10. París mon amour
Las campanas de Notre-Dame no sonaban desde la ocupación.
Pero en París, las cosas empezaban a parecerse, al menos en la superficie, a una rutina.
El sol de julio se filtraba entre los tilos de los jardines de Luxemburgo; las panaderías abrían temprano, con los hornos a medio gas y el pan racionado.
Los niños jugaban con piedras en las aceras mientras las madres hacían cola frente a los comercios con sus cartillas de racionamiento en la mano.
La vida en Paris se había retomado, aunque nadie olvidaba que los soldados alemanes estaban en cada esquina.
Elsa lo había sentido desde el primer día.
El París que había imaginado en los libros que había leído de niña no era ese, pero algo de su belleza seguía intacta.
El cuartel, el que era ahora su hogar, albergaba a varios destacamentos de las Waffen-SS y la Wehrmacht .
Elsa compartía dormitorio con su escuadra: Meier, Weber, Schmidt y Kraus.
Los días se iban en informes, armas, inspecciones y muchas horas muertas.
Poco a poco, el pelotón se fue desvaneciendo a medida que perdía a sus integrantes uno tras otro.
Una mañana, Weber fue llamado para escoltar a un convoy hacia Orléans.
Schmidt acompañaba a oficiales del estado mayor en inspecciones de los pueblos cercanos a París y solamente volvía de forma ocasional.
Kraus era el único que no se movía del cuartel.
Pasaba la mayor parte del tiempo en su camastro, boca arriba, con un libro de tapas negras entre las manos.
Decía que era una recopilación de cuentos germánicos, pero Elsa sospechaba que era algo más esotérico.
Meier pasaba más tiempo en la armería, con los reclutas, que con los suyos.
Solamente a la hora del desayuno o alguna comida coincidían, pero de forma puntual.
Cada componente del pelotón se había integrado en una vida casi civil, rutinaria, no exenta de una cierta complacencia.
Elsa, sin embargo, vagaba por los pasillos del cuartel con demasiado tiempo libre.
Las mañanas se alargaban en una espera sin propósito claro, y los corredores de la École Militaire —amplios, silenciosos, con ese eco que magnificaba cada paso— se habían convertido en su único territorio.
Dobló una esquina hacia el ala administrativa cuando casi chocó con un oficial que venía en dirección contraria.
Ambos se detuvieron en seco. El hombre vestía el uniforme gris del SD, impecable, con la insignia de Hauptsturmführer en las hombreras.
Llevaba una cartera de cuero bajo el brazo y un porte que combinaba rigidez prusiana con algo más difícil de definir: una quietud calculada, como si cada gesto estuviera medido al milímetro.
Elsa lo miró y algo en su memoria se activó.
El rostro delgado, anguloso, los ojos grises que antaño la habían observado cuando echaba la mirada hacia atrás.
Fue en Bad Tölz. Lo recordaba vagamente de los ejercicios de tiro, siempre observando desde una distancia prudente, tomando notas en una libreta negra.
Él también la reconoció al instante. Una leve inclinación de cabeza confirmó el reconocimiento mutuo.
— Unteroffizierin Kepler —dijo con voz templada, casi neutra—. No esperaba encontrarla aquí.
— Hauptsturmführer ... —Elsa vaciló apenas una fracción de segundo, buscando el nombre.
—Hartmann —completó él, sin mostrar ofensa por el olvido—. Wilhelm Hartmann. SD.
—Cierto. Estuvimos juntos en Bad Tölz , ¿verdad?
—Así es. —Hartmann se acomodó la cartera bajo el brazo—. Veo que la han destinado a París. —Hizo una pausa breve—. Lejos del frente.
Elsa no supo si era un cumplido o una observación clínica. El tono de Hartmann no dejaba entrever nada.
—Supongo que cada uno acaba donde el Reich lo necesita —respondió con cautela.
—Así es. —Hartmann la observó un instante más de lo estrictamente necesario, pero sin cruzar ninguna línea de incomodidad—.
Hubo un silencio breve. Elsa intentaba recordar si habían compartido alguna cosa en Bad Tölz , pero solo le venía esa imagen borrosa: él, observando desde la distancia, tomando notas...
—¿Está usted destinado en París? —preguntó Elsa, más por cortesía que por verdadero interés.
—No. Solo de paso. Asuntos administrativos para el SD. —Hizo un gesto vago con la mano que no aclaraba nada—. Volveré a Berlín mañana.
Elsa asintió. No había mucho más que decir. Sin embargo, Hartmann no se movió de inmediato. La miraba con una atención contenida, como si estuviera archivando cada detalle para un informe que nunca escribiría.
—Fue un placer volver a verla, Unteroffizierin —dijo finalmente, con una formalidad que sonaba ensayada—. Le deseo... —hizo una pausa casi imperceptible— ...que encuentre su lugar aquí.
Antes de que Elsa pudiera responder, un suboficial apareció al fondo del pasillo, caminando con paso apresurado. Al verla, aceleró.
