Loba de Hierro 11. Grandes esperanzas
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11. Grandes esperanzas

Un sábado cualquiera a finales de julio en París

La tarde descendía sobre París con esa luz dorada que todo lo suaviza, cuando Julien llegó a un callejón próximo a la École Militare desde donde podía vigilar la esquina del canalón sin ser advertido por ninguna patrulla alemana.

En el bolsillo de su chaqueta llevaba un pequeño reloj de pulsera que consultaba más a menudo de lo que estaba dispuesto a admitir.

Elsa apareció finalmente por la calle. Vestía el uniforme de patrulla, aunque había dejado la chaqueta; llevaba una blusa clara y una falda recta gris oscuro que había obtenido gracias a un contacto en la intendencia.

Confiaba en pasar inadvertida. O eso quería creer.

Llevaba el cabello recogido en una trenza suelta y los labios sin pintar.

Al cruzarse sus miradas, ninguno de los dos sonrió. Julien inclinó la cabeza, y ella, tras una breve vacilación, se colocó a su lado. Elsa notó como la mirada de él la recorría de arriba abajo cuando le dijo:

—La primera parada es algo que necesitas —murmuró él. Confía en mí.

Tomaron una callejuela secundaria donde se encontraba un pequeño local sin cartel.

En el escaparate, dos vestidos pálidos colgaban de sendos maniquíes desvaídos por el sol.

La mujer que les abrió —cabello blanco, mirada severa— no hizo preguntas.

Tras unas palabras rápidas en francés con Julien, y una mirada cómplice acompañada de unas monedas, les franqueó el paso.

Elsa entró. La mujer señaló la trastienda con un gesto seco.

—Adelante —dijo Julien—. Ahí lo tienes.

Elsa arqueó una ceja, intrigada, pero obedeció.

La trastienda era pequeña, cálida. Sobre una silla de mimbre, un vestido de lino color malva reposaba cuidadosamente doblado.

De corte sencillo, sin mangas, con una falda que caía suavemente por encima de las rodillas.

Ceñido en la cintura mediante una cinta cosida al tejido, realzaba la figura sin artificios.

Era el tipo de vestido que una parisina usaría para ir al mercado o leer en el jardín: discreto, pero elegante en su modestia.

Elsa se lo puso, dejando su ropa sobre la silla. Al mirarse al espejo, sintió la misma punzada que cuando se probó el vestido negro para la fiesta con su padre: la repentina certeza de que bajo el uniforme seguía existiendo una mujer.

Sobre la mesilla encontró un cepillo de cerdas naturales.

Se soltó la trenza, y su melena cayó en ondas suaves, liberada.

Se peinó despacio, como si con cada pasada se desprendiera un poco del peso de los últimos meses.

Cuando alzó la vista, el espejo ovalado le devolvió una imagen distinta: una mirada más ligera. Más suya.

Al salir, la luz del atardecer envolvió su silueta con un resplandor cálido.

Julien tardó en reaccionar. No porque le faltaran palabras, sino porque ninguna parecía suficiente.

No era solo que Elsa estuviera hermosa; era la transformación que irradiaba.

Había dejado atrás, aunque fuera por unas horas, aquel maldito uniforme que los separaba y los convertía en enemigos.

Ahora emergía una mujer que parecía haber dejado atrás la guerra.

Elsa sonrió, divertida, consciente del efecto .

—¿Sigues sin palabras?

—Y sin aliento —respondió él con una media sonrisa.

Elsa le devolvió el cumplido ofreciéndole el brazo y caminaron juntos por la ciudad que pretendían conocer y conquistar.

El viaje los llevó hasta el Marché de la Rue Mouffetard , una de las calles más antiguas y vivas del Barrio Latino.

Incluso en tiempos de guerra conservaba algo de su bullicio: las aceras estrechas rebosaban puestos de fruta, panaderías que horneaban lo justo para sobrevivir al racionamiento y tenderetes de telas con amplia diversidad de colores.

Algunos ancianos, boina calada y manos cruzadas sobre el bastón, conversaban en voz baja como si la calle entera fuera su salón.

Una mujer tocaba el acordeón en una esquina, un poco desafinado, pero con entusiasmo.

