31. ¿Arde París?
El convoy redujo la marcha al entrar en las calles y los primeros civiles comenzaron a aparecer en las aceras, brotando de los portales y sótanos, agitando las manos, llorando, riendo, gritando palabras que el ruido de los motores ahogaba.
Algunos arrojaban flores y agitaban las primeras banderas.
Pero todo se quebró cuando el tableteo de las balas desgarró el aire.
Ráfagas de ametralladora barrían la esquina de la avenida, reventando cristales, haciendo caer cuerpos sobre los adoquines.
La gente gritó y corrió en todas direcciones.
—¡Al suelo! —rugió André desde el blindado delantero.
Elsa ya estaba bajando del blindado antes de que terminara la frase.
Sintió el aire cortado por los proyectiles y se lanzó tras una pila de sacos junto a Marcel y Julien.
Desde la otra acera, un nido de ametralladoras alemanas disparaba desde una ventana del segundo piso, en lo alto de una panadería destrozada.
Julien recargó su carabina, con el rostro cubierto de polvo.
—¡Están allí! —gritó señalando la fachada—. Segundo piso, a la izquierda.
Elsa asintió. Ajustó la mira, contuvo la respiración y disparó.
Una silueta cayó tras la ventana. Otro soldado alemán asomó, abrió fuego y reventó un escaparate a pocos metros de ellos.
Elsa cambió de posición, rodó por el suelo y volvió a disparar en un mismo gesto fluido, casi mecánico.
El hombre cayó hacia atrás, la ametralladora aun vibrando entre sus manos.
Los blindados dispararon y reventaron el piso superior de la panadería, levantando una tormenta de polvo, cascotes y cenizas que cegó a todos durante unos segundos.
Cuando la niebla se disipó, desde lo que quedaba del piso superior, un soldado alemán muy joven —apenas un muchacho— asomó intentando rendirse agitando un pañuelo blanco.
Elsa lo vio antes que nadie. El muchacho levantó las manos, pero otro soldado detrás de él lo empujó hacia adelante, disparando casi al azar.
Elsa respondió con un disparo seco. El cuerpo del atacante se dobló hacia atrás y cayó entre los cascotes. El fusil rebotó contra el alféizar antes de desaparecer. Y entonces, por fin, el silencio.
Julien respiró hondo.
—¿Se acabó? —preguntó.
Elsa no respondió. Sus ojos seguían fijos en la ventana abierta, donde el chico aún estaba de pie, paralizado, con el pañuelo blanco en la mano.
Lo llamó con gestos y el muchacho bajó lentamente por el hueco de la escalera derruida.
Cuando llegó al último tramo se detuvo. Apenas tendría diecisiete, quizás dieciocho años.
Cubierto casi completamente de polvo le conferían el aspecto de un fantasma.
Un crucifijo dorado le colgaba del cuello, temblando al ritmo de su respiración entrecortada. Temblaba de puro miedo.
Elsa le miró a los ojos —grandes, húmedos, absurdamente azules— y algo en su pecho se contrajo.
Notó el pulso en las sienes, irregular, y el temblor en sus propios dedos, todavía entumecidos por el retroceso del arma.
Se arrodilló frente a él, le bajó los brazos mientras le hablaba en alemán, la voz baja, firme:
—Tranquilo. Ya está. Der Kampf ist vorbei ... la lucha ha terminado.
El chico la miró sin comprender del todo, los labios temblando.
Ella sacó su cantimplora, la desenroscó y se la tendió.
Él bebió con torpeza, el agua resbalándole por la barbilla. Tosió, respiró, y finalmente murmuró algo, un « Danke » apenas audible. Julien y André se acercaron desde la calle, aún atentos a los tejados .
—¿Qué hacemos con él? —preguntó André, sin tono alguno.
Elsa se puso en pie despacio, con una serenidad casi ritual.
—Llévalo con los prisioneros. Ya ha peleado bastante —dijo, mirando al muchacho una última vez.
El chico bajó la cabeza, aferrando el crucifijo con su mano trémula.
Elsa lo observó mientras lo conducían entre los cascotes, y un profundo suspiro brotó de su pecho.
Muchos más como él se encontraría ese día.
Hombres jóvenes o viejos saliendo de sus refugios, derrotados, desesperados en una guerra absurda que siempre les prometieron que ganarían.
Julien se acercó, el fusil colgado a la espalda, cojeando entre los escombros.
—Se acabó aquí —dijo, apoyando el brazo en el hombro de Elsa con un gesto que era casi una caricia.
Elsa lo miró, agradeciendo el gesto con una sonrisa.
—Aquí, sí. Pero todavía queda mucho por hacer.
André apareció desde el otro extremo de la calle, la radio apoyada en el hombro.
