28. Nuevos amigos
Elsa abrió los ojos. Estaba tendida de costado sobre un suelo de cemento.
Una bombilla solitaria colgaba del techo, oscilando con un zumbido bajo que hacía vibrar el aire.
Intentó moverse, pero notó rápidamente el dolor de las muñecas: estaban atadas con una cuerda áspera que se clavaba en la piel.
Al mover las piernas comprobó que también tenía los tobillos sujetos.
Forcejeó para liberarse hasta que una voz grave y burlona rompió el silencio:
—Bienvenida al infierno, campesina.
El hombre que hablaba salió de la penumbra.
Era enorme, de piel muy oscura y hombros tan anchos que parecían ocupar la habitación.
Llevaba un jersey militar con algunos agujeros y un pantalón con parches.
Sus manos, grandes y recias, parecían capaces de partir un cuello como quien rompe pan.
Avanzó hacia ella y, sin esfuerzo, la agarró por los brazos y la levantó del suelo como si no pesara nada.
La sentó sobre una silla de madera que crujió bajo su peso.
Elsa, mareada, intentó mantener el equilibrio, pero apenas logró enfocar la vista antes de que un cubo de agua helada le golpeara la cara y le empapara el cuerpo.
Ahogó un grito. El cabello se le pegó a la piel.
Cuando alzó la mirada con fiereza, el hombre ya estaba de nuevo frente a ella, agachado con una sonrisa torcida.
—¿Quién te envía? —le espetó.
Antes de que pudiera responder, otra voz interrumpió desde el fondo de la habitación, seca, autoritaria:
—Basta, Marcel.
El grandullón se enderezó y se apartó, murmurando en voz baja.
De entre las sombras surgió otro hombre, delgado, de rostro anguloso y barba de varios días.
Vestía un abrigo largo que le daba un aire casi eclesiástico.
Sus ojos grises y cansados parecían medir cada respiración de Elsa.
Avanzó despacio, con las manos en los bolsillos del abrigo. Se detuvo a medio metro de ella.
—¿Tu nombre?
—Elsa. —Su voz salió ronca, pero firme.
El hombre inclinó la cabeza apenas.
—¿Y qué hace una alemana en París vestida de campesina?
Elsa tragó saliva, notando cómo la cuerda le cortaba la piel de las muñecas. Tenía que decir la verdad, por increíble que pareciera.
—He venido por Julien. Julien Duhamel.
El silencio que siguió fue tan espeso que se podía oír el goteo del agua desde el cubo.
Marcel soltó una carcajada grave, un gruñido que resonó en las paredes.
—¿Por Julien? Claro… y por todos los que estamos aquí.
El del abrigo alzó una mano para silenciarlo.
—¿De qué lo conoces? —insistió.
Elsa respiró hondo.
—Nos conocimos en el frente, en Francia. Luego nos reencontramos en París… estuvimos juntos un tiempo... —Hizo una pausa—. Es una larga historia, pero he venido a buscarlo.
El hombre la observó unos segundos. Luego, sin apartar la mirada, hizo un leve gesto con la cabeza. Marcel dio un paso al frente, y Elsa entendió que ya no había salida.
Elsa apenas tuvo tiempo de entender lo que ocurría antes de sentir un tirón violento en el pecho. La tela del vestido campesino se rasgó con un sonido seco, el frío del aire le golpeó la piel.
—¡Eh! —protestó, intentando cubrirse, pero Marcel la inmovilizó de un manotazo en el hombro.
El grandullón se agachó, le sujetó el brazo y lo giró con brusquedad. La piel húmeda brilló bajo la luz amarillenta.
Allí, en la cara interna del brazo, una A pequeña en tinta azulada, casi borrada.
Marcel chasqueó la lengua y murmuró con desprecio:
—El de las SS.
El hombre del abrigo se inclinó, acercando el rostro al de Elsa. La luz oscilante de la bombilla le dibujó las facciones: angulosas, severas, con los ojos grises entornados por la desconfianza.
—Así que una alemana de las SS viene a París buscando a Julien Duhamel —dijo despacio, con un tono envenenado de sarcasmo—. Un viejo amor de guerra, ¿no? ¿Crees que soy imbécil?
Elsa sostuvo la mirada, sin pestañear. Una gota de agua le cayó por la mejilla, pero no la apartó.
—Puedes creerlo o no —susurró—, he cruzado el infierno para encontrarlo. Y mataré a quien intente impedírmelo.
Antes de que pudiera responder, se abrió la puerta y Michelle apareció jadeante.
—¡André, basta! —Y añadió—. ¡Es ella! Es la mujer de la que Julien te ha hablado otras veces.
El silencio fue absoluto. André la miró sin entender.
—¿Qué estás diciendo?
Michelle se acercó unos pasos, apartando a Marcel de un empujón.