Julien se detuvo frente a un tenderete donde un hombre delgado ofrecía pan de centeno envuelto en papel marrón y pequeños triángulos de queso brie.

—Lo justo para una merienda improvisada —dijo, entregando unas monedas.

Continuaron unos metros más hasta encontrar un banco de piedra junto a una fuente casi seca. Julien partió el pan con las manos y le dio a Elsa la mitad, junto con un pequeño trozo de queso.

—¿Así tratas a todas las chicas que patrullan París? —preguntó, sorprendida por el tono juguetón que se le había escapado.

Julien ladeó la cabeza, divertido.

—Solo a las que saben golpear más fuerte que yo.

Elsa reprimió una sonrisa y mordió el pan. Estaba duro; el queso, ligeramente ácido. Pero allí, en aquel banco de piedra, sabía a algo parecido a un festín. Esa falsa normalidad le sentó como un sorbo de agua fresca. Julien dejó un momento la mirada fija en la fuente.

—Venía aquí de niño —dijo, como si hablara más consigo mismo que con ella.

Elsa esperó, en silencio.

—Con mi abuela, sobre todo. O con otros críos del barrio. Empujábamos la rueda de un aro por la calle, nos colábamos debajo de los toldos de los puestos. Los tenderos nos conocían. A veces nos daban las puntas del pan o las frutas que no podían vender.

Sonrió, con una nostalgia cálida.

—Una vez robamos una caja de bombones de un carrito. De esos que vendían en papel de celofán. Nos pillaron, claro. El dueño nos hizo limpiar el puesto tres días seguidos. Pero no me arrepiento. Todavía recuerdo el sabor de aquellos bombones.

—¿Y ahora?

Julien alzó los hombros, apesadumbrado.

—Ahora casi todo está racionado. Y los niños que juegan aquí… ya no son los mismos. —Hizo una pausa—. Pero esta calle sigue siendo la misma, a pesar de todo.

Elsa bajó la mirada. Julien ya sabía interpretar ese gesto: era su manera de bajar la guardia, no del todo pero sí un poco.

—Me alegro de que me hayas traído —dijo ella, con voz tan quieta que solo él pudo escucharla.

Él asintió. No era una victoria, pero era un paso.

El acordeón volvió a sonar, esta vez con una melodía más suave, casi tierna, como si también la calle hubiera percibido el cambio entre ellos. Julien se incorporó despacio y, al estirarse, lanzó a Elsa una mirada cómplice.

—Hay rincones que quiero enseñarte. Lugares que no salen en los mapas.

Elsa no preguntó cuáles. Simplemente se levantó y lo siguió.

Caminaron sin prisa por calles estrechas donde la ocupación parecía más lejana, como si los edificios altos y los toldos caídos protegieran aún algún vestigio de libertad. Al pasar por la Rue Descartes, Julien señaló un portal desgastado.

—Aquí vivió Verlaine sus últimos días. No creo que le hubiera hecho ilusión tener soldados por vecinos.

Elsa recorría todo con la mirada, como quien trata de recordar un sueño. A veces rozaba con los dedos una pared o una farola, como si necesitara comprobar que aquello era real.

Al cruzar el Pont de la Tournelle , el Sena apareció bajo la luz apagada del atardecer.

El nivel del agua estaba bajo, y Notre-Dame se erguía al fondo con la solemnidad de algo que se niega a desaparecer.

La catedral había sido cerrada al culto, pero su presencia seguía imponiéndose como un eco de otro siglo.

Julien la contempló con las manos en los bolsillos.

—Mi madre decía que París podría arder y ella seguiría en pie —comentó Julien—. Terca como una vieja que se resiste a marcharse.

Siguieron avanzando. Julien evitaba las calles anchas, las avenidas con carteles de propaganda, banderas y controles alemanes. Elsa lo entendía y no decía nada .

En el Jardín de las Plantas caminaron junto a los invernaderos vacíos. La luz entraba por los cristales rotos en haces inclinados. Julien señaló un banco oxidado.

—Aquí me besó por primera vez una chica llamada Léa. Tenía pecas y no me volvió a hablar.

