23. Tempelhof
Aquella noche Elsa apenas pudo dormir. El día siguiente transcurrió con una inquietud constante, como si su mente estuviera siempre un paso por delante del cuerpo.
Al caer la tarde, el sol se deslizaba lentamente hacia el horizonte, tiñendo de cobre los muros del hospital y los jardines que se extendían en torno a él.
Elsa aguardó hasta que las sombras se alargaron lo suficiente para cubrir los senderos de grava.
Había ensayado mentalmente cada paso durante horas, pero cuando llegó el momento real, el corazón le golpeó el pecho con una violencia que no había sentido ni siquiera bajo fuego enemigo.
Se vistió con una blusa blanca sencilla y falda gris oscura, discreta. Encima, el abrigo de lana azul marino, que usaba en todos sus paseos y le permitía moverse sin llamar la atención. Un pañuelo oscuro le cubría el cabello, ocultando el rubio que la delataba desde lejos.
Cruzó el jardín despacio, fingiendo el paso torpe de una convaleciente en su paseo vespertino.
Apenas había nadie a esa hora. Al llegar al fondo, la vieja cancela de hierro —que normalmente permanecía cerrada con candado— estaba abierta, tal como Ernst había prometido.
El crujido suave de las bisagras resonó en su pecho y no pudo evitar un estremecimiento.
Al otro lado, en la calle en penumbra, esperaba el coche de su padre: un Mercedes negro, sobrio y sin distintivos, con los faros apagados.
Ernst estaba al volante fumando con gesto contenido.
—Rápido —dijo cuando la vio aparecer.
Elsa se deslizó en el asiento trasero y cerró la puerta sin mirar atrás. Fue entonces cuando advirtió un pequeño bulto de tela gris sobre el asiento. Ernst arrancó el coche y habló con la misma sequedad que si estuviera dando instrucciones antes de una misión:
—Ahí tienes un mono de mecánico. Póntelo mientras vamos para allá.
Hizo una breve pausa y le tendió una pequeña bolsa de cuero, cerrada con un cordón.
—Dentro hay una navaja, una brújula y algunos francos. También una cantimplora y raciones para un par de días. No es gran cosa, pero con la cabeza fría y un poco de suerte bastará.
Elsa asintió en silencio mientras se ponía el mono y guardaba la bolsa. El Mercedes se puso en marcha.
Ernst condujo sin una palabra. El automóvil avanzaba con un ronroneo contenido por las amplias avenidas de Berlín, que a esas horas estaban sumidas en una penumbra inquietante.
Las farolas estaban apagadas por la orden de apagón nocturno y solo algún destello amarillento, filtrado desde una ventana mal cerrada, arañaba la oscuridad.
Las calles parecían más anchas de lo habitual, vacías y resonantes.
Los pocos peatones que aún se veían caminaban deprisa, con los abrigos cerrados hasta el cuello y la mirada baja, como sombras que no querían ser vistas.
De vez en cuando, una patrulla de la Feldgendarmerie emergía de la noche y les daba el alto.
Ernst bajaba el cristal, mostraba el salvoconducto de Tempelhof y el nombre del Oberst .
Miraban la firma, no el coche, y los dejaban continuar sin problemas.
Elsa observaba la ciudad a través del cristal empañado.
Conocía bien esas calles, los edificios de piedra monumental que se alzaban como bloques fríos e implacables.
Aquella noche, sin embargo, todo parecía distinto.
Como si Berlín ya no fuera su hogar, sino un decorado gigantesco que se resquebrajaba en silencio.
Pasaron frente a edificios ministeriales sumidos en sombras geométricas, banderas inmóviles colgando de las fachadas. A lo lejos, los reflectores de defensa aérea giraban lentamente, rastreando el cielo como ojos inquietos. Ernst mantenía el volante firme, los labios apretados, concentrado.
—Dentro de poco llegaremos a Tempelhof —dijo por fin, sin apartar la vista de la carretera—. Al acercarnos al control, te tumbarás en el asiento trasero. Te cubriré con la manta. No hagas ningún ruido.
Elsa asintió, tragando saliva. Su padre le pasó una manta gris militar, áspera, y ella se deslizó hasta quedar estirada en el asiento trasero, encogida para ocupar el mínimo espacio.
Desde allí solo veía el techo del coche y, en algún ángulo, el resplandor lejano del aeródromo recortándose contra el cielo negro.
