Loba de Hierro 19. Juramento
64%

19. Juramento

El camión se sacudía como un animal herido, rechinando a cada bache del camino.

Los soldados se balanceaban en la caja abierta, algunos callados, otros mascullando entre dientes, todos con los rostros endurecidos por el cansancio y la desconfianza.

El bosque yugoslavo los envolvía en un túnel verde: ramas entrelazadas, sombras que se deslizaban entre troncos húmedos, el olor agrio de la tierra recién removida.

Detrás de ellos, una columna interminable de vehículos se perdía entre los árboles, un río de acero avanzando por un bosque que parecía observarlos con hostilidad.

Elsa se aferraba al fusil, los nudillos blancos, la espalda apoyada contra la plancha metálica.

No conocía a ninguno de aquellos hombres.

Ya no estaban Weber, Schmidt, Meier ni Kraus.

En su lugar, rostros anónimos que evitaban cruzar la mirada con ella, como si su presencia fuera un estorbo o un mal presagio.

Se sentía sola, extraña en un país desconocido y rodeada de desconocidos.

El rugido monótono del motor se transformaba en un latido opresivo, empujándola hacia dentro de sí misma.

El traqueteo le adormecía los sentidos, y en ese vaivén inevitable, regresó a París.

Ya no caminaba sola, aunque lo pareciera.

Elsa lo había aprendido deprisa: cada esquina, cada escaparate, cada reflejo en un cristal podía ocultar una mirada fija en ella.

No eran hombres visibles ni torpes; vestían de paisano, se mezclaban con la ciudad y reaparecían horas después en otro barrio, con la paciencia metódica del cazador.

Bastaba un leve giro de cabeza para reconocer el mismo rostro en lugares distintos, bastaba un silencio demasiado largo en la terraza de un café para saber que alguien escuchaba.

Los informes volaban a Henrik, que los revisaba con atención clínica.

Nada se perdía en aquella red invisible.

Ningún paso quedaba sin registrar. Y esa certeza la asfixiaba más que la presencia física de quienes la seguían.

Julien y ella lo sabían. Por eso ya no podían verse abiertamente.

Se conformaban con instantes robados: un cruce de miradas en un mercado abarrotado, un roce accidental de manos al girar una esquina, un saludo disfrazado de casualidad.

Era demasiado peligroso hablar. Lo que no podían decirse en voz alta, lo confiaban al papel.

Las cartas eran su único refugio. Ella escribía de noche, con la lámpara oculta bajo un pañuelo, cada palabra trazada con cuidado, pero con el sentimiento contenido.

Julien respondía con la misma cautela e intensidad, en frases breves, trazadas deprisa, a veces en francés, a veces en alemán, siempre ocultas en pliegues improvisados: entre las páginas de un libro, dentro de un sobre en un buzón, dobladas hasta caber en el puño cerrado.

En aquellas líneas no se prometían futuros ni juraban fidelidades eternas; apenas escribían lo imprescindible para seguir en contacto: «Hoy te vi», «soñé contigo», «resiste».

Aun así, hubo encuentros fugaces. En la penumbra de la librería, en alguna trastienda sin ventanas, en espacios ocasionales donde el tiempo no existía.

Allí, sus bocas se buscaban con hambre, se devoraban hasta rozar el dolor.

Hacían el amor a medias, vestidos, con la urgencia de quien sabe que un segundo de demora puede significar la ruina.

Sus manos recorrían la tela como si atravesaran la piel, sus caderas chocaban en un vaivén contenido, y el aire se volvía espeso de jadeos sofocados.

Elsa recordaba la presión del cuerpo de Julien contra el suyo, el calor húmedo de su aliento en el cuello, la vibración de un gemido ahogado antes de que el silencio volviera a imponerse.

Vivir se había reducido a eso: sobrevivir al acecho constante y atesorar migajas de intimidad en un mundo donde hasta el silencio podía ser un delator.

Elsa se zarandeaba en el camión, atrapada aún en esos recuerdos, transportada a un mundo más cálido que aquel.

Pero ese recuerdo se quebró por otro como un filo helado.

