Loba de Hierro 25. Renacer en la sombra
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25. Renacer en la sombra

Elsa despertó de golpe, como si alguien la hubiese sacudido por los hombros.

Durante un instante no supo dónde estaba.

El rugido monótono de los motores llenaba el interior metálico del avión, reverberando en las paredes como un trueno contenido.

Se incorporó con torpeza desde el banco lateral donde, contra todo pronóstico, había conseguido dormitar.

El fuselaje se estremecía cada pocos segundos bajo las rachas de aire, y cada vibración le subía por la columna como un latigazo helado.

Hacía frío. Se sujetó a una de las barras transversales del techo para mantener el equilibrio mientras avanzaba hacia la pequeña cabina de vuelo.

Al abrir la puerta, un golpe de aire y ruido la recibió de frente.

El piloto —un hombre enjuto, con gafas redondas que le hacían los ojos pequeños y gesto pétreo— giró la cabeza un instante.

—Treinta minutos —gruñó—. Te aviso cuando dejemos París al norte.

Elsa asintió, pero la garganta se le secó de inmediato. No había tenido tiempo de pensar en cómo iba a descender sin ser capturada.

—Prepárate para saltar —añadió él, como si se tratara de la cosa más natural del mundo.

—¿S-saltar? —balbuceó ella, incrédula.

El piloto arqueó una ceja, como quien escucha una queja infantil.

—¿Esperabas que te dejáramos en la pista, con una recepción de gala?, ¿tienes los documentos que acrediten tu presencia aquí? Porque yo no los he visto .

Elsa tragó saliva. El recuerdo surgió de repente: las tardes en el campo de instrucción de la Bund Deutscher Mädel , trepando a torres de madera y lanzándose en caída controlada sobre montones de heno bajo la mirada vigilante de las líderes del pelotón.

Ejercicios diseñados para adoptar la posición de caída, cómo doblar las rodillas al impacto, cómo no romperse un tobillo. Pero no era lo mismo desde un avión...

No tenía alternativa. Saltaría. Elsa se apoyó en el marco de la puerta de la cabina. El piloto, concentrado en sus instrumentos, tenía el rostro iluminado a medias por la pálida luz de la luna que se colaba por el parabrisas.

—¿Dónde… dónde piensa dejarme? —preguntó ella, intentando que su voz sonara firme.

—Al sur de París —respondió sin apartar la vista del panel—. Cerca de Étampes . Son zonas abiertas sin montañas.

—¿Y cómo sabré dónde estoy exactamente?

—Eso ya lo sabrás tú con tu brújula —cortó.

El tono seco del piloto le arrancó una mueca involuntaria.

No podría esperar mucha más ayuda. En la parte trasera, un paracaídas colgaba de la puerta lateral, con las correas enredadas como si alguien lo hubiera arrojado allí sin demasiado cuidado.

Elsa lo descolgó y lo puso en el suelo. Tardó unos segundos en recomponer el orden de las cinchas: dos por los hombros, una por la cintura, otra entre las piernas.

Sus dedos, normalmente firmes, temblaban ligeramente.

Ajustó las hebillas con torpeza, apretándolas una y otra vez hasta que el arnés le oprimió el pecho y la pelvis con una presión incómoda, casi dolorosa.

Se dijo que era buena señal: si dolía, estaba bien sujeto.

Ese razonamiento no la tranquilizó, pero le dio una pequeña coraza de pragmatismo.

—Cinco minutos —avisó el piloto desde la cabina.

Elsa respiró hondo tratando de combatir los latidos de su corazón que se estaban disparando por momentos.

Se acercó a la puerta lateral y abrió el pestillo del panel metálico que se abrió bruscamente, dejando entrar una bocanada de aire gélido.

De pronto, el interior del avión quedó inundado por la luz blanca de la luna.

A través de la abertura, la campiña francesa se extendía a perder de vista: campos cuadriculados, setos que marcaban los lindes, y alguna carretera que brillaba como un hilo.

El corazón le golpeó en el pecho con fuerza irregular.

La sensación no era miedo puro, sino una mezcla extraña de vértigo, lucidez y algo que rozaba la euforia.

Salta como en la torre, se dijo. Rodillas juntas. Mentón al pecho. Brazos pegados al cuerpo. Se dijo aquello en voz baja, como si el mantra pudiera ordenarle al cuerpo que obedeciera.

—Prepárate, cuando te diga —ordenó el piloto sin molestarse en girarse.

Elsa dio un paso, luego otro. Y al oír el último aviso del piloto se lanzó con los ojos cerrados.

El aire la arrancó del avión como si una mano invisible la hubiera tirado hacia atrás.

El rugido de los motores desapareció, sustituido por un silbido agudo y constante.

Durante un instante que pareció eterno, cayó en la oscuridad absoluta.

Y entonces, un tirón brutal en el arnés.

El paracaídas se abrió de golpe. Su cuerpo se balanceó violentamente hacia delante y luego quedó suspendido en una calma extraña.

El ruido mecánico del avión quedó atrás; solo permanecía el susurro del viento y, muy lejos, el ladrido de algún perro.

Abajo, los campos franceses se acercaban con rapidez.

Elsa dobló ligeramente las rodillas y se preparó para el impacto.

Tocó tierra con un golpe seco y un latigazo de dolor le subió desde el muslo, recordatorio de su herida reciente.

Quiso gritar, pero rodó sobre un costado mientras la humedad de la hierba le empapaba el rostro y la ropa.

Se incorporó con esfuerzo hasta quedar de rodillas, respirando con dificultad.

La herida ardía, pero aguantaría. A su alrededor, la campiña seguía su curso indiferente: sombras largas, surcos, un árbol solitario recortado contra el horizonte.

Un vasto campo de cultivo se extendía hasta perderse en la distancia.

Estaba en Francia. Estaba viva. Y, por primera vez en mucho tiempo, esa certeza le llegó como una mezcla de alivio y amenaza contenida.

Pero no había tiempo que perder. Se puso en pie, soltó los arneses del paracaídas y lo dobló a tirones para enterrarlo entre unos matorrales. Consultó la brújula: norte-noroeste. Si se daba prisa, llegaría antes del mediodía. Guardó sus escasas pertenencias y se puso en marcha.