán apareció puntual, con dos soldados en cabina. Maniobró para entrar por la puerta lateral que se abría, como cada día, a su llegada. El guardia levantó la mano y saludó mientras ajustaba las puertas del muelle exterior.

Un segundo camión dobló la esquina. Un viejo vehículo civil, motor tosco, lona polvorienta, rodaba lentamente hasta detenerse, cercano a la entrada de la prisión.

Elsa observó a los guardias, pero ninguno pareció prestarle atención.

La silueta de Michelle bajó sin prisas y se perdió por la callejuela lateral. Pasaban los segundos y nada.

Un segundo. Otro. Después otro. El pulso de Elsa golpeaba su pecho como si quisiera escapar.

12:01:02.

La explosión fue un golpe seco, brutal, que rompió los cristales de las ventanas próximas y cuyo eco rebotó por las fachadas de las calles cercanas.

Como una gran piedra lanzada a un estanque.

Gritos, órdenes, sirenas despertando como bestias furiosas dentro de la prisión.

Todas las miradas giraron en la misma dirección.

La distracción perfecta acababa de nacer.

Elsa dio la señal y Marcel se lanzó primero, como un resorte, cuchillo en mano.

Un golpe seco a la garganta del guardia y el cuerpo se derrumbó cayó como un saco mal atado.

Luc se deslizó tras el segundo y pasándole el brazo alrededor del cuello, se desplomó sin llegar a entender por qué el mundo se le apagaba.

Justo en ese momento apareció el tercer guardia de la puerta, Elsa avanzó un paso y le descargó un golpe contundente en la nuca.

Cayó sin ceremonia junto a los otros. Nadie dijo nada.

Sólo el eco distante de la explosión, gritos confusos al fondo y el pulso en las sienes, insistente. El camino estaba abierto.

Elsa se giró hacia el almacén interior, mientras apremiaba a los otros a seguirla.

—Vamos —dijo, sin gritar.

Avanzaron rápidamente agachados entre las cajas manteniéndose en las sombras.

Al llegar a la escalera principal, Luc alzó una mano y se apostó en la esquina para cubrirlos.

Marcel y Elsa se lanzaron escaleras abajo, precipitándose hacia el corazón de la prisión.

El pasillo, en penumbra, olía a humedad y miedo, las bombillas parpadeaban colgando de cables sujetos a las paredes que chisporreaban cuando el edificio vibraba con las sirenas.

Un guardia apareció al fondo, alerta pero desorientado por la alarma que no conseguía ubicar.

Giró hacia ellos, la mano yendo al cinturón.

Marcel no le dio tiempo: un empujón violento contra la pared, antebrazo al cuello.

Elsa avanzó, firme, y con movimiento preciso le asestó un golpe en el plexo.

El guardia trató de inhalar, falló, y cayó gimiendo.

Marcel rebuscó, encontró el manojo de llaves y tiró del hombre hacia la pared, inmovilizándolo a la sombra, asegurándose de que no pudiera moverse.

—Rápido —murmuró Elsa.

El corredor se abría ante ellos, húmedo y estrecho.

Rejas a ambos lados, sufrimiento atrapado en cada una de las celdas que Marcel empezó a abrir una tras otra, mientras rechinaban los cerrojos.

Cada vez que la puerta se abría brotaba una o varias figuras famélicas, con ropas y vendas sucias, ojos hundidos.

Algunos daban un paso tambaleante, otros necesitaban que se les empujara suavemente para reaccionar.

—Fuera —susurraba Marcel, apremiando con voz ronca—. Moveos. Sois libres, corred a la escalera.

Elsa vigilaba el fondo del pasillo, pistola en mano pero mientras cubría, su mirada se desviaba inevitablemente a los rostros que salían de las sombras.

Hombres demacrados, barba irregular, piel violácea por los golpes.

Algunos la miraban con terror, confundidos; otros, con el brillo apagado del que no cree aún en la salvación. Buscaba una cara. La única. Julien.

Pero no aparecía. Elsa tragó saliva. Algo áspero, frío, le subió por la garganta. ¿Y si había llegado tarde?

—Julien… —susurró sin voz, como si temiera que al pronunciarlo desapareciera cualquier posibilidad.

Marcel seguía abriendo celdas, gruñendo órdenes y empujando a los indecisos.

—Vamos, vamos, moveos —gruñía—. A la salida. Seguid la luz.

