17. Traición
Pasaron tres días desde aquella tarde extraña, cargada de confesiones, en la que Julien le habló por primera vez de huir juntos.
La conversación que mantuvieron seguía zumbándole en los oídos como una melodía que se repite una y otra vez.
Elsa, encerrada en la rutina opaca de su vida en París, no podía sacarse esa idea de la cabeza que le había calado más hondo de lo que esperaba.
Muchas veces, en el despacho o en la intimidad de su habitación, se sorprendía fantaseando con una vida lejos de todo; del ejército, de las órdenes, del peligro del combate.
Una vida sin vigilancia constante. Una vida con él.
Pero luego le asaltaban las dudas implacables: ¿cómo? , ¿a dónde?, ¿era posible?
Aquella tarde, al volver a su apartamento, la portera no levantó la vista de la escoba. Llevaba tres semanas despidiéndola con un buenos días entre dientes; esa tarde, ni eso.
Elsa cerró la puerta tras de sí, giró la llave y recorrió la habitación con los ojos, igual que habría recorrido una azotea desde la mira del fusil: la cama, la mesa, la ventana.
Abrió el cajón y comprobó la pistola. Todo estaba en su sitio.
Nada indicaba que alguien hubiera tocado nada, y precisamente eso la inquietó: sus cosas estaban demasiado en orden, como si alguien se hubiera tomado la molestia de devolverlas a donde las había encontrado.
Entonces vio la baldosa. La había descubierto floja el primer día, junto al zócalo, bajo la ventana, y había decidido no arreglarla: un escondite que ella conocía era un escondite útil.
Ahora el borde asomaba medio centímetro sobre las demás.
Se arrodilló, la levantó con la uña y encontró un sobre pequeño, sin firma. Dentro, una única frase:
«Donde nos vimos por última vez. Esta noche.»
Reconoció la caligrafía de inmediato. Y el lugar: la pequeña iglesia de Saint-Paul donde habían hablado por última vez, en aquella conversación que todavía pesaba en su mente.
Prendió una cerilla, sostuvo el papel por una esquina hasta que la llama le rozó los dedos y dejó caer las cenizas en el lavabo.
Abrió el grifo y esperó hasta que no quedó ni una mota gris.
Llegó puntual, tras una hora de caminar por calles distintas para asegurarse de que no la seguían. Julien estaba en el último banco, nervioso, las manos entrelazadas. Al verla, se levantó de golpe.
—Gracias por venir —dijo, sin rodeos—. No hay tiempo que perder. Han detenido a Michelle.
Elsa parpadeó, desconcertada.
—¿Detenida?
—Ayer por la tarde. Al parecer la interceptaron cuando realizaba una entrega, un mensaje o algo así.
—Desvió la mirada; ni siquiera ahora se lo contaba todo—.
La llevaron a Avenue Foch 84 . La sede de la Gestapo.
Lo sé por una mujer que friega los suelos de allí: la vio entrar, y dice que la subieron hasta arriba.
Elsa sintió un frío inmediato, casi físico. Para Julien aquello era «la Gestapo». Para ella era el edificio donde entraba cada mañana, con sus celdas en el pasillo alto que nadie parecía advertir.
—¿Y por qué me lo cuentas? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Porque tú puedes ayudarla —dijo, dando un paso adelante—. Conoces a oficiales, tienes acceso. Podrías averiguar dónde está, cómo moverla… si hay alguna oportunidad.
La palabra «oportunidad» casi no le salió.
—Por favor, Elsa.
Ella apretó la mandíbula. Parte de ella se sentía arrastrada a una guerra que no era suya. Otra parte sabía que, si no hacía nada, no podría perdonarse.
—¿Por qué arriesgarse por ella? —preguntó finalmente—. ¿Qué es ella para ti?
Julien la miró, sorprendido, pero no tardó en responder.
—Es una amiga. Pero más que eso… llevamos juntos desde pequeños. No puedo quedarme de brazos cruzados sabiendo que está ahí dentro. Y sé que tú tampoco.