Aquella maldita orden había llegado de improviso, como un disparo en mitad de la noche.

Enviada al frente, de inmediato. No hubo preámbulos, ni explicaciones.

Tampoco protestas que sirvieran de nada.

Ni siquiera tuvo tiempo de pensar en huir.

La empujaron a un camión al amanecer con la mochila y el fusil al hombro.

Sintió la mirada de Henrik al subir a la cabina donde la columna de soldados esperaba.

No se giró. No iba a darle el placer de ver su rostro una vez más.

Cuando el convoy arrancó, la desesperación hizo presa de ella. No había podido avisar a Julien. ¿Qué pensaría? Quizás creyera que le había abandonado. O peor: que se había olvidado de él. El convoy se detuvo en la primera encrucijada. Y entonces lo vio.

Julien estaba allí, a la sombra de un portal.

No debía estar, no podía permitirse ese riesgo, y sin embargo estaba.

La miraba con una intensidad desesperada, como si quisiera grabar en su memoria cada línea de su rostro antes de perderla.

Dio un paso adelante, crispó la mano contra la pared, como si quisiera arrancarse de sí mismo la impotencia, pero no avanzó más.

En aquel silencio suspendido, ese gesto mudo se le clavó a Elsa más hondo que cualquier palabra.

Julien movió los labios. Dos palabras mudas, sin voz, pero tan nítidas que la atravesaron como un disparo: «Te quiero. »

Elsa sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.

Quiso responder, gritar, lanzarse del camión.

Pero el vehículo arrancó con un rugido seco y la distancia se abrió como una herida entre los dos.

Su mano se alzó instintivamente… y quedó suspendida en el aire, temblando.

Aquel instante se congeló en su memoria: Julien en la sombra, sus labios formando la confesión que nunca había podido escribirle.

Y después, nada. El traqueteo del motor.

El humo. El adiós robado que nunca pudo devolver.

Después vino el tren. Cuatro días en vagones de mercancías con paja en el suelo, olor a cuero húmedo y a hombres sin lavar; cuatro días de Alemania pasando tras las rendijas, y luego Austria, y luego una Hungría llana y silenciosa que ni siquiera parecía enterada de la guerra.

Los soldados jugaban a las cartas, cantaban, dormían apilados.

Elsa se sentaba junto a la puerta corrediza, con el lazo azul apretado en el bolsillo.

En el tren sí tuvo tiempo de pensar en huir.

Lo que no tuvo fue oportunidad: en cada parada, un suboficial contaba uno por uno, y los vigilantes del andén comprobaban los papeles de quien bajaba a estirar las piernas.

Dos veces, de noche, midió con la vista la velocidad del terraplén, la atención de quienes viajaban con ella, las horas que faltaban para el alba.

Las dos veces llegó a la misma certeza. No era el momento, ni el lugar. Y, sobre todo, no sin saber adónde ir.

El camión en Yugoslavia golpeó un bache profundo y Elsa regresó al presente de golpe.

Los soldados a su alrededor no sabían nada de lo que acababa de atravesar en silencio, ni de lo que había dejado atrás en París.

Pero en su pecho ardía aún aquel «te quiero» sin voz.

Una llama pequeña, obstinada, que ninguna guerra parecía capaz de apagar.

Instintivamente, llevó la mano al bolsillo interior de la guerrera.

Notó la tela arrugada entre los dedos. El lazo azul seguía allí.

Pequeño, descolorido, casi insignificante.

Pensó en la joven que lo había llevado en Polonia.

En la forma en que lo había recogido del suelo, manchado de barro, sin entender del todo por qué no podía dejarlo atrás.

Entonces había creído que era un recuerdo.

Ahora sabía que era otra cosa. El camión avanzaba y el bosque se cerraba sobre ellos.

Y en medio del traqueteo, entre el olor a tierra húmeda y gasolina, lo supo con una claridad que la atravesó como un disparo: saldría de allí.

Se arrancaría aquel uniforme maldito, aunque tuviera que arrancarse con él la piel, y escaparía. Y nada en este mundo iba a detenerla.