Loba de Hierro 8. París ocupada
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8. París ocupada

La Torre Eiffel seguía en pie, muda y gris como un centinela sin bandera.

El Louvre cerró sus puertas. El Sena no dejó de fluir, pero los parisinos sí.

Se escondieron, huyeron o bajaron la mirada.

La ocupación alemana fue meticulosa. Los altos mandos nazis se instalaron en hoteles de lujo: la Luftwaffe en el Ritz , el cuartel general en el Majestic , el gobernador militar en el Meurice .

Se impusieron horarios, carteles en alemán y una calma artificial que costaba aceptar.

Cuando el pelotón de Elsa Kepler llegó a la ciudad, tres semanas después, el desfile de la victoria había terminado.

Ya no quedaban músicos ni vítores, ni cámaras de la propaganda.

Solo restos de confeti atrapados en las grietas de las aceras y algún niño mirando con odio sordo desde detrás de una persiana.

El camión se detuvo frente a una verja de hierro forjado, alta y solemne. Más allá se alzaba un complejo de edificios de piedra clara, con tejados de pizarra y ventanas elevadas donde se reflejaba un cielo plomizo. Un cartel discreto sobre el arco de entrada decía: École Militaire .

—Vaya escuela —gruñó Schmidt, rompiendo el silencio con una voz áspera. Había dormido poco en los últimos tres días.

Weber saltó del camión y se estiró la espalda con un crujido.

—Con lo grande que es, espero que tengan buenas camas —murmuró—. O al menos, un buen café.

Meier descendió sin palabras, el fusil colgado del hombro y los ojos recorriendo el perímetro con la costumbre del veterano.

Aún esperaba sobresaltos, incluso en una ciudad donde todos los combates habían terminado hacía semanas.

Kraus bajó el último, murmurando para sí con ese tono que solo él parecía entender.

Elsa no distinguió las palabras, pero sí el ritmo: superstición envuelta en un rezo sin dios.

Ella bajó sin prisa. Cuando puso los pies en el empedrado del patio, sintió algo extraño.

No era alivio, ni euforia. Era algo más íntimo, más tenue.

Una atracción inexplicable. Como si la ciudad le hablara sin palabras, como si bajo los ladrillos y las fachadas empolvadas quedara aún algo vivo. Algo que no les pertenecía.

París se esconde, pensó. Y observa.

El sargento encargado del recinto les asignó un ala lateral del complejo, antiguas habitaciones de cadetes con camas metálicas, colchones delgados, olor a yeso y humedad. Austero, pero limpio. Un cuartel. Nada más. Nada menos.

Desde una de las ventanas del pasillo se veía la punta de la Torre Eiffel sobresaliendo entre los tejados, una vista casi turística que no encajaba con el olor a cuartel ni con las camas de hierro.

—No está mal para un cuartel —dijo Weber, arrojando su mochila sobre la cama más cercana—. He dormido en agujeros peores.

—Todavía no nos han dicho qué demonios vamos a hacer aquí —refunfuñó Meier—. Empieza a parecer un permiso mal pagado.

Schmidt se encogió de hombros.

—Cuando llegue la orden de movernos, lo echaremos de menos.

Elsa no intervino. Se sentó en el borde de su litera y miró hacia la calle. Un rayo de sol atravesaba las nubes y caía sobre una buhardilla donde una mujer tendía ropa húmeda. Al lado, un pequeño cuarto de limpieza daba a la calle a poca altura. El canalón cruzaba justo por delante de la ventana.

Se puede bajar por ahí, pensó Elsa. O subir. Tomó nota mental de la posible vía de escape… o, de entrada.

Más tarde, recibieron las órdenes:

«Descanso operativo hasta nuevo aviso. Rotaciones de patrulla suspendidas.» En otras palabras: nada que hacer. Pero mucho por investigar para la curiosidad de Elsa, aunque era demasiado pronto para pensar en una salida.

Al día siguiente, antes del toque de queda de las ocho, decidió recorrer la ciudad.

Había recordado algunos libros que había leído de pequeña que narraban historias sobre la ciudad que le habían resultado fascinantes.

Nada que ver con las tediosas lecturas que le obligaba su padre.

Hacía mucho tiempo de eso, pero su llegada había despertado el recuerdo.

No podía salir de uniforme, eso atraería tanto las supuestas miradas de odio de los parisinos como la atención de sus superiores.

Tampoco podía vestirse como una civil: sería sospechoso, una infracción grave, aparte de no disponer de la ropa adecuada.

Eligió lo que usaban los agentes de enlace o los conductores de intendencia: una blusa militar oscura sin insignias visibles, pantalón de tela gruesa, botas altas bien lustradas, y encima, una gabardina negra que le caía hasta las pantorrillas.

