16. A un paso del abismo
Caminó sin rumbo, tratando de ordenar los pensamientos, que aún la golpeaban desde dentro, pero sus pasos avanzaban solos, guiados por algo más primitivo que la voluntad.
El dossier le pesaba bajo el brazo. Cada paso creaba una distancia mínima entre ella y el edificio, pero no lo suficiente para borrar lo que había visto.
El barrio de Saint-Paul se estrechaba en pequeñas calles dormidas.
Al cruzar una intersección casi desierta, una mano firme se cerró sobre su brazo.
—Elsa.
El corazón le dio un vuelco antes de reconocer la voz.
—¿Julien?
Él la apartó con suavidad, aunque con urgencia, como si temiera ser visto.
La condujo por una callejuela donde los muros rezumaban humedad, hasta un patio interior donde colgaban cuerdas de tender ropa que apenas se mecían en el aire quieto.
Al fondo, una iglesia diminuta, de piedra ennegrecida, se alzaba como un refugio olvidado.
Al entrar, la penumbra y el olor a cera vieja y a un incienso que llevaba tiempo sin arder los envolvió.
Los bancos, alineados como filas de cuerpos dormidos, aguardaban en silencio.
Julien cerró la puerta tras ellos. Solo entonces habló.
—¿Qué demonios pasa? —susurró, con la voz cargada de un miedo que no se atrevía a hacerse notar—. No sé nada de ti desde hace días y te he visto salir de ese sitio. ¿Estás en peligro?
Elsa lo observó un momento, con la mirada aún empañada por el peso de lo vivido. Su dureza habitual se había aflojado; en su expresión asomaba algo más frágil, casi un alivio al poder estar con él.
—Me han trasladado —dijo, casi en un exhalar—. A la sede de la Gestapo. Por orden de Henrik.
La confesión cayó entre ellos como una piedra en un estanque, rompiendo la serenidad que habían tenido hasta ahora.
Elsa le explicó, sin adornos, lo ocurrido: su primer encuentro con él, la súbita aparición, el interrogatorio posterior y las amenazas veladas.
En definitiva, el hombre que se estaba convirtiendo en su pesadilla.
Julien se tensó al oír su nombre. Dio un paso hacia ella, pero se contuvo antes de acercarse más.
—Lo conozco. En esta ciudad nadie habla de otra cosa desde que llegó. —Hizo una pausa, bajando la mirada, como si buscara la pregunta correcta en el suelo—. ¿Qué quiere de ti?
—No lo sé. No del todo. Preguntaba… pero no solo para obtener respuestas. Me estudiaba. Como si buscara algo más.
—¿Y lo encontró?
Elsa entrelazó las manos. Sus dedos temblaban muy poco, pero lo suficiente para delatarla.
—No lo sé. Pero me ha dejado marchar. Por ahora.
El silencio se hizo más denso.
—¿Por qué no me dijiste nada? —preguntó Julien, con una nota de tristeza—. Podría haber…
—No sabía si me seguían. Si te ponía en riesgo —murmuró ella—. No podía hablar, era demasiado arriesgado.
—¿Crees que me importa eso? Elsa, podría haber—
—Shh... —lo interrumpió suavemente posando un dedo en sus labios .
Y lo besó. Un beso corto, dulce, inesperado. Sus labios tocaron los de Julien apenas unos segundos, pero fueron suficientes para silenciar cualquier objeción.
Él la miró sorprendido, casi desarmado.
—¿Qué ha sido eso?
—Algo que necesitaba —dijo con un murmullo fatigado—. No te preocupes por mí. Estoy bien.
Una campana lejana resonó en la nave vacía, su eco metálico deslizándose entre los bancos. Julien respiró hondo.
—No me gusta nada esto, Elsa.
Ella no respondió. Dejó que el silencio hablara por ella.
—Si Henrik te ha llevado allí, si puede devolverte al frente cuando quiera… —Julien hizo una pausa. Tragó saliva—. Esto solo puede terminar mal.
Elsa apartó la mirada, como si el futuro resultara demasiado brillante o demasiado oscuro para contemplarlo.
—¿Y qué propones? ¿Que me esconda? ¿Que luche contra él?