Elsa arqueó una ceja, entre diversión y una punzada de celos que la desconcertó.

—¿Y tú qué hiciste?

—Lo lógico: esconderme detrás de los helechos y jurar que nunca volvería a hablar con ninguna mujer. —Sonrió—. Promesa fallida, como ves.

—Un final terrible para un voto solemne.

Él rió, y ella, para su sorpresa, también.

La luz y el tiempo se escapaban más rápido de lo que Elsa hubiera deseado en ese largo y fascinante paseo. Julien caminaba unos pasos por delante, con las manos en los bolsillos y ese andar suyo tan despreocupado, casi musical.

Ella lo seguía en silencio, escuchándolo con una atención que nunca hubiese imaginado. Cada frase suya abría una grieta en la coraza que siempre había llevado puesta. De pronto, se detuvo junto a él. Cruzó los brazos, como si el gesto pudiera protegerla.

—¿Por qué me cuentas todo esto? —dijo de pronto.

Julien giró el rostro hacia ella, sin sorpresa.

—¿Todo esto?

—Tus recuerdos, tus sitios favoritos, tus historias. ¿Por qué a mí?

Julien tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, lo hizo sin sonrisa.

—Porque tú no cuentas nada.

Elsa frunció el ceño.

—¿Y eso qué importa?

—Importa si quiero conocerte. —Hizo una pausa breve—. O si quiero que tú me conozcas. Alguien tiene que empezar, ¿no?

Elsa bajó la mirada hacia el agua, donde el último reflejo del sol temblaba suavemente. No estaba acostumbrada a abrirse, y la soltura de Julien la desconcertaba más de lo que admitiría.

—Entonces… —dijo él, con una cautela nueva—. ¿Te veré mañana?

Ella no respondió. Solo lo miró. Una mirada breve, quieta, suficiente. Julien pareció entenderla. Se puso en marcha a su lado mientras la ciudad comenzaba a encender sus farolas. La noche aún no había llegado, pero la cita ya estaba escrita.

Los días siguientes se deslizaron con una cadencia extraña.

Las mañanas estaban teñidas de un gris que parecía permanente: los pasos rítmicos de las patrullas, órdenes secas, radios crepitando.

Elsa cumplía turnos que no llevaban a ninguna parte: controles rutinarios, registros inútiles, patrullas por barrios que no conocía.

A veces escoltaba a inspectores franceses; otras, vigilaba edificios donde solo sonaban radios en lenguas que no entendía. Nada encajaba. Nada tenía sentido.

Pero por las tardes, el mundo cambiaba.

No siempre sabía dónde encontrar a Julien.

A veces la esperaba frente a la librería; otras, aparecía en cualquier esquina cerca de Saint-Sulpice , con los hombros encogidos y una sonrisa contagiosa.

Su presencia tenía un extraño efecto calmante.

Deshacía el peso del día como si fuera polvo.

Al principio hablaban poco. Después, empezaron a contarse lo que no se dice a nadie.

Una tarde la llevó al Café de Flore . El camarero los miró con desgana, pero los sirvió. Elsa pidió un café que terminó enfriándose en la mesa. Sin darse cuenta, comenzó a hablar

—Acompañaba a mi padre a cazar —dijo, sorprendida de oírse—. Tenía una carabina vieja. A los doce ya disparaba con él.

Julien no interrumpió. Solo la escuchó.

—La primera vez que apunté fue a un ciervo. Di en el blanco. Él no dijo nada… solo me limpió el sudor de la frente con la mano.

—Después me entrenó para no temblar. Aunque apuntara a… a alguien.

Julien asintió despacio. En su mirada no había juicio. Solo aceptación. Y eso fue lo que le daba más confianza a contarle más.

Los días continuaron así: mañanas de patrullas absurdas y tardes donde ella, sin darse cuenta, iba entregándole pedazos de su historia.

Julien nunca forzaba nada. A veces decía una frase sarcástica que la hacía reír, una risa que creía perdida.

La confianza crecía, aunque a su alrededor la ciudad se volviera cada día más hostil.

Y habría seguido así, quizá durante semanas…

pero una mañana, al terminar su servicio antes de lo habitual, todo cambió.