27. Michelle
Caminaba con paso rápido, vestida con ropa civil discreta, el cabello negro azabache recogido bajo un gorro oscuro.
Sus movimientos eran cautelosos y más de una vez echó la vista atrás.
Entró en el café con decisión, y Elsa sintió que el corazón se le aceleraba.
Esperó. No podía arriesgarse a entrar también.
Pasó casi una hora hasta que Michelle volvió a salir, mirando a su alrededor con cautela.
Elsa se incorporó sigilosamente y comenzó a seguirla a distancia, deslizándose entre la gente que iba y venía.
Cuando Michelle dobló una esquina, Elsa apretó los puños y aceleró el paso, acercándose lo suficiente para asegurarse de que no se perdiera entre callejones y la oscuridad de la noche.
Pero antes de girar la esquina, una mano se posó con rapidez en su hombro, y una navaja presionó contra su cuello.
—¡Quieto! —susurró una voz firme y fría.
Elsa se quedó inmóvil, sintiendo la hoja fría presionando en su piel. Michelle la miraba con ojos de acero, sospechosa, alerta, lista para cualquier traición.
—¿Quién eres? ¿Y por qué me sigues? —preguntó Michelle con un hilo de voz que combinaba miedo y autoridad.
Elsa tragó saliva, manteniendo la calma. Entonces Michelle la miró a los ojos y algo cambió en su expresión: la tensión se mezcló con reconocimiento y estupor.
—Elsa… —dijo Michelle en un susurro, bajando lentamente la navaja—. ¿Eres tú?
Elsa asintió, apenas audible.
—Sí… soy yo —murmuró, con vo z temblorosa por la tensión y el cansancio.
Michelle la estudió, evaluando cada gesto, cada detalle del rostro sucio y el pañuelo que apenas disimulaba su cabello rubio. Finalmente, la tensión se disolvió, y Michelle se apartó un poco para permitir que Elsa respirara con normalidad.
—No hagas eso nunca más… —dijo Michelle entre dientes, aunque su tono escondía alivio—. Podría haberte matado.
Elsa asintió, sintiendo cómo el miedo inicial se mezclaba con un inesperado consuelo: no estaba sola. Michelle la observaba con los ojos entrecerrados, la navaja aún cerca de su cuello. Su respiración era rápida, pero controlada, como una fiera en guardia.
—¿Qué haces aquí? —espetó con dureza.
Elsa apenas abrió la boca para responder, pero Michelle no le dio tiempo.
La sujetó con fuerza del brazo, casi arrastrándola por el callejón.
Doblaron un par de esquinas más, atravesando un patio interior en penumbra, hasta llegar a una pequeña puerta metálica disimulada entre dos edificios.
Michelle abrió con rapidez, la empujó dentro y cerró tras ellas con un cerrojo.
El interior era una antigua trastienda, probablemente de una tienda cerrada, con cajas apiladas y una bombilla desnuda colgando del techo.
El aire olía a madera vieja y tabaco. Michelle soltó a Elsa con un empujón.
—Ahora sí. Habla —dijo con el tono de alguien acostumbrada a interrogar más que a escuchar.
Elsa se llevó una mano al brazo dolorido, pero no apartó la mirada.
—He venido por Julien —dijo con voz firme, aunque la garganta le ardía.
Michelle arqueó una ceja, incrédula.
—¿Por Julien? —repitió con ironía contenida—. ¿Qué demonios significa eso?
Elsa respiró hondo. Sabía que no había manera fácil de explicar aquello.
—He venido a buscarle desde Berlín. Salté en paracaídas al sur de la ciudad. Lo he dejado todo —respondió—. Deserté.
La palabra «deserté» cayó en la habitación como una piedra en un estanque. Michelle la miró con frialdad, como si midiera cada centímetro de su rostro en busca de una mentira.
—¿Quieres que me crea eso? —dijo, acercándose lentamente—. La última vez que te vi llevabas un uniforme de las SS. Y trabajabas en la Gestapo.
