Loba de Hierro 20. El infierno verde
67%

20. El infierno verde

La columna avanzó durante horas por caminos cada vez más estrechos, serpenteando entre colinas boscosas donde los árboles parecían cerrarse sobre los vehículos como si quisieran devorarlos.

A ratos, la marcha se detenía sin explicación.

Los hombres se removían inquietos, murmuraban, encendían cigarrillos que temblaban entre dedos ennegrecidos de grasa y pólvora vieja.

Elsa observaba el paisaje con atención. Aquel bosque no se parecía a ninguno que hubiera conocido.

No tenía el orden disciplinado de los bosques alemanes ni la melancolía abierta de los franceses.

Era áspero, denso, con raíces que brotaban del suelo como garras y una humedad que lo empapaba todo.

Había algo primitivo allí, como si la guerra no hubiera llegado para destruirlo, sino despertado algo que llevaba siglos aguardando.

Al caer la tarde, la columna emergió del túnel de árboles hacia un claro amplio.

Entre humaredas bajas y lonas dispersas, se alzaba un campamento improvisado: tiendas militares alineadas en filas irregulares, vehículos amontonados, torres de observación construidas a toda prisa.

El aire estaba cargado de gasolina, barro y sangre.

Cuando el camión se detuvo, Elsa saltó al suelo y sintió cómo el barro le atrapaba las botas con un sonido viscoso.

A su alrededor, hombres iban y venían cargando cajas de munición, sacos y camillas.

Había heridos por todas partes: sobre mantas extendidas en el suelo, en camillas apoyadas contra los vehículos, dentro de una gran carpa blanca marcada con la cruz roja.

Algunos gemían, otros permanecían inmóviles, envueltos en mantas sucias.

Una compañía entera se había concentrado allí, y el movimiento era constante, frenético, como si el lugar entero respirara con dificultad.

Oficiales gritaban órdenes; un destacamento de zapadores cavaba zanjas para emplazar morteros; médicos y enfermeras trabajaban sin descanso entre charcos oscuros y montones de vendas usadas.

Un oficial con la guerrera empapada en barro subió a la parte frontal de un camión y gritó para hacerse oír por encima del estrépito:

—¡Compañía, en formación! ¡Nos dirigimos al pueblo, a cubrir el flanco izquierdo! ¡Rápido, rápido!

El murmullo se transformó en estampida. Los soldados corrieron hacia sus armas y municiones, ajustando correajes, cerrando cajas y cargando con todo lo necesario con manos temblorosas de prisa.

Elsa se unió al movimiento sin saber exactamente a quién seguía, pero lo hizo con la precisión automática que el entrenamiento había clavado en su cuerpo.

No hacía falta reflexionar. Solo moverse.

La compañía avanzó por un sendero embarrado que descendía en suave pendiente hacia el valle.

A lo lejos, el cielo sobre el pueblo parpadeaba con destellos anaranjados, breves e irregulares, como relámpagos atrapados entre las casas.

Las explosiones llegaban amortiguadas por la distancia, pero el tableteo de las ametralladoras se oía con claridad, seco, metálico, una lluvia que no cesaba.

—¡En línea! —gritó un sargento.

La formación se abrió en abanico entre los árboles.

Avanzando agachados, tropezando con raíces y surcos ocultos en el suelo, cruzando un prado irregular que precedía a las primeras casas.

Las siluetas de tejados inclinados se recortaban en la penumbra.

Muchas ventanas estaban tapiadas; otras ardían desde dentro, escupiendo humo y chispas al anochecer.

Un proyectil explotó a la derecha, levantando una nube de barro y astillas. Los hombres se tiraron cuerpo a tierra de manera instintiva. Elsa sintió el golpe sordo de la onda expansiva en el pecho y el sabor terroso llenándole la boca. El sargento gritaba órdenes que se perdían entre detonaciones.

—¡Cubrid los flancos! ¡A las posiciones!

Elsa corrió tras un grupo de soldados hacia un muro derruido que bordeaba un huerto.

Se arrodilló, apoyó el fusil y buscó blancos entre el humo y las sombras.

No había nada definido, solo movimiento.

