18. El traslado
Era poco antes del mediodía cuando Elsa se encontró con Julien en la boulangerie de la esquina, aquella donde él almorzaba cada día sin variar la rutina, como si eso bastara para conjurar el caos que los rodeaba.
Julien estaba en la barra, removiendo un café con expresión ausente.
Al verla, alzó una ceja, pero no dijo nada.
—Tenemos que hablar —dijo ella sin rodeos.
Elsa salió a la calle. Julien la siguió poco después, cambiando de acera varias veces hasta asegurarse de que no los seguían.
En un callejón pudieron reencontrarse al fin, y Elsa abrió la carpeta que llevaba bajo el brazo.
Dentro, varias hojas dobladas, esquemas y una nota escrita de su puño y letra.
Julien tomó los papeles. A medida que leía, su rostro fue perdiendo expresión.
—¿De dónde has sacado esto? —preguntó al cabo.
—Confía en mí. No hay tiempo para explicaciones.
Elsa desplegó el croquis con rapidez y señaló con el dedo una línea trazada en lápiz.
—He conseguido que la trasladen esta tarde, justo antes de la puesta de sol, en el último turno.
La llevarán en un camión civil, sin matrícula, con dos guardias en la cabina.
Partirán por la Rue d'Aubervilliers y luego cruzarán hacia el centro.
El traslado se completará al llegar a la clínica donde le harán el reconocimiento médico al final del día. No debe llegar allí.
—¿Y Michelle?
—Irá esposada en la parte trasera del camión, pero no atada completamente con lo que podremos moverla rápidamente .
Julien tragó saliva, calculando mentalmente.
—¿Cuándo es la intercepción?
—Aquí —dijo, marcando una intersección justo antes de que el camión cruzara el canal—. Una curva cerrada obliga a frenar y la visibilidad es escasa. Si logras detener el tráfico delante con un bloqueo creíble, tendremos un minuto o dos, como mucho.
—¿Quién lo abre?
—Tú. O quien vayas a llevar contigo.
—¿Y tú dónde estarás?
—Yo cubriré desde esta ventana de este almacén —señaló un edificio en un extremo de la calle—. Es un tercer piso con buena visibilidad, línea directa al camión. Pero necesito un fusil ahí antes de las seis.
Julien bajó la vista, repasando la ruta una vez más. Luego la miró.
—¿Estás segura?
—Tú solo tienes unas horas para encontrar a dos hombres. Tres si tienes suerte. Yo solamente dispararé si hace falta, nadie me verá.
Un breve silencio cayó entre ellos. En los ojos de Julien, la chispa burlona habitual había desaparecido. En su lugar, quedaba una gravedad templada, casi militar.
—¿Y si algo sale mal?
—Al menos lo habremos intentado —dijo Elsa, con voz baja —no podemos mirar a otro lado mientras se la llevan.
Julien asintió una sola vez. Guardó los papeles en el interior de su chaqueta.
—Nos vemos al caer el sol .
Elsa se alejó sin mirar atrás. El sonido de sus botas sobre el empedrado resonaba como el tic-tac de un reloj que ya no podía detenerse.
* * *
El sol descendía lentamente sobre Saint-Ouen , arrojando una luz dorada y oblicua que a Elsa le resultaba inquietante.
Marcaba el poco tiempo que disponían para completar el rescate.
Desde la ventana del almacén abandonado, en un tercer piso polvoriento, con telarañas tensadas entre los marcos rotos de las ventanas, Elsa permanecía en posición con la culata de un Karabiner 98k sobre el hombro.
Sin visor telescópico y con cicatrices de uso, el fusil aún respondería.
Bastaba con eso. Elsa conocía bien esa arma.
Había disparado con ella en trincheras embarradas y bosques nevados.
No necesitaba ayudas, sabía cómo compensar el viento, la distancia, la fatiga del pulso.
Aunque esta vez dispararía hacia abajo, contra un blanco móvil, desde una posición inestable. Y no podía fallar.
El cruce aparecía despejado, con escasos transeúntes cruzando la calle rumbo a sus hogares.
Más allá, Rue d’Aubervilliers se prolongaba recta como una lengua de asfalto desierta.
Elsa comprobó por última vez el cargador y respiró hondo.
Desde su posición, tenía visibilidad directa del punto clave: justo antes de la curva, donde el camión tendría que frenar.
Pero lo haría de espaldas a ella. Vería la cabina en diagonal, y la parte trasera, ligeramente desde arriba.
No era la posición ideal. Pero era la única posible.
Se apoyó en el alféizar. No pensó en Michelle.
Ni en Julien. Solo en la distancia, en la trayectoria, en el cálculo de segundos.
Un sonido grave y persistente rompió la quietud: un motor diésel atronaba desde un punto cercano.
