10. París mon amour #2
Elsa dudó apenas un segundo. Había una puerta al fondo, parcialmente cubierta por una cortina. Julien la abrió sin esperar respuesta. Una escalera estrecha subía hacia un piso superior en penumbra. Al subir, el aire olía a café viejo y algo indefinido, casi íntimo.
—Vivo aquí —dijo él—. Es más fácil vigilar los libros desde dentro, aunque no creo que nadie los robe —añadió con sarcasmo leve.
El piso era modesto: una cama, una mesa pequeña, un armario, un perchero y una silla junto a la ventana.
Todo ordenado a su manera, con esa pátina de rutina que Elsa reconocía.
Julien la observaba sin un gesto de más, sin invadir su espacio; sólo con esa mirada suya que parecía leerla como si fuera un libro difícil, línea por línea.
—¿Y tú? —preguntó al fin—. ¿Sigues haciendo lo que te dicen, aunque no te convenza?
Elsa se cruzó de brazos, más por controlar sus manos que por defensa.
—Hay preguntas que ya no necesitan respuesta —murmuró.
Él asintió, como si entendiera más de lo que ella estaba dispuesta a admitir.
Elsa se acercó a la ventana. Desde allí, el tejado de París parecía una alfombra gris, salpicada de antenas y chimeneas.
La luz de la tarde teñía los bordes de los edificios con un brillo melancólico.
No dejaba de asombrarse de lo mucho que la ciudad la conmovía, y de lo poco que podía ocultarlo delante de él.
Sintió su mirada en la espalda. No era la mirada que conocía de otros hombres.
Era algo distinto: franca, incómodamente franca.
—¿Y qué me dices de tí? —preguntó ella sin apartar la vista de los tejados—. ¿Te gusta vivir entre libros?
Julien sonrió apenas.
—Los libros nunca me han pedido explicaciones. Eso me bastó.
Hubo una pausa. Luego, Julien se acercó al mueble junto a la cama, sacó una botella de vino casi vacía y dos vasos de vidrio.
—No es gran cosa —dijo—. Pero es mejor que lo que servían en la taberna.
Elsa lo observó mientras servía. El gesto era simple, cotidiano, y sin embargo sintió que le invadía una incomodidad leve, casi eléctrica.
No por el vino. Por la naturalidad y confianza en que él la trataba.
Por un instante —uno solo— imaginó dejar el cinturón en la silla, quitarse la gorra, sentarse en la cama.
No lo hizo.
Pero la imagen bastó para encenderle las mejillas. Julien le tendió un vaso con un guiño pícaro.
—No te preocupes. No pienso contárselo a nadie.
Elsa lo tomó con una media sonrisa involuntaria. Fue suficiente para que algo le cambiara el rostro. Julien lo notó, bajando la mirada al vaso para ocultar la turbación que lo asaltaba. Con otra sonrisa de las suyas, repuso:
—¿Te has preguntado alguna vez qué harías si todo esto terminara mañana? —
—No tengo tiempo para preguntas así —respondió Elsa, más brusca de lo que pretendía.
—Eso no es una respuesta —replicó él, suave—. Es una excusa.
—Es lo que tengo.
Julien bebió un sorbo, sin apartar los ojos de ella.
—¿Y antes? ¿Qué tenías antes de que todo empezara?
Elsa vaciló. Pensó en la casa de su infancia, en su padre, en la línea recta que la había llevado hasta aquí como si no hubiera otras opciones. Se apoyó ligeramente en el alféizar.
—Algunos no podemos elegir. No cuando naces en una familia como la mía.
Julien sonrió, sin ironía.
—Creo que ya entiendo por qué hablas como si llevaras el uniforme incluso cuando no lo tienes puesto.
—Puede —respondió ella—. Pero al menos sé quién soy.
—¿Lo sabes? —susurró Julien, apenas audible.
Elsa evitó responder. Dio un sorbo de vino, respiró, y por fin lanzó la pregunta que la había acompañado desde que entró en la librería:
—Julien, ¿Qué quieres de mí?
Julien no contestó de inmediato. La pregunta directa le había dejado sin armas... Tomó otro sorbo de vino y bajó la mirada al vaso.
—No lo sé todavía —dijo al fin—. Pero no es información. Si eso te sirve de algo.
Elsa avanzó un paso, instintivo, acortando la distancia.
Pero su mano libre bajó hasta rozar la cartuchera, recordando quién era…
y dónde estaba. Entonces eligió lo más seguro: se sentó en la silla.
Ese movimiento, pequeño, cargado de significado, no pasó inadvertido para Julien que sostuvo el vaso entre las manos, girándolo un poco mientras hablaba:
—No has preguntado por qué te he traído aquí arriba.
—No hace falta —dijo Elsa, con seguridad—. Quería saber si me fiaría de ti. Y me fío. Por ahora.
Julien sonrió levemente, inclinándose contra la pared.
—Tal vez debería llevarte a ver París como se merece.
—¿Qué significa eso?
—Sin un objetivo concreto, simplemente dejándote llevar... Te podría enseñar muchas cosas de esta ciudad que no todos conocen.
Elsa dejó el vaso en la mesa sin terminarlo. Se levantó despacio, como si no quisiera alterar el equilibrio precario de esa tregua íntima. Caminó hacia la escalera. Al llegar al primer peldaño, se giró.
—Mañana tengo patrulla por el Quartier Latin —dijo, fingiendo casualidad—. El sábado tendré permiso. Puede que me encuentres junto al canalón, donde termina la calle.
Julien alzó una ceja, divertido.
—¿Eso es una cita?
—Eso es… una posibilidad .
Y entonces, por primera vez, Elsa esbozó una sonrisa completa. Una sonrisa real, cálida, inesperada que Julien no había visto hasta ahora.
—Allí estaré —dijo en voz baja.
Elsa bajó las escaleras sin prisa. Cuando abrió la puerta de la librería, el aire tibio de la tarde le golpeó el rostro. Afuera, su destacamento aún aguardaba. No había pasado más de veinte minutos, pero para ella, algo estaba cambiando. Y ya no podía fingir que no lo sentía.