Ernst apagó el cigarrillo con un gesto seco, como quien clausura un capítulo.
El coche avanzó hacia el primer control de Tempelhof .
Bajo los focos, las siluetas de los guardias, envueltos en capotes largos y con los fusiles cruzados sobre el pecho, emergían como estatuas oscuras.
Dos soldados de la Luftwaffe se adelantaron con paso firme, levantando la mano para que el vehículo se detuviera.
Ernst frenó despacio, bajó la ventanilla y encendió la luz interior.
El rostro de uno de los soldados, joven y afeitado con esmero, se iluminó parcialmente.
—Alto. Documentación. —dijo con sequedad.
Ernst abrió la cartera de cuero negro que llevaba en el asiento del copiloto y desplegó sus documentos con una precisión casi teatral. El emblema del águila imperial y su firma relucieron bajo la luz del foco.
—General Ernst von Kepler —dijo con voz grave, clara, sin necesidad de elevarla—. El Oberst Krämer me espera en el aeródromo H. Le agradecería que no hiciéramos esperar a su comandante.
Los dos soldados intercambiaron una mirada rápida. Uno hizo ademán de asomarse a la parte trasera. El otro le tocó el brazo, enderezó la espalda y no llegó a hacerlo.
— Jawohl, Herr General. Puede continuar.
Ernst asintió sin añadir nada, recuperó los documentos con un gesto seco y subió la ventanilla.
El coche avanzó lentamente por la vía asfaltada que conducía a los hangares mientras el control quedaba atrás.
Bajo la manta, Elsa había contenido la respiración durante todo el intercambio.
Solo cuando el vehículo dejó atrás los focos soltó el aire muy despacio, temiendo que incluso el suspiro pudiera delatarlos.
A través de una rendija, Elsa alcanzó a ver la silueta imponente del aeródromo de Tempelhof recortada contra el cielo.
El edificio se perdía en la oscuridad con alas de hormigón que se extendían como un águila petrificada.
Más allá, motores rugían en la pista y hombres corrían entre haces de luz, cargando cajas, revisando aviones. Ernst mantuvo la vista fija al frente.
—Ya hemos pasado la parte más delicada —murmuró—. A partir de ahora, silencio absoluto. Krämer no hará preguntas… pero tampoco le demos motivos para negarse .
El coche se detuvo frente al hangar H, donde el avión esperaba con los motores encendidos, rugiendo como una bestia enjaulada.
El aire estaba cargado de gasolina y metal caliente.
Bajo la luz amarillenta de los focos, el Oberst Helmut Krämer.
esperaba con la gorra ladeada y las manos a la espalda, inmóvil, como si llevara allí horas.
Ernst descendió primero. Krämer avanzó unos pasos y ambos se saludaron con un apretón de manos firme, casi ceremonioso.
Intercambiaron unas palabras que quedaron ahogadas por el estruendo de los motores.
La figura del Oberst , delgada y rígida, contrastaba con la sobriedad silenciosa de Ernst. Cuando terminaron, Ernst levantó la vista hacia el coche y, con un gesto seco de la mano, indicó a Elsa que bajara.
Ella abrió la puerta y descendió despacio.
El mono de mecánico se agitó con la corriente de las hélices.
El aparato era un Ju 52 , panza baja, el fuselaje de chapa ondulada y sus tres motores ya en marcha.
De la puerta lateral, a estribor, colgaba una escalerilla corta.
Mecánicos cruzaban la pista con cajas y cables.
Un oficial de vuelo anotaba algo en un cuaderno sin levantar la vista.
Elsa dio unos pasos hacia la rampa, pero se detuvo antes de subir.
Se giró. Ernst permanecía a unos metros, inmóvil, con los brazos cruzados a la espalda.
No hizo ningún gesto para acercarse. A su lado, Krämer se retiraba con discreción, dejándolos solos sin interrumpir el momento.
Padre e hija se miraron en silencio, separados por la distancia justa para que no hicieran falta palabras.
Era la misma distancia que siempre había existido entre ellos.
Finalmente, Ernst interrumpió el contacto visual y dio media vuelta con brusquedad, subió al coche y arrancó sin mirar atrás. El vehículo se perdió en la oscuridad de la pista mientras Elsa subía la rampa, sintiendo que cada peldaño era un paso más lejos de todo lo que había conocido.