Elsa bajó la vista, resignada al fin.
—No prometo nada —dijo finalmente—. Pero lo intentaré.
Julien asintió, aliviado. La emoción en sus ojos era demasiado sincera como para fingir indiferencia.
—Gracias —susurró.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada. El silencio de la iglesia, salpicado por el crujir de la madera de los bancos, los envolvía en un pacto secreto. Entonces se oyó una llave en la cerradura del portón principal.
Julien se quedó rígido. Elsa lo agarró del antebrazo y señaló con la barbilla el confesionario de la nave lateral. Él cruzó las baldosas sin hacer ruido, y la cortinilla de terciopelo se cerró a su espalda justo cuando el portón empezó a abrirse.
Elsa se dejó caer en el banco y bajó la cabeza, las manos entrelazadas, la viva imagen de la devoción.
Dos linternas barrieron la nave. Botas con tachuelas sobre la piedra.
Eran dos soldados de la policía militar, con la placa de metal colgada del cuello, en ronda de comprobación después del toque de queda.
Elsa alzó la cabeza despacio, sin prisa, y dejó que la luz le diera en la cara.
—¿Es costumbre molestar a quien reza? —preguntó en alemán, con la voz plana que reservaba para los subalternos.
El soldado de la linterna la bajó de inmediato. Las runas de las solapas hicieron el resto.
—Disculpe, Fräulein . Ronda de comprobación. —Dudó—. ¿Su documentación?
Elsa sacó el Dienstausweis del SD y se lo tendió sin mirarlo. El soldado lo leyó, se lo devolvió con las dos manos y taconeó.
—En orden. Disculpe la interrupción.
Las botas se alejaron. El portón se cerró, la llave giró de nuevo y la iglesia volvió a ser lo que era. Pasó un minuto largo antes de que la cortinilla se abriera. Julien salió con las manos temblando por la tensión.
—Ha faltado poco. —La voz le salió quebrada, y se apoyó en el respaldo del banco para disimular el temblor de las manos—. Si te hubieran encontrado conmigo, no habría excusa que nos salvara a ninguno de los dos.
Elsa le puso la mano en el hombro y apretó, una sola vez, con firmeza. No dijo nada. No hizo falta: bajo sus dedos, el temblor fue cediendo.
—Quédate aquí — susurró entonces—. Cuenta hasta cien antes de moverte. Yo salgo primero.
Julien asintió y se dejó caer en el banco, con las manos entre las rodillas y la mirada en el suelo.
Elsa se giró despacio hacia la puerta, sin promesas, sin despedidas.
Sabía que el verdadero peso de aquella noche empezaba ahora.
Que, en cuanto saliera a la calle, ya no habría margen para la duda.
Y mientras el portón de madera se cerraba tras de ella, supo que había cruzado una línea invisible.
Por primera vez, no actuaba por Julien ni por Michelle.
Actuaba por ella.
A la mañana siguiente, Elsa llegó a la Sicherheitsdienst antes que nadie.
El sol apenas despuntaba sobre París y la ciudad aún tenía ese aliento frío y azul de la madrugada, como si no hubiese terminado de despertarse del todo.
Llevaba el uniforme perfectamente planchado, el pelo recogido en un moño sobrio, y los ojos hinchados de no haber dormido más de tres horas, pero su mente estaba clara: el plan debía ejecutarse rápido o no funcionaría.
Subió a su despacho en el segundo piso, cerró la puerta con llave y encendió la lámpara.
Todo estaba en orden: carpetas, sellos, papel timbrado…
y una pequeña pila de expedientes nuevos.
Entre ellos, encontró fácilmente el dossier de Michelle Arnaud.
Eran apenas ocho páginas. Demasiado poco para justificar los golpes que ya habría recibido.
Elsa lo revisó con calma y preparó una versión alterada, suprimiendo datos sensibles.
Después colocó una hoja oficial en la máquina de escribir, una Olympia de teclas gastadas, y ajustó los márgenes para que ninguna línea llegara a hacer sonar la campanilla del carro en el edificio vacío.