—¡Te digo que es ella! —insistió con voz temblorosa—. Esta mujer me sacó de la cárcel de la Gestapo y preparó el rescate con Julien. ¿No lo recuerdas?
André frunció el ceño, indeciso. Miró a Elsa y luego a Michelle, sopesando la verdad entre ambas. Finalmente soltó un suspiro áspero.
—Fuera —ordenó a Marcel—. Vigílala. Si intenta moverse, ya sabes lo que tienes que hacer.
Marcel asintió con una sonrisa torcida. André salió de la estancia seguido de Michelle, cerrando la puerta tras ellos. El sonido del cerrojo resonó en el silencio como un golpe de martillo.
Pasaron las horas, pero Elsa no podía saber si eran horas o minutos atada en la silla notando cómo la cuerda crujía con cada respiración, mordía la piel de las muñecas y dejaba un surco que ardía como un roce constante.
La madera de la silla le helaba los muslos por debajo de la falda; al mover la espalda, el rasgado del vestido tiraba y la hacía sentir expuesta allí donde la tela había cedido.
Los hombros, descubiertos, recibían ese contacto del aire frío con la nitidez de una vergüenza irrelevante: no era pudor lo que la inquietaba, era la sensación de fragilidad, de estar expuesta, indefensa.
Marcel se había dejado caer en un banco, con la espalda contra la pared.
Encendió un cigarrillo y el primer brillo en la punta le dio al cuarto un punto móvil, como el ojo de un animal.
Cada bocanada trazaba un pequeño humo que bailaba en el aire y volvía a disiparse; las manos grandes de Marcel lo llevaban a la boca con un gesto de costumbre, con la parsimonia de quien mide el tiempo por puros instantes.
De vez en cuando golpeaba la ceniza en el borde de la lata, una acción minúscula que para Elsa tenía la contundencia de un latido: ahí está, ahí sigue, no te duermas.
Notó cómo los párpados se le hacían pesados, no por sueño sino por el agotamiento que le nublaba el juicio.
La mente daba saltos breves, como si intentara mantenerse despierta por puro instinto.
Entonces, un golpe breve contra la pared la arrancó del letargo.
La puerta se abrió un instante después y André apareció en el umbral.
—Puedes marcharte, Marcel —dijo sin alzar mucho la voz. —Quédate fuera y si te necesito ya te llamaré.
Marcel maldijo entre dientes, pero obedeció.
La puerta se cerró y el almacén recuperó la acústica de la soledad.
André tomó una silla del rincón, la puso al revés y se sentó a horcajadas sobre ella, apoyando los brazos en el respaldo como si aquello fuera una mesa.
Durante un minuto entero no dijo nada; sólo la miró.
Miró sus ojos azules, desafiantes. La marca en su brazo, la blusa rasgada, el hilo de agua que todavía brillaba en la piel. Era imposible saber qué pensaba.
—Hablé con Michelle —comenzó por fin, con la voz afilada—. Ya me lo ha contado todo. A ella la creo. A ti no.
Elsa tragó saliva y mantuvo la mirada. La tensión en la madera de la silla crujió con su respiración contenida. André continuó, midiendo cada palabra.
—Si has trabajado para la Gestapo, o para cualquier otra división alemana, sabrás cosas —dijo—.
Horarios. Procedimientos. Rutas de traslado.
Detalles que para nosotros son sólo puertas cerradas.
Puedes ser útil, pero si no es así, entonces sólo eres un problema.
Antes de que André pudiera añadir más, Elsa lo cortó con la urgencia de quien no tiene tiempo para indirectas.
—¿Dónde lo tienen retenido? —preguntó, la voz entrecortada por la fatiga y la rabia—. ¿Dónde está Julien?
André la miró un instante, como calibrando si darle más información o asegurarse con algunas preguntas más. Finalmente habló en voz pausada, casi tranquila:
—Lo han enviado al sur de la ciudad, a Saint-Aubin .
Es una cárcel pequeña, de esas que usan para «hacer sitio» antes de enviar a los presos a destinos peores, o trenes donde desaparecen...
Además de él hay cuatro compañeros nuestros y un número indeterminado de civiles en ese maldito agujero. ¿Lo conoces?
Elsa asintió recordando las fichas de las prisiones que revisaba en la Gestapo, su mente se ponía de nuevo en movimiento, calculando y repasando posibilidades.
—Escucha —prosiguió André, inclinándose hacia delante—. Voy a darte una oportunidad. Quiero que tú y Marcel reconozcáis el terreno: guardias, entradas secundarias, cualquier rendija que hayamos podido pasar por alto. Volvéis con todo lo que podáis comprobar y trazaremos un plan.
—Sé que no confías en mí —interrumpió Elsa con voz áspera—, pero ambos queremos lo mismo: sacar a Julien. Déjame verlo con mis propios ojos y haré todo lo que pueda para conseguirlo. Y regresaré con un plan.
