26. Volver a empezar
A medida que avanzaba entre los campos de cultivo, el cielo empezaba a teñirse de un gris azulado en el horizonte.
El amanecer la inquietó: aquella luz traicionera dejaría a la vista el mono de mecánico que llevaba puesto, una prenda útil en el viaje en avión, pero demasiado reveladora en tierra francesa.
Necesitaba ropa más común, algo que no llamara la atención al primer vistazo.
Siguió un sendero estrecho bordeado de álamos hasta distinguir, entre la bruma del amanecer, un pequeño conjunto de granjas desperdigadas.
Se ocultó entre la arboleda para observar.
Una de ellas tenía un corral abierto y un huerto al fondo; otra, más cercana, mostraba una cuerda de tender que se balanceaba suavemente con la brisa.
Allí colgaban una falda oscura, dos camisas de trabajo, un delantal gris y un pañuelo desteñido, prendas sencillas, de mujer, perfectas para confundirse entre la gente del lugar.
Esperó a que ningún perro ladrara, a que no se abriera ninguna ventana.
Cuando todo pareció quieto, avanzó agachada entre los arbustos hasta llegar a la cuerda.
Las pinzas de madera cedieron sin hacer ruido.
Con la ropa en brazos, se deslizó detrás de un cobertizo donde el olor a heno y a tierra húmeda la envolvió.
Se vistió deprisa. La falda le quedaba un poco corta y mostraba más pierna de la que le gustaría; la camisa, en cambio, era demasiado holgada y parecía tragársela.
Ajustó la tela a la cintura improvisando un cinturón con la navaja y un trozo de cuerda que arrancó del propio tendedero.
Se cubrió el cabello rubio con el pañuelo y, para terminar, untó su rostro y sus brazos con barro fresco hasta borrarse el lustre de la piel.
Cuando vio su reflejo en una ventana del establo, tuvo la impresión de mirar a otra persona: una campesina cansada, anónima, sin rastro de la soldado que había sido.
Entonces, la falda que llevaba —pobre, sencilla, demasiado corta— le evocó el instante en que Julien le ofreció su primer vestido para descubrir París.
Aquella mañana, luminosa y feliz, la golpeó de pronto como una ola tibia y cruel a la vez.
Sacudió la cabeza, no era momento de nostalgia.
Lo único que podía permitirse ahora era avanzar…
y no perder el hilo que aún la unía a él.
Dejó atrás la granja sin ser detectada y retomó el camino hacia París, siempre alejándose de los senderos visibles.
Evitó carreteras, cruces principales y cualquier lugar donde pudiera aparecer una patrulla.
El sol avanzó lentamente sobre el cielo despejado mientras ella caminaba con la determinación de quien ya no hay vuelta atrás.
La entrada en París fue más sencilla de lo que había temido.
Vestida con la ropa campesina y el rostro aún manchado de barro seco, nadie parecía reparar en ella.
París hervía de actividad aquella mañana con carros cargados de mercancías, bicicletas que zigzagueaban entre tranvías y soldados alemanes que patrullaban con aire rutinario.
Sí notó más presencia de las patrullas, que aparecían continuamente en cualquier esquina o saliendo de edificios con detenidos a los que subían en camiones con más agresividad de la habitual.
Muchos se arremolinaban alrededor de esos camiones y protestaban, otros preferían mantener la mirada baja y escabullirse en silencio.
Elsa era de estos últimos, manteniendo el anonimato todo lo posible.
Caminó por calles que conocía de memoria, intentando no alzar la vista…
pero los recuerdos afloraban continuamente a través de las grietas de su au tocontrol.
Allí, en la esquina de la rue des Écoles, habían compartido muchos cafés con Julien en esas tardes lluviosas donde el tiempo parecía detenerse.
Aquel banco junto al Sena había sido el escenario de su primera discusión, y aquella librería pequeña al otro lado del boulevard…
fue donde él le leyó en voz alta un poema de Prévert entre risas y miradas cómplices.
Todo estaba igual, y sin embargo, todo era distinto.
Cuando por fin llegó frente a la librería de Julien, se quedó inmóvil.
El local estaba cerrado: las persianas metálicas medio bajadas, el escaparate vacío y polvoriento.
Ningún cartel, ninguna señal de actividad.
El letrero de madera con el nombre del negocio seguía allí, aunque las letras se veían desvaídas por el tiempo y la falta de mantenimiento.
Un nudo frío le apretó el estómago. Se mantuvo un buen rato observando desde la acera de enfrente, disimulando entre transeúntes, como si esperara que en cualquier momento él apareciera con un libro bajo el brazo, sonriente y despreocupado. Pero nadie vino.
Finalmente, vencida por la inquietud, se acercó a un vecino que barría la entrada de un portal contiguo. Habló en francés pronunciando las palabras despacio para no levantar sospechas.
—Disculpe, monsieur … ¿sabe qué ha pasado con la librería de ahí?
El hombre se encogió de hombros mientras seguía barriendo, sin levantar la vista del suelo, como si la pregunta no fuera con él.
—Cerrada. Hace un par de meses ya. Luego vinieron soldados a registrarla, pero nadie volvió.
