Loba de Hierro 14. Días prestados
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14. Días prestados

Pasaron los días. Después las semanas y el verano dejó paso al otoño.

Elsa dejó de contar las jornadas desde aquella madrugada que se despertaron juntos, con la piel aún tibia del otro y las palabras retenidas que no se dijeron.

Seguían viéndose, sí, casi a diario, pero sin hablar de lo que eran ni de si aquello sobreviviría al día siguiente.

Simplemente vivían. Y ese simple acto —vivir— resultaba más acogedor que la realidad que se deterioraba día tras día.

Fue a finales de septiembre cuando Elsa solicitó un traslado a un puesto administrativo.

No tuvo que justificar demasiado: la burocracia alemana empezaba a desbordarse ante el aumento de actividad de la Resistencia, que realizaba sabotajes en las afueras, en pueblos como Melun , Corbeil o Fontainebleau .

Su superior no puso ninguna objeción ni tampoco sus compañeros que fueron trasladados a otros sectores donde necesitaban más soldados para defender los pueblos de una resistencia que crecía día tras día.

Además —aunque no lo admitiría en voz alta— cada cartel arrancado que encontraba en una inspección le recordaba demasiado a Julien. Y prefería no arriesgarse.

Su nuevo trabajo era gris, mecánico, casi anodino.

Archivaba documentos, sellaba permisos, revisaba fichas de prisiones y almacenes.

Nombres, fechas, órdenes de traslado que nadie leería dos veces.

Elsa, desde su escritorio, descubrió con cierto alivio que la maquinaria de la propaganda parecía haberse olvidado de ella, centrada ahora en la campaña contra Inglaterra.

Los periódicos de las hazañas de los pilotos bajo los cielos de Londres, mientras ocultaban los primeros bombardeos sobre Berlín.

Los nuevos héroes ya no estaban en París, sino en los cielos del canal.

Ella, en cambio, sellaba hojas sin importancia y encontraba en aquel sopor un refugio inesperado.

Su nuevo horario le permitía salir casi todas las tardes.

A veces cruzaba el Sena a pie, otras en tranvía que serpenteaba entre plazas abarrotadas.

Siempre acababa en el mismo lugar. Julien ya conocía la hora exacta en que ella aparecía y solía esperarla con una taza de café, un libro abierto y esa sonrisa acogedora que se le había convertido en costumbre.

No le preguntaba por su trabajo. Y Elsa nunca preguntaba por lo que él hacía cuando no estaba con ella. Era un pacto tácito, silencioso.

Los domingos visitaban cafés escondidos o pequeños teatros clandestinos, donde el humo del tabaco disolvía secretos y los camareros no hacían demasiadas preguntas.

En uno de esos cafés —llamado Le Renard Gris, siempre medio vacío—, Elsa descubrió que podía reír a carcajadas sin pensarlo demasiado.

Julien la miró entonces como si guardara ese sonido para él solo.

Quiso enseñarle francés. Elsa aceptó con una mezcla de entusiasmo y curiosidad. Aprender le resultaba más difícil de lo esperado, lo cual provocaba en Julien risas breves y discretas con los errores de su alumna.

—No es «bonchour», es «bonjour». La nasal no se pronuncia igual.

Ella fruncía el ceño, apretaba los labios, intentaba imitar el sonido y fallaba siempre.

—No suena como yo… —murmuraba al final, derrotada .

Julien no añadía burla ni consuelo. Solo esa mirada tranquila que la animaba a intentarlo otra vez.

Era un pequeño gesto, casi imperceptible, pero para Elsa significaba más que aprender una simple palabra.

Y esos instantes —lo sabía, aunque no lo admitiera— eran días prestados: tiempo que no pertenecía a nadie, sólo a ellos dos.

Tiempo robado a un futuro que, tarde o temprano, les pediría cuentas.

Aquella tarde, mientras Elsa repasaba la antigua gramática donde memorizaba las lecciones, la campanilla de la librería tintineó con un sonido seco y urgente.

