Loba de Hierro 9. Sombras en rue Saint-Dominique
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9. Sombras en rue Saint-Dominique

La noche había caído por completo. Las farolas parpadeaban con desgana, proyectando manchas de luz débil sobre los adoquines húmedos que reflejaban las fachadas de las casas. Las calles estaban desiertas. Solo el eco de sus propios pasos la acompañaba. Hasta que se sumó otro ritmo.

Elsa no se giró. Mantuvo el paso firme, regular, como si no hubiese oído nada.

Pero el sonido estaba ahí: dos pasos más largos, más pesados, siguiéndola a una distancia prudente.

Al doblar la esquina, una figura se deslizó desde la sombra y le bloqueó el camino.

Era alto, de hombros anchos, con las manos en los bolsillos y unos ojos pequeños y afilados, clavados en ella.

—Demasiado tarde para paseos, soldadito —dijo en francés.

Elsa se detuvo en seco y giró sobre sus talones. Otro hombre, más joven, cerraba la salida por detrás. Sonreía con una mueca torcida que no tenía nada de amable.

—No buscamos problemas —añadió, con una falsa cordialidad—. Solo una charla… entre amigos.

—No hablo francés —replicó Elsa en alemán, sin mover un músculo.

El mayor dio un paso hacia ella. El joven sacó algo del bolsillo: una hoja metálica, quizá una navaja mediana, que captó un destello de la farola como un relámpago frío.

Elsa retrocedió medio paso. Bajó el centro de gravedad, abrió ligeramente los brazos.

Evaluó ángulos, distancia, velocidad. No había margen para el error.

Entonces, del callejón lateral surgió una figura. Silenciosa. Como si hubiera estado esperando exactamente ese instante.

Julien.

Sin pronunciar palabra, se lanzó sobre el joven del cuchillo con una rapidez que pilló a ambos por sorpresa.

El puñetazo que le propinó en el estómago sonó seco, profundo, casi hueco.

El chico se dobló con un gemido y cayó de rodillas, tratando de recuperar el aire.

Elsa aprovechó el desconcierto del otro.

Avanzó con una embestida baja y lo estampó contra la pared.

El hombre intentó defenderse y le rozó la ceja con un puñetazo.

Antes de que pudiera repetir, el codo en las costillas le quitó el equilibrio. Quedó tendido en la acera.

Los dos agresores quedaron jadeando: uno arrodillado y el otro inmóvil, intentando recuperar el aliento.

—No sabes estarte quieta, ¿verdad? —murmuró Julien, con un hilo de ironía en la voz.

—Me has seguido —replicó Elsa, sin ceder terreno.

—Había decidido no volver a verte —dijo—. Pero cuando vi a ellos antes que a ti, supe que no podía mirar hacia otro lado.

Elsa se tocó la ceja izquierda. Sus dedos encontraron una humedad tibia. Sangraba levemente.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sin problema. Es solo un rasguño.

Él la observó un segundo más, como si no terminara de creérselo, y luego desvió la mirada hacia los dos hombres que aún intentaban incorporarse.

—¿Dónde vas? —preguntó.

—A la École Militaire .

Julien silbó, incrédulo.

—¿Y piensas caminar hasta allí a estas horas, sangrando y vestida así?

—¿Tienes una mejor idea?

Él se encogió de hombros con esa naturalidad insolente tan propia de él.

—Puedo acompañarte… hasta un punto seguro. Luego cada uno por su lado.

Elsa pensó durante un instante, pero aceptó la invitación con un gesto seco.

Caminaron en silencio. Solo el sonido amortiguado de sus pasos rompía la quietud, mezclándose con el goteo distante de una canaleta y el murmullo apagado de algún apartamento que aún tenía luz.

Al llegar a la Rue Saint-Dominique, un ruido grave irrumpió en la noche: el motor de un camión.

Una patrulla alemana doblaba la esquina, lenta, con los faros cubiertos por rendijas que proyectaban líneas estrechas de luz sobre las fachadas.

Las siluetas de los soldados se recortaban rígidas en la parte trasera, fusiles apoyados en las rodillas.