—¿Y el dueño? —preguntó Elsa, conteniendo la respiración.
—No lo sé. Nadie sabe nada. —El vecino la miró de reojo, como temeroso de decir más, y se metió en el edificio cerrando la puerta tras de sí.
Elsa se quedó sola en medio de la acera, con la sensación de que había perdido la única pista que tenía. Julien… ¿dónde estaba? ¿Había huido? ¿Lo habían arrestado? ¿Estaba muerto? La incertidumbre era peor que cualquier respuesta.
La noche cayó lentamente sobre París. Las farolas se encendieron una a una, bañando las calles en un resplandor amarillento.
Elsa vagó sin rumbo durante un rato, incapaz de decidir adónde ir.
Luchaba contra una desesperación que brotaba de su pecho y era incapaz de reprimir.
Bajó hasta el Sena y encontró un portal abierto, oscuro, quizás abandonado, donde acurrucarse en el suelo, con la bolsa por almohada.
Las piedras del suelo estaban frías y la humedad le calaba los huesos, pero el cansancio era mayor.
Recordó aquella tarde, no muy lejos de donde ahora se encontraba, cuando ella y Julien habían paseado por las calles del barrio, casi iguales a las de aquel portal.
Él, siempre juguetón, se había encaramado a la barandilla de una pasarela del río, fingiendo ser un equilibrista.
—¡Te vas a caer, idiota! —gritó ella entre risas, mientras él estiraba los brazos con teatralidad.
—¡ Jamais ! —respondió él teatralmente, extendiendo los brazos como un funámbulo borracho.
Un transeúnte los miró con reprobación, pero Julien saltó haciendo una reverencia exagerada, arrancándole a Elsa una carcajada. Luego le ofreció el brazo con una seriedad fingida:
—¿Me concede esta noche en París?
—Eres insoportable… —re plicó ella, pero lo tomó del brazo igual.
El recuerdo le arrancó una sonrisa amarga. Imaginaba su risa resonando entre las paredes vacías de aquel barrio que ya no reconocía. Las lágrimas no tardaron en empañar su rostro mientras repetía su nombre,
—Julien… ¿Dónde estás?
Elsa despertó con un sobresalto cuando un carro pasó por la calle, el brusco traqueteo de las ruedas sobre los adoquines terminó de despertarla.
Le dolían los músculos de la espalda y el dolor de su pierna no parecía mejorar por el maltrato.
Se incorporó despacio, sacudiéndose la falda remendada y el barro que la impregnaba en todas partes.
Agotó el agua de su cantimplora y la última ración que llevaba en su mochila.
Pero lo que más le pesaba no era el hambre, sino la sensación de vacío.
No sabía a dónde dirigirse y durante mucho rato deambuló sin rumbo, cruzando calles que antaño había visitado.
En un momento, al doblar una esquina, pasó frente a un café cerrado todavía, con las sillas apiladas en el interior.
Se detuvo, observándolo. En su mente brotó una conversación con Julien donde le mencionaba dónde se encontraba con sus contactos de la Resistencia.
Saint-Germain-des-Prés . El café de Flore .
Un refugio de intelectuales, donde las ideas seguían circulando bajo la vigilancia alemana.
Su respiración se aceleró ligeramente. Era una idea arriesgada, pero no le quedaba mucho más por probar.
Se ajustó el pañuelo a la cabeza, tomó la brújula para orientarse en el laberinto de calles y emprendió el camino hacia el barrio de Saint-Germain .
Al doblar la esquina de la rue Saint-Benoît , Elsa divisó finalmente la fachada del Café de Flore .
Reconoció sus ventanales característicos y el toldo verde, intactos pese a la ocupación.
A esa hora aún estaba cerrado, con las sillas apiladas en el interior y las contraventanas entreabiertas.
Un cartel manuscrito en francés anunciaba el horario de apertura, y en la acera no había más que un barrendero somnoliento y una mujer mayor que colocaba flores en un jarrón frente a una tienda vecina.
Elsa sabía que no podía acercarse demasiado: su acento, su ropa improvisada y su presencia solitaria podían despertar sospechas.
Observó los alrededores con la mirada fría evaluando posibles puntos de observación.
Unos metros más adelante encontró un callejón lateral estrecho, entre una tienda cerrada y un portal en penumbra.
Desde allí tenía una vista lateral perfecta de la puerta del café, lo bastante cerca como para distinguir rostros, pero lo bastante escondida como para pasar inadvertida.
Se acomodó contra la pared, envuelta en su pañuelo, con los brazos cruzados para conservar el calor.
Las horas empezaron a pasar lentamente. Primero llegaron los empleados, moviendo sillas y fregando el suelo.
Después, un repartidor descargó sacos de café y pan mientras gritaba a los camareros que le ayudasen.
Finalmente, el local abrió sus puertas y comenzaron a entrar los primeros clientes.
Elsa no apartaba la vista, con la misma concentración que en el frente cuando vigilaba cada movimiento.
Examinaba los rostros de cada hombre o mujer que pasaba por delante buscando algún recuerdo o rasgo que le llamase la atención. Y entonces la vio. Michelle.