Redactó una orden de traslado impecable: lenguaje exacto, tono administrativo, sin una palabra de más.
No necesitaba inventar nada improbable. Los distintos servicios de la ocupación competían entre sí con celo de rivales, y los documentos sellados eran ley.
El número de registro era el obstáculo mayor.
Toda orden que salía del edificio quedaba anotada en el libro de la planta baja, y un número que no figurase allí delataría el papel en cuanto alguien lo cotejara.
Elsa recordó entonces un traslado médico de la semana anterior, anulado a medio tramitar.
Ella misma había archivado la copia, y su asiento seguía vacío en el libro: nadie echa en falta un número muerto.
Lo escribió con la misma sequedad con que habría anotado una fecha.
Quedaba la firma. Había visto la del Hauptsturmführer en cientos de documentos: un trazo inicial largo que subía como un grito y un final que caía sin remate, como si el hombre no tuviera tiempo ni de terminar de escribir su nombre.
Practicó siete veces en el reverso de un informe inservible.
A la octava, la mano no tembló. A la novena, la firma tuvo hasta su prisa.
Rompió la hoja de pruebas en cuatro pedazos y se la guardó en el bolsillo de la guerrera.
A las ocho en punto, bajó al primer piso y entregó la orden al oficial de guardia, un teniente joven que apenas la miró.
— Saint-Denis —leyó él, distraído. Luego frunció el ceño—. No consta escolta. El reglamento exige dos hombres para cualquier traslado de detenidos.
—El traslado será a mediodía, en vehículo sanitario —respondió Elsa, sin levantar la voz—. La escolta la designa el propio Hauptsturmführer, como siempre. Yo solo vengo a constatar el estado de la detenida antes del trámite.
—Puedo confirmarlo con su despacho, si lo desea…
—Puede llamarle ahora, si le parece. Pero le advierto que no tengo tiempo que perder.
El teniente miró el documento, luego la firma, luego el rostro inexpresivo de ella, y ninguna de las tres cosas le ofreció una razón para discutir. Asintió sin más.
Elsa salió sin esperar confirmación adicional.
No volvió a su despacho. Se dirigió al ala norte y subió por la escalera que conducía hasta la última planta.
Los guardias no la detuvieron: su uniforme, su rango, su expresión bastaban.
El oficial encargado de las celdas revisó la copia del traslado con desgana.
—Tiene fiebre desde anoche —dijo, sin levantar la vista—. Si se muere antes del mediodía, no será cosa mía.
Elsa pidió ver a la prisionera. Le indicaron la última celda del pasillo. El olor llegó antes que la vista: metal oxidado, sudor seco, miedo destilado en las paredes. Las bombillas desnudas lanzaban sombras violentas sobre un corredor que parecía estrecharse a cada paso.
Michelle estaba sentada en el suelo, contra la pared, con los tobillos atados.
La camisa de lino, desgarrada, apenas le cubría el pecho.
Una mancha seca de sangre recorría su clavícula como una firma.
Tenía la respiración corta, contenida, como si cada movimiento fuese una negociación dolorosa. Elsa tragó saliva.
—Michelle… —murmuró, obligando a su voz a mantener un tono bajo para que no la oyeran .
Ella alzó la vista. Pese a los golpes, los ojos brillaban con un fuego intacto, como si el dolor no le hubiera robado ni una pizca de su dignidad. Michelle recorrió el uniforme negro, las runas de las solapas y la comisura de su boca partida se torció en una mueca de desprecio.
—Ya os dije todo lo que sabía —susurró con voz rota—. Hoy tampoco vais a sacar más.
Elsa comprendió: para ella, aquella visita era solo otro método, la amabilidad después de los golpes. Se arrodilló a su lado, de espaldas a la puerta entornada, y acercó los labios a su oído.
—En unas horas estarás fuera de aquí —susurró—. Confía en mí.
Michelle trató de sonreír. Un hilo de sangre se deslizó por su labio. Elsa se dio la vuelta antes de que la emoción se filtrara a su rostro.