Elsa entrecerró los ojos y localizó al camión que avanzaba por la calle, sin matrícula, gris, sucio, anodino.
Precisamente como debía ser. Se acercaba a la curva, reduciendo la marcha.
En ese instante, desde el otro extremo de la calle, un viejo auto surgió del callejón y se detuvo bloqueando el paso.
Dos hombres descendieron y se parapetaron detrás.
Un montaje burdo, pero suficiente para detener la circulación.
Justo a tiempo. El conductor tocó el claxon y redujo la marcha bruscamente hasta detenerse por completo.
Julien fue el primero en aparecer, encañonando al conductor del camión, a su lado un joven, visiblemente más nervioso levantó su arma también. Avanzaron decididos, apuntando directamente a la cabina.
—¡Fuera del camión! ¡Manos arriba! —la voz de Julien rebotó entre los muros.
Elsa vio al conductor levantar las manos, dudando. El guardia del copiloto hizo lo mismo pero su brazo izquierdo empezó a descender hacia abajo.
Está buscando el arma, pensó Elsa.
Sin permitir que el pensamiento terminara de formarse, disparó. El cristal de la ventanilla estalló con el disparo y paralizó a los guardias. Ambos gritaron y alzaron las manos por completo.
Julien no vaciló.
—¡Fuera del vehículo! ¡Deprisa!
El conductor obedeció a trompicones. Julien lo redujo en cuestión de segundos, obligándolo a arrodillarse junto al bordillo. Su compañero hizo lo mismo con el copiloto .
Elsa respiró. Quedaba poco tiempo, pero ya casi habían terminado. Julien se acercó a las puertas traseras del camión, con una palanca en la mano izquierda. El cerrojo cedió con un chasquido seco. Abrió las hojas metálicas con un golpe rápido. Y entonces lo vio.
En el interior, justo junto a la figura esposada de Michelle, había otro hombre.
Un tercer guardia que nadie había mencionado.
Sujetaba una ametralladora ligera, ya montada sobre las rodillas.
Tenía el rostro contraído por la sorpresa, pero no por el miedo: por el instinto.
Julien retrocedió una fracción de segundo.
El guardia giró el arma y le apuntó directamente.
Desde su ventana, Elsa ya lo había visto.
No tuvo tiempo de pensar. Solo de ajustar el punto de mira y disparar.
El proyectil impactó en el hombro del hombre, desviando el ángulo de su ataque.
La ráfaga de la ametralladora salió disparada contra el cielo, mordiendo el aire.
El guardia gritó de dolor y cayó hacia atrás, todavía consciente, pero desarmado.
Julien subió de un salto al interior del camión. De una patada, empujó el arma lejos y revisó el estado de Michelle.
—¿Puedes moverte?
Ella asintió, aturdida. El rostro pálido, una mancha de sangre seca en la frente. Tenía las muñecas esposadas, pero no sujetas a nada más. Justo como Elsa había dicho.
—Voy a sacarte de aquí —murmuró Julien.
Tomó a Michelle en brazos, cubriéndola con su chaqueta, y la ayudó a bajar por la parte trasera del camión.
Miró de reojo hacia el edificio de enfrente.
No podía verla, pero sabía que Elsa seguía allí, vigilante.
El francotirador que había salvado la misión.
La mujer que, una vez más, había cubierto su flanco ciego.
Arriba, Elsa bajó el fusil con lentitud.
Había un hilo de sangre en la comisura de sus labios, mordidos sin darse cuenta.
Cerró los ojos unos segundos y dejó que el peso de la tensión abandonara los músculos de su espalda.
La calle parecía inmóvil. Solo el sol descendía, inexorable, hacia su último aliento sobre París.
Ya no podía volver atrás. El informe oficial reduciría todo a un incidente menor.
* * *
Dos días después, alguien llamó a su despacho en mitad de la jornada. Un soldado de las SS se limitó a golpear dos veces a la puerta y a hacerle un gesto seco con la cabeza.
—El comandante quiere verla.
Ella asintió sin decir palabra. Sabía que ese momento llegaría.
No sabía por qué, pero lo sabía. Lo que no esperaba era que el recorrido no la llevara al despacho de Henrik, sino a una zona mucho más sombría de la Kommandantur .
Bajaron una escalera de piedra, cruzaron un corredor húmedo y estrecho, y se detuvieron frente a una puerta metálica sin señales.
Esa zona la desconocía por completo. El soldado giró la manivela, abrió y la empujó suavemente para que entrase.
La habitación no era grande. Tampoco tenía ventanas.
Un olor extraño planeaba en ella, ¿una mezcla de jabón, sudor y sangre?
Una bombilla colgaba del techo, desnuda y temblorosa, proyectando sombras que parecían reptar por las paredes.
Henrik estaba de espaldas, con las mangas de la camisa remangadas, lavándose las manos en un lavabo de porcelana vieja.
