12. Amar al enemigo
La patrulla terminó de forma inusualmente puntual, casi con desgana.
Elsa entregó el parte sin ni siquiera revisarlo o firmarlo.
Prefería terminar cuanto antes para seguir con Julien o pasear por cualquier sitio.
Se dejó arrastrar por el ritmo lento del mediodía, cruzando la rue de Vaugirard hacia el sur, sin rumbo marcado. Nada anunciaba nada.
Giró hacia la rue de Tournon , y lo vio.
Julien caminaba unos metros por delante, despreocupado, con las manos en los bolsillos y ese paso perezoso que parecía ignorar el mundo.
Elsa aceleró instintivamente, como si la presencia de él anticipara un momento dichoso para el cual ya esbozaba una sonrisa.
Pero justo antes de llegar a la esquina siguiente, Julien se detuvo.
Frente a él, junto al muro, un pequeño puesto ambulante de flores se confundía con el entorno. Un carro modesto, varios cubos de zinc llenos de claveles marchitos y ramos de dalias frescas. La florista era una mujer de espaldas. Su silueta sugería juventud. Elsa redujo el paso sin darse cuenta.
Y entonces, la mujer se giró.
Era morena, de rostro firme y ojos oscuros.
No la clase de mujer que busca llamar la atención, sino la que la posee de forma natural.
Vestía sencillamente: abrigo claro, pañuelo de seda anudado al cuello, y un leve movimiento de muñeca al apartar un mechón rebelde que le caía sobre la frente.
Sonreía con calidez al recibir a Julien en el puesto, poniéndole una mano en el brazo, con familiaridad.
Elsa se detuvo.
La escena no duró más de unos segundos. Se dijeron algo en voz baja —unas sílabas, nada más— que ella no alcanzó a descifrar.
Luego, la florista se inclinó con suavidad sobre el mostrador, como si fuera a ofrecerle una flor.
Pero lo que deslizó fue un paquete rectangular, envuelto en papel gris, del tamaño de un libro grueso.
Lo entregó con una naturalidad ensayada.
Julien lo tomó sin dudar, con un movimiento breve, casi automático, y lo guardó bajo la chaqueta.
Luego le dijo algo más, algo breve. La mujer respondió con una inclinación mínima de cabeza.
Elsa no sabía qué significaba. Pero sabía lo que había sentido. No eran celos. Ni enfado. Era un frío seco en el centro del estómago. Un golpe sin sonido. Algo que no debía estar pasando, pasaba. Y ella lo había visto.
Julien cruzó la calle con paso tranquilo y se perdió en una callejuela.
Elsa se quedó quieta un instante. Luego lo siguió con prudencia, procurando no ser advertida.
A cada paso, la calma que fingía se resquebrajaba: en su interior, una rabia sorda empezaba a crepitar con cada paso.
Cuando llegó a la librería, él ya había entrado.
La puerta se cerró con el leve crujido de la rutina.
Elsa se detuvo frente al escaparate. Contó hasta diez.
Luego empujó la puerta y entró. La librería estaba vacía. Elsa cruzó el umbral con la sensación de que el polvo y el silencio pesaban más que de costumbre.
Giró tras el mostrador, empujó la puerta lateral que daba al pasillo, y subió los escalones que conducían a la buhardilla.
La escalera crujía como una espina dorsal antigua, aunque trataba de que las pisadas fueran lo más ligeras posible.
Arriba, una puerta entreabierta dejaba pasar una franja de luz débil.
Entró.
La habitación seguía igual que la última visita, pero olía a tinta húmeda, a papel…
y a algo vagamente cítrico, como cáscara de naranja secándose sobre una estufa.
Las sábanas estaban revueltas, pero no por el sueño.
Sobre ellas, esparcidos con torpeza o urgencia, había carteles rudimentarios, impresos en papel basto, algunos con los bordes aún húmedos.
Elsa se acercó.
Vive la République, quand même
L’Allemagne tombera.
Vive la Résistance.
Las letras eran negras, firmes, trazadas con plantilla.
A un lado de la cama, una pequeña caja de madera mostraba un tampón artesanal con la cruz de Lorena en tinta roja, junto a un pincel seco y un frasco de pegamento.
Había visto demasiadas veces estos carteles, arrancados con rapidez por sus hombres.
Algunos marcados con esa misma cruz. Nada de eso era ambiguo. No se podía fingir ignorancia.
Oyó entonces un chorro de agua leve, justo detrás de una cortina entreabierta al fondo que no había reparado en ella la última vez.
Era una estancia minúscula, un cuartito lo bastante grande para una pila, un espejo manchado y una toalla colgada del pomo.