En lugar del rígido quepis con el águila y la calavera, eligió una gorra de tela ajustada, tipo bergmütze , que podía hundirse hasta las cejas. Se colgó una pequeña cartera al hombro con papeles, permisos, cartilla de racionamiento, una navaja de bolsillo y salió al pasillo sin hacer ruido.

Schmidt la vio pasar desde la litera. Silbó apenas.

—¿Vas de permiso o a interrogar a alguien?

Elsa lo miró de soslayo.

—De reconocimiento.

Meier levantó la cabeza desde su libro confiscado.

—¿Reconocimiento de qué?

—De la ciudad.

En la calle, París tenía un color distinto. No era gris. Era más bien un ocre pálido, envejecido por la guerra, pero aún terco. El cielo estaba cubierto, pero la ciudad no parecía dormida.

Caminó sin rumbo fijo, guiada por instinto.

Bajó por la rue Saint-Dominique , cruzó un mercado casi desierto, esquivó a un ciclista con brazalete blanco.

Una niña la miró desde una panadería, con la cara manchada de harina y las manos vacías.

Elsa bajó la vista y apretó el paso. No le devolvió la mirada.

Pasó junto a una librería con las persianas medio bajadas.

Un cartel decía «fermé jusqu’à nouvel ordre».

Apenas sabía cuatro frases en francés, pero el significado era bastante obvio.

Muchos comercios tenían el mismo cartel o simplemente la persiana bajada.

Más adelante, un hombre de mediana edad colocaba botellas vacías en una cesta de mimbre.

Al verla pasar, se detuvo un segundo, luego siguió como si nada.

Elsa se sentía desconcertada, observada desde muchos sitios, pero ninguno en concreto.

A cada paso, el sol descendía un poco más sobre los tejados zincados.

Las sombras de los balcones se alargaban como advertencias.

Cuando pasó junto a un reloj de farmacia, las agujas marcaban las siete y cuarto.

Era el momento de regresar, pero a pesar de todo no quería volver al frío cuartel.

Fue entonces cuando vio el letrero. Viejo, de madera descascarada, apenas colgando de un gancho de hierro forjado. No había nombre visible. Solo una lámpara amarilla sobre la puerta y un marco de cristal opaco cubierto de polvo.

Entró sin dudar.

La taberna era estrecha, baja de techo y ahumada.

El aire olía a vino derramado, a madera vieja y a ropa mojada.

Un brasero chispeaba en una esquina, rodeado por tres sillas vacías.

Había seis o siete parroquianos, dispersos entre mesas ásperas.

Hombres de boina y manos callosas, una mujer con pañuelo en la cabeza que sorbía algo caliente de su plato.

Nadie levantó la vista cuando Elsa entró, pero advirtieron su presencia.

En el fondo, había mesas más pequeñas medio ocultas por gruesas cortinas.

Se sentía fuera de lugar. El abrigo largo, las botas bien pulidas, la gorra oscura hundida sobre la frente. No llevaba insignias visibles, pero no hacía falta. Era una intrusa .

Caminó despacio hacia el fondo, con paso controlado, como quien ha aprendido a no pisar cristales.

Se sentó en la mesa más alejada, oculta parcialmente, con el cuerpo aún recto, las manos sobre la mesa.

Dejó la cartera colgando del hombro. No se quitó la gorra.

El camarero se acercó después de unos segundos.

Tenía los párpados pesados y un trapo al hombro.

Habló en francés, sin mirar directamente:

— Bonsoir , mademoiselle. Vous prenez...?

Elsa lo miró con frialdad educada. No entendía las palabras, pero comprendía el tono.

— Quelque chose à manger. À boire. N’importe quoi. —Lo dijo despacio, con acento marcado, recordando las pocas frases memorizadas del manual de campaña.

El camarero asintió sin hacer más preguntas.

Apuntó algo en su libreta, giró sobre los talones y desapareció tras una cortina.

Elsa se quedó sola. Frente a la mesa de madera oscura, con el murmullo lejano de las cucharas golpeando tazas, el rechinar del brasero y el eco amortiguado de pasos en la calle.

Estaba en el corazón de una ciudad conquistada. Pero no se sentía vencedora. Ni segura. Ni superior. Se sentía simplemente… fuera de lugar.

Cuando el camarero volvió, le sirvió una jarra de cerveza y un plato con pan oscuro, una loncha de queso y algo que parecía sopa espesa.

Elsa asintió como agradecimiento. El camarero no respondió.

Mientras comía en silencio, empezó a relajarse.

La cerveza no sabía bien, pero había bebido peores.

La sopa era tibia, sin demasiado sabor, pero tenía hambre y llenaba el estómago.

El vaso de cerveza estaba frío, áspero al tacto.

Elsa lo sostuvo un segundo entre los dedos antes de llevarlo a los labios.

Dio un sorbo. No sabía bien, pero su amargor era directo, útil.

Como todo en París desde que había llegado.