El sonido del agua era lo único que rompía el silencio. Se giró al notar su presencia.
—Elsa. Qué puntual.
Su voz era suave, casi cordial, como si la estuviera invitando a tomar el té.
El soldado cerró la puerta tras ella y se quedó dentro, firme junto al marco.
Henrik se secó las manos con una toalla blanca y caminó despacio hasta situarse frente a ella.
Le indicó una silla metálica en el centro del cuarto.
—Por favor, siéntese.
La orden estaba disfrazada de cortesía. Elsa se sentó. El respaldo era bajo y el asiento incómodo, deliberadamente. Cruzó las manos sobre las rodillas para esconder cualquier temblor involuntario y esperó.
Henrik dio una vuelta por la estancia, como un lobo inspeccionando el perímetro antes de lanzar su ataque. Luego se detuvo tras ella.
—¿Te han gustado tus días de oficinista? —dijo con fingida amabilidad.
—No entiendo a qué se refiere.
—Vamos, Elsa. Sabes perfectamente de qué hablo.
Pasó lentamente frente a ella y sacó un objeto envuelto en un paño gris.
Lo depositó sobre la mesa con delicadeza y, tras desplegar el lienzo, quedó a la vista un fusil.
No tenía mira telescópica. Era un viejo Karabiner 98k , modelo estándar del ejército, el tipo de arma que cualquiera con suficiente práctica podía usar…
pero que solo los verdaderamente buenos sabían aprovechar sin ayuda de óptica .
Henrik no la miraba. Observaba el arma como si lo examinase por primera vez.
—Este fusil se recuperó en una alcantarilla frente a la calle donde se produjo el asalto a un convoy que escoltaba a una prisionera.
Elsa mantuvo la mirada fija. No dijo nada.
—Se realizaron dos disparos —continuó él, casi con tono de admiración—.
Uno contra el parabrisas del camión. El otro impactó en el hombro de un guardia: no fue letal, pero bastó para incapacitarlo.
Todo esto desde una posición elevada, en el tercer piso de un almacén cercano, donde supuestamente estaba la posición del tirador.
Henrik alzó la vista y la miró directamente.
—Por la distancia y el ángulo, no fue obra de un aficionado.
Elsa tragó saliva.
—¿Por qué me cuenta esto a mí?
—Eres una francotiradora experta. Supongo que podrás valorarlo y dar tu opinión profesional.
Elsa se encogió de hombros.
—No conozco los detalles, nunca he estado ahí.
Henrik sonrió, y cubrió el fusil con el trapo.
—Hay muchas cosas que no me cuadran de todo esto, el informe de la prisionera lleva tu firma, Elsa y no encaja con el informe preliminar de la detención.
—No siempre coinciden los informes. Me encargaré de revisarlo —respondió Elsa, sin titubear.
Un silencio denso se instaló entre ellos.
Henrik no dijo nada durante unos segundos.
Dio un par de pasos, lentos, hasta colocarse justo detrás de ella.
Elsa percibió el aliento cálido en su nuca, una proximidad que helaba más que el frío.
Sin una palabra, Henrik alzó la mano y tomó un mechón de su cabello.
Lo deslizó entre los dedos con deliberada lentitud, como quien evalúa la textura de algo que podría poseer.
—Te admiro, Elsa. Hay muy pocas mujeres como tú. Capaces, decididas… peligrosas.
Hizo una pausa. Luego, en un tono más bajo:
—Pero me preocupa que empieces a tomar decisiones equivocadas. Ya sabes cómo castiga eso el Reich .
La amenaza flotó en el aire, envuelta en una sonrisa demasiado suave.
—Aunque en tu caso… podríamos encontrar una forma más interesante de entendernos.
El soldado, que seguía presente junto a la puerta, se movió apenas. Un gesto rígido, incómodo, como si la tensión lo atravesara también a él. Henrik soltó el mechón y se apartó sin prisa.
—Puedes marcharte.
Elsa no se levantó. No de inmediato. Se quedó clavada en la silla mientras Henrik volvía al lavabo, como si ya la hubiera olvidado.
—Ah, una última cosa —dijo él, de espaldas—. A partir de ahora tendrás un escolta. Para tu protección, por supuesto. París… se ha vuelto demasiado peligrosa.
El tono era tan afable que resultaba más amenazador que un grito. Elsa se puso en pie y salió de la sala sin mirar atrás.
En el pasillo, mientras subía los escalones, su corazón no latía.
Golpeaba. Como un tambor de guerra. Había perdido la confianza de Henrik, si alguna vez la tuvo, o algo parecido a eso.
Tenía que salir de allí, aunque fuera para poder respirar.
No sabía qué haría él con aquella sospecha…
pero sabía que haría algo. Siempre lo hacía.
La amenaza no había sido un aviso: era una promesa.