Loba de Hierro 13. La vie en rose
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13. La vie en rose

Elsa se despertó envuelta en la sábana, el cuerpo tibio y dolorido.

Se incorporó con cuidado, sin hacer ruido.

Julien dormía aún, boca abajo, el brazo colgando fuera del colchón, el cabello revuelto sobre la almohada.

Se levantó despacio y caminó hasta la ventana, sin preocuparse por cubrirse más allá de la sábana que arrastraba tras de sí.

Apoyó la frente contra el cristal y dejó que el aire fresco le rozara la piel.

París se despertaba poco a poco. Un par de carretas cruzaban la calle adoquinada.

Se oían los chirridos metálicos de las persianas que subían y los gritos de las madres llamando a sus hijos.

Elsa lo observaba todo, pero no pensaba en nada concreto. O tal vez no quería pensar. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué significaba todo lo que había pasado?

Y muchas más preguntas a las que no tenía respuesta. Sintió una punzada leve en el vientre. No era dolor, sino conciencia de haber atravesado un umbral del que no estaba segura de querer regresar.

Julien se removió en la cama. Alzó la cabeza, adormilado, y la vio en la ventana, con el cabello suelto cayéndole por la espalda y el perfil recortado contra la luz.

—Buenos días —murmuró con voz grave, ronca aún por el sueño.

Elsa no respondió. Solo giró un poco la cabeza y esbozó una sonrisa suave, casi tímida. Él se incorporó lentamente, se pasó la mano por el rostro .

—¿Quieres que baje a por algo de desayuno? Conozco una panadería que abre temprano.

Ella asintió con la cabeza.

—Sí, está bien —respondió apenas.

Julien se quedó un segundo mirándola. Quiso decir algo más, alguna pregunta que le diera una pista de cómo se sentía. Pero no lo hizo. Se levantó, se puso los pantalones, buscó una camisa entre el montón de ropa del suelo, y antes de salir, le dedicó una última mirada.

Cuando regresó veinte minutos más tarde, con una bolsa de papel y olor a pan recién hecho, Elsa ya estaba vestida.

El uniforme bien abrochado, el cabello recogido con precisión casi militar.

Se había lavado la cara, y la expresión en su rostro era de nuevo la de siempre: contenida, fría, en control.

Aunque su mirada seguía siendo cálida y la acompañaba de una dulce sonrisa, una novedad que Julien no podía evitar saborear en cada momento que se producía.

—Huele bien —dijo Elsa, al recibirlo todavía sentada en el colchón.

Julien dejó la bolsa sobre la mesa.

—Café, pan, y una mermelada roja sospechosamente deliciosa. Lo mejor que se puede conseguir estos días.

Elsa esbozó otra media sonrisa, pero esta vez no llegó a los ojos.

—Gracias.

Julien la observó en silencio mientras ella se servía una taza. Había algo en su postura, en la forma de moverse, que ya no era como antes. Era confianza, pero tampoco entrega.

Prefirió no decir nada y ambos desayunaron en silencio. Luego, al despedirse con un cálido beso, Julien supo que había conseguido su confianza, y tal vez algo más. Pero al contemplarla alejarse, tuvo un presentimiento: su vida se iba a complicar a niveles que no podía ni sospechar.

Al llegar al cuartel, el centinela de la puerta le dedicó un saludo desganado y una mirada que se demoró un segundo de más.

Elsa la sostuvo hasta que el hombre bajó la vista.

Cruzó el patio de grava, subió la escalera de piedra y recorrió el pasillo de las antiguas habitaciones de cadetes con el paso medido de quien vuelve de una patrulla, no de una noche.

Meier estaba junto a la ventana del fondo, con un libro confiscado bajo el brazo y los ojos puestos en la punta de la Torre Eiffel, que asomaba entre los tejados lavada por la luz de la mañana. No se volvió al oírla llegar.

—Tu litera lleva toda la noche sin deshacer —dijo al fin—. Kraus lo notó a las seis. Y yo, a medianoche, cuando terminé la ronda.

Elsa se detuvo a dos pasos de él.

—Estuve de reconocimiento.

—Eso dijiste ayer por la tarde. —Meier se giró despacio. Tenía las ojeras de quien ha dormido mal, o nada, y la barba de tres días había ascendido a cuatro—. El toque de queda es a las ocho. No sé si alguien te lo ha explicado.

—Se me hizo tarde.

—Casi doce horas tarde.

No había reproche en su voz, y eso fue lo que la inquietó. Meier no gritaba cuando algo le importaba de verdad; bajaba el tono, igual que en el bosque, cuando el silencio valía más que cualquier orden.

—¿Ha preguntado el sargento?

—Le he dicho que un miembro del pelotón se quedó vigilando un cruce de la orilla izquierda porque no le gustaba un tipo. —Se encogió de hombros—. Se lo ha creído porque le conviene. Un sargento de intendencia agradece cualquier excusa que no le obligue a rellenar un parte.

—Yo no se lo pedí.

—Lo sé. Por eso lo he hecho.

Elsa esperó la pregunta. Dónde había estado, con quién, por qué había en su ropa un olor tenue a pan recién hecho. Pero Meier solo golpeó el libro una vez contra la palma de la mano y volvió a mirar por la ventana.

—No voy a preguntarte dónde has estado, Kepler. No es asunto mío y sospecho que prefiero no saberlo. —Hizo una pausa—. Pero ten cuidado, no serías el primero que cae en una emboscada o termina en un callejón. Si vuelves a pasar la noche fuera, avisa. O no la pases.

—Entendido.

—Bien. —Dudó un instante, y la dureza se le aflojó casi sin querer—. Aún no he contestado a la carta de mi hija. Si algún día lo hago, me gustaría poder decirle que su heroína cumple con sus obligaciones.

Ella estuvo a punto de sonreír. Asintió y echó a andar hacia su litera.

—Y Kepler.

Se detuvo.

—Tienes una miga en el cuello de la guerrera.

Elsa se llevó la mano al cuello, rápida, exacta, y la retiró vacía. No había ninguna miga. Meier no levantó la vista del libro, pero tampoco pasó la página.