—Propongo que pienses en irte —susurró él—. En huir de verdad. Desaparecer.
—¿Huir? —repitió Elsa, como si le costara pronunciarla—. ¿A dónde?
—Hay maneras de hacerlo, tengo contactos. Gente que puede ayudarnos. Si tú lo decides, vale la pena intentarlo.
—¿Intentarlo?
Julien sostuvo su mirada.
—No eres lo que aparentas, Elsa.
Ella frunció el ceño.
—¿Y qué aparento ser?
—Una oficial de las SS — respondió sin rodeos—. Una asesina. Una amenaza al servicio del miedo, es lo que creen los demás y los que te han creado. Pero yo no veo eso.
La luz de los vitrales rotos cayó sobre el rostro de Elsa, revelando las ojeras, la tensión, el cansancio sin nombre.
—¿Y qué ves tú?
—Veo a una mujer que lleva demasiado tiempo fingiendo que no siente. Que cada día se pone un uniforme que ya no reconoce como suyo, que ha servido a una causa que dejó de creer hace mucho tiempo.
Ella bajó la cabeza, las lágrimas resbalando antes de que pudiera detenerlas.
—No sabes lo que he visto. Ni lo que he hecho.
—Sé suficiente —dijo Julien, con una voz que era más compasión que juicio—. Sé lo que ocurrió en Polonia. Sé lo que has visto aquí, lo que te obligaron a ser. Te entrenaron como un soldado desde que eras una niña para no romperte, para no sentir.
Elsa apretó los labios, intentando contener un temblor que se desbordaba desde su corazón.
—No lo entiendes… nadie lo entiende.
Y se derrumbó.
El llanto brotó de lo más hondo, desgarrado, sin máscara ni coraza.
Julien se acercó sin decir palabra y la abrazó con ternura creando un espacio seguro donde poder liberarse al fin.
Elsa hundió el rostro en su cuello y dejó que la oscuridad saliera de golpe, como un río que encuentra al fin su cauce.
Años enteros de obediencias, silencios y fantasmas se deshicieron en su pecho.
Julien la sostuvo con fuerza, acariciándole el cabello, como si quisiera protegerla de todo, incluso de sí misma.
Poco a poco, el temblor cedió. El llanto se volvió un suspiro largo, casi un descanso.
Se sentaron en uno de los bancos. La luz cenital caía sobre ellos en un ángulo oblicuo, llenando el polvo suspendido de un brillo dorado.
Julien le cogió las manos y, fijando la mirada en los ojos azules de Elsa, brillantes por el llanto, le dijo, con firmeza:
—No tienes que seguir con esto.
Elsa pestañeó, sin comprender del todo.
—¿Con qué?
—Con todo —dijo él, sin apartar la mirada—. Con la guerra, con esas órdenes, con esa condena que llaman deber. Puedes… —hizo una pausa breve, decisiva— puedes desertar.
Elsa frunció el ceño, como si no hubiese escuchado bien. El eco de esa palabra —deserción— retumbó en la nave vacía con más fuerza que una campana.
—¿Desertar? —preguntó ella, casi horrorizada, aunque no apartó los ojos de él.
Julien asintió con lentitud.
—A veces —respondió Julien con suavidad— marcharse también es un acto de coraje.
Ella bajó la mirada. Su respiración se aceleró un poco.
—Yo no sé cómo se hace eso… vivir sin un objetivo. Sin estar alerta todo el tiempo.
—Puedes empezar eligiendo algo por ti misma. Solo eso. Un primer paso. Y si lo das… no lo darás so la.
Julien se inclinó y la besó, despacio, como quien sella una promesa hecha con el corazón más que con las palabras. Elsa cerró los ojos y se dejó llevar. Saboreó la calidez de sus labios. Se sentía segura. Era un lugar donde no dolía existir. Lo apartó con suavidad.
—No puedo responderte ahora. No sabría ni por dónde empezar.
—No tienes que hacerlo —dijo Julien, sin intentar presionar.
Se quedaron en silencio unos minutos más. El viento colaba su murmullo por las vidrieras rotas y hacía flotar el polvo como un pequeño ballet suspendido en el aire. Parecía que incluso el tiempo contenía la respiración, aguardando la decisión que aún no había sido pronunciada.