La prisión rugió en algún punto lejano; botas corriendo sobre piedra, voces alemanas ordenando, rabiosas.

El tiempo se acababa. Y Julien seguía sin aparecer.

Marcel dudó un instante ante la última puerta del pasillo.

Sus dedos, manchados de sudor y polvo, palpaban la llave.

Giró. La reja se abrió con un rechinido casi doloroso.

Marcel se quedó quieto. Su espalda, tensa como un cable.

Luego volvió la cabeza, lentamente, y buscó la mirada de Elsa.

Elsa ya estaba corriendo. El aire la siguió como un latigazo. Se sujetó al marco, los dedos crispados, y gritó :

—¡Julien!

Entonces, desde las sombras, una silueta se movió. Un rostro emergió, demacrado, barba irregular, ojos hinchados. Julien parecía un fantasma arrancado del barro. Los labios temblaron, secos, incrédulos.

—Elsa… ¿eres tú? —su voz era un hilo desgarrado, casi roto—. No puede ser… —parpadeó, tratando de enfocar—. Debo estar soñando.

Ella sintió un golpe en el pecho, como si la guerra entera la hubiese empujado de vuelta al suelo. Pero no lloró. No podía. No ahora. Se agachó, tomó su rostro entre las manos, firme, casi con rabia contra el destino.

—No estás soñando, Julien —susurró, la voz temblando sólo lo justo para ser humana—. Estoy aquí. Levántate. Nos vamos ahora.

Él sonrió, una curva débil, rota pero real.

Y esa sonrisa —esa chispa— derribó semanas de oscuridad.

Julien cayó de rodillas antes de poder incorporarse, jadeando, manos temblorosas en el suelo.

Elsa lo sostuvo, casi abrazándolo, mientras Marcel ya extendía un brazo para levantarlo con rudeza eficaz.

Salieron del corredor de las celdas juntos pero Marcel lo agarró en volandas en la escalera mientras subía. El eco de las botas resonó en las plantas superiores. Un guardia asomó fusil en mano y los ojos abiertos por la sorpresa de encontrarlos allí. Elsa no dudó. Se agachó mientras disparaba.

Un único estampido seco. El guardia cayó hacia atrás, las manos soltando el arma antes de entender que ya estaba muerto. La sangre goteó por los peldaños.

—¡Arriba, arriba! —dijo Elsa, voz firme, máscara de hierro sobre el temblor interior.

Subieron. El pasillo rugía con órdenes en alemán, ecos metálicos, alarmas que empezaban a sonar.

El mundo corría, y ellos necesitaban correr más.

Llegaron al muelle. Luc estaba empujando prisioneros dentro del camión de suministros, ayudando a los que apenas podían caminar.

Algunos se subían con manos temblorosas, otros eran arrastrados por compañeros que todavía les quedaban fuerzas.

—¡Vamos, vamos! —gritó Luc, la paciencia rota por el tiempo.

Marcel giró hacia Elsa:

—¡Las comunicaciones!

Elsa le agarró el brazo, ojos encendidos.

—¡Sube! ¡Arranca! ¡Ya!

No había espacio para discusiones. Marcel obedeció, empujando a Julien dentro y subiéndose detrás.

Luc saltó al estribo. El motor rugió, torpe, cargado de cuerpos, esperanza y miedo.

Elsa giró, vio un fusil Mauser abandonado entre dos guardias caídos.

Lo tomó con un gesto limpio, mecánico. Subió al lateral del camión, apoyada apenas por un pie, cuerpo tensado, mirada fría.

Mientras el vehículo arrancaba, Elsa apuntó a la caja de fusibles exterior, justo junto al poste de las líneas telefónicas.

Tres disparos precisos. Chispas. Humo. Un cable saltó como una serpiente cortada.

Las luces de la prisión parpadearon. Gritos.

Alarmas moribundas. Confusión absoluta. Detrás, las primeras balas alemanas empezaron a rebotar contra adoquines y chapa.

Un oficial gritaba órdenes histéricas. Pero el camión ya ganaba velocidad, chirriando, torpe y valiente entre las calles estrechas.

Un vehículo tan lleno de humanidad rota que parecía a punto de desbordarse.

Elsa se dejó caer dentro de la caja, respirando hondo, el rifle aún caliente entre las manos. Habían escapado.