—Lo sé —contestó Elsa, bajando un instante la mirada—. Pero ya no pertenezco a eso. He recorrido esta ciudad buscándole. He dormido en la calle. No tengo a nadie más.
Michelle iba a replicar, pero algo en la mirada de Elsa la detuvo.
Tal vez era el temblor contenido, o esa mezcla de determinación y desesperación que no se finge.
Tal vez, simplemente, reconoció en ella el mismo brillo que había visto en Julien cuando hablaba de Elsa.
Suspiró, bajando lentamente la navaja y guardándola en el cinturón.
—Julien… —murmuró—. No está aquí.
Elsa dio un paso adelante, el corazón acelerado.
—¿Cómo que no está?
Michelle cruzó los brazos. Tardó un segundo de más en hablar, y en ese segundo Elsa supo que la respuesta no iba a gustarle.
—Fue capturado hace dos semanas, junto con varios de los nuestros. Intentaron robar suministros de un almacén militar en las afueras. Les salió mal. Están en manos alemanas.
El silencio que siguió fue denso. Elsa sintió que el mundo se le vaciaba de golpe, como si el suelo cediera bajo sus pies. Una oleada de frío la recorrió entera. Julien… prisionero. La imagen de él encadenado, interrogado, torturado, se le clavó como una aguja.
—No… —susurró, con la voz rota—. No puede ser.
Michelle la observaba con dureza, pero había un destello de compasión en su mirada.
—Queremos liberarlos —añadió—. Pero no sabemos cómo. Están bien guardados, y no tenemos ni los hombres ni las armas suficientes.
Elsa dio un paso hacia ella, con los ojos húmedos pero brillantes.
—Dejadme ayudaros. Lo sé todo sobre los procedimientos alemanes, las cárceles, los accesos y sus rutinas. Sé cómo piensan. Puedo hacer cosas que vosotros no —dijo con una urgencia casi desesperada—. Michelle, por favor… tengo que sacarlo de allí.
Michelle guardó silencio unos segundos. No era una mujer que confiara fácilmente, y menos en alguien que había estado al otro lado. Pero no podía olvidar que le había sacado de la prisión de la Gestapo y de una muerte casi segura.
—No estoy segura de poder fiarme de ti —dijo al fin—. Pero no pareces estar mintiendo. Y Julien… hablaba de ti como si fueras imposible de olvidar.
Elsa bajó la vista, emocionada y dolida a partes iguales. Michelle suspiró.
—Está bien. No prometo nada. Esta noche vendrás conmigo. Tengo un lugar donde puedes quedarte sin levantar sospechas. Mañana veremos a los demás. Tendrás que convencerles, pues ellos no saben nada de ti.
Elsa asintió sin dudar.
—Haré lo que haga falta.
Michelle le lanzó una última mirada calculadora, luego abrió la puerta trasera de la trastienda.
—Entonces sígueme.
Apenas había empezado a amanecer cuando Elsa y Michelle se internaron por los callejones de Belleville .
A esas horas encontraron pocos transeúntes por el camino mientras la ciudad despertaba poco a poco.
Michelle caminaba deprisa, con la cabeza gacha, las manos ocultas en los bolsillos de su abrigo raído.
Elsa la seguía unos pasos por detrás, intentando no mirar a nadie, con el rostro aún manchado de barro y el pañuelo apretado bajo la barbilla.
—¿Estás segura de que estarán? —murmuró Elsa.
—Si no los han arrestado —contestó Michelle sin volverse—. No hables más.
El punto de reunión era un antiguo almacén de carbón, con claros signos de abandono, con el cartel oxidado aún colgando de la fachada: Charbons Dupuis .
Michelle se acercó a la puerta lateral y golpeó dos veces, una pausa y una tercera.
La puerta se entreabrió y un hombre en la sombra las hizo entrar sin decir palabra.
Dentro, el aire era denso, cargado de polvo negro y humedad.
Michelle se adelantó. Elsa, desconfiada, dio un paso y apenas tuvo tiempo de mirar a su alrededor.
Un golpe seco en la nuca la arrojó al suelo. Todo se volvió oscuridad .