André asintió, pero su gesto no fue de completa convicción. Llamó a Marcel con un grito y le dio órdenes cortas:
—Desátala, dale algo de ropa y comida. Salís a Saint-Aubin en un par de horas, prepárate.
Marcel protestó en un francés tan rápido que Elsa no entendió, pero André lo silenció con un rápido gesto.
—Nos quedamos sin tiempo, nos quedan ya muy pocas opciones Marcel.
Elsa notó como esa frase cerraba cualquier discusión. Se frotó las muñecas vigorosamente cuando cayó la cuerda que la aprisionaba. De nuevo estaba en marcha.
Llovía sin tregua, pero no fue obstáculo para que Elsa y Marcel recorrieran el edificio de la prisión rodeando las calles adyacentes.
Desde varios ángulos y posiciones elevadas observaron cada detalle de la prisión, los guardias, las rutinas y las zonas sin visibilidad aparente.
Tras largo rato, Elsa indicó que ya era suficiente y se perdieron en las calles húmedas de regreso al almacén.
Allí los esperaban André, Michelle y un tercero más bajo que Michelle, al que no había visto antes.
Se sacudieron la ropa empapada y sin decir palabra, André señaló una mesa donde había extendido un gran trozo de papel grueso.
Elsa desplegó las notas que había esbozado, y con un pedazo de carboncillo, empezó a dibujar las líneas de la prisión y las calles que la rodeaban.
—A las doce —dijo, rompiendo el silencio, dejando que cada palabra cayera con el peso de un minutero—. Cada día a las doce la puerta lateral de la prisión se abre para la carga de suministros. Es el procedimiento de rutina diario y nuestra oportunidad para entrar.
André la observó, la vista dura, como si buscara la trampa. Elsa clavó el carboncillo en el papel y continuó.
—Primero —dijo Elsa—, necesitamos una distracción que concentre toda la atención en la entrada principal.
Un vehículo que pase por la carretera y se detenga.
No es necesario un tiroteo; sino un caos controlado.
Lo más sencillo: una carga programada en el camión.
El estallido tendrá que ocurrir a las 12 en punto coincidiendo con la apertura de la puerta.
Michelle miró a Elsa; su voz fue seca:
—¿Y quién conducirá el camión?
—Alguien rápido y discreto —respondió Elsa sin titubear—. El camión se detiene aquí –señaló el mapa-, lo bastante cerca para llamar la atención, lo bastante lejos para que el conductor pueda huir.
André respiró hondo y añadió:
—Entonces el muelle será la entrada.
Elsa asintió. —¿Dos guardias en ese lado, y los del camión aparte?
Marcel golpeó la mesa con el puño. —Dejadlos en mis manos; os doy la entrada libre —dijo.
—No podemos arriesgarnos —replicó Elsa con firmeza—. Hay que neutralizarlos rápido y sin disparos. Un disparo y perdemos la distracción. El equipo tendrá que ser de tres personas.
Elsa continuó dibujando los pasillos que comunicaban el muelle con el almacén.
—Desde la puerta de mercancías hay un pasillo lateral que desemboca en la escalera principal —dijo, señalando—.
Al entrar, uno de nosotros tendrá que quedarse para vigilar.
Otro bajará conmigo a las celdas. Cinco minutos para abrirlas y sacar a los prisioneros.
Luego iremos lo más rápido posible al camión.
—¿Y las comunicaciones? —preguntó André—. Si avisan por radio o teléfono, llegarán refuerzos y nos cortarán las vías de escape.
—Cortamos las líneas antes de salir —contestó Elsa—. Todo lo que pueda dar la alarma: teléfonos, radios. La caja de fusibles y el poste de la línea están en la esquina lateral de la entrada del almacén.
André apartó la vista del mapa y la miró, sorprendido por la cantidad de detalles que manejaba.
—Tendremos, a lo sumo, unos veinte minutos antes de que los soldados reconozcan la zona de explosión y empiecen a movilizarse —dijo—.
Es muy justo... Si lo conseguimos, el camión con los prisioneros tendrá que detenerse en el primer cruce seguro; allí nos dispersamos.
Yo puedo esperar con un par de coches y los que puedan caminar que se pierdan en las calles.
La lámpara chisporroteó. André cerró los puños, como si con ese gesto sellara el plan.
—Bien —dictaminó André—. Elsa, Marcel y Luc serán el equipo de asalto. Michelle, tú te ocupas del camión y de la carga. A las diez quiero a cada uno en su sitio; a las once y media, todo preparado; a las doce, actuamos. No habrá segunda oportunidad.
Elsa alzó la vista, con el carboncillo aún entre los dedos, y notó cómo el almacén parecía contener el aliento; fuera, la lluvia seguía golpeando la ciudad.