24. Ernst
Al abandonar el aeropuerto, desde el coche, Ernst observó como el avión despegaba y ganaba altura, perdiéndose pronto en la profundidad de la noche.
Una sonrisa de satisfacción se instaló en sus labios; mientras conducía pausadamente, sin prisa, como si quisiera prolongar ese rato en que todo parecía encajar.
Por primera vez en muchos años, tuvo la sensación de haber hecho lo correcto sin reservas.
Aun así, no redujo la cautela. Controlaba con frecuencia los retrovisores para detectar si alguien le seguía y las patrullas que dejaba atrás.
Al doblar la última esquina del barrio, distinguió a lo lejos la silueta del Mercedes negro aparcado junto a la verja de hierro forjado.
Bajo la tenue luz de una farola, Henrik permanecía erguido, apoyado con estudiada despreocupación en el guardabarros; su chófer, un hombre de manos enjutas y mirada vacilante, fumaba junto al vehículo con el gesto rígido de quien ha aprendido a fingir calma, aunque los dedos tiemblen.
La nieve empezaba a caer, en copos dispersos, luego en un manto cada vez más denso que borraba contornos y difuminaba los sonidos de la calle.
Ernst redujo la marcha, detuvo su coche frente al Mercedes con deliberada lentitud, como si volviera de un paseo anodino y se encontrara de casualidad con aquella visita inesperada.
Descendió con el abrigo bien abrochado y los guantes aún puestos.
Sus movimientos eran pausados, casi solemnes, saboreando el tiempo como quien alarga las últimas páginas de un buen libro.
Henrik se incorporó cuando el motor terminó de apagarse.
Su sonrisa, ladeada y fría, era un gesto estudiado: cortesía de depredador.
Un leve temblor de sus manos traicionaba la impaciencia que intentaba ocultar.
Al acercarse, sus palabras surgieron suaves, casi amistosas.
— Herr von Kepler —saludó, inclinando apenas la cabeza—. Qué coincidencia tan oportuna. Pensé que le encontraría en casa y decidí esperar a su regreso.
Ernst sostuvo la mirada sin pestañear.
—No tan oportuna como cree, Henrik.
Henrik se mostró intrigado, fingiendo una sorpresa apenas disimulada. Dio un paso más, subiendo el tono de su voz.
—Ha sido imprudente —dijo, en tono casi confidencial—.
Me han llegado informes muy preocupantes de usted.
Comportamientos sospechosos... opiniones derrotistas —La sonrisa se ensanchó un poco, pero sus ojos seguían siendo dos láminas de hielo—.
Y ya sabe lo delicado que es todo cuando alguien cercano a nosotros… desaparece.
La pausa, larga, fue la verdadera pregunta. Luego, con un leve destello de satisfacción, remató:
—Cuénteme, Ernst… ¿dónde está su hija?
—Eso no es asunto suyo.
Henrik arqueó una ceja, sin perder la compostura. Acarició la pistolera con un gesto lento, casi perezoso, y luego posó una mano en el hombro del general con una camaradería tan artificial que rozaba la burla.
—No sé si alcanza a comprender la importancia que tiene Elsa para el Reich .
Y más ahora, cuando se está preparando el siguiente paso…
uno en el que solo podemos permitirnos a los mejores soldados.
—Apretó apenas lo s dedos sobre su hombro—.
Créame: ocultar ciertas cosas no conviene ni para usted ni para ella.
Ernst retiró el hombro con un gesto seco, sin brusquedad, pero con claridad.
—No hablemos aquí. Pase. —Abrió la verja y señaló hacia la casa, como si estuviera cediendo terreno para ganar tiempo—. En mi despacho podremos discutirlo con calma.
Henrik sonrió, satisfecho, creyendo que había ganado la primera batalla.
—Como prefiera.
Y juntos caminaron hacia la casa, primero Ernst, luego Henrik, con la nieve amortiguando sus pasos, como el cazador que acecha a su presa.
Al cruzar el umbral del despacho, el aire cambió: olía a cuero, a papel envejecido, a brasas antiguas.
La chimenea apagada era un recuerdo de calor que ya no servía.
Ernst colgó el abrigo, despacio y se quitó los guantes uno por uno, doblándolos con una meticulosidad de un hombre acostumbrado a una vida de orden.
Henrik, en contraste, se plantó en la mesa como si fuera suya y apoyó ambas manos sobre la superficie con un golpe seco que buscaba atención.
—No voy a perder más tiempo —dijo con una dureza que revelaba impaciencia bajo la máscara de autoridad—. ¿Dónde está Elsa?
Ernst se encogió de hombros y caminó hasta su escritorio y abrió el cajón superior.
Henrik, creyéndose dueño de la escena, esbozó otra de sus sonrisas condescendientes.
Pero la sonrisa murió cuando Ernst sacó con firmeza la vieja pistola Luger que había conservado desde 1918.
El metal estaba desgastado, pero brillaba todavía bajo la luz de la lámpara.
Ernst le miró con fiereza y sentenció:
—No se lo diré jamás —
Henrik trató de retroceder, buscando con la mano su pistolera, pero Ernst fue más rápido.
El disparo retumbó en la estancia, sordo y definitivo.