Julien levantó la vista de inmediato; Elsa notó cómo se endurecía ligeramente su expresión.

Reconoció a la mujer. Era la florista ambulante que solía ver cerca del puesto en la esquina, donde Julien a veces se detenía a hablar con alguien que ella no conocía.

Cruzó la librería con determinación, sin mirar a Elsa, y se plantó frente a Julien. Hablaron en francés, rápido, tenso. No eran palabras amables. Elsa distinguió retazos sueltos: reproches, advertencias, y la palabra allemande pronunciada como un cuchillo.

Julien mantenía la calma, pero sus ojos no podían ocultar el peso de la reprimenda. Elsa sintió un nudo en la garganta y un calor inesperado que no supo definir. Cuando la mujer se fue, Julien volvió a ella con una expresión cansada pero suave.

—Michelle —dijo simplemente—. Amiga de la infancia. No entiende… esto.

Elsa asintió, pero en su pecho algo se tensó. No era solo celos; era la incómoda sensación de ser una extranjera, una intrusa en un mundo que parecía no quererla .

La calma volvió, pero no del todo. Para Elsa, la sombra de aquella visita se quedó entre los libros, silenciosa, ocupando un espacio que antes no existía.

* * *

Unos días más tarde, temprano por la mañana, Elsa salió sola a hacer unos recados antes de comenzar su jornada.

Caminaba por la Rue des Petits-Carreaux cuando la vio: el pequeño puesto de flores improvisado, las cubetas de hojalata y lirios que habían visto días mejores. Y detrás, Michelle. La florista.

La mujer la reconoció al instante.

—Mademoiselle. —La llamó desde el otro lado de la acera.

Elsa se detuvo. No esperaba oír su voz, y menos con aquella frialdad. Se acercó con cautela.

—¿Nos conocemos? —preguntó en su francés esforzado.

Michelle sonrió, pero no era una sonrisa amable.

—Digamos que compartimos el mismo gusto por los libros… y por Julien.

Elsa sintió un leve endurecimiento en el pecho, pero no respondió. La florista se inclinó sobre un ramo, bajando la voz.

—Él no te lo contará todo. Pero conviene que sepas con quién compartes la cama.

Antes de que Elsa pudiera replicar, Michelle sacó un pequeño paquete envuelto en papel gris.

—Esto es para él. Dile que es urgente. No necesitas saber más.

Elsa dudó. Lo tomó. En ese instante, la florista miró por encima de su hombro. Una patrulla alemana avanzaba por la calle con pasos perezosos pero vigilantes: dos en la cabina, dos a pie. Entonces la florista elevó la voz:

— Merci , madame le soldat , por comprar flores a una pobre vendedora. ¡Que Dios bendiga vuestra generosidad!

Elsa palideció. El paquete seguía en su mano.

Uno de los soldados miró hacia ellas y pareció fruncir el ceño.

Se fijó en el brazalete de identificación colgado a medias de su bolso.

La escrutó durante un segundo, midiendo si debía intervenir.

Su compañero lo empujó con desgana para que siguiera caminando.

Pasaron de largo. Cuando estuvieron lo bastante lejos, Elsa giró hacia Michelle, furiosa.

—¿Qué diablos ha sido eso?

—Proteger a Julien —respondió ella, sin cambiar de tono—. Y recordarte que no perteneces a este lugar.

—¿Porque soy alemana?

—Sí. —Michelle la miró como si fuera obvio—. Porque eres alemana… y porque estás donde no deberías.

Elsa se marchó con el paquete en la mano y el corazón golpeándole el esternón. La patrulla ya doblaba la esquina. No llevaba un arma encima, pero la sensación era la misma de siempre: estaba en guerra. Contra los demás. Contra sí misma. Contra todo lo que no podía controlar.

Y, aun así, siguió andando. Michelle había querido verla dudar delante de los suyos. No le iba a dar ese gusto.