Julien reaccionó antes de que ella pudiera hacerlo.

Le rodeó la cintura con un brazo y la arrastró hacia un portal oscuro.

El contacto fue repentino. El cuerpo de él chocó contra el de ella, firme, cálido.

El pecho de Julien quedó pegado a su espalda; su aliento, tibio, rozó la oreja de Elsa.

Se quedaron inmóviles, respirando apenas, mientras el camión pasaba rugiendo ante ellos y se perdía calle abajo .

Elsa sintió la tensión en el abdomen… y también el calor. No se movió. Era como si el cuerpo de Julien, pegado al suyo, activara algo que llevaba demasiado tiempo dormido. Esto empieza a ser una costumbre, pensó con irritación y… algo más.

Cuando el ruido del motor se perdió en la lejanía, Elsa carraspeó para recuperar la compostura. Se separó con brusquedad, aunque no tanto como pretendía. Julien dejó caer el brazo sin protestar.

—Sigues apareciendo en los peores lugares —murmuró, aún sin mirarlo del todo.

—O en los mejores —respondió él, con una sonrisa.

Elsa prefirió no contestar y retomó el camino. La naturalidad con la que Julien quebraba distancias la desconcertaba… y la atraía a la vez.

La École Militaire emergía contra el cielo nocturno como una fortaleza silenciosa, imponente incluso en penumbra.

Avanzaron por la calle lateral, buscando la zona menos expuesta al patrullaje.

Al llegar al muro posterior, Elsa lo evaluó con precisión.

Dos metros y medio de piedra antigua, húmeda por la llovizna; un canalón oxidado ascendía como una columna vertebral torcida hacia la cornisa del primer piso.

—¿Subes por ahí cada noche? —susurró Julien.

—No. Hoy es la primera.

Se quitó el abrigo, lo dobló y lo dejó sobre una piedra baja. Tanteó el canalón con la mano. Resistente. Lo suficiente para probarlo.

—¿Quieres ayuda? —preguntó Julien.

—No. Mira hacia otro lado.

Julien alzó las cejas, pero obedeció. A medias.

Elsa colocó una bota en la junta más baja del metal, se impulsó y se aferró al borde del tubo.

Trepó con movimientos fluidos, tensos, precisos; apoyando el peso donde sabía que el metal aguantaría, manteniendo el equilibrio en silencio.

La lluvia previa había dejado el canalón frío al tacto.

El uniforme se le tensaba sobre la figura con cada estiramiento; la tela humedecida se pegaba a la piel.

A mitad de ascenso, ajustó la postura y siguió escalando sin vacilar.

Julien la observaba desde abajo. No movía un músculo. Solo una quietud intensa en el rostro.

Cuando Elsa alcanzó el alféizar, apoyó un antebrazo con cuidado y tomó aire antes de incorporarse. El viento nocturno le desplazó un mechón húmedo de cabello, pegándolo a la sien.

Se giró un instante hacia abajo.

—Gracias por lo de antes —murmuró, lo justo para que él pudiera oírla y nadie más.

Julien seguía con las manos en los bolsillos, medio envuelto en sombras. Levantó apenas la barbilla, como si el gesto le sorprendiera más que el agradecimiento en sí.

—¿Lo dices por salvarte… o por no hacer preguntas?

Elsa sostuvo la mirada un segundo.

—Por ambas.

Él la miró, había algo distinto en su expresión: no ironía, no cansancio… algo más íntimo.

—Tienes una forma muy particular de agradecer —dijo finalmente.

—Y tú una forma peligrosa de aparecer siempre a tiempo.

Por primera vez, sus miradas se cruzaron sin prejuicios. No sonrió ninguno de los dos.

Elsa inclinó apenas la cabeza, un gesto breve, suficiente.

—Buenas noches, Julien.

—Buenas noches, Elsa —respondió él, sin intentar retenerla.

Ella cruzó el alféizar y desapareció en el interior, absorbida por la penumbra del edificio. Julien no se movió de inmediato. Permaneció allí, en la calle vacía, mirando la ventana un instante más de lo necesario.