—Mensaje del mando —anunció—. El general Leclerc confirma contacto con De Gaulle. Las unidades del norte están entrando sin apenas resistencia. Tenemos órdenes de tomar el Hôtel de Ville .
Elsa asintió. Julien también, aunque con un gesto cansado.
El convoy volvió a ponerse en marcha. Las ruedas de las semiorugas avanzaban despacio, arrastrando metralla y piedras, dejando una huella de metal sobre el empedrado.
A su paso, los parisinos salían de los portales, algunos todavía incrédulos, otros aplaudiendo a su paso.
El sol agonizaba detrás de los tejados cuando llegaron a la Rue de Rivoli .
Bajaron rápidamente del tanque y buscaron posiciones para cubrir el avance de los compañeros.
Un viejo edificio en ruinas en el extremo de la plaza parecía ser el ideal.
Elsa subió los peldaños del edificio en ruinas sin perder el equilibrio.
Julien iba detrás, con el fusil colgado y la respiración irregular.
El interior olía a madera vieja y yeso. Las ventanas carecían de cristales y el viento movía las cortinas desgarradas como banderas fantasmales.
Al llegar al tercer piso, Elsa asomó entre los restos de una persiana rota.
Frente a ella se abría la Place de l’Hôtel de Ville, una explanada enorme que parecía un campo de batalla detenido en mitad del tiempo.
Los vehículos de La Nueve se desplegaban en abanico, cubriéndose entre sí.
André y Amado Granell avanzaban por el centro de la plaza, gesticulando a los hombres.
El Guadalajara y el Madrid abrían fuego contra las ventanas superiores del ayuntamiento, donde aún resistían algunos tiradores alemanes.
La fachada del ayuntamiento, ennegrecida y majestuosa, devolvía los fogonazos de cada disparo como relámpagos breves.
Julien se acercó a Elsa y le pasó una mano por el hombro, suave pero firme.
—Quédate a cubierto —murmuró, inclinándose junto a ella. Déjame a mí ese lado.
Elsa no apartó la vista del visor del fusil.
—Tú apenas puedes mantenerte de pie —replicó, ajustando la mira—. No empecemos de nuevo.
—Lo digo en serio, Elsa. —Su voz sonó tensa, casi paternal—. No voy a perderte en el último día de esta maldita guerra.
Ella giró el rostro solo un instante, y en sus ojos había una mezcla de ternura y cansancio.
—Ya me perdiste una vez. No pienso repetirlo.
El rugido de una ametralladora los obligó a agacharse. El muro frente a ellos se astilló, desprendiendo polvo y trozos de piedra.
Elsa rodó hasta el alféizar, apuntó y disparó varias veces. Una silueta cayó desde la ventana del ayuntamiento.
Julien se asomó a su lado y contuvo el aliento: en la plaza, André y los españoles corrían de vehículo en vehículo, cruzando bajo el fuego.
El humo les envolvía como una niebla espesa.
Elsa cargó de nuevo. La madera del fusil le rozaba la mejilla, cálida y áspera.
Cada disparo le hacía temblar el brazo, pero no flaqueó.
Julien la apoyaba, cambiando de posición cada pocos segundos, disparando ráfagas cortas hacia los pisos superiores.
De pronto, un proyectil impactó contra la fachada del edificio.
Julien la empujó con un reflejo instintivo, cubriéndola con su cuerpo.
Rodaron hasta quedar bajo la ventana, el aire vibrando con el zumbido de las balas que rebotaban en la pared y el techo.
En ese instante, con el peso de Julien sobre ella, Elsa fue trasportada a otra noche: el bosque de las Ardenas, el primer contacto, el miedo y la lucha fundidos en un único latido.
Luchando como enemigos y ahora juntos, como amantes.
Extendió la mano, le acarició la cabeza, y lo abrazó con más fuerza.
Fuera, la guerra se desvanecía en los últimos estertores de su agonía.
Dentro, en el calor de ese abrazo la vida brotaba de nuevo.
Cuando por fin se separaron, el silencio les envolvía. Ya no había disparos ni explosiones.
Poco a poco, los gritos de alegría brotaron en la plaza: primero tímidos, luego creciendo hasta convertirse en una ola que lo arrastraba todo.
A las voces, se unieron las canciones. Y también las campanas de todas las iglesias de París repicaban con furia, donde cada una tocaba su propia canción de libertad. Julien la tomó de la mano.
Elsa giró el rostro y lo miró. Las lágrimas corrían libres por sus mejillas.
Intentó decir algo, pero el beso de Julien le arrebató las palabras.
A lo lejos, las campanas seguían repicando, despertando a una ciudad que volvía a ser libre.
En ese sonido, y en ese beso, sintió la vida abrirse paso después de tanta noche: una promesa de felicidad, de renacer.
El comienzo, por fin, de un mundo nuevo.