Un murmullo de movimientos suaves delataba que alguien se enjuagaba las manos o la cara.
Julien .
Ella no se movió. Julien salió secándose las manos con una toalla, aún desprevenido.
La vio. Luego vio la cama. Se detuvo en seco.
Sus ojos recorrieron en silencio el hilo invisible entre el paquete que había recibido y la mirada de Elsa.
La expresión de su rostro cambió. No había miedo ni culpa.
Solo la certeza de que ya no había vuelta atrás. Elsa tampoco dijo nada. Todavía.
—¿Qué es esto? —preguntó Elsa al fin, con voz baja pero cortante.
Julien no respondió de inmediato. Dejó caer la toalla sobre la silla, despacio, como si ese gesto pudiera aplazar lo inevitable. Su mirada se posó en los carteles, luego en Elsa. No trató de disimular, ni de explicar aún. Solo dijo:
—No deberías estar aquí.
—Ya. Pero estoy.
Elsa se cruzó de brazos. El corazón le golpeaba con fuerza, pero su tono seguía controlado. Todavía.
—¿Cuánto tiempo llevas con esto?
—No sabría decirte. Desde que hizo falta.
—¿Desde antes de conocerme?
Julien dudó.
—No es tan sencillo.
—Para mí lo es —espetó ella—. Lo veo bastante claro, ¿sabes? He visto cómo la florista te lo entregaba.
Señaló los carteles con la barbilla, sin acercarse.
—¿Era eso lo que escondías todo este tiempo? ¿Mientras me hablabas de tu infancia y de tus peleas en las tabernas? ¿Mientras yo… —su voz titubeó— mientras yo te contaba cosas que no había dicho en mi vida?
Julien avanzó un paso. Elsa retrocedió otro.
—No tiene nada que ver contigo, Elsa. Nunca fue así.
—¡Pues lo parece!
El silencio que siguió fue corto, pero lo bastante largo para resultar insoportable.
—¿Y qué era yo, entonces? —continuó ella, ahora con un brillo feroz en los ojos—. ¿Un pasatiempo útil? ¿Un descanso exótico entre panfleto y panfleto? ¿Tu coartada dócil que no preguntaba demasiado?
Julien bajó la mirada. Luego volvió a alzarla con una calma que no era fingida.
—No estabas en ningún plan. No te busqué. No te utilicé.
—Pero me mentiste.
—Te protegí.
—¿De ti?
—De todo esto —dijo él, apenas un susurro.
Esa respuesta fue como una chispa en la pólvora. Elsa se acercó, de golpe, y le empujó con ambas manos en el pecho, sin fuerza destructiva, pero con todo el peso del orgullo herido. Julien retrocedió un paso sin resistirse.
—¡No tienes derecho! —gritó—. ¡No después de todo lo que te he contado! ¡No después de cómo he…!
Se interrumpió. Pero Julien ya se movía.
Sin violencia, sin brusquedad, solo con una urgencia desesperada, le tomó la nuca con una mano firme pero suave. Acortó la distancia antes de que ella pudiera retroceder.
Y entonces la besó. Elsa abrió los ojos de par en par. El cuerpo se le tensó, los brazos rígidos a los lados. La sorpresa era absoluta: calor, proximidad, un golpe de electricidad visceral que no esperaba. Julien se apartó al instante.
—Perdón… —murmuró, respirando hondo—. No tenía derecho. No después de todo esto. No después de…
—Cállate —susurró Elsa.
Le tomó por el rostro con ambas manos, con una determinación que no dejó espacio a dudas, y lo atrajo hacia ella como si necesitara apagar un incendio que llevaba demasiado tiempo ardiendo.
Y esta vez fue ella quien lo besó como si tuviera que recuperar algo que acababa de perder.
Sus labios buscaban los de Julien con una urgencia casi primitiva, como si necesitara borrar con su lengua todas las palabras que los habían separado.
Lo besaba con rabia, con un deseo que no aceptaba treguas.
Elsa aferró la tela de su camisa, no para arrancarla, sino para acercarlo más, para sentir el calor de su pecho contra el suyo.
Sus dedos encontraron la piel al deslizar la tela, una caricia brusca pero precisa.
Julien dejó escapar un suspiro involuntario que se perdió entre los besos.
Julien quiso hablar, detenerla quizá, pero ella ya se había desabrochado la guerrera, se la quitó con un movimiento brusco y la dejó caer al suelo.
Luego vino la camisa interior. Las mangas se quedaron enredadas un instante entre sus hombros y las caderas de ella.
Elsa tiró de la tela con fuerza, como si deshacerse de cada capa fuera también arrancarse las dudas.