Disparó una vez, luego otra. No sabía si había alcanzado a alguien, ni le importó.

Lo hacía por instinto, devolviendo fuego a un enemigo invisible que parecía moverse dentro de las casas como un rumor maligno.

A su alrededor, la compañía se desperdigaba entre portales, vallas y escombros, ocupando coberturas improvisadas.

Las balas zumbaban y parecían provenir de todas partes.

Un tanque ligero irrumpió por la carretera levantando una nube de polvo, seguido de un pelotón que avanzaba encorvado tras él.

Elsa respiró hondo. Algo en aquel lugar era distinto.

No era una ofensiva ordenada como en Francia.

Aquello era un combate enmarañado, sucio, donde el enemigo conocía cada esquina y ellos avanzaban a ciegas.

Disparó de nuevo. La culata le golpeó el hombro y el retroceso le recordó, con una claridad brutal, que había vuelto a la guerra.

—¡A cubierto! ¡Buscad los nidos! —vociferaba un suboficial.

Desde el fondo de la calle, ocultos entre ventanas derruidas y balcones astillados, empezaron a rugir las ametralladoras.

Dos, tres, quizá más. Las balas se estrellaban contra muros y carros abandonados, levantando chispas y polvo.

El tanque respondió con un estampido seco que hizo temblar el aire, lanzando un proyectil contra una fachada.

El impacto reventó la planta superior en una nube de ladrillos y ceniza.

Elsa se agachó tras un muro semiderruido.

A su lado, compartiendo cobertura, había un soldado que no debía tener más de diecisiete años.

El casco le bailaba sobre la cabeza; las mejillas aún lisas brillaban de sudor y barro.

Respiraba demasiado rápido, con los dedos rígidos aferrados a la anilla de una granada. Elsa lo miró un instante y comprendió.

—¡No lo hagas! —le advirtió al ver cómo el muchacho se incorporaba.

El muchacho apenas la oyó. Sus ojos al borde del pánico buscaban una salida y con un grito torpe, se alzó sobre la cobertura y echó a correr unos metros, granada en mano, hacia un sitio donde creía haber visto un nido enemigo.

Sin pensarlo, se lanzó tras él. Lo alcanzó en dos zancadas y lo embistió con el hombro, derribándole en plena carrera.

Ambos rodaron por el suelo, enredados, mientras una ráfaga de ametralladora barría el espacio que el chico acababa de ocupar, levantando una lluvia de astillas y cascotes.

Si Elsa no hubiera intervenido, habría quedado hecho trizas.

Quedaron tendidos unos segundos, respirando con violencia.

El muchacho la miraba con los ojos muy abiertos, pálido, comprendiendo demasiado tarde.

Elsa no dijo nada. Solo lo empujó de nuevo hacia la cobertura.

Pero al mirar de nuevo tras el parapeto, las vio…

A menos de diez metros, entre una pila de sacos rotos y maderas astilladas, una mujer y una niña se acurrucaban contra una pared desconchada.

Permanecían inmóviles como ciervos atrapados.

Los ojos de la mujer estaban desorbitados, la niña sollozaba sin emitir sonido alguno, la boca abierta en un grito mudo.

Elsa sintió un vuelco en el estómago: estaban justo en medio de la línea de fuego.

—¡Quietas! —gritó en alemán, sin saber si la entenderían—. ¡No se muevan!

La mujer la miró un instante. El pánico venció a cualquier razonamiento. Se incorporó de golpe y echó a correr, arrastrando a la niña con ella.

—¡NO! —bramó Elsa.

No quedaba tiempo, pero se lanzó hacia ellas y las alcanzó en plena carrera. Las embistió con el cuerpo y las derribó contra el barro, cubriéndolas instintivamente. La explosión llegó casi al mismo tiempo.

Una granada estalló a pocos metros con un fogonazo blanco, absoluto.

El aire se comprimió de golpe y luego se abrió en una sacudida brutal.

Un zumbido agudo se clavó en los oídos de Elsa, anulando todo sonido.

El mundo se volvió un torbellino borroso de humo, polvo y fragmentos de luz.

Sintió cómo su cuerpo salía despedido y chocaba contra una pared.