El proyectil atravesó el pecho de Henrik y lo lanzó contra la pared.
Cayó sin grito, con los ojos abiertos, incrédulos; la sangre manchó su inmaculado uniforme con un rojo brutal.
El chófer, que esperaba abajo, alertado por el disparo, irrumpió en la estancia un instante después, pero al ver el cuerpo tendido y la pistola en la mano de Ernst, que ahora le apuntaba, huyó despavorido hacia la calle.
Ernst cerró la puerta del despacho con gesto pausado y se permitió, al fin, sentarse en el sillón.
Respiraba con calma, sin prisa, pero con la satisfacción del deber cumplido.
Todo lo que debía hacerse ya estaba hecho.
En la penumbra, alzó la mirada hacia la escalera del vestíbulo, donde colgaba el retrato al óleo de su esposa.
Su rostro joven, sereno, parecía observarlo con ternura desde el pasado.
—He cumplido, Anna —murmuró—. Elsa está a salvo.
Se levantó despacio y se acercó al aparador.
Se sirvió una copa generosa de coñac y bebió un trago largo.
El licor le abrasó la garganta, pero también le dio un calor familiar, casi reconfortante.
Con la copa todavía en la mano, comenzó a caminar por la estancia.
Sus dedos se detuvieron sobre la fotografía enmarcada de sus antiguos camaradas: hombres sonrientes con el uniforme de 1916, rostros jóvenes que ya no existían.
—Cuánto ha pasado… y para qué —susurró, acariciando el cristal con la yema de los dedos.
Siguió caminando rozando los lomos de varios volúmenes alineados en la estantería: libros de historia militar, memorias de generales, tratados que había leído y releído durante décadas.
Cada título le devolvía un conocimiento antaño valioso y ahora tan hueco como los discursos que habían llenado Europa de cadáveres.
Terminó el coñac de un trago y dejó la copa vacía sobre el escritorio.
Afuera, el crujido de neumáticos y de botas sobre la nieve anunció la llegada de un camión de soldados.
El chasquido metálico de los cerrojos al armarse resonó en el jardín como un redoble militar para una sentencia que ya estaba decidida.
Ernst no se inmutó. Retiró con calma algunos papeles del escritorio, ordenándolos como si se tratara de un gesto cotidiano, y colocó la pistola junto a la copa vacía.
Luego abrió el cajón y sacó el manojo de cartas que Anna le había enviado cuando él combatía en el frente.
Reconoció enseguida su delicada caligrafía: líneas escritas de madrugada a la luz de una vela, para que él pudiera leerlas en trincheras donde no amanecía nunca.
En aquellas palabras Ernst había encontrado una música secreta.
Anna le hablaba de cosas mínimas —el molesto gato del vecino, la lluvia que se filtraba en el tejado, el precio del pan— y, sin embargo, esas nimiedades le devolvían un mundo entero.
Gracias a esas cartas no enloqueció. Cada sobre abierto en el barro era un refugio, un instante en el que la guerra quedaba afuera.
Las releyó una vez más y, al terminar, alzó la vista hacia el retrato de su esposa colgado en lo alto de la escalera.
Recordó con nitidez el día de su regreso.
Después de tantos años de guerra, había aprendido a temer muchas cosas, pero ninguna le había parecido tan insoportable como aquella puerta.
En aquel frío día de finales de noviembre de 1918 había recorrido los últimos metros hasta la casa con el corazón encogido, imaginando todas las posibilidades que podían aguardarle al otro lado.
Se había preparado para ello, o eso creía, durante muchas semanas previas al fin de la guerra: ¿estaría Anna allí?
¿Habría resistido la espera, el hambre del bloqueo, la gripe que se llevaba a media ciudad? ¿Seguiría siendo su casa la misma?
Cuando introdujo la llave en la cerradura, se quedó inmóvil unos segundos, incapaz de girarla.
De pronto, el ruido de los motores, las explosiones y los gritos de las trincheras parecieron regresar a su memoria.
Había sobrevivido a todo aquello, pero no sabía si sería capaz de soportar encontrar la casa vacía.
Giró finalmente la llave y empujó la puerta. Anna estaba allí.
Por un instante, ninguno de los dos dijo nada. Ella permaneció inmóvil al fondo del recibidor, como si tampoco se atreviera a creer que aquel hombre cubierto de barro, más delgado y con el rostro endurecido por la guerra, fuera realmente su marido.
Después corrió hacia él. Lo recibió sin reproches, sin preguntas, sin pedirle que explicara nada.
Solo con lágrimas que no eran de tristeza, sino de un alivio casi feroz.
Lo abrazó con tanta fuerza que Ernst creyó que iba a romperlo.
Él cerró los ojos y hundió el rostro en su cabello, respirando su olor como si necesitara asegurarse de que aquello era real.
Y en aquel abrazo, por primera vez en años, volvió a sentirse humano.
—La espera ha terminado, Anna. Voy a reunirme contigo —susurró.
El disparo retumbó justo cuando la puerta principal cedía bajo los golpes de culata. Cuando los soldados irrumpieron en el despacho, Ernst von Kepler yacía sobre la alfombra, con el arma todavía en la mano y una expresión serena en el rostro, como si al fin hubiera encontrado descanso.