Lo empujó hacia la cama sin ceremonia. Él retrocedió un paso, luego otro, hasta caer sentado en el borde del colchón.
—No te muevas —ordenó ella, con la voz ronca, la respiración desbocada—. Ni una palabra .
Julien la miraba. No la frenaba. No sonreía.
Solo la observaba con una mezcla de deseo y respeto que no humillaba.
Elsa se quitó los pantalones con un movimiento seco, deslizándolos por las caderas sin pudor.
Llevaba aún las botas puestas, pero no le importó.
Se inclinó sobre él y comenzó a besarle el cuello, el pecho, marcando un territorio invisible que ya creía suyo.
Quería controlarlo. Quería dirigir cada gesto, cada respiración, cada segundo.
Sus piernas ya lo rodeaban, su cuerpo lo cubría como una ola espesa.
Pero entonces Julien la sujetó por la cintura. No con fuerza, sino con decisión.
—No, Elsa.
La palabra fue suave, pero firme.
Ella se detuvo, sorprendida. Pestañeó con las mejillas encendidas y la respiración entrecortada, las aletas de la nariz le vibraban levemente con cada exhalación. Sus ojos, brillantes y dilatados, lo interrogaron sin hablar.
—No así, Elsa —susurró él, sin apartar la mirada—. No quiero que me tomes como si fuera tu presa. Quiero compartir esto contigo.
Elsa no entendió del todo. O sí. Pero no sabía cómo obedecer.
—No sé hacerlo de otra forma —murmuró ella, casi como una confesión.
Julien sonrió con una ternura que dolía.
—Entonces vamos a aprender juntos.
Elsa tragó saliva. El pecho le subía y bajaba con violencia.
Nadie le había hablado así nunca. Nadie la había detenido sin rechazarla.
Él la acostó de lado, junto a él, y suavemente la acarició en cada parte de su cuerpo, le quitó las botas con delicadeza, una mano sobre su tobillo, la otra en la hebilla, y la besó justo donde el cuero había dejado marca.
No había prisa. No había necesidad de conquistar nada. Solo disfrutar del presente.
Julien se desnudó sin decir nada, desabrochando primero los pantalones y dejándolos caer al suelo, luego la camiseta, que se le pegaba al torso por el calor acumulado.
No lo hacía con prisa ni con teatralidad, simplemente se quitaba de encima lo que ya no importaba.
Se acercaron sin hablar. Julien se tumbó junto a ella, cuerpo contra cuerpo.
No la tomó de inmediato. Le acarició el vientre con la mano abierta, bajando lento por la cadera, por el muslo.
Sus dedos volvían a recorrer su cuerpo con lentitud no buscaban un destino, sino la forma de leerla.
Elsa se estremeció.
Él se inclinó y le besó los pechos, primero con cuidado, luego con más firmeza, como si quisiera marcarla con la boca.
Sus labios bajaron, rozando el esternón, la línea del ombligo.
Elsa se arqueó apenas, sus manos enredadas en el pelo de Julien, guiándolo sin fuerza, con la tensión de la urgencia del deseo pero sin saber cómo pedirlo.
Ella separó las piernas con un gesto involuntario.
Dejando que la acariciara entre los muslos, sin brusquedad, explorando con los dedos lo húmeda que ya estaba.
Elsa cerró los ojos, un gemido breve se le escapó de los labios.
Cuando entró en ella, lo hizo despacio. La primera vez, con cuidado.
La segunda, más profundo. Elsa lo sintió entero y le clavó las uñas en la espalda, no por dolor, sino por necesidad.
Se movían juntos, sin urgencia, pero sin pausa.
Cada embestida era precisa y la empujaba justo lo necesario para que ella respondiera con todo el cuerpo.
Elsa jadeaba, cada vez más alto. La boca entreabierta, los muslos apretándole las caderas, el cabello desordenado sobre las sábanas.
El orgasmo la tomó por sorpresa. Le sacudió el abdomen, las piernas, los pechos, todo a la vez, como si se encendiera desde dentro.
Se aferró a Julien con fuerza, murmurando algo que ni ella entendió.
Él la siguió enseguida, con un gruñido bajo y el cuerpo tenso y los ojos cerrados.
Se quedaron así, enredados, sudorosos, jadeantes.
No dijeron nada. Él le acariciaba la espalda con los nudillos, sin apremio. Bajo el hombro de Elsa, un cartel seguía húmedo. Ninguno de los dos lo apartó.
Elsa cerró los ojos y, por fin, el sueño los venció, abrazados, entrelazados y exhaustos, con la piel todavía vibrando por cada contacto.