Fue justo entonces cuando lo notó. Una mirada.

No directa, no desafiante. Pero constante. Cargada de algo más que simple curiosidad. Alzó la vista. Y lo vio.

Estaba sentado a dos mesas de distancia, medio en penumbra, con el rostro apenas iluminado por tenue luz y los codos apoyados en la mesa. Chaqueta desabotonada, cuello abierto, una copa a medio terminar. Sonrisa ladeada, difícil de clasificar: ¿ensayada, natural? No sabía qué opción era peor.

Lo reconoció antes de permitírselo: el rostro sucio de tierra aquella noche, la cicatriz leve bajo el ojo izquierdo, la forma en que la había sujetado… y luego dejado escapar.

La cerveza se le fue por el camino equivocado. Tosió varias veces, maldijo en silencio. Cuando levantó la vista, él ya estaba de pie. Sin prisa. Seguro. Se plantó frente a la mesa y se sentó sin pedir permiso.

—No deberías estar aquí. Ninguno de los dos. —dijo en alemán impecable, con un acento apenas perceptible del este.

Elsa no respondió de inmediato. Lo miró con expresión neutra, estudiada. No fue suficiente.

—¿No te acuerdas de mí, o simplemente no quieres reconocerme?

—No tengo por costumbre saludar a fantasmas —respondió finalmente.

Su sonrisa la desarmó más de lo que admitió.

—Supongo que te habría resultado más sencillo matarme aquella noche.

—Quizá.

Silencio.

—No llevas insignias —prosiguió él—, pero… —sus ojos se entretuvieron en su rostro, en su postura, en la forma en que escondía la tensión bajo la gabardina—. Digamos que tienes un aire inconfundible. ¿Vienes sola?

—No tengo que responder a eso.

—No. Pero me lo acabas de decir. Muy valiente por tu parte, —añadió.

Elsa sostuvo la mirada esta vez.

—¿Cómo sabes alemán? —preguntó de pronto.

—Mi madre era de Estrasburgo. Y mi abuela me hablaba en alemán cuando se enfadaba. Y se enfadaba mucho.

—No pareces francés —añadió Elsa, con frialdad medida.

—Gracias. —Sonrió con ironía—. Y tú no pareces una francotiradora.

—Las apariencias engañan.

—¿Tienes nombre? —preguntó ella, manteniendo el tono neutro.

Él pareció pensarlo un segundo. No por desconfianza, sino por pura teatralidad.

—Julien. Julien Duhamel. ¿Y el tuyo?

—Elsa Kepler — afirmó dejando el vaso sobre la mesa y miró hacia la puerta. Afuera, la calle estaba oscura. El reloj marcaba las siete y media. Le quedaba media hora antes del toque de queda...

—Elsa… —lo pronunció como quien prueba un sabor nuevo—. Te queda bien —repuso Julien.

Ella no reaccionó, o fingió no hacerlo.

—¿Qué quieres? —preguntó al fin.

Él inclinó ligeramente la cabeza, como si, por primera vez, la tomara en serio.

—Supongo que volver a una vida normal… si eso existe.

La expresión burlona había desaparecido. En su lugar había una sombra de agotamiento. Bajo los ojos, el cansancio formaba pliegues sinceros. Elsa lo observó en silencio. La derrota se le notaba en la piel, en la comisura de los labios, en la forma en que respiraba.

—¿A qué te dedicabas antes de esto? —preguntó.

Julien dejó que la pregunta flotara. Escogió la respuesta con cuidado.

—Trabajaba en una librería. A veces atendiendo, a veces corrigiendo manuscritos. Para una editorial que ya no existe.

Elsa frunció levemente el ceño.

—¿Y escribías?

—A veces —respondió con una sonrisa cansada—. Ensayos breves, opiniones… alguna crítica de teatro. Cuando todavía había teatro.

Elsa bajó la mirada hacia su vaso. No sabía por qué hacía tantas preguntas, pero necesitaba hablar. El silencio entre los dos le obligaría a levantar la vista y eso era algo que la incomodaba de manera inexplicable.

—Entonces… debes odiarnos.

Él la miró fijamente. Tardó en contestar.

—Odiaros sería más sencillo. Y más aburrido. Sin embargo, intentar entenderos es más difícil.

—¿Eso es lo que piensas de verdad?

—No. Pero lo intento. Aunque no me lo ponéis precisamente fácil.

Elsa no supo qué responder.

—Esto no puede repetirse —añadió Julien.

Se quedó un segundo más de lo necesario, como si esperaba que ella lo contradijera.

Luego se levantó. Caminó hacia la barra, dejó unas monedas y salió.

Sin mirar atrás. Elsa permaneció sentada unos segundos, intentando ordenar lo ocurrido y encontrar algún sentido, pero no había tiempo.

Pagó, dejó la cerveza a medio terminar y salió al aire frío.