—Unteroffizierin Kepler. El comandante solicita su presencia. Es urgente.
Elsa se cuadró instintivamente.
—Enseguida.
Cuando volvió la vista hacia Hartmann, él ya se había girado y se alejaba por el corredor con pasos medidos, la espalda recta, sin mirar atrás. Desapareció tras una esquina con la misma discreción con la que había aparecido.
Elsa lo olvidó casi de inmediato. Tenía asuntos más urgentes. Y Hartmann, por su parte, no era alguien que dejara una impresión duradera.
En el despacho, un oficial de rostro anguloso y ademán mecánico le entregó una carpeta con una orden firmada.
Se le asignaba la tarea de dirigir un pelotón de cuatro soldados SS para realizar patrullas urbanas por diversos distritos, con especial atención de librerías, imprentas y edificios administrativos. Según el oficial:
—La presencia visible de nuestras tropas mantiene el orden y disuade la propaganda. Confiamos en su criterio, Kepler.
Había pasado de ser francotiradora a policía. No era lo que esperaba, pero al menos la mantendría ocupada y podría salir más frecuentemente.
La tarde era cálida. Elsa vestía su uniforme reglamentario de la Waffen-SS: chaqueta de servicio gris piedra abotonada hasta el cuello, gorra de campo con la insignia plegada hacia atrás, pantalones de lana ajustados y botas altas de cuero negro.
Llevaba la pistola reglamentaria en la cartuchera, sin fusil. Había optado por no llevar guantes.
Caminaba al frente del pequeño destacamento.
Las calles del distrito 6º parecían tranquilas, aunque la tensión flotaba bajo la superficie.
Algunos parisinos bajaban la mirada a su paso.
Otros la sostenían con resentimiento. Una mujer escupió cerca, pero ni Elsa ni sus hombres respondieron.
No emplearía la violencia salvo que la agredieran, y esa misma premisa es la que impuso a sus hombres.
Al llegar a la Rue du Dragon , Elsa se detuvo.
No sabía por qué. No era una calle marcada en la ruta.
No había ninguna orden sobre ese sector.
Pero una sensación sorda, como un eco persistente, le hizo girar la cabeza hacia un antiguo local de fachada de madera oscura.
Sobre la puerta, un rótulo con letras doradas y polvorientas rezaba Librairie du Lys .
Los cristales del escaparate estaban parcialmente cubiertos con cortinas, y tras ellas se adivinaban estanterías repletas de libros envejecidos por el humo y el tiempo.
La dorada manivela de la puerta brillaba, gastada por el uso.
—Esperad aquí —ordenó sin mirar atrás.
Avanzó sola. La calle estaba vacía. Empujó la puerta.
Una campanilla sonó suavemente. La librería olía a papel antiguo, tinta y madera encerada.
Estaba en penumbra, iluminada solo por la luz natural que se filtraba a través del ventanal.
No había clientes. Tras el mostrador, absorto en la lectura de un tomo abierto, estaba Julien.
La chaqueta remangada, la postura relajada, el cabello revuelto de forma casi deliberada.
Levantó la vista justo cuando la campanilla aún tintineaba.
El mismo rostro, la misma cicatriz bajo el ojo izquierdo, la misma mirada que no se podía fingir.
Al alzar la vista Julien la reconoció al instante, empezó a esbozar una sonrisa, pero su gesto se congeló al reparar en el uniforme, en la mano que Elsa descansaba en la funda de su pistola.
No había miedo sino cautela en su mirada.
Era el mismo gesto que Elsa había visto repetido muchas veces en la calle.
Sin embargo, al mirarlo, al igual que la primera vez, todo se detenía y no entendía el porqué.
—No esperaba encontrarte aquí —dijo Elsa, la voz más suave de lo previsto.
Julien cerró el libro con calma, observándola como si quisiera asegurarse de que era ella y no un espejismo.
—Ni yo —respondió—. Pero la librería necesitaba a alguien cuando el dueño huyó a Marsella. La gente necesita libros, aunque no muchos los lean.
Ella avanzó por el pasillo central, rozando con los dedos los lomos de algunos volúmenes apretados en las estanterías.
—Creí que ya no quedaban librerías abiertas...
—Apenas lo está —sonrió él—. Pero mientras entre alguien, aunque sea una persona al día, vale la pena.
Elsa intentó leer los títulos: novelas, ensayos, algunos autores desconocidos, y un par de lomos nuevos claramente políticos.
—No entiendo los títulos —comentó sin girarse .
—Mejor así —respondió Julien—. Algunos no te gustarían.
Elsa se volvió hacia él, arqueando una ceja.
—¿Vas a registrar la librería, Kepler? —preguntó él, usando el apellido con tono ambiguo.
—No —respondió Elsa sin dudar—. No he entrado a hacer una inspección…
La frase se le apagó antes de completarse. Julien asintió en silencio, evaluándola desde detrás del mostrador. Luego, sin cambiar el tono, preguntó:
—¿Quieres ver la planta de arriba?