Un dolor sordo, aplastante, le recorrió la espalda.

El impacto le arrancó el aire de los pulmones.

Intentó incorporarse. Entonces algo ardió en su pierna derecha.

Miró. La tela del pantalón estaba rasgada y una mancha oscura se extendía con rapidez.

El bolsillo interior de la guerrera colgaba desgarrado, vacío.

No había sentido el impacto de la explosión en el momento, solo ahora, cuando la adrenalina empezó a quebrarse, el dolor se desplegó con furia, punzante, palpitante, mordiéndole el muslo.

Su respiración se volvió irregular. El casco le había golpeado la cabeza en la caída y un hilillo de sangre descendía por la sien.

El zumbido persistía inundando sus oídos en un silencio irreal.

Veía bocas abiertas gritando, veía fusiles disparando a intervalos, pero no oía nada.

A unos metros, distinguió a la mujer y a la niña arrastrándose hacia un portal.

Estaban vivas. Entre el humo, vio a la niña soltarse un segundo de la mano de su madre, agacharse y recoger algo del barro: una cinta azul, descolorida. Después, el humo lo cubrió todo.

Elsa intentó hablar, pero solo emitió un jadeo.

La visión se le empañaba por el dolor y la sangre que brotaba de su boca.

Sintió que alguien tiraba de ella mientras un sanitario se deslizaba a su lado con un maletín abierto; el otro la cubría mientras las balas seguían silbando.

A su alrededor, hombres caían en el barro como muñecos rotos.

La compañía avanzaba devolviendo el fuego mientras el tanque disparaba una y otra vez derribando edificios con cada impacto.

Eso fue lo último que registró antes de que todo se redujera a un latido insistente, el pitido en los oídos y la sensación de que el mundo entero giraba como un carrusel enloquecido.

Despertó mientras se zarandeaba en la camilla. El zumbido en los oídos bajó un poco de intensidad y pudo percibir voces lejanas que gritaban órdenes que no alcanzaba a descifrar. Alguien la sujetó por los brazos, otro por las piernas, y la alzaron en volandas mientras las balas silbaban por encima.

—¡Cubrid la retirada! ¡Cubridla, joder! —rugió una voz ronca, muy cerca.

La tela del pantalón estaba pegajosa y caliente.

Intentó mover la pierna y un dolor seco, eléctrico, le subió como un latigazo desde el muslo hasta el pecho.

Gritó sin saber que lo hacía. Un soldado con la cara tiznada le gritó algo, los labios muy cerca de su oído.

No entendió. Luego, oscuridad. Despertó entre parpadeos lentos, como si cada pestaña pesara toneladas.

La lona de la tienda se movía sobre ella, iluminada por la luz amarillenta de una lámpara colgada de un gancho.

—…esquirlas en el fémur… —decía una voz masculina, profesional, en algún punto a su derecha.

—…el riesgo de infección es muy alto. Necesitamos evacuarla ya.

La garganta era un desierto. La boca, seca y metálica.

En la pierna, algo latía ajeno a su cuerpo: un pulso extraño, obstinado, un segundo corazón instalado a la fuerza.

La espalda ardía. La cabeza le dolía como si le clavaran agujas en la frente.

Una figura con gafas empañadas se inclinó sobre ella.

El hombre llevaba el emblema médico en el cuello.

—Resista, Unteroffizierin … —murmuró con voz firme—. Se sentirá mejor pronto.

Una Schwester apareció a su izquierda y le colocó una compresa húmeda en la frente. Elsa sintió el frío filtrarse como una aguja hasta la nuca. Cerró los ojos y dejó que la oscuridad volviera a arrastrarla.

Volvió a despertar. Estaba en un camión, o en algo parecido.

Cada bache era un cuchillo en la pierna.

Alguien sostenía la camilla para que no se volcara; otro sujetaba por detrás mientras el motor rugía.

Luces fugaces, ramas invertidas, sombras que se estiraban como fantasmas.

El pitido del tren en la noche la atravesó como un recuerdo lejano.

—Julien… —susurró, sin saber si lo había dicho en voz alta.

Y el mundo se apagó